08 abril 2026

Pablo Guerrero. Porque amamos el fuego

 


“La idea de este libro nace tras una entrevista a Pablo Guerrero para El Salto-Extremadura, que se publicaría en ese medio digital el 4 de septiembre de 2019. A Pablo le gustó y me propuso que hiciéramos un libro de conversaciones. Ni que decir tiene que a mí me hizo mucha ilusión, me parecía un honor y un regalo extraordinario, aunque desde el primer momento le advertí de mi abrumadora ignorancia musical. Empezamos a trabajar en la idea del libro. A principios de enero de 2020 le envié un ambicioso cuestionario tal y como habíamos quedado, pero se echó encima la pandemia y lo cambió todo. A finalesde mayo Pablo me dice que no es capaz de escribir nada y me propone que, en lugar de un libro de conversaciones, escriba una biografía. Intuyo que esto supondrá muchísimo más trabajo y así se lo hago saber pero, a pesar de todo, acepto el cambio. El regalo se había transformado en reto, porque aunque mi conocimiento del género biográfico era –y sigue siendo– muy escaso, sospechaba que supondría una enorme dedicación”, escribe Manuel Cañada en los preliminares de Pablo Guerrero. Porque amamos el fuego, que llega hoy a las librerías publicado por El Viejo Topo.

De esa dedicación de varios años surgen las páginas de este recorrido por la vida y la obra, la discografía y los libros de Pablo Guerrero. Páginas que dibujan también en primer plano un retrato humano del poeta y el cantautor comprometido con su tiempo y con su mundo, de su fragilidad y su timidez, de su bondad sin fondo, tímida y afectuosa.

Unas páginas trabajadas y atravesadas por la admiración, el afecto, el respeto y la discreción con que las ha elaborado Manuel Cañada tras una ardua tarea de documentación a partir de la lectura de su obra poética, de la audición atenta de sus canciones, de las entrevistas con Pablo Guerrero y las conversaciones con sus familiares o con quienes tuvieron una relación cercana con él, entre la amistad y la colaboración, y conocen de cerca su perfil personal y su mundo artístico, de Luis Mendo a Enrique Cidoncha, de Luz Casal a Ismael Serrano o a Olga Manzano.

 Y así se remonta a las raíces -el paisaje campesino de la Siberia extremeña, la infancia del asombro y el descubrimiento del mundo en las primeras lecturas con el telón de fondo de la posguerra y la emigración, el bachillerato en el seminario de Badajoz, la primera guitarra a los 16 años y los estudios de Magisterio en Sigüenza y de Filología Hispánica en Madrid, al concierto del Olympia en 1975- y a las etapas de su evolución musical: desde Amapolas y espigas, en el festival de Benidorm de 1969, hasta el último disco Y volvimos a abrazarnos, desde la irrupción de los cantautores y A cántaros al hallazgo de una línea poética y musical propia, apoyada primero en Suso Saiz y luego en Luis Mendo y Nacho Sáenz de Tejada, con hitos como Plata, Luz de tierra, Mundos de andar por casa o la recopilación doble de Lobos sin dueño. 

Los últimos apartados del libro describen la trayectoria de la poesía de Pablo Guerrero, cada vez más desligada de su actividad musical, y su poética de la contemplación y la escucha, recogida en la edición de su Poesía completa, a cuya reseña, que se reproduce también en el libro, me remito.

Con la visión panorámica que completa este volumen, profusamente ilustrado y con una amplia y documentada bibliografía y discografía de Pablo Guerrero , Manuel Cañada reivindica desde la cercanía la vigencia, la proximidad y el valor humano de “Pablo Guerrero, poeta-esencia, maestro de dignidad, surtidor de esperanza” y de su obra poética y musical, “que ha estado marcada por la búsqueda y la renovación permanente, que no se ha acomodado y que ha combinado sencillez y experimentación. Que no ha tenido miedo en meterse por trochas nuevas, que ha buscado la armonía de la emoción y el pensamiento, que ha fundido como nadie la ternura y la rebeldía. La ternura no como una coartada para el escapismo ni el solipsismo. La rebeldía, sin caer en el panfleto, en la politiquería, ni en los reclamos publicitarios. Pablo Guerrero ha sido un aerolito libre, un lobo sin dueño, que ha preferido estar en los márgenes antes que claudicar ante el poder.”


07 abril 2026

Ātman. Presencia del origen

 


El origen está siempre presente. Esa es la solución india. Honrar el presente, que es la sede del origen. El ahora es lo divino. La nostalgia del pasado y el proyecto de futuro, el logro y la frustración, lo eclipsan. Impiden sumergirse en la presencia viva del ahora. Pero lo divino está siempre ahí, discreto, a la espera de reconocimiento. Una presencia unificadora y creativa, que se recrea con nuestra atención, que mantiene la ilusión cósmica, el pulso del mundo, el juego de la existencia.

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La palabra ātman tiene su origen en las palabras sánscritas para «aliento» y para «corazón». Puede significar «esencia», «naturaleza», «carácter». En las upaniṣad pasa a significar el espíritu inmanente: el Sí mismo, que reside en el interior de cada ser. El ātman es el núcleo de la persona, aunque no puede identificarse con el cuerpo ni con la mente. El ātman no se ve afectado por el placer ni por el dolor, tampoco por el pecado o la virtud, la alegría o la tristeza. El ātman no es ni siquiera el alma, que es la que disfruta o carga con los efectos de las acciones pasadas. El ātman está ahí, y, aunque no es posible conocerlo, sí se puede vivenciar. Esa es la respuesta india al enigma de la existencia.

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La India ya lo ha pensado todo, pero nosotros debemos seguir nuestro propio camino. Eso decía Borges. Otro poeta, T. S. Eliot, tuvo una intuición parecida. La tradición es un organismo vivo y mutante. El arte despierta emociones, y muchos creen que estas se originan en las experiencias o la personalidad del artista. Se equivocan. Hay un efecto pernicioso en la emoción: nubla la vista. Ahora bien, solo quienes tienen personalidad y emociones pueden liberarse de ellas. Eliot habla como un hindú cuando dice que el arte es un despojarse de la emoción, y entonces «la experiencia personal se amplía y consuma en lo impersonal». El Sí mismo está en todas las cosas (individualidad), pero todas las cosas están en el Sí mismo (incorporación al Uno). Eliot pasa dos años estudiando sánscrito en Harvard y un tercero dedicado a los Aforismos del yoga, de Patañjali. Queda en un estado de «iluminada perplejidad». Buena parte del esfuerzo por entender ese otro mundo, explicará más tarde, consiste en deshacerse de las categorías del pensamiento occidental. Por eso el conocimiento de la filosofía europea es un obstáculo. Además, la influencia védica en Schopenhauer, Hartmann y Deussen se ha dado a través del malentendido romántico. Penetrar en ese mundo supone dejar de «pensar y sentir como europeo y americano». Un paso que, por razones prácticas y sentimentales, Eliot no está dispuesto a dar. Como en el caso de Octavio Paz (otro americano europeo), el vértigo y la lealtad le obligan a hacerse a un lado. Sin embargo, las ideas de la literatura sánscrita seguirán nutriendo la poética de Eliot. El presente desnudo exige distanciarse de las propias emociones. Las emociones pertenecen al ego (al alma, si se quiere), pero el espíritu es capaz de verlas desde fuera. Esa es la médula de la enseñanza de Kṛṣṇa a Arjuna. Eliot lo sabe sin saberlo, y lo menciona en «The Dry Salvages». No se trata tan solo de actuar en cada momento sin pensar en el futuro (de buscar un presente sin deudas con el pasado), sino de que «ser consciente es no estar en el tiempo».

Son tres fragmentos del Preludio con que Juan Arnau abre Ātman, que acaba de publicar en Atalanta con el subtítulo Presencia del origen, que establece un diálogo entre la cultura oriental y la occidental en torno a la conciencia trascendente y expansiva, entre la contemplación y la creación, la identidad del yo profundo y su naturaleza esencial, la relación con el cosmos, la identificación entre la mente y la conciencia, la experiencia del tiempo y del espacio, los sueños y las intuiciones, la vinculación entre el sujeto y el objeto a través de la vía del conocimiento y la de la devoción, la meditación y el regreso al origen o la indagación del yo pensante y el yo vivencial que ha descuidado el pensamiento occidental, de Hume a Schopenhauer.

Y a partir de ese diálogo contrastivo entre la cultura oriental y la occidental a través de la filosofía y la literatura, de Kant a Borges, de la deriva occidental a la solución india, este ensayo elabora una propuesta sugerente para abrir el yo profundo y la mente a otros mundos y explorar los límites, para incorporar otras miradas a la percepción, otra sensibilidad y otra conciencia del tiempo, del espacio y de la propia identidad. Porque, concluye Juan Arnau,

la seducción entre Oriente y Occidente sigue siendo un tema fascinante. No se trata de un asunto de persuasión intelectual. Las diferencias van mucho más allá de lo lingüístico y lo discursivo. Una buena opción, en estos casos, es ofrecer las dos caras de un problema en lugar de resolverlo. Asumir la ambigüedad. Ese compromiso es preferible al dogmatismo científico o filosófico. En el mejor de los casos, la solución india podrá ser asumida por individuos aislados, porque la sociedad occidental se traicionaría a sí misma si la adoptara. Sería una falta de cortesía con el universo, con la localidad de los dioses. 
Mientras esbozo estas líneas finales, hago una lista mental de cosas irrenunciables de nuestra cultura: los presocráticos, la Academia de Platón, la música sinfónica, la literatura rusa, la pintura y escultura del Barroco, el Siglo de Oro, el empirismo británico, el expresionismo alemán, el cine americano de los años cincuenta, la luz del Mediterráneo… Me detengo. La lista es interminable. Todo ello no impide que incorporemos a nuestras vidas elementos de la cultura mental hindú, del antiguo ideal brahmánico, de su búsqueda radical de lo absoluto. Todos ellos no pueden sino despertar nuestra más profunda admiración.


06 abril 2026

Karl Kerényi. Los héroes griegos

 


05 abril 2026

Los tulipanes son demasiado rojos




 De una cita de Sylvia Plath (The tulips are too red in the first place, they hurt me) toma su título Los tulipanes son demasiado rojos, el último libro de Teresa Gómez que acaba de publicar Bartleby. Termina  con estos dos versos:

Los girasoles tienen un color desajustado 
y los tulipanes son demasiado rojos.

En un itinerario poético, vital y ético que transcurre de lo íntimo a lo público, entre la memoria y el futuro, entre la desolación y la esperanza, entre la compasión y la indignación la mirada aguda de Teresa Gómez se proyecta sobre un presente lleno de ruido y de furia y su palabra precisa se convierte en alegato y testimonio frente al naufragio, en conciencia personal y social frente a la injusticia, el crimen y la indiferencia, en denuncia y consuelo ante la herida roja del mundo, la soledad, el miedo o la tristeza, en busca de sosiego y en "equipaje contra el frío", como resume el título de la primera de las cuatro partes en las que se organizan los poemas de Los tulipanes son demasiado rojos, a la que pertenece este Itinerario de ausencia:

Has vuelto la cabeza 
cuando la eternidad te empuja, 
campo a través, 
abrumada de heridas 
hacia los territorios del silencio interminable 
y la niña que fuiste ha sonreído. 

Presientes el abrazo ardiente de la tierra. 
Te adentras en la niebla, 
indagadora, sin miedo a la memoria, 
de la mano de todas las mujeres 
que has sido en el trayecto 
y dejas en la hierba caracoles de lágrimas, 
de sombra y de esperanza.

Quemar el desaliento titula Gerardo Rodríguez Salas el prólogo, en el que señala que “la palabra de Teresa Gómez está profundamente teñida de rojo. Como aquellos atardeceres. Como estos tulipanes. Su palabra nos conciencia desde la rotunda belleza con que mueren los atardeceres, con que se desangran los tulipanes. Y aunque, ante tanta metralla física y verbal, la primera reacción sea hibernar, la poesía necesita voces valientes y comprometidas como la suya.”

Un compromiso asumido a lo largo de todo el libro y resumido en esta declaración que cierra Detonación, la tercera parte:

Yo no soy, no puedo ser, 
esa mujer detenida en la orilla, 
en silencio, 
ante el horror.

04 abril 2026

José Antonio Pamies, la luz de las palabras

 


Agradeces a la vida 
ese puro instante del reloj 
que ayer fue pesadilla, 
ya no tientas a la suerte 
desde atalayas ciegas, 
inútiles pretextos 
y temibles artificios 
siempre quedan en nada, 
has aprendido al fin 
la lección del viento, 
en ningún hogar eres ley 
ni raíz quieta, más bien huida 
hacia donde nadie 
visiblemente habita, 
agradeces a la vida 
             su tic tac 
comprendiendo el ritmo 
del tiempo en cada cosa.

Con ese poema de descubrimiento y celebración cerraba José Antonio Pamies Bajo el cadáver del poema, un libro que publicó Averso en 2024.

Contención emocional y hondura expresiva, depuración formal y reflexión existencial son algunas de las características más sobresalientes de la poesía de José Antonio Pamies. La sutileza de la mirada y la levedad de la palabra son otros rasgos de una madura poesía meditativa en la que la escritura se revela como forma de conocimiento y de salvación, como instrumento de indagación desnuda en el sentido de la vida frente al paso del tiempo, la memoria y el sueño de la vida:

No amanece el día, 
la noche helada ruge 
bajo un manto de estrellas, 
casi en secreto 
el filo de los años 
araña el rostro de la luna 
sobre este espejo de sílabas, 
se amortigua la luz 
sobre el campo herido. 
Al otro lado del lenguaje 
cicatriza la memoria, 
es el sueño de la vida.

Es un viaje de regreso en el que acompañamos al poeta en el temblor de su huida hacia el despojamiento, hacia el grado 0 del poema que cierra el proceso con estos versos que resumen el itinerario y justifican el título del libro:

Solo ante la nívea 
sombra de un muerto, 
solo ante un amor
ya desgastado, 
intentas retomar 
algo parecido a la vida, 
pero ya nadie queda.
Eres
un actor principal 
sin escenario, 
ese viejo cantante 
que ya no encuentra su voz, 
otro final escrito 
que no termina de cerrarse.
Nadie
en la encrucijada
de estos días aciagos, 
bajo el cadáver del poema.

Y en ese viaje al origen y a los límites de la conciencia y del lenguaje desde “el sueño repetido / de la página en blanco”, los lectores de Bajo el cadáver del poema asistimos como espectadores y oyentes a la inquebrantable resistencia del poeta ante la desolación del dolor y las pérdidas, a la densidad de su mirada introspectiva y desgarrada, a la transparencia esencial de su palabra limpia y a la expresión ceñida de sus versos cortos y al ajuste exacto de sus poemas breves.



Es una línea poética que ya había anticipado con su libro En el umbral del día (Premio Málaga Ciudad del Paraíso 2018), que se abría de manera muy significativa con dos citas, una de Edmond Jabès y otra de José Ángel Valente, sobre la capacidad iluminadora de la poesía y su luz transfigurada en el lenguaje:

Esta herida de luz
imanta los sentidos,
conjura al lenguaje.
Y el poema nace
desde una reticencia natural 
a los escaparates.
Espejo atemporal
de la experiencia errante,
don de luz introvertida.

Un itinerario poético en 25 poemas sobre la palabra en el claroscuro de la vida que culminaba en este otro espléndido poema celebratorio en el que están presentes algunas de las claves del mundo poético de José Antonio Pamies:

Amanecer al mundo, 
como resucitado 
desde una oscuridad lejana, 
pasajera sombra, nido de muerte 
entre un inquieto caminar 
de muchedumbre loca 
que al fin y al cabo despedimos.

Descansar en los azules 
luminosos del cielo, 
contemplar este milagro 
de las horas detenidas 
por amor al tiempo innumerable 
que la naturaleza crea.

Abrir hueco a las palabras 
de esta luz presente 
que dignifica y vive 
también entre nosotros. 
Amanecer al silencio, 
donde el poema habita 
y es verdad esencial.


03 abril 2026

Qué verde es la Esperanza por el puente





 

Qué verde es la ilusión de tanta gente, 

qué verdes son las aguas de ese río, 

qué verde es el intenso escalofrío, 

qué verde es la Esperanza por el puente.

Luis Baras 

02 abril 2026

Ser de cuatro poetas

 



LA CACERÍA

Vivo desde hace tiempo en una cacería. 
Del alba hasta la noche escapo de su sombra. 
Me espera en el final de cada pensamiento 
cuidando que no olvide a qué le debo el alma.

Sé que, si cambio el juego, podré salvar la vida 
y que, si soy la flecha, nunca seré cazado.
Pero ya no recuerdo qué clase de hombre era 
antes de ser la presa de sus verdades únicas.

No puedo detenerme. No sé hacer otra cosa. 
El sonido del cuerno desgarra el horizonte.

Ese espléndido poema de David López Sandoval es uno de los que inauguran la nueva colección Rhēma de poesía de la editorial Tres Hermanas, en un libro colectivo titulado Ser.

Hace 2600 años, Parménides de Elea escribía los hexámetros de su Poema del Ser, un texto que indaga en la verdad y el conocimiento, a medio camino entre la poesía y la filosofía, entre la intuición y la meditación.

Dos milenios y medio después, otras cuatro voces poéticas -Rubén Martín Díaz, Itziar Mínguez Arnaiz, David López Sandoval y Aurora H. Camero- conjugan el verbo y abordan el sustantivo desde el ser y el estar, entre la esencia y la circunstancia, la reflexión y la emoción, el presente y la memoria, entre el impulso simbólico y la evocación de lo fragmentario .

Cuatro miradas sobre el ser y el estar en el mundo de cuatro poetas: entre la invocación de Rubén Martín Díaz a la naturaleza y a la memoria cósmica del origen (“Desnúdate de ti, y entrégate a la sola / razón de lo posible”) y la amorosa corporalidad doméstica de Aurora H. Camero en la que “se humedecen los moluscos”; entre la intensidad emocional de Itziar Mínguez ante la tumba de la joven Pompeia veinte siglos después “de ese breve descanso eterno / que es la muerte” y la afirmación de la identidad de López Sandoval, del ser a toda costa frente a las destrucciones del tiempo, y la reivindicación del momento presente en la espera de la llegada de las sombras

Cuatro maneras de ser y de estar, de percibir y recordar, de pensar y emocionarse de voces diversas en enfoques y en tonalidades poéticas, y en estilo y en ritmo expresivo: desde la solemnidad del alejandrino al versolibrismo sincopado, desde la levedad del verso corto y la flexibilidad clásica del endecasílabo.

Abre el volumen, espléndidamente editado, un prólogo en el que el director de la colección, Jesús Castro Lago, señala que “la intención es que cada volumen, bajo el mismo título, reúna a cuatro autores con registros distintos, cuyas voces dialoguen entre sí para potenciar todavía más la fuerza de sus poemas.”

01 abril 2026

La Ilustración


 

 

Escribí este libro para responder a dos preguntas estrechamente relacionadas: qué es –o qué fue– «la Ilustración» y por qué sigue siendo importante para nosotros. Sea cual sea la respuesta a estas preguntas –si es que la hay–, es evidente que lo que en español se conoció como Ilustración, en alemán como Aufklärung, en francés como Lumières, en italiano como Illuminismo, en inglés como Enlightenment y en danés como Oplysningstiden ha sido, y sigue siendo, objeto de un debate persistente y a menudo encarnizadamente polémico, que va mucho más allá de lo que el filósofo escocés David Hume llamaba las «celdas y escritorios» de la vida académica. Pues la Ilustración, fuera lo que fuese además de eso, fue siempre un movimiento proteico, compuesto por filósofos, ensayistas, poetas, dramaturgos, científicos de la naturaleza e incluso músicos.

Fechado en enero de 2026, así comienza Anthony Pagden el nuevo Prólogo a la edición española de su monumental La Ilustración, que acaba de publicar Alianza Editorial en su colección de bolsillo con traducción de Pepa Linares.

Atendiendo por encima de todo a ese carácter proteico de la Ilustración, a su genealogía, su instauración y su desarrollo, a la multiplicidad de sus manifestaciones e implicaciones y a la trascendencia de sus postulados en la configuración del mundo moderno, Pagden reivindica el legado de la Ilustración como base constitutiva y seña de la identidad cultural, social y política de Europa y la persistencia de sus valores en la actualidad. Así lo resume al final de su excelente Prólogo a la edición española:

Por un lado están aquellos –los populistas y los nacionalistas– que afirman que no existen valores universales, que todos los seres humanos construyen sus universos propios según su distinta comprensión del bien, y que esto está determinado únicamente por las sociedades y las comunidades en las que viven. Están quienes argumentan que existen «valores europeos», que son «individualistas», y «valores asiáticos», que son colectivos. Luego hay afirmaciones aún más constreñidas de que cada comunidad, cada pueblo, cada nación tiene su propio conjunto particular de ideas sobre lo que constituye el «bien», y que nadie fuera de esa comunidad está en posición de determinar o juzgar adecuadamente. Están los defensores de la «política de la identidad» que argumentan que existe, digamos, una identidad nacional «francesa» que es en muchos aspectos incompatible con una identidad nacional «española». Y luego, por supuesto, están los grandes sistemas religiosos monoteístas –el judaísmo, el cristianismo y el islam–, cada uno de los cuales afirma que sí existen valores universales, códigos universales de creencia, sistemas universales de derecho, pero que estos han sido dictados, «revelados» a cada pueblo por una única deidad creadora. Los defensores de cada uno de estos argumentos están de acuerdo en algunos puntos; en la mayoría no. Todos ellos, a su manera, son enemigos de la Ilustración.
Por otro lado están quienes creen en los derechos, en la igualdad (en particular en la igualdad entre los sexos y entre las razas), en la necesaria universalidad de todos los objetivos humanos, por muy variadas que puedan ser sus manifestaciones individuales políticas e incluso jurídicas. Los que creen que, más allá de qué libertades concretas podamos disfrutar como individuos, estas solo pueden ser garantizadas por leyes fundamentadas en principios que son comunes a toda la humanidad y, de manera crucial, que todas esas leyes, y todos los principios morales que las sustentan, son humanos, no divinos. Estos, podríamos decir, son los valores que la Ilustración, la Ilustración de Hume y Diderot, de Kant y Campomanes, nos ha legado. La Ilustración, pues, sigue siendo importante porque nosotros, en Europa, en «Occidente», somos sus herederos. 

Enfocado con una perspectiva rigurosa, pero amplia y abierta, el espléndido ensayo de Pagden es uno de los estudios de conjunto sobre historia de la cultura y de la filosofía más relevantes que se han escrito en torno a la Ilustración. 

Ambiciosa en sus planteamientos y espléndida en sus resultados, la ilustración, de Anthony Pagden se ha convertido desde la publicación de su edición original en 2013 en una ineludible referencia bibliográfica y en una obra imprescindible para entender la modernidad y su confianza optimista en el conocimiento, la defensa de la dignidad humana, de la libertad y la autonomía personal del individuo.

Y así aborda este ensayo el pensamiento crítico ilustrado y su visión universalista como impulso intelectual y ético de un hombre más pensante que creyente, porque “se necesitaba también una filosofía independiente no sólo de las premisas inflexibles e indemostrables de la religión, sino de toda certeza dogmática -de los «prejuicios», en otras palabras-; una filosofía capaz de explicar la naturaleza cambiante del mundo exterior y, sobre todo, los continuos cambios de las percepciones, las pasiones y las creencias del animal humano.”

Esa razón crítica sería la fundamentación de una nueva ciencia del hombre (de la antropología a la historia, de la geografía a la lingüística o la filosofía), el descubrimiento del individuo en la república de la naturaleza, la defensa de la civilización y la gran sociedad humana, para cerrar la obra con una conclusión sobre los enemigos de la Ilustración.

Con la solidez de su estudio, su abrumadora documentación y su profundidad analítica, Pagden destapa también en estas páginas la falta de fundamento de la crítica romántica, tan combativa generalmente contra el racionalismo ilustrado, pero a la vez tan simplificadora y tan poco consciente de su deuda con la Ilustración, porque  -afirma Pagden- “entre las muchas divisiones ideológicas del mundo moderno, una de las más persistentes, complejas y polémicas es la disputa sobre la herencia de la Ilustración. La Ilustración -periodo de la historia europea que se extiende aproximadamente desde la última década del siglo XVII hasta la primera del siglo XIX- ejerció una influencia mucho más profunda y constante en la formación del mundo moderno que las anteriores convulsiones de signo intelectual. Aunque el Renacimiento y la Reforma transformaron también de un modo irreversible primero las culturas europeas y posteriormente todo el orbe cristiano, para la mayoría de nosotros no dejan de ser simples períodos históricos. No ocurre lo mismo con la Ilustración. Si nos consideramos modernos, progresistas, tolerantes y, en general, de mentalidad abierta, si no nos asusta la investigación de las células madre y sí las creencias religiosas fundamentalistas, tendemos a considerarnos «ilustrados». Con tal convencimiento nos declaramos de hecho herederos -aunque herederos distantes- de un movimiento intelectual y cultural concreto.”




31 marzo 2026

Armonía de las esferas

  





El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música estremada,
por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.

Y, como se conoce,
en suerte y pensamiento se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo vil adora,
la belleza caduca engañadora.

Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran Maestro,
a aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.

Y, como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entre ambos a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.

Con esas espléndidas liras comienza la Oda que Fray Luis de León dedicó a su amigo Francisco de Salinas, músico ciego y compañero claustral de Salamanca.

Hay en ese texto una síntesis de tradiciones neoplatónicas y pitagóricas que relacionan la música y el movimiento de los astros, dos realidades que dialogan en intervalos musicales armónicos y expresan las correspondencias entre el microcosmos y el macrocosmos, la armonía de los planetas y la escala musical.

Sobre la música del universo y la esencia cósmica de la música tratan los cuarenta y ocho textos que reúne Joscelyn Godwin, experto en tradiciones herméticas, en su Armonía de las esferas. Subtitulado Un libro de consulta sobre la tradición pitagórica en la música, llega ahora a su segunda edición en Atalanta, con traducción de María Tabuyo y Agustín López Tobajas.

La armonía intuida por los pitagóricos y formulada por Platón en el Timeo tuvo una de sus mejores expresiones en el sueño de Escipión que recogió Cicerón y en la visión de las esferas musicales de Timarco que relató Plutarco, dos textos que no se recogen en este amplio volumen que constituye un recorrido a través de las distintas épocas, desde la época clásica hasta el siglo XX, por textos de autores que vinculan la música con el cosmos y “comparten la intuición fundamental que Platón heredó de la escuela pitagórica: hay algo musical en el cosmos y algo cósmico en la música”, como señala Joscelyn Godwin en el Prólogo a la edición española.

La música de los planetas convoca a la inteligencia y a la intuición, reúne la revelación de las visiones con los procesos numéricos y evoca el poder cósmico de la música en la relación armónica entre los planetas y los tonos musicales, en los mitos órficos, su potencial benéfico en el arpa de David o su capacidad destructiva ante las murallas de Jericó.

 La creación del Alma del Mundo en el Timeo platónico, los tonos planetarios pitagóricos en la Historia Natural de Plinio el Viejo, la importancia de las proporciones en el manual de armonía de Nicómaco de Geras, la relación entre música y astronomía que exploró Ptolomeo, los himnos de Orfeo y la lira cósmica de San Atanasio,  la música y el descenso del alma en Quintiliano, el comentario de Macrobio sobre el sueño de  Escipión y la música planetaria, los astros y las cuerdas en Boecio, el simbolismo de los instrumentos y la semejanza del alma, la música y la esfera celeste, la música entre el cielo y la tierra, la música del alma y la música de las esferas, la armonía de alma y cuerpo y la metafísica del acorde perfecto y del sistema musical, la antigua cosmología musical y la analogía del mundo sonoro con la divinidad, los principios eternos de la música y el canto de los planetas son algunos de los temas que recoge esta antología en la que cada uno de los textos va precedido de una breve presentación explicativa de Joscelyn Godwin.

Entre Platón y Rudolf Haase, pasando por Plinio el Viejo, Marsilio Ficino, Johannes Kepler, Isaac Newton o Jean Philippe Rameau, un total de cuarenta y ocho autores en los que ha persistido y se ha matizado la tradición pitagórica sobre la música y la alegoría que conectaba en una misma imagen números y sueños, armonía y esferas.

“La armonía de las esferas -explica Godwin en su Prólogo- nos invita a participar de la revolución cosmológica, y a llevar a cabo una revisión completa de la manera en que se ha enseñado a las personas cultas a considerar su entorno cósmico. No nos exige que volvamos a las creencias de la Antigüedad o a las supersticiones de la Edad Media, sino que entremos en empatía con las mentes más elevadas de cada época, y tratemos de reformular sus intuiciones de manera acorde con nuestro tiempo.”

Completan la espléndida edición un conjunto de ilustraciones que traducen a imágenes el mundo del sonido, proponen visiones de la música y relacionan el tono acústico con la gama cromática en un libro espectacular en forma y fondo, por la calidad de los pasajes seleccionados en torno a esa imagen central de la armonía musical de las esferas y por las ilustraciones que subrayan su contenido. Así lo anuncia Godwin: "Para esta edición española he seleccionado algunas ilustraciones que muestran las múltiples formas en que estas ideas han inspirado a los artistas. Algunas de ellas representan los mitos clásicos del poder de la música. El primero de éstos es la historia de Orfeo, cuyo canto podía hechizar a animales, rocas, al alma de los hombres e incluso a los dioses del mundo inferior, y que se convirtió en fundador de un importante culto mistérico en Grecia y Roma."




30 marzo 2026

Atlas de islas remotas

 


Hoy llega a las librerías la edición revisada y ampliada de un libro monumental, el Atlas de islas remotas, de Judith Schalansky, que coeditan Capitán Swing y Nórdica Libros con una estupenda traducción de Isabel G. Gamero. 

En esta segunda edición, con un nuevo prefacio, se incorporan cinco nuevas islas -Isla de Gough, Sentinel del Norte, Agalega, Nukulaelae y las Islas Midway- a las cincuenta que ya figuraban en la primera edición, que apareció en 2013.

Entre la promesa y el misterio, entre la exploración y la imaginación que convierte a una isla en metáfora del individuo –porque un hombre es una isla, pese a John Donne-, en imagen de la utopía, en lugar del no lugar, esta es una nueva ocasión de disfrutar de un espléndido libro ilustrado con mapas que no son los de la Isla del tesoro de Stevenson, pero contiene un tesoro en cada una de sus cincuenta y cinco islas. 





29 marzo 2026

Zohar. Libro del esplendor

 


28 marzo 2026

Tierras solares, de Rubén Darío

 


Escribo a la orilla del mar, sobre una terraza a donde llega el ruido de la espuma. A pesar de la estación, está alegre y claro el día, y el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es la dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración. Es justamente una parte de la «tierra de María Santísima», con dos partes de la tierra de Mahoma. Mas el color local se va perdiendo, a medida que avanza la universal civilización destructora de poesía y hacedora de negocios. Hay, en verdad, mucho de lo típico, en los barrios singulares, como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba; mas la ciudad no os ofrecerá mucho que satisfaga a vuestra imaginación, sobre todo si imagináis a la francesa, y no buscáis sino pandereta, navaja, mantón y calañés.

Así comenzaba una de las crónicas viajeras que Rubén Darío escribió como corresponsal del diario La Nación de Buenos Aires durante un viaje de casi tres meses que hizo desde París para pasar el invierno de 1903 en Andalucía en busca de un clima mejor para su salud. 

Son las crónicas de un viaje que le llevó el 1 de diciembre a Barcelona, para recorrer -después de una parada en Madrid en la que visitó a Juan Ramón Jiménez, al que volvería a ver a la vuelta- Málaga (“predilecta del divino Helios”), donde pasará las navidades, Granada (“el viejo paraíso moro”), Sevilla (“la ciudad de don Juan y la ciudad de don Pedro”), “la ilustre y secular Córdoba”, Gibraltar (“el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la guerra”) y Tánger (“sobre el celeste fondo, la ciudad blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes.)”

Las empezó a publicar La Nación en enero de 1904 como entregas de una serie que llevaba como título genérico Tierras solares, que sería también el del volumen que las recogería en forma de libro a finales de ese mismo año. 

Era el primer libro que Rubén publicaba en España y en él incorporaría, para darle más volumen por sugerencia del editor Martínez Sierra, otras crónicas viajeras, escritas en otro viaje que hizo dos meses después, en mayo, por Bélgica, Alemania, Austria-Hungría e Italia y agrupadas -salvo los capítulos dedicados a Venecia y Florencia, que se sumaron por su carácter solar a los del primer viaje- en una segunda sección titulada De tierras solares a tierras de brumas, tras cerrar la primera parte con esta 'Italoterapia', la parte final del capítulo dedicado a Florencia:

 El mejor sistema de curación para la fatiga de los inmensos capitales, para el hastío del tumulto, para la pereza cerebral, para la desolante neurastenia que os hace ver tan solo el lado débil y oscuro de vuestra vida: este sol, estas gentes, estos recuerdos, esta poesía, estas piedras viejas.

Dos veces, señalábamos antes, a la ida y a la vuelta del viaje andaluz, visitó Rubén a Juan Ramón, al que dedicó un artículo -'La tristeza andaluza. Un poeta'- fechado en Málaga en febrero de 1904, en el que, tras definirlo como “el más sutil y exquisito de todos los portaliras españoles”, hace una inteligente lectura del recién publicado Arias tristes, que remata con estas líneas:

Así, Andalucía, entre todos tus tocadores de guitarra y de pandereta, entre todos los que hacen literatura alegre con tu color y tu exuberancia, te ha nacido un sonador de viola, de arpa, que sabe cantar, noble y deliciosamente, a la sordina, la recóndita nostalgia, la melancolía que llevas en el fondo de tu pecho. En tu copioso y fuertemente perfumado jardín lleno de claveles, ha abierto sus pétalos armoniosos una rosa de plata pálida espolvoreada de azul. Y yo tengo fe en la vida y en el porvenir. Quizá pronto, la nueva aurora pondrá un poco de su color de rosa en esa flor de poesía nostálgica. Y al ruiseñor que canta por la noche al hechizo de la luna, sucederá una alondra matutina que se embriague de sol.

Francisco Estévez y Juan Pascual Gay acaban de publicar la primera edición crítica de Tierras solares en Ediciones Evohé, en busca de la limpieza y la fijación del texto. Una edición realizada con admirable solvencia y ejemplar rigor filológico y atendiendo a las modificaciones significativas entre las entregas periodísticas y su forma definitiva en el libro. 

Han desplegado además un poderoso aparato crítico de más de mil cien notas a pie de página que no sólo aclaran muchas de las referencias contenidas en el texto, sino que lo contextualizan en el conjunto de la obra rubeniana y en el panorama global de la literatura de su tiempo.

Porque -como señalan los editores- “el volumen permite leer Tierras solares como un verdadero laboratorio estético: un espacio donde confluyen la profesionalización del periodismo moderno, la experiencia del viaje, la sedimentación de la tradición, la exploración de nuevas formas de escritura ante las angustias de época y los vertiginosos cambios. Lejos de constituir una obra menor, estas Tierras solares se presentan ahora como una pieza clave de la prosa de Darío, en la que la mirada del viajero, la sensibilidad del poeta y la conciencia crítica del escritor confluyen en una cartografía luminosa del Mediterráneo y de la modernidad europea.”




27 marzo 2026

Apreciaciones de Walter Pater



 


Solo llevando una vida retirada, dedicada a la contemplación, a la meditación y la escritura pudo alcanzar Walter Pater (1839-1894) las altas cimas intelectuales de su obra crítica, una de las más importantes del siglo XIX, cifrada en gran medida en estas Apreciaciones que acaba de publicar Cátedra Letras Universales con edición y traducción de Javier Alcoriza, que comienza su ajustado prólogo -"Walter Pater: una restitución"- con estas palabras: «¿A dónde ha llevado el esteticismo? Walter Pater encarna, tal vez en mayor medida que ningún escritor del siglo XIX, la actitud intelectual que apuesta por l’art pour l’art

Lector ferviente de John Ruskin, alumno de Matthew Arnold y maestro de Oscar Wilde, que lo definió como «el mejor maestro de la prosa inglesa de su tiempo», Pater fue un partidario ferviente del esteticismo decimonónico y del arte por el arte. Por eso, algo despectivamente, Chesterton dijo de su obra que «bien podría encarnar un sustancioso resumen de los estetas.»

Harold Bloom, que lo admiraba sin reservas, le dedicó el ensayo más largo de su Ensayistas y profetas. El canon del ensayo. Elogió allí su defensa del esteticismo y destacó que «como crítico literario es evasivo y ostenta mejor el título de maestro de la ensoñación que de la descripción, por no hablar del análisis, que le es del todo ajeno.»

El pórtico lógico de Apreciaciones, el volumen en el que reunió esta colección de estudios en 1889, es un espléndido ensayo inicial sobre el estilo en el que Pater deja fijados sus principios estéticos y estilísticos, sus gustos literarios, su método crítico y su concepción del estilo como una forma de percepción, porque, como subrayó Bloom, «Pater valoraba la facultad de ver por encima de todo.»

El conjunto de estas Apreciaciones resume un sistema de valoraciones estéticas y literarias a través de referentes de la literatura inglesa: la poesía del conocimiento y la contemplación apasionada de Wordsworth, «la figura del poeta más poderoso y original»; un agudo y completo ensayo sobre la obra de pensamiento de Coleridge, sobre su inquietud intelectual y sobre su poesía en busca de la plenitud absoluta; el motivo del autorretrato en los escritos de Char­les Lamb o una admirable semblanza de sir Thomas Browne a través de su correspondencia y de su obra preceden a la parte central del volumen, con tres excelentes ensayos sobre el teatro de Shakespeare.

Un estudio que conecta el brillo del lenguaje de Trabajos de amor perdidos con su poesía, un profundo análisis de Medida por medida y el ensayo "Los reyes ingleses de Shakespeare", donde Pater analiza los dramas históricos de Shakespeare como «una crónica popular desde Ricardo II hasta Enrique VIII.»

Completan la serie ensayística un estudio sobre la renovación poética de Dante Gabriel Rossetti y un epílogo en el que el Pater aborda el significado de la distinción entre lo clásico y lo romántico en la literatura del siglo XIX en Inglaterra y Francia y concluye que «el material para el artista, los motivos de inspiración, aún no están agotados: nuestra época curiosa, compleja y anhelante, abunda aún en temas de manipulación estética por parte de la literatura y otras formas del arte.»

  


26 marzo 2026

Sonetos a Orfeo

 




Surgió ahí un árbol. ¡Oh pura trascendencia! 
¡Oh Orfeo canta! ¡Oh árbol más alto al oído! 
Y se hizo el silencio. Mas en ese acallarse 
hubo nuevo inicio, señal y transformación.

Bestias de la quietud salieron del claro  
bosque librado de guaridas y nidos,
y ahí se supo que no estaban por astucia 
ni tampoco por miedo tan serenas,  

mas por la escucha. Bramar, gritar, rugir
nimio les parecía. Y donde no había 
casi ningún refugio para acogerlo,

un cobijo hecho del anhelo más oscuro, 
con una entrada de quicios temblorosos, 
ahí tú les alzaste un templo en el oído.

Esa exaltación de la música a partir del canto de Orfeo y de un árbol a la  vez terrestre y celeste es el primero de los cincuenta y cinco Sonetos a Orfeo de Rilke en la traducción de Adan Kovacsics y Andreu Jaume para la nueva edición bilingüe que acaba de publicar Lumen en el centenario de la muerte del poeta.

Organizados en dos partes casi simétricas de veintiséis y veintinueve sonetos, Rilke los compuso en su refugio de Muzot en tres semanas de inspiración torrencial y escritura febril en febrero de 1922, tras una época de prolongado silencio y sequía creativa, después de diez años de espera y retiro y a la vez que retomaba y completaba las Elegías de Duino, su otra cima poética. "Al llegar de manera tan inopinada -dice en una carta- me asaltaron de tal manera  que solo me dio tiempo a obedecer."

Como recuerdan Adan Kovacsics y Andreu Jaume en su Prólogo (‘El tempo en el oído’), “el poeta vivía entonces en la torre de Muzot, en la bella región del Valais, que su amiga Baladine Klossowska –Merline para él– le había ayudado a encontrar y que se había convertido en su refugio desde julio de 1921. Merline le había regalado una postal que reproducía un dibujo del pintor renacentista Cima da Conegliano y que representaba a Orfeo tocando y cantando en el bosque, rodeado de fieras hipnotizadas.”



Junto con Las Metamorfosis  de Ovidio, que también le había regalado su protectora, de ese dibujo le vino parte de su inspiración a Rilke, que escribió los primeros veinticinco sonetos entre el 2 y el 5 de febrero. Y el resto entre el 15 y el 23, hasta componer un cenotafio, un monumento funerario para Wera Ouckama Knoop, la hija bailarina de unos amigos, que había muerto de leucemia a los 19 años. 

Así hablaba Rilke en una carta de su proceso de escritura inspirada: “Los Sonetos a Orfeo […] son, para mí personalmente, la más misteriosa de mis obras, por el modo en que surgieron y tomaron posesión de mí, al dictado, al más enigmático dictado que he padecido y cumplido.”

En su impulso hímnico, tienen estos Sonetos algo de canto de frontera, de travesía del tiempo, de viaje de ida y vuelta entre la vida y la muerte como expresión de unidad de un todo que está más allá de lo visible:

¿Es él alguien de aquí? No, de ambos
reinos se nutre su amplia naturaleza.
Con más pericia dobla las ramas del sauce 
quien antes conoció las raíces de árbol.

Si el eje de sentido que sostiene las Elegías de Duino es la unidad de la vida, la fusión del mundo visible y el invisible, del lado iluminado y el oscuro en un territorio habitado por el ángel, en los Sonetos es Orfeo el semidiós, a la vez divino y humano, el símbolo que resume esa fusión. 

De ahí la elección de la figura de un Orfeo jubiloso y unificador como eje de estos textos que, aunque variados en sus temáticas, apuntan siempre al centro que vertebra el libro: el canto de alabanza a la transformación y a la movilidad de lo vivo, el tiempo y la muerte, la relación con la naturaleza, el amor y el destino, el dolor como error del cuerpo y la integración jubilosa en la unidad del mundo.

Dios y hombre, raíz y rama, principio y fin, luz y oscuridad se funden en la figura de Orfeo, el cantor que habitó el mundo de los vivos y el de los muertos y bajó a los infiernos para rescatar a Eurídice de la muerte. Su imagen simbólica niega y supera la dualidad del mundo y en ella se concreta la idea de la unidad esencial frente a la realidad escindida. Por eso en su figura conviven jubilosamente lo visible y lo invisible, el acá y el allá, el cielo y la tierra, lo humano y lo animal, el presente y el pasado para alcanzar la máxima conciencia y la plenitud existencial del ser.

Porque, como resume en el Soneto IX,

Sólo quien alzó la lira 
aun entre las sombras 
puede la alabanza sin fin
ofrecer vislumbrando.

Solo quien comió con muertos 
de esa amapola suya 
no perderá ya jamás 
ni el son más leve. 

Aunque el reflejo en la alberca 
a menudo nos esfume: 
sabe la imagen.

Tan solo en el reino dual 
se vuelven las voces 
suaves y eternas.

Esto le decía Rilke en una carta a Gertrud, la madre de Wera: “Todo lo que humanamente hubiera bastado para llenar una larga existencia terrenal (no sabemos cuál) tuvo la posibilidad de realizarse de repente por entero. Entonces una infinita luz brotó en el corazón de la joven y en él aparecieron, iluminados, los dos extremos de su pura intuición: por un lado, el pensamiento de que el dolor es un error, una burda equivocación surgida en nuestra parte corpórea, y que hunde su cuña de piedra en la unidad cielo-tierra; por el otro, el sentimiento de la unión profunda de su corazón abierto a todo, con la unidad del mundo que es y que dura, el consentimiento a la vida, la integración jubilosa, conmovida, total, del mundo terrestre —¿sólo terrestre? No (¿qué es lo que no sabría ella en esos primeros asaltos de la demolición y de la partida?), sino la integración con el todo, en un mundo muy superior al de aquí.”

Y esa unidad integradora del mundo se resuelve poéticamente en los Sonetos de Orfeo en transfiguración y metamorfosis, en transformación del ser ejercida por el canto órfico, por la poesía. Como en el penúltimo soneto de la serie, en el que evoca a la joven bailarina muerta:

Oh ve y ven, tú, casi una cría, agrega 
por un instante la figura de la danza 
a la constelación pura de los bailes 
con los que efímeros superamos

el duro orden natural, que solo se volvió 
del todo oyente cuando cantó Orfeo. 
Eras aún la desde entonces movida 
y algo extrañada cuando un árbol mucho

se lo pensó para ir contigo de oído. 
Aún conocías el lugar donde la lira 
se alzó sonando; el centro inaudito.

Para ello ensayaste tus bellos pasos, 
con la esperanza de volver el rostro 
y el ritmo del amigo a la fiesta pura.

Todo ese proceso de transfiguración frente a la desaparición se expresa de manera culminante en el espléndido soneto final y su afirmación del ser:

Callado amigo de tantas distancias, siente
cómo tu resuello amplía el espacio.
En el oscuro yugo de las campanas 
déjate sonar. Eso que te consume 

será más fuerte con este alimento. 
De la transformación entra y sal. 
¿Cuál es tu más terrible experiencia? 
Vuélvete vino, si beber te amarga. 

En esta noche excesiva, sé arte 
de magia en el cruce de tus sentidos, 
la razón de su extraño encuentro. 

Y si lo terrenal te olvidara, dile 
a la tierra calmada: Yo fluyo. 
Al agua rápida confía: Yo soy.

Además de una nueva traducción de los Sonetos, esta nueva edición incorpora otros poemas y fragmentos inéditos en español que, aunque complementan el ciclo órfico, no se habían traducido hasta ahora y una selección de cartas en las que Rilke comenta el proceso de elaboración de la serie y su sentido.

Como hace en la carta a Katharina Kippenberg, su editora, fechada el 23 de febrero de 1922, el mismo día que escribió el soneto que cierra la serie:

Aquí ha cobrado forma, me parece, algo que viene a menudo de muy lejos, algo esencial perteneciente a la vivencia egipcia... Alguna cosa que durante mucho tiempo ha permanecido totalmente intacta y finalmente ha podido aclararse y al lado, muy cerca, algo inmediato que ha quedado claro ya desde el primer momento... 
No quiero o quizá no puedo decir nada más.
Las dos partes vinieron dadas por el momento en que fueron creadas: a principios de febrero y (la segunda parte) ahora, en estos días. En medio entró el rugido de la gran tormenta de las Elegías. De ahí que el orden (con dos excepciones, pues los poemas fueron sustituidos por otros) de las dos secciones haya quedado en forma cronológica; me falta la distancia para recolocar las piezas. Además, la secuencia según la gestación de cada una puede tener su justificación, ya que varios sonetos surgieron a menudo en un solo día, casi al mismo tiempo, de manera que a mi lápiz le costaba seguirle el ritmo a su aparición.






25 marzo 2026

Autobiografía de Xavier Cugat




“Estar arruinado en España, hoy, es una felicidad”, escribía Xavier Cugat en ‘La verdad sobre la mafia”, uno de los capítulos de su autobiografía Yo, Cugat, que publicó en 1981 y recupera Fórcola en una edición que llega hoy a las librerías.

Lo abre un prefacio en el que Frank Sinatra afirmaba en febrero de 1981 que “el calor, la fuerza, el ritmo de Cugat y la vibración de su música son algo con lo que siempre me he sentido identificado.”

Espléndidamente editada por Javier Jiménez, este esmerado volumen incorpora dos amplios cuadernillos centrales de ilustraciones y caricaturas que van más allá de la figura del músico y dibujante para resumir una época de la música y el cine y de la vida artística de Cugat, entre sus comienzos en el Carnegie Hall de 1920 y la televisión de los años 60 con su última actuación importante en El show de Ed Sullivan el 26 de febrero de 1967.

Lo recuerda en su prólogo (‘El rey de la rumba va a Hollywood’) David Felipe Arranz, que reivindica así el legado de Xavier Cugat, que murió en Barcelona en octubre de 1990: “Ahora, pese a las más de tres décadas transcurridas, el legado de Cugat tiene más importancia que nunca aquí en España y acullá en los Estados Unidos, y, si nos lo permiten, en todo el mundo. Aquella energía excesiva, un poco cínica y con un sentido extraordinario de la estética y la música, que mostraba también un pragmatismo sin disimulo, aunque benevolente, debería convertirse en algo muy importante para los españoles, pues solo un puñado de compatriotas ha logrado la hazaña de trascender a lo universal.”

Subtitulada Mis primeros ochenta años, Yo, Cugat es un recorrido autobiográfico por la trayectoria vital y artística del hombre que pasaría sus últimos dieciocho años de vida, desde su regreso a Cataluña en 1972, alojado en una suite del Hotel Ritz de Barcelona. En esos años finales volvería a formar una gran orquesta con la que daría conciertos por España y grabaría en 1987 el álbum Cugat desde el Ritz.

Nacido con el siglo, el 1 de enero de 1900, en Gerona, de familia ampurdanesa, como recuerda en el capítulo inicial, Cugat llegó con cuatro años a La Habana, donde se formó como músico y se convertiría en primer violinista de la Sinfónica del Teatro Nacional. 

Cugat evoca aquella época preliminar pero decisiva en la fundamentación de su carrera, que despega con un primer concierto en el Carnegie Hall de Nueva York y a partir de ese momento comienza también una larga carrera sentimental que se concretaría en cinco matrimonios y en cinco mujeres a las que dedica sendos capítulos: Rita Montaner, Carmen Castillo, Lorraine Allen, Abbe Lane y Charo Baeza.

Los estudios de perfeccionamiento en Berlín, el abandono provisional y desengañado de la música para dedicarse a la caricatura en Los Angeles Times de Hollywood, el regreso a los conciertos de música clásica como violinista y los quince años de conciertos de música latina -rumba, samba, conga- con su orquesta en el Waldorf Astoria de Nueva York, su relación con Sinatra, que grabó su primer disco con la orquesta de Cugat, Bing Crosby (“el cantante más completo que he tenido en mi orquesta”), Barbra Streisand, Jorge Negrete, Dean Martin o Rita Hayworth, sus incursiones cinematográficas en los años de las grandes películas musicales de Fred Astaire, Ginger Rogers y Esther Williams o la muerte de Carmen Miranda en el entreacto de una actuación con su orquesta son algunos de los episodios y los personajes que desfilan por estas páginas.

Páginas a las que Cugat incorpora decenas de anécdotas y habla también de la calvicie y el uso del peluquín, de sus actuaciones en televisiones y casinos o del cainismo entre los artistas de raíz hispánica, entre quienes “tanto si son españoles como mexicanos, cubanos o chilenos, existe una envidia tremenda y en el fondo se odian unos a otros y desean su nuevo fracaso”, de su cadena de restaurantes y de su ruina económica, a la que aludía en la frase que abre esta reseña.

Y tras los capítulos autobiográficos, tres epílogos (‘Print the Legend’, de Diego Mas Trelles; ‘Xavier Cugat, la felicidad del siglo’, de Ignacio Peyró, y ‘Cugat, que vivió mucho’, de Jordi Puntí) que resumen la importancia de la trayectoria artística y humana de Cugat. Así cierra Ignacio Peyró el suyo: “Al final, Cugat regresó a España, a Barcelona, para vivir aún unos años entre el cardiólogo y el Ritz. Quedaban atrás las rubias achampanadas, los bailes de Astaire y Ginger Rogers, los dominios de la ilusión, mientras el mundo se despeñaba por la dodecafonía. Pocos más cómplices del corazón humano, necesitado de las benevolencias de la música. Ninguno más grande que Xavier Cugat. A veces hay justicia en la nostalgia: vaya en su memoria una copa de anticuado pipermín.”

Cierran el volumen una cronología, una relación de su filmografía y su discografía esenciales, un centenar de notas del editor Javier Jiménez y un índice onomástico en el que se cifran las referencias vitales y musicales de Cugat: de Bach, Mozart y Beethoven a Caruso, Greta Garbo, Cole Porter o Sinatra.