08 mayo 2026
“Por razones que al autor le bastan, he decidido pintar un nuevo retrato del gran poeta Jaime Gil de Biedma. Han pasado más de veinte años desde que me atreví a pintarlo por primera vez, impulsado por mi devoción particular y por el hecho de que su figura irradiaba un aura irresistible basada en la calidad de su obra, su vida inverosímil y una muerte cruel que fue símbolo de toda una época. Todavía hoy, Jaime Gil de Biedma sigue siendo un verdadero mito de nuestra poesía”, escribe Miguel Dalmau en el prólogo que abre la nueva versión “ampliamente revisada, actualizada y con numerosos nuevos materiales” de su ejemplar biografía de Jaime Gil de Biedma que acaba de publicar Tusquets.
“Debo recordar que mi primer retrato -añade Dalmau- desató un revuelo sin precedentes por razones que rebasaban ampliamente lo literario. Algunas de las figuras más notables de la cultura española, y otras que no lo eran tanto, tomaron partido a través de críticas, artículos de opinión, declaraciones en radio y televisión, cartas a los medios, e incluso intervenciones en programas de prensa rosa. Los motivos de ese revuelo mayúsculo tenían que ver con la escandalosa vida privada del poeta, que se presentaba en mi retrato de un modo descarnado y directo.
Este detalle es fundamental, porque los detractores del trabajo ajeno suelen olvidar lo importante. Y lo importante aquí es tener claro que la verdadera finalidad de una biografía es contarnos la historia de una persona, es decir, relatar lo que le sucedió a alguien de relieve y sobre todo lo que fue significativo para él. No para nosotros. Y nos guste o no, cada persona es distinta y reclama una mirada singular. Quizá el indagar sobre la vida íntima de Borges, por ejemplo, no sea la mejor idea que un ser humano pueda tener en este valle de lágrimas. Pero cuando se plantea el retrato de un sentimental incontrolado, como Jaime Gil de Biedma, de un erotómano, de un poeta que cantó al amor y sus desvelos, de un hombre, en fin, que pagó con la vida los excesos carnales, quizá sea una buena idea asomarse al otro lado del espejo. Si no aceptamos esto desde el principio, no podremos valorar nunca una biografía valiente ni tampoco ver lo mucho que tiene de acto de justicia. Y no solo poética.”
Retrato de un poeta es el subtítulo de esta monumental biografía que se publicó por primera vez hace más de veinte años, en Circe, con una acogida muy crítica del círculo cercano a Gil de Biedma, de Juan Marsé a Jaime Salinas.
En estas dos décadas ha ido apareciendo nuevos materiales que justifican la nueva edición revisada en Tusquets de este ensayo biográfico que se guía siempre por la interrelación entre vida y obra, entre experiencia real y escritura poética para componer una imagen global de Gil de Biedma, que hizo de la poesía su manera de estar y de verse en el mundo.
Al tríptico en que se organizan ambas ediciones (Infancia y confesiones, El juego de hacer versos y Contra Jaime Gil de Biedma) se le anteponen ahora en esta reescritura no sólo el prólogo citado, sino también un breve texto preliminar (Barcelona. Año cero) que sustituye al también breve Tríptico 1978 que abría la edición de 2004, con una evocación de la visita al despacho que un Gil de Biedma recién muerto tenía en la sede barcelonesa de la Compañía de Tabacos de Filipinas, para hacer un escrutinio de su escasa biblioteca.
Sus tres partes toman como significativos títulos los de tres poemas fundamentales de Gil de Biedma para reconstruir su contexto familiar y su biografía hasta 1956, el año crucial que dejó reflejado en su Diario del artista seriamente enfermo; su itinerario vital y su trayectoria poética desde Compañeros de viaje hasta Poemas póstumos y su compleja vida sentimental.
Y esas tres partes completan el diseño de una biografía construida sobre la lectura de la obra de Gil de Biedma, sobre la extensa bibliografía secundaria que generaron su obra y su vida y sobre abundantes testimonios orales o epistolares de quienes formaron parte de su círculo más cercano por razones literarias o familiares, amistosas o sentimentales. Testimonios a veces contradictorios que le hacen escribir a Dalmau en un momento determinado del libro que “escribir biografías es un reto de otro mundo.”
Pocas obras habrá en la literatura contemporánea en español tan hondamente enraizadas en la construcción de un personaje poético como la que, al menos en su superficie, completa Jaime Gil de Biedma entre Las personas del verbo y sus diarios. Y una obra como esa, tan radicalmente autobiográfica, requería una biografía como esta, que rastrea minuciosamente y dilucida su fondo intrahistórico, sus máscaras literarias y sus juegos de espejismos y espejos que reflejan la realidad o la deforman.
"Mitad Narciso, mitad Calibán", el alcohol y la soledad, la rebelión de la carne y el tiempo recobrado, la amistad y las transgresiones, las conversaciones y las derivas, el paso del tiempo y las relaciones clandestinas, el aprendiz de cónsul en Sodoma y el alto ejecutivo por herencia familiar en Tabacos de Filipinas, el vitalismo desbordado y la plenitud amorosa, las conjuras políticas y el señoritismo del poeta con mayordomo, la pasión gitana y las manchas tropicales, Nava de la Asunción y Nueva York, los encuentros y las deserciones, Marsé y Barral, Barcelona, Manila y Ultramort, el diario secreto de 1978 y los poetas del 50, el brillo social y la descomposición física e intelectual de sus últimos meses recorren las páginas de este segundo Retrato de poeta de Miguel Dalmau, una completa biografía que, con la actualización de sus testimonios y la reelaboración de sus materiales, con su ejercicio de reescritura y con un cuadernillo central con cuarenta y una ilustraciones, traza una imagen más matizada del personaje, que aparece aquí con un perfil más complejo y contradictorio, más profundo y más humano, entre el morbo y el secreto, entre el reconocimiento público y el silencio voluntario de un poeta que “había quemado su vida tratando de ocultar la verdad.”
Una imagen asentada también en iluminadoras lecturas de textos como Pandémica y celeste, “el poema que me tiene más contento de todos los que he hecho”, como le explicaba a Juan Ferraté en una carta, y “el mejor camino para acercarse a la poesía amorosa de Gil de Biedma, porque en él desarrolla su particular teoría del amor.” Un texto que además adquiere una dimensión más potente si se recuerda la muerte del poeta, ocasionada por el sida y por unas relaciones más pandémicas que celestes.
Todo ese nuevo material sobre Gil de Biedma -explica Dalmau- “me indujo a pintar un nuevo retrato, dirigido especialmente a las nuevas generaciones, con el deseo de que lleguen a descubrir a un autor que nos seduce por su cercanía y que con el tiempo termina siendo como un amigo del alma. Aunque he conservado gran parte de mi material anterior, los cambios son decisivos: he suprimido capítulos enteros, he incorporado otros nuevos, he añadido las aportaciones antes mencionadas, he revisado viejos testimonios y he sumado otros de interés; asimismo he reinterpretado algunos hechos y he completado mis primeras impresiones. En suma, he vuelto a pintar a Jaime Gil de Biedma.”
07 mayo 2026
Al calor de tu nombre
Cinco disparos, y después, el vacío. Y esa sensación de estar sordo y ciego, y de caer en un pozo hueco y sin fondo. Cinco estallidos, cinco balas estrictas, inaplazables. Tan rápido todo, tan imprevisto, a pesar de haberlo esperado tanto tiempo. El estruendo resuena aún en su cerebro como un eco que le martillea por dentro. Y es como si los sonidos de la calle hubieran desaparecido y solo escuchara en su interior la sangre desbocada por las venas. Es un clamor sordo, incontenible, y siente que se derrumba. De pronto escucha también algo cerca, un rumor de voces, pero no puede abrir los ojos. No tiene fuerzas para abrirlos, para mover los párpados, los labios. Tras la sacudida eléctrica, esa quietud. Ese estar prisionero dentro de sí mismo. Siente por dentro su respiración. Y fuera, esa maraña de voces, jadeos, gente que corre. Un niño grita desaforado: ¡yo lo vi todo, yo lo vi todo! Y una voz masculina y ronca repite: ¡llamen a una ambulancia, se está desangrando! Él escucha ese ruido pero apenas puede distinguir las voces. El niño insiste, nervioso: dije que fue Trujillo, eso dijo, y antes les dijo a ellos que lo dejara en paz, que no les debía nada. Luego huyeron. Pero quiénes huyeron, le pregunta otra voz. Dos tipos, responde el niño. En un Chevrolet verde, le pasaron por encima, ¡yo lo vi todo!
Así comienza Al calor de tu nombre, la novela de Selena Millares que rescata la memoria olvidada de José Almoina (Lugo, 1903-Ciudad de México, 1960), un republicano español exiliado desde 1939 en la República Dominicana, donde fue colaborador estrecho de Rafael Leónidas Trujillo, del que llegó a ser secretario personal y cuyas prácticas corruptas acabaría denunciando en un libro firmado con seudónimo: Una satrapía en el Caribe: historia puntual de la mala vida del déspota Rafael Leónidas Trujillo.
Huyendo de aquella otra dictadura, Almoina partió para un segundo exilio en México, donde sería asesinado en mayo de 1960. “Digan que fue Trujillo”, denunció antes de morir el día después de esa escena con la que se abre una vibrante novela en la que se suceden el amor y la muerte, la guerra y la tiranía, la España republicana y el Caribe de Trujillo, lo íntimo y lo público de unas vidas que nunca son menores.
Al calor de tu nombre es una novela espléndidamente escrita, repleta de guiños literarios y sostenida en una prosa de admirable calidad, en una meditada estructura compositiva, en una cuidada combinación de narración y diálogos y en una vívida reconstrucción de personajes reales sobre el complejo telón de fondo de unos años agitados y peligrosos que marcaron la peripecia dolorosa de sus vidas y sus destinos.
En La Fiesta del Chivo Vargas Llosa había reconstruido también aquel episodio:
—¿Conoció a José Almoina, allá en México? Un gallego que vino aquí con los españoles republicanos exiliados.
—Si, Excelencia. Bueno, a él sólo de vista. Pero sí a muchos del grupo con el que se reúne, en el Café Comercio. Los «españoles dominicanos», se llaman ellos mismos.
—Ese sujeto publicó un libro contra mí, Una satrapía en El Caribe, pagado por el gobierno guatemalteco. Lo firmó con el seudónimo de Gregorio Bustamante. Después, para despistar, tuvo el desparpajo de publicar otro libro, en Argentina, éste sí con su nombre, Yo fui secretario de Trujillo, poniéndome por las nubes. Como han pasado varios años, se siente a salvo allá en México. Cree que me olvidé que difamó a mi familia y al régimen que le dio de comer. Esas culpas no prescriben. ¿Quiere encargarse?
—Sería un gran honor, Excelencia —respondió Abbes García de inmediato, con una seguridad que no había mostrado hasta ese momento.
Tiempo después, el exsecretario del Generalísimo, preceptor de Ramfis y escribidor de doña María Martínez, la Prestante Dama, moría en la capital mexicana acribillado a balazos. Hubo la chillería de rigor entre los exiliados y la prensa, pero nadie pudo probar, como decían aquéllos, que el asesinato había sido manufacturado por «la larga mano de Trujillo». Una operación rápida, impecable, y que apenas costó mil quinientos dólares, según la factura que Johnny Abbes García pasó, a su regreso de México. El Benefactor lo incorporó al Ejército con el grado de coronel.
La desaparición de José Almoina fue apenas una, en la larga secuencia de brillantísimas operaciones realizadas por el coronel, que mataron o dejaron lisiados o malheridos a docenas de exiliados, entre los más vociferantes, en Cuba, México, Guatemala, New York, Costa Rica y Venezuela. Trabajos relámpago y limpios, que impresionaron al Benefactor.
A partir de ese desenlace que sirve como pórtico de su novela, Selena Millares recompone el viaje vital del protagonista en el tiempo y en el espacio que constituye el cuerpo central de la novela. Un viaje que se inicia en ese mismo pórtico narrativo cuando todo está a punto de terminar, cuando un moribundo Almoina evoca su pasado infantil de huérfano solitario en una nebulosa agonizante que le devuelve a su Lugo natal antes de oír la voz de Pilar, su mujer:
Alguien susurra en mi oído. Es la voz de Pilar. Siento su mano agarrando la mía, su calor. Cómo no reconocer esa temperatura tibia. Esa piel seca y suave. Ese perfume a lavanda. Reacciono como un resorte al oírla y de mi garganta sale un gemido. Logro apretar su mano, aunque no puedo hablar ni mirarla. Entonces su voz se quiebra, pero enseguida recupera algo de su fortaleza. De su templanza de siempre. No te preocupes, amor, te vas a curar, me dice. Te van a operar y te vas a curar, Volverás a casa, entonces nos iremos de aquí. Muy lejos. A algún lugar tranquilo y seguro. Yo voy a estar a tu lado todo el tiempo. No te voy a dejar solo nunca. Su voz vibra, y sé que no cree del todo en sus palabras. Que me quiere animar, que tiene miedo. Pero quién sabe. Tal vez sí, tal vez suceda otro milagro, ¿por qué no? Como el milagro de haber llegado vivo hasta aquí después de tantos años huyendo. De vivir siete vidas y siete muertes. O el milagro de haberla encontrado aquel día tan lejano en Benavente, antes de la guerra. Y sentir que volvía a nacer en ese preciso momento. Como si todo mi pasado solo fuera un compás de espera para encontrarla. Ochenta y cinco veces mil y otras tantas. Todo para llegar a esos ojos y perderme allí para siempre.
Y así ese párrafo se convierte en una brillante obertura que anuncia la peripecia que reconstruyen el medio millar de páginas de bien templada prosa de sus cincuenta capítulos, enmarcados por dos textos, uno preliminar (El antiguo alimento de los dioses) y otro epilogal (La sal de la tierra), organizados en cinco partes que exploran cronológicamente la trayectoria del protagonista desde El sueño como un tesoro enterrado (España 1929-1936), la memoria de la Francia del exilio entre 1937 y 1939, el Caballo de Troya en la República Dominicana (1939-1947), El dadivoso azar de México entre 1947 y 1954 y La luz de los días en el México secreto de 1954 a 1960, para regresar circularmente en el último tramo de la novela al punto de partida: al mayo de 1960 en Ciudad de México, al atentado que le costó la vida a Almoina y a la niebla que le devuelve a las visiones espectrales de otros espacios y de otro tiempo ya sin tiempo y sin espacio:
De pronto oye la voz estremecida de Pilar, aunque apenas puede descifrarla. Se siente bien ahora, casi ingrávido. Al fin ha vencido al dolor, y vuelve a abrir los ojos. Entonces ve la azotea de su casa de México. Las sábanas blanquísimas ondean bajo un sol de primavera, en medio de ese aire transparente que hace refulgir los colores. Como si todo fueran gemas. El rojo de los geranios. El rosado de las buganvillas. Y ahí junto a las sábanas tendidas está Pilar, hablándole, con esa voz que oye ahora lejana. Su vestido es blanco también y ondea con esas sábanas, como las velas de un barco que avanza orgulloso. Pilar con los ojos cerrados, dejándose acariciar por el viento. Ojalá hubieran podido volar como esas sábanas que ahora ve ondear. O como aquella meiga del cuento que salía de noche recoger estrellas en su falda.
Pero no, qué meiga. Almoina se da cuenta de que estaba soñando. Y siente ahora el perfume de lavanda de ella. Ya está despierto, y puede abrir los ojos. Los abre porque acaba de oír una voz que dice papá. Esa palabra que él dejó de pronunciar tan pronto y que por eso siempre le emociona oír. Alguien ha dicho papá, pero no ve a nadie al principio. Se incorpora un poco. Entonces sí. Enseguida ve a su hijo de cuatro años. Hacía tanto que no lo veía. Y ahora está ahí, tan cerca. ¿Aún me reconoces, hijo? ¿Como aquel día en Bayona, después de meses sin vernos? El niño se encarama sobre el lecho y su padre le sigue hablando: pero hijo, cómo es que vas descalzo, qué manía tienes de quitarte los zapatos. No te preocupes que ya no vamos a viajar más. Nunca más te vas a quedar solo, hijo. Anda, ven, acércate, acurrúcate a mi costado, que fuera hace frío...
06 mayo 2026
Diez grandes novelas y sus autores
“Las novelas de las que me he ocupado en estas páginas son muy distintas entre sí, pero tienen un rasgo en común: cuentan buenas historias, y sus autores las relatan de una manera muy sencilla. Narran acontecimientos y ahondan en motivaciones sin recurrir a ninguno de los fastidiosos recursos literarios como el monólogo interior o el salto atrás, que vuelven tediosas tantas novelas modernas. Cuentan al lector lo que desean que sepa, y no, como está de moda en la actualidad, le dejan que adivine quiénes son los personajes, cuál es su ocupación y cuáles sus circunstancias: en una palabra, hacen todo lo posible para facilitarle las cosas. No parece que hayan intentado impresionar con su sutileza ni sobresaltar con su originalidad. Como personas, son bastante complicados; como escritores, son increíblemente sencillos”, escribe William Somerset Maugham en el texto que cierra su espléndido Diez grandes novelas y sus autores, que Tusquets incorpora a su sólida colección de ensayo Condición Humana, con traducción de Fabián Chueca.
A finales de los años cuarenta, el director de la revista literaria estadounidense Redbook pidió al escritor británico William Somerset Maugham, un novelista con prestigio y popularidad, que elaborase una lista de las diez mejores novelas de la literatura universal. La lista fue, como todas las de este tipo, arbitraria y discutible, pero estaba llena de sugerencias y posibilidades:
“Como es natural, mi lista era arbitraria -reconoce Somerset Maugham-. Podría haber confeccionado otra con diez novelas distintas, tan buenas cada una en su estilo como las que escogí, aduciendo razones igualmente válidas para justificar su selección. Si pedimos a cien personas, de amplias lecturas y cultura adecuada, que hagan una lista de esta índole, es muy probable que aparezcan citadas al menos doscientas o trescientas novelas, pero creo que en todas las relaciones tendrían cabida la mayoría de las que yo elegí. ”
Aquella propuesta provocó poco después una nueva invitación de la que en 1954 surgió este libro, cuando “un editor estadounidense me sugirió reeditar en forma abreviada las diez novelas que había enumerado, acompañadas de sendos prefacios cuya redacción correría de mi cuenta.”
Y así surgieron estos doce ensayos memorables sobre el arte de la ficción, sobre diez novelistas de siglo XIX, evocados en estupendas semblanzas narrativas, y sobre sus obras más representativas. Doce ensayos recopilados en un volumen subtitulado Los secretos del arte narrativo que se encomienda a dos significativas citas iniciales que orientan el enfoque de los artículos:
Siempre me han gustado las correspondencias, las conversaciones, los pensamientos, todos los pormenores del carácter, de las costumbres, en una palabra, de la biografía de los grandes escritores. (Saint-Beuve)
La primera condición de una novela es que interese. Ahora bien, para que así sea, hay que ilusionar al lector hasta tal punto que pueda creer que lo que se le cuenta ha sucedido de verdad. (Balzac)
Es, en resumen, la biografía de los grandes escritores como literatura y la novela como testimonio y documento fiable de su tiempo. Y es muy interesante que un novelista como Somerset Maugham cuente las vidas de otros novelistas (Fielding, Jane Austen, Stendhal, Balzac, Dickens, Flaubert, Melville, Emily Brönte, Dostoievski y Tolstoi) como si fuesen novelas y que cuente las novelas (Tom Jones, Orgullo y prejuicio, Rojo y negro, David Copperfield, Madame Bovary, Moby Dick, Cumbres borrascosas, Los hermanos Karamazov, Guerra y paz) como si él mismo hubiese sido testigo de los hechos narrados:
“En los capítulos que siguen -explica el narrador convertido aquí en ensayista- he dedicado, en cada caso, unas páginas a la vida y al carácter del autor en cuestión. Y lo he hecho así, en parte, para mi disfrute personal, pero también por el lector, pues creo que saber qué tipo de persona era el autor permite comprender y valorar mejor su obra. Saber algo acerca de Flaubert explica muchas cosas que de otro modo resultarían inquietantes en Madame Bovary, y saber lo poco que hay que saber de Emily Brontë infunde un mayor patetismo a su extraña y maravillosa obra. Como soy novelista, he escrito estos ensayos desde mi propio punto de vista. El peligro que eso entraña es que el novelista es muy propenso a que lo que más le guste sea aquello que se asemeja a las novelas que él hace, y que juzgue la obra de los demás por su proximidad a su práctica personal. ”
Cuando Flaubert declaraba que Mme. Bovary era él, le estaba dando a Somerset Maugham una pista que aprovecha con brillantez en este libro, que es lo que suele ser la crítica anglosajona: una invitación a la lectura y una reivindicación del placer de leer novelas, porque -escribe Somerset Maugham- “las personas sensatas no leen una novela como si fuera una obligación. Las leen para divertirse.”
Ese enfoque lúdico y el valor añadido de la sutil inteligencia del autor de El filo de la navaja hacen de este libro una lectura muy recomendable y una nueva excusa para visitar otra vez la novela clásica del siglo XIX.
El análisis cercano y rememorativo de las diez novelas (que podrían haber sido otras, claro) y de la personalidad de sus autores va enmarcado entre dos capítulos, uno inicial y otro final, sobre el arte de la ficción y su práctica.
El primero, El arte de la ficción, es un intenso tratado sobre el oficio de narrar y su técnica en el que Somerset Maugham, con la pericia de quien es un solvente narrador, aborda cuestiones como el punto de vista, entre el narrador en primera persona y el narrador omnisciente, los métodos de construcción del personaje o los diálogos para concluir que “no hay por qué leer una novela sin disfrute. Si al lector no se lo proporciona, para él la obra en sí carece de valor. En este sentido todo lector es su mejor crítico, pues solo él sabe con qué disfruta y con qué no. Creo, sin embargo, que el novelista puede decir que no se le hace justicia si no se reconoce que tiene derecho a exigir algo a sus lectores. Tiene derecho a exigir que el lector posea la pequeña dosis de aplicación necesaria para leer un libro de trescientas o cuatrocientas páginas. Tiene derecho a exigir que el lector posea suficiente imaginación para ser capaz de interesarse por la vida, las alegrías y las penas, las tribulaciones, los peligros y las aventuras de los personajes de su invención. Si el lector no es capaz de dar algo de sí mismo, no obtendrá de una novela lo mejor que esta puede ofrecerle. Y si no es capaz de darlo, sería mejor que no la leyera. No existe obligación alguna de leer una obra de ficción.”
El último texto, En conclusión, es un puro ejercicio de imaginación narrativa, lleno de inteligencia e ironía. En él, el ensayista-narrador convoca a los diez novelistas a una fiesta en su casa y les deja moverse con la discreción elegante de un buen anfitrión.
Es la fiesta de la lectura que se celebra como culminación de este libro, una fiesta a la que está invitado todo lector de novelas. Una reunión de escritores y de conversaciones que vale más que muchos tratados soporíferos sobre el oficio de escribir y el de leer.
05 mayo 2026
Antología poética de Rafael Cadenas
“Reconocer el trabajo literario de Rafael Cadenas no es solo un acto de justicia con la calidad de una obra, sino también un recado para todos aquellos que buscan en la palabra un compromiso, una lucidez, una reflexión, una constatación y un cotejo de la realidad que les acomode solidariamente en una actitud ante el mundo y ante sí mismos, como personas y como artistas, poetas, pensadores, intelectuales o simplemente interesados en las relaciones entre el lenguaje, la vida y el placer estético. Nada de lo que cuenta el venezolano nos deja indiferentes, porque el poeta emprende con cada pieza un repliegue sobre su propia subjetividad, una meditación sobre el lenguaje, las palabras y los actos que ellas vaticinan, poniendo al lector contra las cuerdas, obligándolo a enfrentarse con el mundo con los cinco sentidos. Sus poemas breves, mínimos, son dardos, y sus poemas dilatados son materiales para la contemplación, el estudio, una lluvia que cala y empapa hasta los tuétanos”, escriben Ángel Esteban y Yannelys Aparicio en la Introducción de Este vivir en vilo, la antología poética de Rafael Cadenas que publica Cátedra Letras Hispánicas.
Una amplia antología que reúne una muestra generosa y significativa de la poesía del autor venezolano. Una poesía de la indagación con la que ha explorado verbalmente el misterio del mundo y del hombre durante más de seis décadas con textos como este:
Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor. Pero mi raza era de distinto linaje. Escrito está y lo saben —o lo suponen— quienes se ocupan en leer signos no expresamente manifestados, que su austeridad tenía carácter proverbial.
Era el comienzo de Los cuadernos del destierro (1960), un subyugante poema narrativo dotado de una magia que no está sólo en las palabras, sino en una tonalidad en la que lo mágico y lo sobrehumano se expresan en un tono de exorcismo aterrador por medio de una voz que no es sólo la voz personal del poeta, sino la de un mundo que se expresa a través de él.
Entre el inicial Poemas de Trinidad (1954) y las glosas a otros autores de Contestaciones (2018), esta antología ofrece un pormenorizado recorrido por la creación poética de Cadenas, que, desde Falsas maniobras (1966), experimentó una modificación sustancial de su tono, que pasó de la incursión en lo telúrico, lo mágico y lo desconocido a una tonalidad verbal más cercana y a la preocupación por la desnudez del lenguaje, a la claridad aérea de la dicción y a la transparencia de su estilo -“Ya el delirio no me solicita”, escribió en Intemperie (1977)-, al verso más que corto escueto, al tono menor y a un cambio aún más transcendente en el sujeto lírico: desde el hechicero al hombre corriente y a la memoria, como en estos versos de Gestiones, uno de los libros que mejor resumen esa nueva poética del autor:
Ocurre que después del laborioso forcejear
el poema
está donde menos se esperaba,
donde nadie lo buscó,
donde no se ve,
en el rincón más apagado.
Vino a dar ahí
burlando al que escribía, al lector, a la página.
Se deslizó hasta ese lugar
donde de pronto
es descubierto.
Aquí,
dice una voz queda.
Oculto
como un niño
en un cuarto
donde se guardan viejos muebles,
Esa nueva deriva hacia un tono bajo y cercano se había sustanciado ya en 1963 en Derrota, un poema algo anterior a Falsas maniobras. Un poema central en su obra, del que los editores destacan “la relevancia que ha tenido en el contexto de su obra literaria completa” y que seguramente es el más conocido y antologado de su autor. Comienza con estos versos:
Yo que no he tenido nunca un oficio
que ante todo competidor me he sentido débil
que perdí los mejores títulos para la vida
que apenas llego a un sitio ya quiero irme (creyendo que mudarme es una solución)
que he sido negado anticipadamente y escarnecido por los más aptos
que me arrimo a las paredes para no caer del todo
que soy objeto de risa para mí mismo
que creí que mi padre era eterno
que he sido humillado por profesores de literatura
que un día pregunté en qué podía ayudar y la respuesta fue una risotada
que no podré nunca formar un hogar, ni ser brillante, ni triunfar en la vida
que he sido abandonado por muchas personas porque casi no hablo
que tengo vergüenza por actos que no he cometido
que poco me ha faltado para echar a correr por la calle
que he perdido un centro que nunca tuve
que me he vuelto el hazmerreír de mucha gente por vivir en el limbo
que no encontraré nunca quien me soporte
que fui preterido en aras de personas más miserables que yo
Años después, con Intemperie, se radicalizaba la evolución de Rafael Cadenas hacia la eliminación del yo, hacia una disolución que se convierte en desistimiento en estos versos:
Vida,
arrásame,
barre todo,
que sólo quede
la cáscara vacía, para no llenarla más,
limpia, limpia sin escrúpulo
y cuanto sostuviste deja caer
sin guardar nada.
Precedido de un magnífico estudio introductorio que recorre la vida y la obra de Rafael Cadenas y las conecta entre sí, Este vivir en vilo ofrece una panorámica significativa de su itinerario poético.
Un itinerario poético que se concreta en evolución creativa para reflejar la actitud humana y verbal, ética y estética, de Rafael Cadenas ante el mundo, ante el lenguaje y ante sí mismo. Una actitud de “asceta en busca de una centralidad esencial”, como señalan los antólogos, que queda resumida en este poema:
ARS POETICA
Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.
No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa
ni añadir brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso
mis palabras. Me poseen tanto como yo a ellas.
Si no veo bien, dime tú, tú que me conoces, mi mentira, señálame la impostura, restrégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio. Enloquezco por corresponderme.
Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.
04 mayo 2026
Felipe II
“La pregunta que hoy nos hacemos es si es necesario escribir otra biografía del «gran hombre», señalando sus aciertos, sus fracasos, y emitiendo un juicio sobre él y su legado. Creo que no, porque para eso tenemos las excelentes biografías que ya hemos mencionado.
Planteamos esta biografía desde una perspectiva distinta. Invitamos al lector a viajar a ese país extranjero que es el pasado, donde encontrará elementos que, aunque parezcan familiares, resultan profundamente ajenos. Para empezar, deberá situarse en un mundo sin Estado, sin identidad nacional, sin democracia ni dictadura, sin libertad de opinión ni de credo. Un tiempo regido por estructuras que hoy consideraríamos arbitrarias o inaceptables, dominado por la intransigencia, la jerarquía, el patriarcado y la servidumbre. Ninguno de los valores contemporáneos -independientemente de nuestras ideologías o creencias- tenía cabida en aquella Europa del siglo XVI. Por eso, aunque hablemos de nuestros antepasados, son más «ellos» que «nosotros»”, escribe Manuel Rivero Rodríguez, catedrático de Historia Moderna en la Universidad Autónoma de Madrid, en la Introducción con la que presenta su Felipe II, que acaba de publicar Alianza Editorial en su colección de bolsillo.
Apoyada en un amplio repertorio de fuentes y bibliografía, esta nueva biografía del rey prudente, concebida con una óptica renovadora, se aleja por igual de la hagiografía y del juicio condenatorio para abordar en profundidad su personalidad y la dimensión pública de su figura histórica, porque, como señala su autor en el Balance de un rey y de un reinado que remata el libro, “la gran mayoría de biógrafos de Felipe II se han inclinado por concluir con una valoración o un juicio sobre el soberano, como si se hubiera ido revelando su personalidad en el curso de la vida y, una vez despejada, se pudiera entender a la persona. Como ya he señalado en páginas anteriores, esto es imposible y no me parece que este sea el trabajo de un historiador.”
Persona y personaje histórico, pues, se estudian en profundidad en estas páginas desde una perspectiva que contempla la complejidad de su psicología y de su comportamiento y la extraordinaria dificultad del mundo político y cultural al que tuvo que hacer frente durante su reinado. Y por eso en su ya citado Balance final, Rivero reconoce que concuerda parcialmente “con el que nos ofrecen las biografías de Felipe II actualmente accesibles al público, que coinciden en ofrecer una imagen compleja de un monarca que fue tanto un defensor incansable del catolicismo como un administrador meticuloso, pero también un gobernante cuyas decisiones a menudo estuvieron marcadas por la inflexibilidad y la imprevisión.”
Y con esa perspectiva discurren los siete capítulos que presentan cronológicamente a Felipe II en su marco vital e histórico: desde la juventud del príncipe, heredero del imperio creciente de su padre, en una sociedad vertical y dinástica de príncipes, hasta su vejez y muerte en El Escorial, con un itinerario sinuoso por tiempos agitados de paz y de guerras, por la configuración imperial de la monarquía universal que convirtió al segundo de los Austrias en soberano del mayor imperio del mundo, aunque “como hombre del siglo XVI, la nación y lo nacional no tenían para él valor alguno.” Y es que “vivió en un tiempo en el que el Estado era propiedad del soberano, y si resucitase ahora se encontraría en un mundo en el que esa relación se había invertido: los pocos soberanos que hoy quedan en Europa son servidores del Estado. Soberanos que deben lealtad a una nación y no a su linaje, así que no le sorprendería tanto la pérdida del imperio como el que los soberanos actuales no se cuidasen de engrandecer su patrimonio contrayendo matrimonios con otros príncipes para acrecentar su poderío.” Porque en los comienzos de la Edad Moderna el sistema político “se organizaba según los intereses patrimoniales y familiares” de cada dinastía, normalmente de carácter internacional y sin mucho arraigo nacional.
La contención emocional de su temperamento flemático e inaccesible, la imperturbable frialdad de su carácter enigmático y hermético, su capacidad analítica -no siempre acertada- y el ejercicio obsesivo del poder, la tendencia a la desconfianza y al aislamiento personal, la confianza en la actividad diplomática, la defensa del catolicismo, no sólo por razones espirituales sino por estrategias políticas, dinásticas y sucesorias, como las que guiaron sus cuatro matrimonios; la contradicción entre su imagen pública de hombre austero y su agitada vida amorosa, las relaciones con sus hijos, entre la severidad y el afecto, y la figura problemática del príncipe don Carlos; su papel histórico en el apogeo del Imperio español, que se extendía por los cuatro continentes conocidos entonces; los conflictos interiores con los moriscos y en Aragón, la conexión política con Mateo Vázquez y Antonio Pérez, su estoicismo ante el sufrimiento, la crisis de los Países Bajos o el triunfo de Lepanto y el fracaso de la Armada Invencible como acontecimientos simbólicos que resumen las ambiciones y las limitaciones de Felipe II son algunos de los aspectos que aborda esta magnífica biografía, cuya dificultad resume Manuel Rivero en estos términos:
Desentrañar la esencia de Felipe II no solo como gobernante, sino como hombre atrapado en las tensiones de su tiempo, es una tarea compleja y casi inabarcable. Lejos de ser un monarca unidimensional, fue un hombre atrapado entre las exigencias de un imperio mundial, las ambiciones dinásticas, las complejidades de la corte y sus propias emociones. Su personalidad se forjó en un entorno de expectativas dinásticas y ausencias familiares.
Y concluye así el ensayo biográfico:
Su muerte en El Escorial, soportando un sufrimiento físico atroz con un estoicismo admirable que él atribuía a una prueba divina, sintetiza la paradoja de su vida: un rey poderoso, prisionero de sus convicciones y limitaciones.
03 mayo 2026
Comenzar el olvido
Pedro se detuvo en el vano de la puerta. Afuera, en la negrura del descampado, un ejército de grillos entorpecía la calma vespertina. A lo lejos se adivinaba el balanceo de un farol en el bar de Juvi. Aguzó el oído por si todavía llegara el rescoldo de la música. Buscó, en el bolsillo de la camisa, el tabaco y los fósforos. Chasqueó una cerilla en el revestimiento de hojalata de la chabola. Le pareció escuchar voces, en la distancia. Después el viento le trajo un ladrido. El fulgor del mixto iluminó su rostro un momento. Visto desde otro ángulo, Pedro era ahora solo la brasa del pitillo que rasgaba, con cada calada, el sopor del tardío crepúsculo estival.
Con ese párrafo, que tiene ecos en su mirada cinematográfica, en su ritmo sintáctico y en su lenguaje impresionista de las mejores obras de Jesús Fernández Santos y de Ignacio Aldecoa, inicia Pepo Paz Saz su primera novela, Comenzar el olvido, que publica Reino de Cordelia.
Construida en tres partes (Muñecas de cera, La obediencia y Comenzar el olvido), subdivididas en breves capítulos y unificadas narrativamente en torno a la figura autobiográfica de Manu, que se mezcla con otras voces presentes en el texto, Comenzar el olvido proyecta una mirada crítica a la Transición a partir de dos muertes femeninas violentas: la de Natividad Romero, cuyo cadáver estrangulado aparece en una tinaja en el poblado chabolista de Las Cárcavas de Hortaleza en agosto de 1969, y la de Mariluz Nájera, muerta en Madrid, en la calle Libreros, esquina a Gran Vía, por el impacto de un bote de humo en febrero de 1977, en una manifestación por la amnistía.
La cierra un Epílogo, La vida rota, que concluye con estas líneas:
De repente un grupo de chavales de unos trece años atravesó la escena entonando el Cara al sol. Levantaban el brazo emulando el saludo romano, los rostros desencajados. Anabel y Manu se miraron sobresaltados y la fatiga de cincuenta años se reflejó de golpe en la desazón de sus ojos.
Como en los relatos de Las demás muertes, la colección de cuentos que publicó en 2018, memoria y autobiografía son los ejes de esta novela que confirma la solvencia narrativa de Pepo Paz y su eficaz manejo del punto de vista y el tempo del relato, su capacidad para expresar el peso determinante del pasado en el presente y para involucrar al lector en la materia argumental de la novela y en el trepidante ritmo de los acontecimientos evocados, reconstruidos y narrados.
Con la guerra de Vietnam y los estertores del franquismo al fondo, entre los suburbios de Hortaleza, Fuenlabrada y Cuatro Caminos, de la Ciudad Universitaria y las cargas de la policía a la redacción de un periódico y el terrorismo, una crónica doble que tiene menos de testimonio del pasado que de reivindicación de la memoria de la infancia y la adolescencia.
Una crónica que adquiere la forma de una reconstrucción novelística dictada por el recuerdo personal y matizada por la perspectiva vital e ideológica del presente, porque -como reconoce la Nota del autor que remata el volumen- “casi todo lo que se cuenta en esta novela es una ficción…¿Acaso la memoria no es eso, ficción?”
02 mayo 2026
Oficio de callar de José Luis Morante
La dedicación constante (teórica y práctica) al aforismo es una de las principales líneas genéricas que marcan la dilatada y plural trayectoria literaria de José Luis Morante. De esa dedicación dan cuenta no solo volúmenes como Mejores días, Motivos personales o Migas de voz, en los que ejerció como aforista, sino también el amplio estudio introductorio que abría Paso ligero. La tradición de la brevedad en castellano (siglos XX y XXI), publicado por La Isla de Siltolá hace ahora dos años.
En ese hondo ensayo sobre el género aforístico, destacaba José Luis Morante “la mecánica intelectiva del aforismo como estética de lo discontinuo” y “una estética abierta en su expresión, desnuda y activa, siempre implicada desde tonos distintos en búsquedas de conocimiento, reflexión y belleza” que “define esa dimensión del pensamiento donde menos es más.”
Esa estética abierta de lo discontinuo y lo breve y esa triple búsqueda en la que se conjugan ética y estética, indagación e intuiciones, esencia y existencia, pensamiento y poesía, vida y literatura acaba de concretarse en Oficio de callar, su nueva colección de aforismos que publica Mahalta Ediciones.
Como recuerda Jose Luis Morante en el epílogo, ‘Un grifo mal cerrado’, la escritura de estos aforismos la simultaneó con la elaboración de Paso ligero y con la lectura de ese corpus aforístico hispánico que dejó fijado en aquella antología, lo que vincula estos textos con ese legado y los sitúa en un territorio donde confluyen la experiencia vital, la memoria existencial y la asimilación de esa tradición de la brevedad aforística.
Una tradición que enriquecen los cientos de aforismos que recogen estas páginas. Aforismos que abordan la realidad para indagar en sus claves personales -tiempo y silencio, identidad y memoria, luces y sombras de la existencia- y universales desde múltiples perspectivas: desde la reflexión analítica a la intuición poética, desde la ironía distante a la emoción contenida.
Aforismos como estos:
El tránsito es duración; instante del aquí y ahora.
Cuando la realidad es el único centro, hay que acostumbrarse a vivir en el extrarradio.
El crítico colérico hace de cada lectura una fumigación, un estrago, una quema de rastrojos dispuesta a provocar incendios.
Esa paradoja de la identidad que permite no saber quién soy y saber quién no soy.
Dentro del aforismo la psicología del fingidor: una memoria que sabe lo que no sabe.
Dueño de una voluntad que cava hondura en el vacío.
Los aforismos desmigajan. Ponen sobre el mantel las sobras limpias de un pensamiento.
Nada mejor para concluir que cederle la voz crítica al aforista que remata su iluminador texto epilogal con estas palabras que explican también el sentido del título elegido para este volumen:
“Mis aforismos están construidos con la insistencia del grifo mal cerrado; en ellos encuentran consenso motivos que alzan un escenario por donde deambula el buscador de puertas del laberinto.
Transparente y anémico, el aforismo actúa con percusión nocturnal. Aísla pulsiones del pensar; construye enigmas que alteran la superficie del silencio. Su destreza mide las palabras con humildad, las despoja. Trata de aprender el saludable oficio de callar.”
Se cierra así un círculo que se había abierto con el primer aforismo del libro, en el que se lee:
De la verdad la búsqueda, el merodeo, los pasos inseguros que rozan la caída, el incansable oficio de callar.
01 mayo 2026
30 abril 2026
29 abril 2026
Un inédito de Virginia Woolf
Cuando estaba buscando las memorias de Violet Dickinson acerca de la infancia de Virginia Woolf y la familia Stephen, la profesora de la Universidad de Tennesee Urmila Seshagiri encontró en 2022 en el archivo de Longleat House tres cuentos inéditos que la autora de Miss Dalloway había escrito en 1907 y revisado meticulosamente en 1908, cuando los mecanografió en tinta violeta.
Son tres cuentos “de tono lúdico y divertido”, como resalta Patricia Díaz Pereda en el prólogo -“Hallazgos felices”- que ha puesto al frente de la espléndida traducción anotada de Violet, que publica Páginas de Espuma en una memorable edición ilustrada por Andrea Reyes que llega hoy a las librerías.
Galería de amistades, El jardín mágico y Una historia para hacerte dormir son los títulos de estos tres cuentos que se publican por primera vez en español, después de aparecer en inglés en octubre de 2025.
Virginia Woolf, que tenía 25 años cuando los escribió casi como una broma privada, había empezado a colaborar en la prensa con reseñas y artículos unos años antes y se había integrado ya en el círculo artístico de Bloomsbury, pero todavía pasarían casi diez años hasta que publicó su primera novela, Fin de viaje, en 1915.
Era todavía una escritora en ciernes la que compuso estos cuentos primerizos de carácter fantástico y humorístico, protagonizados por la desafiante giganta Violet Dickinson, lectora de Shakespeare, Keats y Wordsworth y dueña de un jardín mágico, que derrota a unos simbólicos monstruos marinos que representan las tradiciones y las convenciones sociales.
Los escribió como una celebración de la amistad y en homenaje a su poco convencional amiga Mary Violet Dickinson, diecisiete años mayor que ella y con quien la unió una “amitié amoureuse", en palabras de la traductora.
Así relataba esa relación Quentin Bell en su biografía de Virginia Woolf: “Las numerosas cartas de Virginia a Violet se han conservado y en ellas resulta claro para el lector moderno, aunque no fuera en absoluto claro para Virginia, que estaba enamorada y que su amor era correspondido. Son cartas apasionadas, encantadoras, divertidas, embarazosas cartas llenas de bromas privadas y de “palabras cariñosas, cartas en las que Virginia inventa motes para sí misma, se imagina como un animalillo tímido y medio salvaje, un cachorro que hay que mimar y acariciar, son cartas en las que intenta hacer surgir una imagen del destinatario.
Era ciertamente una mujer muy buena, dotada de humor, inteligencia y paciencia. «Me recuerdas a Mrs. Carlyle», le dijo Virginia, y pasó a aconsejarle que no se arriesgara a tener el destino de aquella mujer, lanzándose con un corazón demasiado ardiente a cuidar de sus cachorros. Atraía a Virginia, presumo, porque era muy distinta a ella, puesto que tenía una seguridad airosa y masculina, un animado equilibrio imperturbable: era una altísima, poderosa y tranquilizadora torre. Pero debió de tener algo más que fuerza, cierta real grandeza de mente y de carácter.”
Aquella incipiente Virginia Woolf que agrupó estos cuentos de hadas como una biografía en clave fantástica y en un mundo mágico bajo el título The Life of Violet era todavía una narradora en formación, pero ya asoman en este tríptico narrativo las semillas de algunos de los que serían rasgos característicos de su literatura: la mirada femenina y autobiográfica, el ingenio, la reivindicación emancipadora para las mujeres de una habitación propia (“la mujer debe tener dinero y un cottage propio”, dice aquí), la voluntad experimental, la conexión entre el género novelístico y el de la biografía o entre realidad y fantasía y la imaginación fabuladora, que anticipan la magistral madurez de Orlando. Una biografía, la novela que aparecería veinte años después, en 1928, y con la que estos cuentos guardan una evidente conexión, como subraya Patricia Díaz Pereda en su entusiasta prólogo.
Esta excepcional edición ha tomado como referente las ediciones británicas de principios del siglo XX con una encuadernación en tapa dura al cromo, con la portada estampada en negro sobre un papel símil tela azul en el que se ha colocado un cromo, una lámina adhesiva con la ilustración Observación para entender el mundo, de Andrea Reyes, autora también de las siete láminas interiores en color.
“El interior -como explica la editorial-, fiel a la época e inspirado en la colección Little Britain de A&C Black, se ha impreso sobre dos tipos de papel diferente que contrastan al tacto y a la vista: un papel couché para las láminas a todo color (las “plates” de la época) se imprime por una sola cara, como se hacía entonces, para destacar el valor artístico de cada una de las obras; el texto del libro se imprime sobre un grueso papel volumen, ligero y de alta calidad al mismo tiempo. En él se cuidan, a su vez, las proporciones de márgenes y espacios que se acostumbraba (que en decir de los impresores, respetaba la proporción áurea y el descanso de los pulgares), y la tipografía continúa la tradición, al usarse la fuente Caslon Antiqua y sus florituras, en una fiel reproducción (hasta envejecida) de los tipos de plomo que los propios Woolf usaron en sus talleres.”
28 abril 2026
Curso de filosofía de Dardo Scavino
En abril de 2001, una productora de televisión me propuso rodar catorce episodios de una serie basada en esta pregunta: ¿Qué es la filosofía? Yo tenía que encargarme del guion, y ellos buscarían a un director para llevarlo a la pantalla. Se trataría de un documental, evidentemente. Aunque habría también teatralizaciones de hitos de la historia de esta disciplina interpretadas por actores. La idea me encantó y propuse una sola modificación, menor, del proyecto: en lugar de preguntarnos qué es, ¿qué tal preguntarnos qué hace la filosofía? Ningún problema, me dijeron. Al principio no llegaba a imaginarme por dónde podría empezar, pero me fui entusiasmando y me pasé unos cuantos meses escribiendo hasta reunir una centena de páginas de borradores. Antes de que pudiera enviarles los primeros esbozos del libreto, una crisis financiera arrasó la economía argentina y sucedió lo que sospechaba: todo quedó en agua de borrajas. Así que deposité el texto en un cajón de mi escritorio y me olvidé del asunto. O no tanto, porque la carpeta naranja permaneció ahí durante años sin que me atreviera a tocarla para no revivir mi decepción. Ignoro por qué dos décadas más tarde me vinieron ganas de echarle de vuelta una ojeada. Los borradores estaban plagados de nombres propios, frases sueltas, citas de filósofos, indicaciones someras. Pero a pesar de los años, volvieron a mi memoria algunos de los episodios que hubiese querido filmar.
Así evoca Dardo Scavino (Buenos Aires, 1964), profesor universitario en Pau, la génesis de su Curso de filosofía que acaba de publicar Anagrama en su colección Argumentos.
Aquel guion arrancaba con una escena en la que un hombre peregrinaba en el siglo V a.C. desde Atenas hasta Delfos para consultar a la joven pitonisa que revelaba los oráculos délficos en aquel santuario. La pregunta era esta: «Dime, ¿hay en el mundo alguien más sabio que Sócrates?» La hacía el peregrino Querefonte, amigo personal de Sócrates. Y la respuesta de la muchacha en trance fue que no había nadie más sabio que Socrates.
Si había alguien consciente de su propia ignorancia, ese era Sócrates, precisamente. A tal punto que, durante años, había recorrido las calles de la ciudad interrogando a otros acerca de los asuntos que supuestamente conocían. Al militar le preguntaba qué era el coraje. Al magistrado, la justicia. Al político, el gobierno. Y así sucesivamente. Esperaba que estos especialistas lo instruyeran acerca de esas cuestiones. Pero cuando empezaba a pedirles aclaraciones acerca de sus respuestas, saltaba a la vista que tampoco conocían muy bien el tema. Sócrates comprendió entonces por qué la pitonisa había respondido que era el más sabio de los hombres. No porque supiera más que los demás sino porque, a diferencia de ellos, conocía su ignorancia. El famoso «Solo sé que no sé nada» proviene de esta misma historia: los hombres se la pasan diciendo que tal acto de gobierno es justo o no; tal general, astuto o incompetente; tal persona, bella o fea. Discuten, se pelean, recurren incluso a la violencia si alguien ofende sus creencias. Y resulta que son perfectamente incapaces de definir cosas como la justicia, la astucia o la belleza. No hay ningún otro animal que posea esa capacidad de expresarse en un lenguaje articulado. Aunque, por regla general, no sepa muy bien qué dice. Ni qué ideas defiende. Así y todo, se muestra a veces dispuesto a matar y morir por ellas.
Esa escena, inspirada en la platónica Apología de Sócrates, sirve también de punto narrativo de arranque de este apretado e intenso Curso de filosofía, que en los catorce capítulos, que reproducen y evocan el plan de la serie documental frustrada, recorre los asuntos centrales de la historia del pensamiento filosófico con una perspectiva actual y una mirada cercana.
Una mirada que conecta el mundo socrático con la actualidad y los sofistas con porque en una democracia que, como se había platón, estaba siempre en un equilibrio inestable entre la tiranía y la demagogia, “los sofistas habían encontrado otra solución al problema: había que elaborar discursos persuasivos para las masas que gobernaban la polis. Una arenga convincente no tiene por qué basarse en un argumento irrebatible, y un discurso seductor no debe ser necesariamente racional. Así, en lugar de enseñarles a los políticos cómo demostrar lógicamente una tesis, los sofistas les enseñaban cómo cautivar a las masas. Y los políticos los remuneraban muy bien por este valioso servicio, como lo harían más tarde con los especialistas del marketing y la comunicación. Imagínense ustedes una ciudad en la que las mayorías deciden cuáles son las leyes justas y las medidas benéficas: ese poder de persuasión es un poder enorme. Y a Platón esto le molestaba, porque los sofistas no sabían qué era la justicia, la valentía o la belleza. Sabían solamente proferir discursos sugestivos, y en vez de apoyar a las personas idóneas para gobernar la polis, los ciudadanos apoyaban a quienes los hechizaban con palabras. Y al arte de estos hechizos Platón lo llamaba psychagogia: la conducción de las almas.”
Desde el método socrático de la mayéutica y el arte de las parteras de Spinoza a Kant y la relación entre la esencia y la existencia, del “Sólo sé que no sé nada” al heraclitiano “Conócete a ti mismo”, con Platón y Sócrates como hilos conductores, “filosofar -explica Scavino- no consiste en elaborar grandes teorías acerca de lo divino y lo humano. Consiste en extraer los saberes tácitos de algún discurso, poco importa si se trata de una opinión sin sustento o de una ciencia muy fundamentada. Los filósofos, por supuesto, siempre teorizaron, y todavía hoy siguen haciéndolo, como lo hacían también los presocráticos, a quienes la tradición incluye en el conjunto de los «filósofos», aunque todavía no hicieran lo que haría, justamente, Sócrates. En vez de dedicarse a observar los fenómenos naturales, él escuchaba a sus compatriotas.”
Y así estas páginas son un recorrido desde la Política de Aristóteles a la “sapienza volgare” de Vico, de Al-Kwarismi a Hegel, de la mayéutica a la fenomenología, del razonar al contar, de los ríos a los sueños, de Platón a Heidegger, del realismo al nominalismo, del círculo hermenéutico a la voluntad nietzscheana, de Hume a Bachelard, de la razón cartesiana a la lógica de los límites de Wittgenstein, del pensamiento político de Hobbes a la teoría crítica de Walter Benjamin.
Un recorrido que explora la relaciones entre el lenguaje y la filosofía, lo mismo y lo otro, la multiplicidad del ser, el conocimiento y la paradoja y que culmina en un último episodio, que compara a Sócrates con Cristo a propósito de un diálogo entre Jesús y Nicodemo en el que recurre a la idea socrática del parto del espíritu, porque “aunque uno apostara por la razón y el otro por el amor, Sócrates y Jesús tenían un objetivo común: la redención de sus congéneres” y ambos “pagaron con sus vidas esa pretensión de cambiar las otras y de introducir una ruptura entre lo viejo y lo nuevo. Al ateniense se lo acusó de haber tratado con impiedad y perversión a los jóvenes. Y las acusaciones contra el nazareno no fueron muy diferentes.”
Este es el último párrafo del libro, que vuelve a su punto de partida y a su escenario inicial en el templo oracular de Delfos con la visión de una joven que inevitablemente evoca a la sibila. Una muchacha a la que -inevitablemente también- le dirige una pregunta socrática:
Mientras me paseo por el antiguo templo de Delfos, diviso entonces a una joven con una gran capelina y un vestido claro y largo, que también camina entre las ruinas, indiferente a los turistas, los arqueólogos y el suplicio del calor. Sospecho que se trata de una estudiante de Historia Antigua o Lenguas Clásicas que habría venido a visitar los restos de este santuario después de haber escuchado una adaptación moderna de los Himnos délficos a Apolo. Me sorprende, en todo caso, que pase entre los vestigios con una elegante soltura a pesar de ir tecleando a toda prisa un mensaje en su smartphone. Y también que ande descalza sin temor a los restos de latas y botellas encasquilladas entre las rocas. Cuando paso junto a ella, me atrevo a dirigirle la palabra: «Buen día, disculpa que te moleste, ¿te parece que hay una ciencia más importante que la filosofía?». Se sobresalta, me mira como si yo fuera un extraterrestre y empieza a reírse a carcajadas. Y yo con ella.
27 abril 2026
A. Ménard, encuadernador del Quijote
A. Ménard, encuadernador con sede en el Paseo del Prado, 22 (esquina a la calle de Lope de Vega, donde -en el otro extremo- vivió Cervantes), hizo a finales del XIX esta encuadernación en piel con hierros y cantos dorados de la primera edición del Quijote, la que salió en 1605 de la imprenta de Juan de la Cuesta. Es un ejemplar que se conserva en la Academia Española de la Lengua.
El suyo es el inmortal apellido que sin duda inspiró el memorable Pierre Ménard, autor del Quijote, que Borges incorporó a Ficciones. Se han dado muchos palos de ciego -nunca mejor dicho- en torno a la inspiración para ese nombre: un teniente gobernador de Illinois, un escritor menos que menor en el XVIII francés, un poeta simbolista casi desconocido, una parodia de Paul Groussac...
No lo sabe casi nadie, entre otras cosas porque Borges, que era un tuno, tampoco lo contó, porque le divertía este juego algo infantil de los despistes para burlarse de algunos críticos. No lo sabía casi nadie. Y los académicos de Argamasilla, los cervantistas aluvionales y los catedráticos sobrevenidos en Borges, que -como los anteriores- tampoco leen a Cervantes, menos que nadie. Prefieren a Ménard, claro.
26 abril 2026
25 abril 2026
Literatura y catarsis
Estamos de nuevo en la cocina, siempre sucia, siempre llena de bolsas de basura de todas las clases en función de lo que reciclen. Ahora nuestra cocina es la cocina más angustiosamente ecológica de la tierra, está llena de basura pero bien clasificada: residuos orgánicos, plásticos, vidrios, papel y cartones. Es la cocina más rebosante del mundo, es la cocina que ella desea, es la cocina de Ada, no la mía, una cocina de ecología de vanguardia, estamos salvando el planeta. A mí me da asco tanta mierda, pero eso sí, es mierda científicamente distribuida. Y estamos salvando el planeta. Esta cocina salva el planeta, pero no salva nuestro matrimonio, qué ironía. A veces me veo con algún desperdicio en la mano que no sé en qué sitio tirar, no sé si es plástico o papel, solo es mierda en mi mano. Me quedo mirando el desperdicio como si fuese un misterio teológico. Dime, desperdicio, cuál es tu cubo de basura. El desperdicio no habla; así que al final lo tiro en cualquiera de los cubos de basura que tenemos disponibles, que son cuatro. Cuatro cubos de residuos asquerosos en una cocina pequeña. También hay basura en los armarios de la cocina. Abres uno y te puedes encontrar con unas cien o doscientas cápsulas de café o con botes de cristal de hace meses, o años, y casi te entra nostalgia del día que consumimos ese bote de judiones. En realidad, desde que Ada vino de Estados Unidos nuestra cocina es un basurero sostenible.
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Y ahora la entropía solo me deja estos recuerdos. Y el presente es supervivencia, cada uno por su lado. Me sonrío de nuevo porque jamás la oí roncar en los primeros tiempos de nuestro amor. Ahora ese es un argumento que Ada exhibe con dureza, que la despierto por las noches, para que cambie de postura, porque sus supuestos ronquidos no me dejan dormir. Qué tristeza más grande me invade ahora mismo: ¡qué enorme daño le causa la entropía al amor! En los dos o tres últimos años comencé a oírla roncar por las noches.
Lo más gracioso es que desde la frase seguimos durmiendo juntos, cada uno en su cama, la sigo oyendo roncar pero ahora no me importa.
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Me he sentido culpable de todo: de no ser más alto, de no ser más inteligente, de no haber llegado más lejos en la vida, de no ser más honesto, más bondadoso, mejor persona, de no haber escrito buenos libros, de haber perdido amigos, de la muerte de mi padre, de la muerte de mi madre, de la muerte de mis tíos, de la muerte de mis primos hermanos, de no haber sido un buen marido, de no haber sido un buen padre, de no haber sido un buen hermano, de la muerte de mi perro. Todas mis culpas soy yo. No soy otra cosa que un culpable de haberlo hecho todo mal. Cómo he podido hacerlo todo tan mal. Cómo he podido perderla. Tal vez porque no estaba mi madre. Mi madre y mi padre, por eso les dedico este libro.
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Ada era o es (otra vez la dislexia temporal) muy competitiva. A mí me sacaba de quicio que compitiera conmigo. Le recordaba que éramos matrimonio y que yo tenía nueve años más que ella, que ni siquiera pertenecíamos a la misma generación de escritores. Y sin embargo, ha sido la persona que más se ha alegrado en esta vida de mis éxitos profesionales. Celebraba mis libros con alegría. Se leía mis manuscritos con infinito más detalle que yo los suyos. Aquí sí quiero entonar un profundo mea culpa, porque creo que tendría que haber sido más minucioso con sus manuscritos, pero me consuelo recordando que el fuerte de Ada no era la gramática (por culpa del inglés, que se le mezclaba con el español) y allí sí yo estuve ayudándola y mucho.
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También las cremas le volvían (y le vuelven) loca. Muchas veces quiso ponerme cremas hidratantes, pero yo no soporto esas cremas, porque me dejan la piel pringosa. Y ella no entendía esa renuncia mía al enorme placer y a la protección contra el sol que esas cremas procuraban a tu cuerpo. A mí no me apasionaban las cremas de belleza como a ella, que temía que su piel envejeciera. Me decía «mira cómo tu piel está aplaudiendo» cuando conseguía extender sobre mi frente una crema hidratante. Yo me miraba en el espejo para ver aplaudir mi piel. Y allí no aplaudía nadie. Pero Ada creía a pies juntillas que mi piel aplaudía ante sus cuidados.
Manuel Vilas.
Islandia.
Destino. Barcelona, 2026.
