20 agosto 2018

Bolaño. 2666



19 agosto 2018

Arden las redes



Hablaremos ahora del curioso fenómeno de disociación de la personalidad al que nos tiene acostumbrados la vida en las redes sociales, que me recuerda a lo que les pasa a los conductores: protegidos en el interior de su coche, pierden los papeles y sueltan improperios que rara vez se atreverían a decirle a alguien a la cara. El coche brinda una atmósfera de intimidad y de aislamiento. A través del parabrisas, los demás no parecen personas, sino máquinas, y la máquina que nos envuelve funciona también como una máscara. Al otro lado del volante están nuestros enemigos en la jungla del asfalto. Mi padre, un hombre educadísimo y dialogante que jamás se ha peleado, usaba el volante de su Renault 21 como una ametralladora imaginaria con la que hacía saltar por los aires a quien le adelantaba mal o se le cruzaba, mientras le dedicaba epítetos que recuerdan a los comentarios de los periódicos online: «¡Hijo de puta! ¡Anda que…! ¡Tú eres un miserable y un cerdo, eso es lo que eres, cabrón!». 
Pero nadie es tan energúmeno como parece en su coche, y la prueba es que casi nadie echa el freno, abre la puerta y la emprende a hostias con otro conductor. Al contrario, después de un choque ligero en la ciudad, lo normal es que los energúmenos del volante salgan a darse el pésame por los abollones mutuos y diriman las responsabilidades invocando al seguro. A veces hay alguna pelea a puñetazo limpio, pero son episodios exóticos y emocionantes. Podemos llamar hijo de perra a quien hace una maniobra molesta o peligrosa porque no le estamos viendo la cara. El odio al volante suele quedarse ahí, en el volante. La histeria de los conductores atrapados en un atasco se expresa con el concierto de los cláxones. La de los internautas, a golpe de #hashtag.

Juan Soto Ivars. 
Arden las redes. 
Debate. Barcelona, 2017

18 agosto 2018

Lope Burguillos


17 agosto 2018

Moralistas franceses


16 agosto 2018

José Ángel Valente. Ensayos


15 agosto 2018

Emily Dickinson. El viento comenzó a mecer la hierba


14 agosto 2018

Juan Gil-Albert. Poesía completa


13 agosto 2018

Juan Ramón Jiménez. Vida


12 agosto 2018

Umberto Eco. Historia de la fealdad


El mundo griego estaba obsesionado por muchos tipos de fealdad y de perversidad. No hace falta remitirse a la oposición entre apolíneo y dionisíaco: aunque en los cortejos de Baco aparecen silenos ebrios y cómicamente repugnantes, precisamente en el Banquete se elogia como una buena proeza la resistencia de Sócrates a las más generosas libaciones. Se mantiene a lo sumo una sombra de ambigüedad acerca del papel de la música, que estimula pasiones; pero toda la estética pitagórica convierte la música en el elemento en el que se cumplen las leyes ideales, las reglas matemáticas de la proporción y de la armonía. 
Quedan, no obstante, en la cultura griega zonas subterráneas donde se practican los Misterios, y los héroes (como Ulises y Eneas) se aventuran en las brumas tristes del Hades, cuyos horrores ya nos cuenta Hesíodo. La mitología clásica es un catálogo de crueldades inenarrables: Saturno devora a sus hijos; Medea mata a los suyos para vengarse del marido infiel; Tántalo cuece a su hijo Pélope y se lo ofrece en un banquete a los dioses para probar su perspicacia; Agamenón no duda en sacrificar a su hija Ifigenia para aplacar la ira de los dioses. Atreo ofrece la carne de sus hijos a su hermano Tiestes; Egisto mata a Agamenón para quitarle la esposa, Clitemnestra, a la que luego matará su hijo Orestes; Edipo, aunque sin saberlo, comete parricidio e incesto... Es un mundo dominado por el mal, donde seres sumamente bellos cometen acciones feamente atroces.
En este universo vagan seres espantosos, repugnantes porque son híbridos que violan las leyes de las formas naturales: véanse en Homero las Sirenas, que no eran mujeres fascinantes con cola de pez, como las representó la tradición posterior, sino pajarracos rapaces, Escila y Caribdis, Polifemo, la Quimera; en Virgilio, Cerbero y las Harpías; y además las Gorgonas (con la cabeza erizada de serpientes y colmillos de jabalí, la Esfinge, de rostro humano en un cuerpo de león, las Erinias, los Centauros, malvados a causa de su ambigüedad, el Minotauro, con cabeza de toro en un cuerpo humano, las Medusas. Si bien la posteridad se ha deleitado en la era de la kalokagathfa, también se ha inspirado en estas manifestaciones de lo horrendo, desde Dante hasta nuestros días. Incluso el mundo cristiano, en páginas como las de Clemente de Alejandría o Isidoro de Sevilla, utilizó como pretexto las monstruosidades descritas por los antiguos para demostrar la falsedad de la mitología pagana.

Umberto Eco. 
Historia de la fealdad.
Traducción de María Pons Irazazábal
Lumen. Barcelona, 2007.

11 agosto 2018

Gibbon. Decadencia y caída del Imperio Romano