10 junio 2026

Felipe II

 


09 junio 2026

Holobionte, de Ángel Olgoso

  



Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano.

Con ese sarcástico Cuento de horror cierra Ángel Olgoso su Holobionte, el cuarto de los seis volúmenes que reúnen en conjuntos temáticos sus relatos completos, publicados por Eolas Ediciones.

Tras los relatos sobre animales de Bestiario, la ciencia ficción de Sideral y los relatos sobre la muerte de EstigiaHolobionte tiene como eje la complejidad de las relaciones humanas y su problemática armonía. Lo abre este texto, el brutal Hispania I:

Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo, extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas, desmembrándome por completo. Resultaba extremadamente curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego, y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna. Parecía bastante probable que, de un momento a otro, habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha de cocina. Sin embargo, en modo alguno trato de sugerir descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad.

Si se reflexiona sobre el sentido del título Holobionte -simbiosis colaborativa y beneficiosa entre organismos o personas- que Olgoso ha elegido como resumen caracterizador de la temática de esta recopilación de textos sobre las relaciones humanas, el lector advertirá la ironía implícita en esa elección y en la mayoría de estos relatos en los que hay una mirada muy crítica hacia la condición humana y las relaciones sociales, entre la discordancia y el sometimiento, como anticipa el narrador argentino Raúl Brasca en su excelente prólogo, de título elocuente, “Una visión crítica de la sociedad humana”, donde escribe: “Entre la ironía y el escepticismo, el conjunto de los relatos compone una concepción sombría del hombre y del mundo, una mirada compleja pero nada maniquea, porque, aunque domina la ausencia de fe en la naturaleza humana, un sentimiento intenso de compasión sobrevuela las historias más atroces y, en las relaciones interpersonales, algunas veces el amor y la amistad enaltecen a los personajes. Pero la literatura se hace con palabras, y de nada valdrían las excelencias del contenido sin un uso sabio de ellas.”

Los lectores de Ángel Olgoso conocen bien ese uso sabio de las palabras y la alta calidad de página que caracteriza cada uno de los textos narrativos que caracterizan su admirable trayectoria de cuatro décadas de escritura exigente y brillante. Y aquí tienen una nueva ocasión de comprobarlo, en cuentos como Flores atroces o Lengua de madera y en microrrelatos como Revolución o Doxografía, que son, como él mismo ha señalado, un “espejo incómodo” de la naturaleza humana y de las “molestias del trato humano” que adelantó en un exacto título el monje benedictino fray Juan Crisóstomo de Olóriz en el siglo XVIII.

Un espejo que refleja las relaciones conflictivas que generan diferentes maneras de desorden inarmónico y destructivo: violencias y rivalidades, envidias y dominaciones, opresiones y maltratos, vanidades y rencores, mezquindades, encontronazos y desencuentros en todas sus desoladoras variantes imaginables.

No faltan, con todo, en esta panorámica holobióntica de la narrativa olgosiana manifestaciones más optimistas y esperanzadas de los vínculos humanos que se manifiestan a través del amor y la amistad, la lealtad y la solidaridad, la cordialidad y el afecto, de la compasión y la generosidad.

Forma parte de esta reunión de sesenta y cuatro textos, variados en voces y enfoques, en técnicas y registros verbales, en guiños intertextuales y homenajes a los maestros y en una amplia presencia de personajes de lo más diverso un extenso relato, El síndrome de Lugrís, casi una nouvelle o novela corta por su tempo, su temple y su hondura, que Olgoso define como “el mejor relato que he escrito nunca”, un magnífico, inquietante y angustioso cuento sobre la locura que comienza con este estupendo párrafo:

El riachuelo de su cordura acabó por secarse: ayer ingresó mi amigo Manuel Lugrís en el Hospital Psiquiátrico de Conxo. Severina, su hermana y único familiar desde que Manuel enviudó, tomó la decisión «para ahorrarle grimos y descalabros a él mismo o a los demás» y me pidió que los acompañara. Era una de esas tardes que se van cuajando de oro viejo. Frente a la entrada, mientras lo ayudaba a salir del vehículo, el aire nos rodeó con unas hilachas de ese olor, entre montaraz y eucarístico, a humedad tibia de las manzanas tabardillas que tantas veces recogí para costearme los estudios, y que tanto gustaron siempre a Manuel. Severina, nerviosa como un lobo cuando ventea a los trasgos, conversó con médicos, esgrimió informes y firmó papeles. Ya en la habitación, acariñó a su hermano mayor con aspereza y, sin ocultar su impaciencia, me dirigió un ademán explícito para que abandonáramos el lugar. De temperamento reservado, me envalentoné sin embargo como si un vino cacholán se me hubiera subido de pronto a la cabeza: preferí quedarme. Al menos por una vez, la lealtad prevalecería sobre la timidez. Cuando la lechuza alzó súbitamente el vuelo, arrimé una silla a la cama para acompañar un rato a mi amigo y lloré en silencio.


 


08 junio 2026

Poesía de Luis Martín Santos





Una asombrosa cantidad de textos poéticos. Eso es lo primero que sorprende al lector que se acerca al voluminoso tomo que recoge la poesía de Luis Martín Santos en el quinto tomo de la edición de sus Obras completas que dirige Domingo Ródenas de Moya en Galaxia Gutenberg.

Entre un pequeño grupo de tres poemas iniciales y la amplísima y heterogénea sección titulada Poesía varia, este volumen, de cuya edición anotada se ha ocupado Juan José Lanz, reúne miles de versos y centenares de poemas agrupados orgánicamente en tres libros: Grana gris -el único que publicó-, que apareció en 1945 y donde reunió su poesía juvenil, y los inéditos Las voces y Amor. Verano 1948. Tres libros que contienen la parte más articulada de la muy desconocida obra poética del que es uno de los narradores fundamentales de la segunda mitad del siglo XX.

A pesar de que nunca alcanza la altura descomunal de su prosa, donde acabaría encontrando su voz propia, “la escritura poética de Luis Martín-Santos se extiende a lo largo de toda su vida y, aunque no la hiciera pública, más bien no la publicara, salvo en algunas colaboraciones juveniles en entrevistas y en el tomo Grana gris (1945), diversos testimonios permiten deducir que fue una actividad constante”, como señala Juan José Lanz en su magnífica introducción a la poesía de Luis Martín-Santos  que abre esta edición.

La tensión entre norma y volcán, entre razón y sentimiento recorre la poesía de Luis Martín Santos y “se resuelve -señala Lanz- como reflexión en una poesía con un fuerte componente filosófico en muchas ocasiones, que transforma la idea, mediante la palabra, en «Canto». Precisamente, «norma exacta» y “purificación» serán los elementos que aúnen la propuesta estética y la existencial en que se fundamenta su poesía.”

No es muy diversa esa tensión ni muy distinta la solución que adopta el autor en el resto de su obra, especialmente en la zona mayor de su creación, su narrativa, en la que se integran ética y estética, creación y pensamiento, existencialismo y escritura, contemplación y reflexión, descripción y análisis.

Los ochenta y seis poemas de Grana gris forman una selva poética intrincada y adolescente, barroquizante y simbolista, neomodernista y a veces genialoide. Un conjunto en el que predominan las formas estróficas clásicas a lo largo de poemas que tienen mucho de búsqueda, de escritura de aluvión y de tanteo.

Este es el soneto que cierra el libro y refleja más de un conflicto sonoro en la falta de fluidez del verso y en el problemático manejo del ritmo endecasilábico:

Explicación
Qué extraño ritmo es el mío, alegas; 
que la idea no hallas, y prefieres 
un metro más igual con lo que eres 
y no sílabas contar, sino fanegas.

Que la verdad sea nunca obscura, niegas; 
poesía ha de ser música y mujeres, 
con que templen su ocio mercaderes 
tras el agrio sudor de las trasiegas.

Si tú lo ves así, cual tú lo miras, 
no intentes intuir las nimiedades 
de un sutil poetastro sin soltura.

Escoge el gran poeta que tú admiras 
y, bañadas en lindas vaciedades, 
desciendan sus estrofas a tu altura.

Como “un interminable y farragoso poema épico” calificaba Juan Benet Las voces, que compuso entre 1945 y 1948 un Martín Santos que veía en esos poemas un signo de madurez intelectual: “Me asusta -anotaba en su diario el 24 de septiembre de 1946- el haber llegado a esta etapa clásica de madurez a mis 21 años. [...] A veces pienso como si hubiera superado en madurez a mí mismo siglo.” 

Escritos en el molde inusual y artificioso del serventesio eneasilábico, sus poemas tienen más de configuración dramática que de narrativa épica: proponen un diálogo de voces diversas en torno a cuestiones conceptuales de ética y estética, de vida y literatura. Son voces que proyectan reflexiones existenciales e indagaciones metafísicas en sus poemas abstractos que, organizados en seis secciones temáticas, intentan integrar lírica y filosofía, poesía y conocimiento y que culminan significativamente en La fiesta del cerebro, su texto final:

¡Presencia! ¡Presencia! ¡Presencia! 
¡Qué derrumbarse adentro, adentro, 
adentro! Toda la impaciencia 
del mundo, aquí, en mi centro.

¡Qué dolor contiguo en la cosa! 
Proximidad hecha entrañable 
y sangradora. Avariciosa 
substancia en mí comunicable.

Y ¡qué placer de cópula! Ondas 
externas me penetran. Caras 
flüencias fecundas. Frondas. 
Amplitudes. Trémulas áreas.

Ya todo se ha hundido en mí. 
Apaciguo incontable alud 
dentro de mi límite. Así: 
mi «uno» sobre la infinitud.

Muy distinto en tono es el otro libro inédito, Amor. Verano 1948, un largo poema unitario, articulado en dieciocho secciones que combinan distintos metros para reflexionar en torno a un proceso amoroso fracasado y a la búsqueda de la belleza y el conocimiento a través de la experiencia y la conciencia del amor y la muerte:

La muerte se extendía 
pausadamente sobre tu tez, muy cautamente 
con un miedo recóndito a tu grito 
a tu dolor, 
al movimiento de tu pecho inmortal 
cuando mi mano 
rozaba sus cúpulas doradas, 
bajo la luna, torres misteriosas.

Con textos fechados entre 1945 y 1953, aunque no hay que descartar que otros sin datar sean de fecha posterior y lleguen hasta la década de los sesenta, el amplio apartado de Poesía varia que completa el corpus poético de Martín Santos recopila más de un centenar de poemas inéditos, manuscritos y mecanoscritos, que permiten rastrear una cierta evidencia hacia un tipo de poesía desarraigada o hacia el realismo social que se impondría en la literatura española entre finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta o hacia el peculiar bajorrealismo que desarrolló durante algún tiempo con Juan Benet. 

Pero no faltan tampoco imitaciones tan claras y tan intranscendentes como el de este romance lorquiano:

Ángeles barrocos cantan 
gritos de piedra en el aire. 
Lloran las yedras sus lágrimas 
por las paredes de hojaldre. 
Besos de palmas se enredan 
en el reposo del aire.

Benamecí tunecino 
corre de algarbe en algarbe. 
Sus escuderadas túnicas 
muestran a trozos la carne. 
¿Por qué tus gritos perforan 
como taladros el aire?

¡Deja en reposo a las nubes 
y cubre de perros el valle! [sic]
Los ladridos te golpean 
como trallazos de alambre. 
Tu rostro se ha endurecido 
y has maldecido a tu padre.

Pero tus negras arrugas 
suben muy alto en el aire. 
Paracaídas con música 
descienden de Buenos Aires. 
Nenas con cara de fiesta 
cantan canción de esponsales 
y los litúrgicos cirios 
en la Iglesia se deshacen.

Tierra de montes altísimos 
y de cálices y valles.
Los muertos lloran perdidos 
en tus senos venerables. 
Arrojas nuevas jaurías 
de combatientes y sangre. 
Tus más secretos venenos 
entre todos se deshacen. 
¿Por qué tu plomo sagrado 
no se fatiga, no late 
su último latido y cesa 
de henchir de carne los valles?

Voluptuosas cadenas 
rodean tus brazos, madre. 
Coronas de rosas trenzan 
con el pico pavosreales.

Nadie conoce la historia 
y todos cantan el cante. 
Las Navidades se esconden 
y se sonrojan de encajes.

Con su cambiante métrica heterogénea, del octosílabo al alejandrino, del versolibrismo al endecasílabo, del romance al soneto, y con su desorientada variedad de tonos, el conjunto de la obra poética de Luis Martín Santos refleja la pesada digestión de sus abundantes lecturas y el lento proceso de construcción de una voz personal aún sin definir. Una voz que por temperamento y por formación acabaría encontrando el autor en la portentosa narrativa que desarrolló en las dos décadas siguientes, con sus memorables Apólogos, su magistral Tiempo de silencio y su inacabado Tiempo de destrucción. 



07 junio 2026

Atilano Sevillano. Vislumbres

 


06 junio 2026

Manuel Cañada. Pablo Guerrero

 


05 junio 2026

Un trozo de pan duro del antiguo Egipto

   


En 1960, cuando Mary Beard tenía cinco años, su madre la llevó desde su pueblo a conocer Londres. Y cuando visitaron el British Museum tuvo una experiencia que marcaría su vida y su dedicación al estudio del mundo antiguo: el descubrimiento en una vitrina de las salas egipcias de un trozo de pan que tenía cuatro mil años.

Así evoca Mary Beard esa epifanía de un trozo de pan egipcio en el capítulo inicial de su Clásicos sin filtros que acaba de publicar Crítica con traducción de Silvia Furió:

El pan en cuestión tiene casi cuatro mil años. Fue descubierto a comienzos del siglo XX en unas excavaciones cerca de la moderna ciudad de Luxor y fue entregado al Museo Británico, donde todavía se exhibe (y hay piezas similares en museos de Egipto, de los Estados Unidos y de otros lugares). Es muy probable que originalmente fuera elaborado para ser depositado en una tumba como alimento para el difunto no para consumo humano, o como ofrenda a los dioses, y que se conservase, tal como lo vemos ahora, en las perfectas condiciones que proporcionan las arenas calientes y secas del desierto egipcio.
[...]
A comienzos de la década de 1960, los museos no eran tan agradables para los niños como lo son ahora, y la mayoría de las vitrinas eran demasiado altas para contemplar su contenido siendo pequeña. De modo que cuando mi madre descubrió este pan egipcio antiguo, le pedí que me aupase para verlo más de cerca, pero estaba al fondo de la vitrina. 
[…] 
En aquel instante pasó un hombre, se percató de nuestro apuro y preguntó qué era exactamente lo que trataba de ver. «Aquel trozo de pan», chillé, ya un poco desesperada. Debía de ser un conservador, porque hurgó en su bolsillo, extrajo un manojo de llaves, abrió la vitrina, sacó el pan y lo sostuvo frente a mí, a unos cinco centímetros de mi nariz. Nunca subestiméis lo poderoso que puede ser el simple acto de abrir la vitrina de un museo.

Aquel asombro infantil de Mary Beard ante la revelación de la maravilla de lo cotidiano provocó la curiosidad y la emoción por el pasado remoto que marcaría su destino personal como estudiosa,  su dedicación a la enseñanza y a la divulgación del mundo antiguo y su afán por destacar la actualidad de los clásicos en volúmenes como este, que lleva como subtítulo El impacto del mundo antiguo.

Las cuatro conferencias que impartió en la Universidad de Chicago en 2023 son la base de este libro que establece un diálogo iluminador con los clásicos y explora los vínculos de Grecia y Roma con la realidad actual, un mundo -subraya la autora- “que ha dejado huella a lo largo de todos y cada uno de los siglos hasta el siglo XXI. Durante dos milenios, los clásicos han sido constantemente reinterpretados, a menudo de manera contradictoria, pero nunca olvidados ni desterrados.”

Así resume el sentido de esta obra la propia Mary Beard en la Introducción:

Una gran pregunta ha inspirado este libro: ¿para qué sirven los clásicos antiguos? O, dicho de otro modo, ¿por qué debería preocuparnos lo que hacía la gente hace dos mil años o más: ¿qué crearon, qué escribieron y qué pensaron? ¿Qué sentido tiene todo esto para nosotros ahora? Quiero reflejar lo que todavía resulta tan emocionante, gratificante y a veces inquietante del mundo clásico, o por lo menos lo que me ha emocionado, gratificado e inquietado a mí. El mensaje subyacente es que puede obtenerse más de los clásicos si uno los venera menos. Asombro, sorpresa, placer, perplejidad e incluso repulsión, sí. Veneración y gratitud, no.

Porque, matiza Mary Beard, «hay también muchas cosas del mundo clásico que condeno. Para empezar, no hay gafas pintadas de color de rosa que puedan ocultar la esclavitud ni la misoginia ni la casi inimaginable violencia, desde los campos de batalla hasta los criminales juegos en el anfiteatro.»

Y con esa mirada actual que combina el asombro y la perspectiva crítica, la sorpresa y la repulsión, Mary Beard se adentra en estas luminosas páginas en la vida, la literatura y el arte de Grecia y Roma para rastrear lo cotidiano y contarlo, para que el lector sepa cómo era estar allí y entonces. 

Por ejemplo cuando entra en la Taberna de Salvio en Pompeya:

Lo que tiene de tan especial la Taberna de Salvio es que todavía podemos atisbar, a través de nuestra mirada contemporánea, lo que sucedía allí hace dos mil años, y casi escuchar furtivamente las bromas del personal y de los clientes, porque frente al mostrador de la sala principal había una memorable pintura de la vida en la taberna, similar a una viñeta de tamaño gigante, con bocadillos que contenían las palabras de los personajes.
[...]
Es una imagen de la colorida vida en una taberna romana pintada en la pared y completada con una banda sonora en latín callejero y escritura callejera, que sería difícil de reconocer a partir del latín «correcto» que actualmente se enseña a los estudiantes. Quizás pretendía ser una advertencia, o un chiste, o probablemente un poco de ambascosas, pero sin duda era un espejo para que los clientes de la taberna se contemplasen a sí mismos. Gracias a la tragedia de la erupción, podemos husmear y ponernos en su lugar. Casi nos estamos viendo a nosotros mismos en el espejo sin que los años que nos separan cuenten para nada. Es como si pudiéramos excluir el aquí y el ahora y, milagrosamente, sentir cómo era estar allí en aquel momento.

Para descifrar también desde nuestra mirada actual cómo era estar allí para lo bueno y para lo malo, para lo admirable y para lo incomprensible, para lo inesperado y para lo violento. Cómo era, por ejemplo, estar ante la provocadora Afrodita desnuda y profanada de Praxíteles en el siglo IV a.C., ante el grafiti grosero de una letrina de Herculano, ante la peligrosa risa incontenible del senador Lucio Casio Dion frente al emperador Cómodo en el Coliseo, ante la Eneida o las Meditaciones de Marco Aurelio y su estatua ecuestre en la colina Capitolina o para reinterpretar a la luz actual la moralidad de la guerra en la Ilíada, la poco heroica conducta de Odiseo o el significado del conflicto trágico entre Antígona y Creonte.

Porque, con sus aciertos y sus errores, los  griegos y los romanos “nunca han dejado de mirarnos a la cara”, “nunca se han marchado del todo, ya que siempre los hemos estado reutilizando, reconvirtiendo y reinterpretando.”

A propósito de la inevitable vinculación del pasado y el presente y de la mirada actual sobre los clásicos, Mary Beard reconoce que  “este libro es en parte una respuesta a las muchas personas que me dicen: «Has pasado tanto tiempo de tu vida con ellos que sin duda debes  de querer mucho a los griegos y a los romanos». La respuesta es rotundamente «no». No estudio a los griegos y romanos porque los quiera (del mismo modo que los virólogos tampoco quieren a los virus o los astrónomos a los agujeros negros). Los estudio porque a veces son un placer, a menudo desestabilizadores y con frecuencia sorprendentes, pero sobre todo invariablemente reveladores e interesantes (incluidos los acueductos). Los estudios clásicos cambian tu forma de ver el pasado remoto. No solo eso: te instan a replantearte el presente.”

El último capítulo aborda el estado de los estudios clásicos dentro del currículo de los institutos y las universidades y defiende dos argumentos para su presencia y su importancia: en primer lugar, su potencial para iluminar cuestiones polémicas de la actualidad y en segundo lugar, la necesidad de “leer cosas difíciles” que están escritas en latín y en griego.

Cierra el volumen un curioso Epílogo, con otra historia ambientada en el British Museum. En ese texto, Mary Beard vuelve a aquel trozo de pan egipcio de Tebas que orientó su vida, a aquella “apertura de la vitrina que para mí supuso el inicio del asombro y curiosidad por el mundo antiguo que ha durado toda una vida y que se ha visto recompensado de una manera que nunca hubiera podido imaginar. He pasado más de cincuenta años con los antiguos griegos y romanos, admirables y repelentes en igual medida, pero indefectiblemente interesantes y enriquecedores. Tengo mucho que agradecer a aquel conservador anónimo. Se dio cuenta de que una niña pequeña quería ver algo, se molestó en averiguar qué era, abrió la vitrina y le mostró el trozo de pan. Para mí fue un ejemplo de cómo compartir el tiempo y el conocimiento; espero haber estado a la altura. Es decir, espero haber contribuido a hacer que algunos de los excluidos del mundo antiguo, como el «muchacho que con su aliento empañó el cristal», se sientan parte del «nosotros» que puede disfrutarlo, ya sea en el aula, a través de la radio y la televisión, o de la escritura. Espero haber conseguido que los clásicos le hablen a más gente, de todos los orígenes, dondequiera que se encuentren.”




04 junio 2026

Haikus del olivar de José Antonio Santano




  Allí florece, 
en su imperio de olivos, 
luz de Atenea.

***

Allá por Víznar, 
entre verdes olivos, 
olvido y muerte.

***

La noche es tránsito, 
residencia de lunas, 
negra aceituna.

Son tres ejemplos de La luna en el olivar, el cancionero de haikus de José Antonio Santano, poeta de prolongada y sólida trayectoria, que reunió en el volumen Silencio, donde recopiló su obra entre 1994 y 2021.

A esa recopilación se han ido sumando nuevas entregas poéticas como esta, admirablemente editada por la editorial granadina Alhulia en un volumen ilustrado con dibujos del propio autor y presentado por un prólogo en el que Salvador Compán destaca que “lo que domina en La luna en el olivar es ante todo la emoción desnuda ante la belleza del paisaje y la constancia de un olivo humanizado que interpela continuamente al poeta que gime, o abraza, canta o sueña.”

Lo cierra un epílogo de Jesús L. Serrano Reyes, que subraya que “el tiempo y el espacio mediterráneo se concentran en estas páginas, en la cruz vital del aquí y ahora, para saborear el fruto licuado por el poeta, redimensionado en la música.”

Un cancionero sutil que convoca la emoción y la memoria, la vida y la palabra a la sombra milenaria del árbol sagrado de Minerva que sobrevuela la lechuza en la noche del olivar. Es la misma lechuza que vio volar Antonio Machado entre Úbeda y Baeza en versos que presagiaban estos haikus:

Sobre el olivar, 
se vio la lechuza 
volar y volar.

Sobre el tiempo sin tiempo que evoca a Palas Atenea en el árbol de la paz que hizo brotar con su lanza para iluminar las noches de los hombres y sanar sus heridas, bajo la luna llena y sobre el perfume ancestral del aceite sanador aún siguen aleteando versos tan evocadores como estos de José Antonio Santano, que vienen desde el fondo mítico de bronce de un tiempo inmemorial:

Guadalquivir, 
entre lunas de plata, 
mares de olivos.


03 junio 2026

Atlas de islas remotas

 


02 junio 2026

Virginia Woolf. La señora Dalloway

 


01 junio 2026

Dos libros de José Antonio Pamies

 





31 mayo 2026

En Alga

 




EL GUARDIÁN DEL FUEGO

(Sobre la poesía transitiva de Santos Domínguez)

Ante la poesía de Santos Domínguez (Cáceres, 1955) nos sentimos a la vez inermes y guarecidos. Inermes ante la inmensidad cósmica y acechante de la realidad que ruge en el poema desde el fondo de los siglos, pero refugiados junto al portador de la antorcha cuyo poder numinoso espanta a las sombras y trae el calor fraterno al corazón entumecido.

La "canción extranjera" que abre este panorama de su obra da fe de esta extrañeza. Atraídas por las llamas del canto, las alas del poeta quieren ascender, aunque su destino sea yacer en la cubierta, burlado como el albatros de Baudelaire, ahogado como Ícaro en el mar. Santos ha hecho de lo extranjero un emblema de su poesía, ese "bosque extranjero," concreción del "bosque de símbolos" (otra vez Baudelaire), donde las correspondencias son hijas de la nieve y el frío, transitan la frontera de lo indecible y se adentran "a tientas" en lo incognoscible.

En los poemas aquí reunidos son convocadas las voces de la tribu, desde las balbucientes cifras consignadas en la arcilla sumeria hasta la garganta en fuga de Paul Celan, condenado a cantar en "la lengua del verdugo". Pero Eliot, Ovidio, Shakespeare, Dante, Rimbaud, Leopardi o Cicerón no son psicofonías ni tampoco máscaras, aunque el poema adopte en ocasiones la forma del monólogo dramático. Su voz es la voz de los oráculos, comparecen como resonancias de una estirpe órfica que ha transmitido el fuego prometeico a la precariedad humana. Condenados a todos los exilios, solo el lenguaje y su condición mágica abren una puerta, no a la esperanza, tampoco a la desolación, sino a la contemplación minuciosa del universo. En el poema "Crepúsculo español de Casanova" tomamos conciencia casi exacta de este mandato: Quizá sólo sea eso lo que la vida quiere:/ fluir y atravesarte/ como un inconsistente apócrifo del viento.

La inteligencia cartesiana limita nuestro mundo porque sus fronteras son el espacio y la muerte, pero de la renuncia a la "razón pura" como instrumento de conocimiento, surge la "razón poética", el ser transverberado por un idioma ignoto donde es posible afirmar "el nombre exacto de las cosas". De esta nueva visión, de esta reviviscencia de la realidad como un viento que atraviesa nuestra conciencia emana un mandato moral. La poesía que es ahora una forma de conocimiento, una revelación del ser, ha de trascender y emprender el camino desde el ego iluminado y luminoso hacia un iluminador nosotros, vosotros y ellos. Y por esto afirmamos el carácter transitivo de la poesía de Santos Domínguez.

El portador del fuego, el guardián de las llamas corre el riesgo de arder en su propia hoguera de luz, pero su misión y su verdad han de ser otras, entregarla al lector, ponerla al servicio de la vida. En los poemas en los que Santos presta su voz a la evocación de otras obras artísticas, de restos arqueológicos, de formas musicales, esta posición moral nos parece especialmente evidente. Liberado el poeta de su condición de demiurgo, que cede ahora al artista invocado (Friedrich, Velázquez, Caravaggio, Van der Weyden…) o acaso imbuido por el sentimiento sublime de la temporalidad -pincelada en el tiempo es aquí la poesía-, hay cierto carácter redentor y colectivo en estos versos. Así, en el poema "Descendimiento" sobre la obra de Van der Weyden que custodia el Museo del Prado, sentimos cómo: un dolor transitivo/desciende por la mano del hijo hasta la madre.

O, con Caravaggio, en el poema "In Absentia", la virgen y su modelo ("mujer de mala vida") quedan reunidas en la muerte y: El arte la redime del olvido y la furia. / Ya el tiempo no la toca.

O también en la visión de las lápidas en Saint Giles, donde, aunque el tiempo ha borrado los nombres y las fechas y el olvido azota impasible, hay, en la imposibilidad del recuerdo, una vindicación de la memoria colectiva: Erosiona su nombre y su memoria / la fugitiva arena de los sueños.

Que "la lengua es un ojo", la célebre afirmación de Wallace Stevens, que Santos Domínguez a menudo refiere para explicar la esencia de su escritura poética como metamorfosis de la mirada y la experiencia en materia verbal, no debe hacernos olvidar que la poesía ha de construir, antes que nada, "un templo en el oído" (Rilke). En la tradición órfica, el poeta ha de tañer la lira -"de la musique avant toute chose"(Verlaine), ha de imbricar el sentido y el sonido en esa nueva realidad que es el poema. La lengua es, pues, también un oído. Del latido simple de una sílaba germina una "canción extranjera" que crece como frase, como arroyo melódico, y se vuelve luego torrente polifónico. Hay mucha música en la poesía de Santos, que toma sus sonidos del régimen nocturno y establece la clave de sus modos menores y mayores, partiendo del crepúsculo y la nieve hacia un océano orquestal: la palabra mayor que late ante el abismo / y el cristal de la música remota de los astros / que vibra en las esferas de luz innumerable.

En estos versos de "El corazón helado del cometa", junto a un Leopardi que mira el infinito, sentimos reverberar la "Canción de la noche" mahleriana. Los poemas de Santos, por la claridad y precisión de las palabras escogidas, por su dicción serena y su arquitectura equilibrada y solemne, sugieren una escucha hipnótica y sinfónica. Como estructuras fractales que, una y otra vez, crecen y se destruyen orgánicamente para renacer del misterio, como una salmodia litúrgica cuyo sentido nos alcanza antes de descomponerla en versos y palabras, la poesía de Santos Domínguez, el portador del fuego, viaja hasta la hondura del ser (Wagner) y nos revela, inermes, pero guarecidos, nuestra esencial y fría soledad lunar. 

Este magnífico texto de José María Jurado García-Posada introduce la selección de textos que publica la revista Alga de Casteldefells en su número 95-96, que se puede leer pinchando en la imagen y en este enlace: http://www.revistaliterariaalga.com/95.htm

Este es uno de los textos incluidos en esas páginas centrales de Alga:

EL CORAZÓN HELADO DEL COMETA

"e l'atra notte e la silente riva" (Leopardi)

Vio la sonata blanca de la luna
desde la biblioteca en sombra del palacio.
Sus ventanas se abrían al jardín familiar,
al paterno giardino d stelle scintillanti
y al vértigo de hielo de las constelaciones.

Fue una isla silenciosa de nieve incandescente
con aristas agudas y días desolados.
Y allí la soledad dejó su tedio,
su luz punzante el tiempo, su voz dura el recuerdo
y la grieta incisiva de un dolor amarillo
en los largos insomnios bajo una vela triste.

Consolaron sus noches los versos y los sueños,
el cerro yermo erguido y la flor del desierto,
la palabra mayor que late ante el abismo
y el cristal de la música remota de los astros
que vibra en las esferas de luz innumerable.

Allí estalló una noche, con géiseres y fuentes
que anegaron sus ojos,
el corazón helado de un cometa.
De La herida y el cuchillo. 
Ediciones La Palma. Madrid, 2026.

 

30 mayo 2026

Martín Kohan. Lo que entiendo por Borges

 


29 mayo 2026

Anthony Pagden. La Ilustración

 


28 mayo 2026

Víctor Jiménez. Tiros al aire

 


27 mayo 2026

García Lorca. Prosa literaria completa

 



Ayer soñé, y te vi toda de transparencias y sonrisas dulces… Estabas sentada en una piedra negra y tenías por fondo yedras y madreselvas. Ayer soñé... y mi corazón, que era de conformidad, se agitó inquieto y después comenzó a llorar tan fuerte que parecía un timbal de ultratumba... Hay veces, hay horas en que el recuerdo, que es nuestra vida y nuestra muerte al mismo tiempo, se adormece y el pensamiento vive un rato feliz, pero cuando por cualquier circunstancia nos llega perfume de lo que amaba, se despierta el corazón y la vida es visión trágica y angustiosa... La noche es callada y tiene alma de estrellas y en esa alma está escondido el genio que convierte los ojos en vaguedad y el corazón en clavel rojo. En las estrellas se oculta la genial mariposa de la melancolía y el agua de las acequias y albercas guarda el aire que despierta al corazón... ¿Qué olores tiene el alma y los pensamientos del que sueña en lo que pasó y no ha de volver? ¡Qué tranquilidad la de la noche y qué hipar angustioso del que piensa envuelto en nube de pasión...! Los momentos del sueño son vida de vidas, son poseer lo imposible, son amar más intensamente que se puede amar... No turbad el sueño del que sueña con amores y cópulas cerebrales. No tocadlo, que se va a despertar y su corazón va a nacer a la vida corriente y espantosa. Pero acercaos y aspirad su aliento, porque es olor de amor y santidad que al caer en vuestros corazones será bálsamo de consuelo y añoranzas... y miradlo, porque vuestras miradas se santificarán y de vuestros ojos saldrá la luz que quizá os salve. 

Así comienza la Mística que trata del dolor de pensar, de Federico García Lorca, una de las prosas de juventud que recoge su Prosa literaria completa, que llega hoy a las librerías en la edición dirigida por Víctor Fernández que publica Galaxia Gutenberg.

Como toda la serie juvenil de Místicas, Estados sentimentales y otras meditaciones, Baladas y otros diálogos o Impresiones y paisajes, esas prosas de juventud reflejan el aprendizaje imitativo de un Lorca aún adolescente, anclado aún en la sentimentalidad decadentista tardorromántica y en el preciosismo modernista. Y hay también en esos textos juveniles una característica, su confesionalidad autobiográfica, que Miguel García Posada destacó en el prólogo de los Primeros escritos de Lorca, que rescató hace ahora treinta años: “Al lector se le brinda -escribía allí el editor- el espectáculo único de asistir al nacimiento literario de ese adolescente abrumado de sí mismo. Lorca, que en su madurez sería un escritor escasamente autobiográfico, al menos en un sentido inmediato, testimonial, se transparenta, se refleja, se proyecta con nitidez en versos y prosas juveniles. Un irrepetible confesionalismo se desborda en muchas de estas páginas.”

Pero además de esos abundantísimos escritos juveniles este volumen de la Prosa literaria completa de García Lorca reúne textos imprescindibles del escritor adulto, como sus Conferencias, Alocuciones y Homenajes.

Desde la conferencia Importancia histórica y artística del primitivo canto andaluz llamado «cante jondo» (1922) hasta las últimas alocuciones, Semana Santa en Granada y Homenaje a Luis Cernuda (1936), está en estos textos la prosa de un poeta, una prosa que en muchas ocasiones iguala en calidad estética a su poesía.

Están aquí reunidas las conferencias vinculadas algunos de sus libros de poesía como el Poema del cante jondo o el Diván de Tamarit, sobre el que explican tanto implícitamente las charlas Cómo canta una ciudad de noviembre a noviembre o Paraíso cerrado para muchos, jardines abiertos para pocos. Están también los textos imprescindibles que el poeta utilizó como apoyo explicativo en sus recitales del Romancero gitano o de Poeta en Nueva York. O los que resumen explícitamente su poética, como Imaginación, inspiración, evasión, Juego y teoría del duende o la memorable La imagen poética de don Luis de Góngora, donde decía cosas como estas:

El poeta que va a hacer un poema dentro de su campo imaginativo tiene la sensación vaga de que va a una cacería nocturna en un bosque lejanísimo. Un miedo inexplicable abre fuentes y niños muertos en su corazón. Va el poeta a una cacería. Delicados aires enfrían el cristal de sus ojos. La luna, redonda como una cuerna de blando metal, suena en el silencio de las ramas últimas. Ciervos blancos aparecen en los claros de los troncos. La noche entera se recoge bajo una pantalla de rumor. Aguas profundas y quietas cabrillean entre los juncos... Hay que salir. Y éste es el momento peligroso para el poeta. El poeta debe llevar un plano de los sitios que va a recorrer y debe estar sereno frente a las mil bellezas, criaturas de yeso y representaciones de locura que han de pasar ante sus ojos. Debe tapar sus oídos como Ulises frente a las sirenas y debe lanzar sus flechas sobre las metáforas vivas y no figuradas o falsas que le van acompañando.  El poeta debe ir a su cacería limpio y sereno, hasta disfrazado. 

[...]

El estado de inspiración es un estado de recogimiento. pero no de dinamismo creador. Hay que reposar la visión y el concepto para que se clarifiquen. No creo que ningún gran artista trabaje en estado de fiebre. Aun los místicos trabajan cuando ya la inefable paloma del Espíritu Santo abandona sus celdas y se va perdiendo por las nubes. Se vuelve de la inspiración como se vuelve de un país extranjero. El poema es la narración del viaje.

Como aquí, en todos estas prosas habla siempre el poeta con el fulgor verbal y la clarividencia iluminadora que brillan también en sus alocuciones y homenajes, en su Charla sobre teatro, en las  Alocuciones argentinas o en Semana Santa en Granada, fechada el 5 de abril de 1936, que comienza con este párrafo:

El viajero sin problemas, lleno de sonrisas y gritos de locomotoras, va a las fallas de Valencia. El báquico, a la Semana Santa de Sevilla. El quemado por un ansia de desnudos, a Málaga. El melancólico y el contemplativo, a Granada, a estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra. A estar solo. En la contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.

Páginas como esa y como las otras ochocientas de este libro, como afirma Victor Fernández en su prólogo (“Palabras para un poeta en prosa”), «constituyen una pieza fundamental para seguir la escena de un poeta que, afortunadamente continúa plenamente vigente.»