19 mayo 2019

El Napoleón doble e incompleto de Stendhal



“¡Napoleón y Stendhal! La sola mención de estos dos nombres juntos emite una vibración especial para todos aquellos que conservan vivo el impacto que les produjo la lectura de Rojo y negro o de La cartuja de Parma. Puede que, desde la Ilustración, no se haya dado un caso equivalente de sintonía entre un gran escritor –Stendhal- y uno de los grandes poderosos de la Tierra: Napoleón. No se trata, ni mucho menos, del tipo de alianza o de complicidad que llegó a establecerse entre, por ejemplo, Gorki y Lenin, en el marco de la Revolución rusa, o entre Malraux y De Gaulle, en la Francia posterior a la Segunda Guerra Mundial. Se trata de algo más impreciso y a la vez más amplio, que señala a Stendhal como el más fiel cronista del impacto y de las transformaciones espirituales que, en la Europa posterior a la Revolución francesa, supuso la emergencia, el imperio y la caída de Napoleón. Nadie como Stendhal captó de manera tan certera el modo en que la figura, las conquistas y el destierro de Napoleón encendieron la imaginación de al menos dos generaciones de europeos, transformando en no pocos casos la relación con su propio destino”, escribe Ignacio Echevarría en la magnífica Introducción que ha escrito para la edición de Napoleón. Vida y memorias, de Stendhal en Penguin Clásicos con traducción y cronología de Consuelo Berges.

En dos ocasiones intentó Stendhal abordar la biografía de Napoleón, un proyecto largamente elaborado que no llegó a culminar. La primera en 1817, con un Napoleón desterrado en Santa Elena y con un Stendhal que mantenía pese a todo sus convicciones bonapartistas exiliado en Milán. 

Tras aquella Vida de Napoleón, primer esbozo de una biografía inconclusa que tuvo como eje la vertiente militar de Napoleón, veinte años después, muerto ya el emperador, un Stendhal muy distinto empezó sus Memorias de Napoleón, centradas en la campaña en Italia, escindido entre la admiración al personaje y lo que representó y el desprecio al tirano, al que consideraba “el hombre más grande aparecido desde César.”

Stendhal había formado parte de los ejércitos napoleónicos en la campaña de Rusia y en la victoria de Batzen en 1813. De su conocimiento de los campos de batalla cuando era todavía Henry Beyle dejó un testimonio ejemplar en La Cartuja de Parma y en su inolvidable descripción desorientada y perpleja de la batalla de Waterloo.

“Caí con Napoleón en abril de 1814”,  escribió en su autobiográfica Vida de Henry Brulard, donde dejó reflejado su bonapartismo, aunque en menor medida que en los protagonistas de sus dos novelas fundamentales: Julien Sorel en Rojo y negro y Fabricio del Dongo en La cartuja de Parma, dos personajes en los que proyectó el entusiasmo y la exaltación romántica ante la figura de Napoleón un Stendhal que consideraba que “la vida de este hombre es un himno a la grandeza de alma.”

Stendhal no escribía estas páginas sobre el hombre, sino sobre el personaje histórico, sobre la estatua y el pedestal. El que acometía las memorias de Napoleón era un Stendhal que había publicado ya su Rojo y negro, una novela napoleónica en gran medida, y que declaraba en el Prefacio:

El amor a Napoleón es lo único que ha perdurado en mí, lo que no me impide ver los defectos de su espíritu y las mezquinas flaquezas que pueden reprochársele.

Y con esa mirada admirativa y crítica aborda Stendhal lo que Ignacio Echeverría define en su Introducción como “la sustancia histórica y personal de un mito que dio impulso y vuelo al primer novelista contemporáneo.”


18 mayo 2019

Hoy, en el homenaje a Miguel Hernández


17 mayo 2019

La noche que espera



Conoces el dolor y la belleza, 
tienes amor y miedo. 
Cada tarde se pone el sol 
tras la misma montaña.
Tú celebras el don 
y temes la condena. 

Con esos espléndidos versos se cierra la primera de las dos partes -El don y la condena y La noche que espera- del libro que Joan Payeras publica en la colección Tierra de La Isla de Siltolá.

Entre el don y la condena, la conciencia del tiempo fugaz y la celebración del amor y el tiempo presente, entre el dolor y la belleza, el final y la promesa, entre “el dolor secreto y la alegría callada”, entre la certeza de estar vivo y la seguridad de la noche fría que espera se mueven los poemas en verso y prosa de La noche que espera, que parten de la idea de que “en la hoguera del tiempo / arderá esta belleza.”

En ellos la palabra que contiene el mundo lo convoca, porque esa palabra es “luz convertida en canto / milagro breve, lapso de tu tiempo.” Y lo evoca con la memoria que une tardes y miradas en busca de la armonía con el mundo y en “la íntima celebración /  de saberse vivo.”

Y al fondo, callada y esperando, “la noche ensayando siempre la última noche”, aunque quien lo sabe tiene la palabra y los versos “como escudos / que detuvieran lo que teme.”

Y así en la extensión de la noche, en el silencio y la nieve, en el fuego y la ceniza los poemas de La noche que espera concretan la búsqueda de “una única palabra en la que se resuma el último sentido de esta vida, la última razón de nuestra muerte.”

Con una admirable contención expresiva y una inusual tensión poética y emocional, estos textos aspiran a realizar el milagro de parar el tiempo en el poema con la voz de quien “Recuerda. / Y comprende al fin / que en la plenitud / de todos los días / escondida / la muerte calla.”





16 mayo 2019

Sor Juana. La resistencia del deseo




15 mayo 2019

Hoy, en Badajoz

14 mayo 2019

Juan José Vélez. Antología poética

“Juan José Vélez es consciente de que la poesía puede ser el alma que nos salve de nosotros mismos. Por eso, su verso no es abstracción, sino realidad, no es ensoñación sino certidumbre que pasa y que pasea muy cerca del alma. A ella se anuda para explicarse e iluminar las sombras que generan las edades”, escribe Jorge de Arco en el prólogo de Ámbito sustancial, la antología de la obra de Juan José Vélez Otero que ha preparado para Ars Poetica.

Entre 1998 y 2018, entre Panorama desde el ático y Pasmo, veinte años de escritura resumidos en un centenar de poemas que reflejan la construcción de un mundo poético personal a través de una voz en la que coexisten diversos tonos, matices y registros.

Una voz predominantemente elegíaca en la que la memoria paradisiaca de la niñez alimenta la nostalgia de esta poesía confesional y desconsolada en la que late la autenticidad de una voz que deja paso a veces a la celebratoria explosión sentimental en torno al tema amoroso.

Una voz cercana en la que el tono conversacional convive ejemplarmente con la ambición expresiva como en esta espléndida Foto del 63, de La soledad del nómada:

Hay una luz de claustro en esta foto,
de soledad de esperma
y de locura, una luz
de tormenta de otoño
y de colegio de fantasmas.

Hay un niño y un mapa
y una bola del mundo
que lleva años enteros
girando en un cajón oscuro.

Hay una sonrisa de metal helado,
de mercurio de termómetro difunto,
un humo de alquimista
sonámbulo y misericorde
que se forja en el frío
de los muertos en vida.

En esta fotografía
hay cristales rotos de un sueño diezmado
y espumas olvidadas de una playa distante.

Un suicida
podría haber escrito en su reverso
la despedida solemne y temblorosa
del cansancio y la duda.

Mientras, el niño sonríe
completamente ajeno al espejismo
donde se iban formando en silencio
las larvas venenosas de la nostalgia.

En la férrea disciplina estrófica del soneto o en la fluidez del verso libre, la voz contenida o desatada de Juan José Vélez es una voz verdadera de la que da una muestra completa este Ámbito sustancial, sobre el que Jorge de Arco concluye que “es, en suma, un sugestivo testimonio, una luminaria presencia donde late un corazón en libertad. Y en la sincera trascendencia de su mensaje reside su mejor virtud: hacer del verso morada, hallazgo y resurrección.”


13 mayo 2019

La flor de Californía





Con esta explicación se dio el juez por satisfecho y yo para librarme de los curiosos me zambullí por la primera puerta que vi abierta.
Esta primera puerta fue la de una iglesia toda blanqueada y con los altares totalmente cubiertos por flores de papel de colores chillones. 
El órgano tocaba un schottisch muy castizo que nunca más he vuelto a oír y que me ha sido imposible recordar su melodía.
Entré de puntillas sobre las baldosas gibadas dando saltos de pelota de goma por la nave central y en dirección al altar mayor. 
Aún no iba a mediados de la nave cuando comenzaron las columnas a mover sus brazos para indicarme que abandonara aquella direc- ción y me apartara a una nave lateral. 
Sin pedir explicación alguna me fui a la nave izquierda, donde me encontré con una capilla de zinc, y en ella una mujer. La mujer morena de pechos de aluminio y vestida con maillot de cera. Me enredó en un lazo de siseos con el cual tiró de mí hasta atraerme junto a la verja y poder cuchillear a mi oído: 
—Coge la flor de Californía.
La mujer morena salió de la capilla de zinc y fue saltando con velocidad vertiginosa de una lámpara a otra, de un altar a otro, de una nave a otra.
Y yo no cesaba de oír por todas partes con euritmia de péndulo exhausto de cuerda: 
—José María, José María,
Coge la flor de Californía.
—José María, José María,
Coge la flor de Californía.
—Coge la flor de Californía.
—Coge la flor de Californía.
Fornía, Fornía, Fornía, Fornía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía, nía. 
La mujer morena del maillot de cera y de los pechos de aluminio comenzó a arder por los cabellos. Nía, nía, nía, nía.
La mujer morena ardió por completo y solo quedaron sus dos pechos que convertidos en globos se los llevó un niño vestido de primera comunión. 
Momentáneamente me quedé solo en la iglesia, oliendo a cera quemada, oliendo a flores contrahechas yo solo.
Mis pasos retumbaban y fui el centro de aquel ruido sin límites y solo en aquella cárcel de ruido blando pugnaba por salir de ella, en vano, por forjar radios que me condujeran a la tangente. Me encaré con las columnas y las columnas no me dijeron nada, me hacían señas equívocas y empecé a creer que eran verdaderas columnas de piedra. 
Partió en dos mi éxtasis una frase ya olvidada pero rediviva: «Coge la flor de Californía».

Es uno de los fragmentos más significativos de La flor de Californía, el conjunto de prosas superrealistas que José María Hinojosa escribió entre 1926 y 1928 en Madrid, Málaga y París.

Organizado en dos partes, la primera parte, con una leve trama argumental, es la más cercana al relato y en ella aparecen siete textos: La flor de Californía, Por qué no fui Singapore, Los guantes del paisaje, Diez palomas, Viaje a Oriente, La mujer de arcilla y Ella y yo solos.

La segunda parte (Textos oníricos) contiene otros siete poemas en prosa en los que Hinojosa se acerca a la escritura automática del superrealismo. Así termina el último:

Cuando el aire, después de dar la vuelta al mundo, vuelva a encontrarse con nosotros, vendrá cargado de interrogaciones y entonces nuestros cuerpos se cubrirán de llagas por donde alcanzará su libertad la sangre y el aire meterá sus dedos hasta tocar nuestras entrañas.

Con una mezcla vanguardista de imágenes visionarias, chispazos expresivos y revelaciones poéticas, humor y juego, La flor de Californía, más próxima a Los Cantos de Maldoror que a Breton o Aragon, participa también de la influencia de las greguerías ramonianas.

Con este título que llega hoy a las librerías inaugura Demipage su nueva colección Arranca Thelma, que explica así la editorial:

"Con La Flor de Californía, del escritor malagueño José María Hinojosa, se inicia una colección que recupera figuras literarias perdidas, fruto de la colaboración de una editorial, Demipage, y de un librero, Luis Lázaro, de Librería Arranca Thelma.

Este primer libro de la colección está acompañado por las ilustraciones de dos jovencísimos artistas, Claudia Villanueva y Rodrigo Lapuerta, que reinterpretan en clave siglo XXI los importantes textos surrealistas de José María Hinojosa."








12 mayo 2019

La poesía protectora de López Azorín



Porque tú me proteges (y me salvas), 
porque llegas y ofreces con tu luz 
la claridad precisa. 

Porque busco tu voz por liberarme, 
tus brazos de palabras 
que se ciñen a mí y que me florecen 
cuando llegas a verme. 

Porque escribo y a veces no comprendo 
porque dicen, de aquello que yo digo, 
mucho más que yo he dicho. 

Porque me reconfortas con tu amor 
a la palabra y yo quiero ese amor conmigo 
y lo quiero pues sé que me protege 
en esta soledad acompañada. 

Ese es uno de los poemas del último libro de poesía de Manuel López Azorín, La voz que nos protege, un libro que refleja su madurez vital y poética con la serenidad del sentimiento y de la palabra. 

Enmarcado entre dos sonetos -el inicial Puerta de luz y el soneto final con estrambote- el cuerpo central del libro, Diario protector, está escrito no por casualidad entre el 13 de junio y el 17 de septiembre de 2018, en días cenitales de la intensa luz que se invoca en sus poemas, en los que se conjura a menudo la presencia benéfica y protectora de Claudio Rodríguez, quizá la voz poética más admirada por López Azorín.

Con diversidad de ritmos, atraviesa estos versos la voz confesional y pausada de un poeta en sazón que se desnuda en estos poemas por los que se pasean la palabra salvífica y el paisaje en el que se funda el sentimiento, la conciencia del tiempo y el amor por la poesía, esa puerta de luz que se abre en la sombra de la edad.

Porque La voz que nos protege es una juanramoniana declaración de amor a la poesía y una invocación a la gracia de la creación poética, una celebración del presente desde la renuncia a la nostalgia y la aceptación serena del paso del tiempo, a través de una voz y una mirada que se dirige hacia dentro, se proyecta en el paisaje o se abre hacia las noticias del mundo y sus desastres.

Escritos con el temblor de la emoción y con una medida modulación de la palabra, ilumina estos versos la luz plena del verano, fijada en un presente continuo en el que la poesía fluye como los manantiales, transparente y viva, profunda y clara:

Palabra amada, tú que me proteges, 
que me salvas del ruido de la vida, 
eres por lo que escribo. 

Enorme claridad que llegas y seduces. 
Tú, protector, que dejas en mis manos 
el sueño azul de darme amor eterno 
y sílaba tras sílaba 
me traes la fuente donde bebo el agua 
de esperanza y de vida para dejar impresas 
todas mis ansias de tenerte siempre. 

Tu nombre, protector, es Poesía 
y yo sueño tenerte entre mis brazos 
en este mismo instante. 

Y cuando el tiempo acabe 
y toda claridad se eleve al cielo 
sueño que estamos juntos por la página. 



11 mayo 2019

Jesús Cárdenas. Los falsos dias



No el hecho de mudarse, tampoco irse
muy lejos de las tardes azuladas
que cruzan las ciudades, 
y lanzarse al abismo del mar, 
y del tierno placer que aportan las manos maternas. 
No el abandonar este mundo 
como si fuéramos nubes al viento 
en primera tormenta de septiembre, 
sin otro deseo que vaciarnos.

Es gélida la espera 
que acompaña los falsos días 
como una eterna cuenta atrás
al saber que tu sombra 
se fue hace ahora catorce años.


De ese poema, Los falsos días, toma su título el libro que Jesús Cárdenas publica en la Editorial Alhulia.
Y ese es también el título de la penúltima de las cinco secciones que reflejan un itinerario amoroso y existencial a través de los territorios del placer o de la búsqueda en las sombras, las ruinas y los recuerdos. 
Un itinerario desde la oscuridad hacia la luz, desde la soledad al amor y a la aceptación de la identidad y de la realidad con todas las aristas que jalonan una historia sentimental en la que se suceden navegaciones y naufragios, presencias y ausencias, abandonos y retornos, entre la distancia y la pasión, entre la condena del desamor y la aparición de otro amor como salvación.

Así en el poema Cruzar el río, que cierra el libro con estos versos:

Adelante, déjate de sombras.

Céntrate en el valor del salto. Vamos.
Coge del brazo frío de la Luna,
que es el mismo brazo de tu amada.

Sólo tú me salvarás si yerra mi salto.


10 mayo 2019

Mario Campaña. Poesía reunida