09 octubre 2026

Un clásico imprescindible

 





Cuando el mundo era medio milenio más joven, tenían todos los sucesos formas externas mucho más pronunciadas que ahora. Entre el dolor y la alegría, entre la desgracia y la dicha, parecía la distancia mayor de lo que nos parece a nosotros. Todas las experiencias de la vida conservaban ese grado de espontaneidad y ese carácter absoluto que la alegría y el dolor tienen aún hoy en el espíritu del niño. Todo acontecimiento, todo acto, estaba rodeado de precisas y expresivas formas, estaba inserto en un estilo vital rígido, pero elevado. Las grandes contingencias de la vida -el nacimiento, el matrimonio, la muerte- tomaban con el sacramento respectivo el brillo de un misterio divino. Pero también los pequeños sucesos -un viaje, un trabajo, una visita- iban acompañados de mil bendiciones, ceremonias, sentencias y formalidades.
  Para la miseria y la necesidad había menos lenitivos que ahora. Resultaban, pues, más opresivas y dolorosas. El contraste entre la enfermedad y la salud era más señalado. El frío cortante y las noches pavorosas del invierno eran un mal mucho más grave. El honor y la riqueza eran gozados con más fruición y avidez, porque se distinguían con más intensidad que ahora de la lastimosa pobreza. Un traje de ceremonia, orlado de piel, un vivo fuego en el hogar acompañado de la libación y la broma, un blando lecho, conservaban el alto valor de goce que acaso la novela inglesa ha sido la más perseverante en recordar con sus descripciones de la alegría de vivir. Y todas las cosas de la vida tenían algo de ostentoso, pero cruelmente público. Los leprosos hacían sonar sus carracas y marchaban en procesión; los mendigos gimoteaban en las iglesias y exhibían sus deformidades. Todas las clases, todos los órdenes, todos los oficios, podían reconocerse por su traje. Los grandes señores no se ponían jamás en movimiento sin un pomposo despliegue de armas y libreas, infundiendo respeto y envidia. La administración de la justicia, la venta de mercancías, las bodas y los entierros, todo se anunciaba ruidosamente por medio de cortejos, gritos, lamentaciones y música. El enamorado llevaba la cifra de su dama; el compañero de armas o de religión, el signo de su hermandad; el súbdito, los colores y las armas de su señor.

Así de memorablemente comienza El tono de la vida, capítulo inicial de El otoño de la Edad Media, de Johan Huizinga, un clásico inmortal que ha cumplido más de un siglo desde su primera versión de 1919, que se completaría en la definitiva en 1927.

Estudios sobre la forma de la vida y del espíritu durante los siglos XIV y XV en Francia y en los Países Bajos es el subtítulo de este monumental estudio, precursor de la historia de las mentalidades, que va mucho más allá de su propósito inicial y acabó abarcando un objetivo más amplio: “La necesidad -explica Huizinga en el prólogo de septiembre de 1927- de entender mejor el arte de los hermanos van Eyck y sus seguidores y de ponerlo para ello en conexión con la vida de su tiempo, fue el origen de este libro. En el curso de la investigación resultó, empero, otro cuadro, más amplio en muchos aspectos. Era evidente que los siglos XIV y XV en Francia y en los Países Bajos son mucho más apropiados para darnos una idea del final de la Edad Media y de las últimas formas en que se manifiesta la cultura medieval que para poner ante nuestros ojos el despertar del Renacimiento.”

De esa manera, Huizinga aborda, interpreta y describe en los veintidós brillantes capítulos de El otoño de la Edad Media todos los aspectos de la cultura -desde la pintura a la literatura, desde la música a la arquitectura- y todas las manifestaciones de la civilización -desde las diferentes expresiones del  sentimiento religioso a las costumbres amorosas, desde el heroísmo caballeresco a la imagen de la muerte- para componer un fresco cercano, plástico y muy vivo de la vida en esos dos siglos y en los reinados de Felipe el Bueno y Carlos el Temerario, de la casa de Borgoña. 

Dos ejemplos, tomados de ese primer capítulo, de esa prodigiosa capacidad evocadora de la prosa de Huizinga: uno sobre la presencia constante de las campanas en la vida cotidiana:

Había un sonido que dominaba una y otra vez el rumor de la vida cotidiana y que, por múltiple que fuese, no era nunca confuso y lo elevaba todo pasajeramente a una esfera de orden y armonía: las campanas. Las campanas eran en la vida diaria como unos buenos espíritus monitorios, que anunciaban con su voz familiar, ya el duelo, ya la alegría, ya el reposo, ya la agitación; que ya convocaban, ya exhortaban. Se las conocía por sus nombres: la gruesa Jacqueline, la campana Roelant. Se sabía lo que significaba el tocarlas y el repicarlas. Y, a pesar de los excesivos repiques, nadie era nunca sordo a su voz. 
[...]
Cuán ensordecedor debe de haber sido el repique de todas las campanas de todas las iglesias y conventos de París, desde la mañana hasta la noche —e incluso durante toda la noche— con ocasión de haber sido elegido un Papa que iba a poner fin al cisma, o porque se había firmado la paz entre el Borgoñón y el Armagnac.
 También las procesiones deben de haber sido de un efecto hondamente conmovedor. Si los tiempos estaban revueltos, y esto pasaba con frecuencia, tenían lugar muchas veces a diario, e incluso una semana detrás de otra. 

Otro, sobre la conducta impetuosa y temeraria de los príncipes:

La vida y conducta de los príncipes tiene además muchas veces una dimensión de fantasía que nos recuerda a los califas de Las mil y una noches. En medio de las empresas políticas fríamente calculadas obran muchas veces con una impetuosidad temeraria que pone en peligro su vida y su obra por un simple capricho personal. Eduardo III se juega su vida y la del príncipe de Gales y la prosperidad de su país, por atacar a una flota de buques mercantes españoles, en castigo de algunas piraterías. A Felipe el Bueno se le mete en la cabeza casar a uno de sus arqueros con la hija de un rico cervecero de Lila. Como el padre se opone y el Parlamento de París interviene en el asunto, interrumpe súbitamente el duque, ardiendo en furor, los importantes negocios de Estado que lo retenían en Holanda, y emprende en plena Semana Santa un peligroso viaje por mar desde Rotterdam a Sluis, para imponer su capricho. Otra vez, lleno de una cólera insensata a causa de una disputa con su hijo, se escapa a caballo y en secreto de Bruselas, como un escolar fugitivo, y se extravía de noche en el bosque. Cuando regresa, toca la espinosa tarea de traerlo a su vida habitual al caballero Philippe Pot. 

Con ese admirable pulso narrativo y una documentación abrumadora que se alimenta más de fuentes literarias (especialmente el alegórico y erótico Roman de la Rose, uno de los ejes de referencia del libro, las historias legendarias y coloristas del cronista de la corte Chastellain, las crónicas prosaicas del escueto Monstrelet o los alegatos morales del teólogo Jean Gerson, canciller de la Universidad de París) y artísticas (especialmente la pintura de los hermanos van Eyck, de Rogier van der Weyden y Memling) que de documentos públicos o privados, oficiales y eclesiásticos, económicos o judiciales, porque -advierte Huizinga- “nuestras investigaciones históricas sobre la Edad Media, que prefieren beber todo lo posible en los documentos oficiales, por desconfianza hacia las crónicas, incurren con ello muchas veces en un peligroso error. Los documentos nos dan escasa noticia de la diferencia en el tono de la vida que nos separa de aquellos tiempos, y nos hacen olvidar el vehemente pathos de la vida medieval. De todas las pasiones que la colman de color, mencionan los documentos, por lo regular, sólo dos: la codicia y la belicosidad. ¿Quién no se ha admirado frecuentemente de la vehemencia y la obstinación casi inconcebibles con que la codicia, el espíritu bélico y la sed de venganza se destacan en los documentos judiciales de aquel tiempo? Sólo en conexión con el general apasionamiento que inflamaba todas estas esferas de la vida, resultan estos rasgos admisibles y explicables para nosotros. Para comprender con justeza aquellos tiempos son, pues, indispensables los cronistas, por superficiales que puedan ser y por frecuentemente que yerren en lo tocante a los hechos.”

Y así, con ese apoyo cronístico, evoca la noche previa a la batalla de Azincourt:

Si el ideal caballeresco tenía que ceder de este modo ante los intereses reales y efectivos, no por ello faltaban ocasiones bastantes de revestir de belleza la guerra. Toda una borrachera de orgullo puede manifestarse en la manera multicolor y jactanciosa de equiparse para la guerra. En la noche anterior a la batalla de Azincourt, ambos ejércitos, que se encuentran frente a frente en la obscuridad, fortalecen tu espíritu con música de trompetas y clarines, y todos se lamentaban profundamente de que los franceses no tuviesen bastante pour eulx resjouyr (para darles juego) y se sintiesen por ello menos animosos.

Con esa mirada constante a las crónicas bajomedievales, Huizinga estudia, analiza y describe cuestiones como el anhelo de una vida más bella, la concepción jerárquica de la sociedad, los ideales caballerescos y la importancia de las órdenes militares, la vinculación del heroísmo con el amor y su estilización refinada en el amor cortés, la expresión plástica y artística del espíritu religioso, los tipos de religiosidad, la decadencia del simbolismo y la irrupción de una forma de realismo en los límites del pensamiento figurado, la conexión entre el arte y la vida, el desarrollo y las manifestaciones de la sensibilidad estética, la relación conflictiva entre la imagen y la palabra y finalmente el advenimiento de la nueva forma con el que culmina el estudio sobre dos siglos fecundos en rasgos extintivos que reflejaban el fin de una época.

Con la brillante versión de José Gaos de 1930, la misma que publicó repetidamente Revista de Occidente y que dejó marcado para siempre a este lector desde su primer año de Facultad en 1972, El otoño de la Edad Media es uno de los títulos que Alianza Editorial ha seleccionado muy acertadamente como uno de los libros inaugurales de su nueva colección Sendas, que forma parte de una remodelación amplia de su fondo y sus proyectos de desarrollo editorial.

Un clásico imprescindible de la historia de la cultura en el siglo XX y una aportación decisiva al conocimiento de la civilización occidental.

 



08 octubre 2026

Richard Tarnas. Cosmos y Psique

 


07 octubre 2026

Lucrecio. De rerum natura

  




Un universo de átomos y vacío. Ese es el título del primero de los seis libros en que Tito Lucrecio Caro organizó su De rerum natura, el largo poema científico y filosófico en hexámetros dactílicos que compuso en torno al 50 a. C.

El monumental De rerum natura -Sobre la naturaleza de las cosas-, una epopeya poética y científica, un panegírico de las teorías epicúreas y una exposición sistemática de su concepción del mundo, es uno de los poemas mayores de la latinidad y sitúa a Lucrecio, poeta y filósofo epicúreo de formación griega, a la altura de Virgilio, Horacio, Catulo o de Ovidio, que proclamó que «los versos del sublime Lucrecio» serían tan perdurables como el mundo.

Reino de Cordelia publica una muy limpia y cuidada edición bilingüe con una nueva traducción en endecasílabos blancos del De rerum natura lucreciano. La firman Luis T. Bonmatí y Ángel Luis Prieto de Paula,  que en su Prefacio, que se declaran herederos de la traducción que hizo también en endecasílabos blancos el Abate Marchena a finales de XVIII, en 1791, y explican que “cualquier lector que se adentre sin prejuicios en la obra puede percibir que sobre ella planea y de ella se desprende, rigiendo su desarrollo, una evidente intención ética. Consiste esta en liberar a los hombres del miedo a la muerte que ensombrece su existencia. Esta erradicación pasa por el rechazo inequívoco de la religio, en la que se funden religión y superstición; y, con ella, el de sus ministros, sus supercherías, sus amenazas y sus espantajos escatológicos. No llega Lucrecio a prescindir absolutamente de los dioses, no se sabe muy bien por qué, pues no les concede ni arte ni parte en el surgimiento, desarrollo y futura desaparición del mundo y de cuantos lo habitamos; pero los sitúa al margen del devenir humano, felices en sus moradas superiores -llamémoslas cielo- y desentendidos de nuestra suerte.”

“Aunque De rerum natura -añaden Luis T. Bonmatí y Ángel Luis Prieto de Paula- sea la andanada más contundente contra el idealismo platónico y contra las prácticas religiosas, hubo de producirse lo que se aproxima mucho a una cadena de «milagros» para que haya llegado hasta nosotros. Desde Cicerón, uno de sus primeros lectores, hasta acá, la obra de Lucrecio ha sorteado innumerables obstáculos que tienen que ver, unos, con el dogmatismo de las culturas imperantes, no importa si paganas o cristianas; otros, con la incuria de los depositarios; y todo ellos acentuados por la acción asoladora del tiempo. Tras una existencia vacilante y muy precaria en los siglos antiguos, el texto estuvo prácticamente sepultado durante la Edad Media, hasta que el Humanismo del siglo XV lo devolvió a la luz.”

Y en torno a esa peripecia de ocultamiento y a ese rescate por el humanista Poggio Bracciolini en 1417 del único manuscrito en el que se conservaba De rerum natura, elaboró Stephen Greenblatt su espléndido ensayo El giro, subtitulado De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno, sobre la que definió como «una de las obras más grandes de la antigüedad clásica y una de las más extrañas [...] en una relación tensa y contrapuesta frente a los valores romanos básicos de la época.»

Desde esa recuperación de un texto fundamental que expone la física epicúrea y resume su sistema filosófico, su concepción del mundo y sus propuestas  éticas se han sucedido traducciones al español del texto lucreciano, como la ya citada del muy heterodoxo Abate Marchena, y las contemporáneas de Agustín García Calvo con su versión rítmica en alejandrinos en Cátedra Letras Universales y la de Eduard Valentí Fiol en prosa en Acantilado.

«Con el propósito de facilitar la lectura -explican los traductores- hemos asignado un título a cada uno de los seis libros que componen la obra e incluido epígrafes que, sin interferir en el flujo poético del discurso, ofrecen claves para una mejor aprehensión de su estructura doctrinal y argumentativa.»

La física de los átomos, la psicología del alma y la cosmología materialista de un mundo sin dioses son los tres grandes núcleos temáticos y expositivos que aborda sucesivamente Lucrecio en las seis partes de este poema épico y didáctico.

Un universo de átomos y vacío es -ya lo decíamos- el título asignado por los editores al primero de los seis libros en los que Lucrecio organizó los casi siete mil quinientos hexámetros de una obra fundadora de la modernidad desde una mirada radicalmente materialista al hombre y al universo. Un conjunto del que forman parte las otras cinco secciones, tituladas Movimientos y agrupaciones de los átomos, La naturaleza mortal del alma y su vínculo con el cuerpo, Sentidos y sensaciones, Origen del universo y desarrollo de la humanidad y Fenómenos atmosféricos y enfermedades.

Y estos son algunos de los orientadores epígrafes que resumen el contenido de cada una de las secuencias temáticas desarrolladas en sus versos: Los dioses son indiferentes a la suerte de los humanos, La religión, inductora de crímenes, El terror a los sufrimientos de ultratumba convierte al hombre en esclavo de su ignorancia, Necesidad de estudiar el universo y al hombre, Nada procede de la nada,  Nada torna a la nada, Los seres mueren y su materia persiste para formar otros nuevos, Los átomos, primeros componentes de los seres, son invisibles. El vacío ocupa también los cuerpos,  Refutación de quienes niegan el vacío, Los dos únicos componentes del mundo: materia y vacío, El universo carece de límites: es infinito, Puesto que el universo es infinito, carece de centro, o este Elogio de Epicuro, que se alzó contra la superchería religiosa:

Cuando el género humano se arrastraba
en la tierra, oprimido por el peso
de la superchería religiosa,
que amedrentaba con horrible mueca
desde el cielo a los hombres, hubo un griego,
Epicuro, el primero en levantar
su mirada mortal a las alturas
y entrar en lucha contra la religión.

Y estos otros epígrafes:

El conocimiento del alma proporciona una vida mejor y sin miedo a la muerte, El alma y el espíritu o inteligencia se hallan tan unidos que conforman un todo, Cuerpo y alma nacen y mueren juntos: varias explicaciones, En conclusión el alma es mortal, El infierno y sus castigos son algo solo imaginario o El temor a la muerte no es racional ni razonable, donde escribe estos versos:

En nada, ciertamente, nos concierne 
a nosotros la muerte, al ser mortal 
la esencia del espíritu, del mismo 
modo que lo ocurrido en el pasado 
no nos causa dolor, pues, por ejemplo.
no importa ya que los cartagineses 
nos invadieran y desconcertaran 
en medio del horror v del estrépito 
bajo las altas auras del espacio, 
mientras todos los hombres ignoraban
cuál sería el imperio victorioso 
ante el que someterse en mar y tierra. 
Lo mismo ocurrirá cuando muramos, 
disociados ya el cuerpo y el espíritu, 
cuya unión constituye nuestra vida:
nada podrá ocurrirnos ni afectarnos 
-pues ya no existiremos-, aunque cielos, 
océanos y tierra se confundan.

Actualizada ahora y anotada por Bonmatí y Prieto de Paula, esta cercana y agilísima traducción del De rerum natura está llamada a ser la versión del siglo XXI de una obra inmortal y una de las claves de la civilización occidental que termina bruscamente con el episodio de la peste de Atenas (430 a. C.) y con estos dos versos sombríos:

En aquel tiempo nadie se libraba 
de la infección, del luto o de la muerte.
 




06 octubre 2026

Antología poética de Ana Rossetti




 EL TALLER

Adentrarse en memoria y diccionario 
como rueda de noria;
atrapar el raudal y verterlo en la página.
Mesa de relojero 
donde las constelaciones se estructuran 
bajo una lupa atenta.
Escoger cada pieza con fervor, 
con el íntimo convencimiento de acertar.
Con artesana paciencia insertar, suprimir, 
alterar el orden de todas las formas posibles 
ensayando engranajes y sistemas.
Se dará por hallada su auténtica forma 
cuando la sorprendente maquinaria 
pruebe, tantas veces como sea preciso, 
que funciona por sí misma.
Solo entonces, el diminuto cosmos, quedará inaugurado.

Del verso final de ese poema, que apareció en 2008 en Llenar tu nombre, uno de los libros centrales de la obra poética de Ana Rosetti, toma su título Diminuto cosmos, la amplia antología de su poesía entre 1980 y 2022 que publica Cátedra Letras Hispánicas con edición de Carmen Medina Puerta. 

La de Ana Rossetti es una de las voces más singulares y mejor moduladas de la poesía española contemporánea. Desde que publicó en 1980 Los devaneos de Erato, un libro lúdico y sensual de intensa base culturalista que se publicó en el momento oportuno pero que no ha perdido frescura con el paso del tiempo, Ana Rossetti ha ido construyendo una obra sólida y de creciente calidad que la ha consolidado como una de las referencias más inconfundibles y personales de la poesía española.

Sus libros posteriores, como los diez poemas de la erótica plaquette Dióscuros o Indicios vehementes, que recogió los dos libros anteriores, a los que añadió otros poemas inéditos coetáneos o posteriores, se movían entre los mitos clásicos y la estética barroca, se proyectaban en el mundo de la infancia que sería el centro de Devocionario, en torno a la educación sentimental en el imaginario religioso de la liturgia y los martirologios, o iban del erotismo a la cultura pop en Yesterday, que en 1988 reúne una antología de los libros anteriores e incorpora nuevas creaciones como este Strangers in the nigth:

Cuando en la noche surge tu ventana, 
el oro, taladrando los visillos,
introduce en mi alcoba tu presencia. 

Me levanto e intento sorprenderte, 
asistir al momento en que tu torso cruce 
los cristales y la tibia camisa 
sea a la silla lanzada.

Mi pupila se engarza en el encaje 
y mis pies ya no atienden, de las losas, el frío.

Por esos años la creación literaria de Ana Rossetti se proyecta también en una amplia y sostenida trayectoria narrativa, que se inició con la novela Plumas de España (1988) y con el posterior volumen de cuentos Alevosías (1991), que fue premio La Sonrisa Vertical.

A lo largo de los años noventa seguirán apareciendo nuevas entregas poéticas como el largo poema unitario Virgo potens y Punto umbrío (1995), un ingenioso título, esencial en la trayectoria poética de Ana Rossetti, porque abre una etapa en la que el despojamiento del culturalismo da lugar a una métrica versicular y a un estilo más sobrio y depurado en torno a la emoción amorosa, como en este espléndido poema:

Como si una linterna me arrancara de en medio de la noche,
así me descubriste, así me señalaste.
Así horadaste mis silencios escarpados y troquelaste las fronteras de mi isla.
Nombrándome me expones, me sitúas en el ojo de la diana.
No hay lugar para el ardid, no hay escondite.
Soy blanco paralizado, centro de tu voluntad, destino de tu atención y tu advertencia.
¿A qué esperas?
No rehúyo la luz.
Hágase en mí lo que tu dardo indica.

Y tras un largo silencio poético y de mayor dedicación a la narrativa, en 2008 aparecería Llenar tu nombre, un libro metapoético de búsqueda y asombro, de hallazgo y palabra inspirada, y en definitiva «una extensa poética», en palabras de Carmen Medina en su introducción.

Diminuto cosmos resume ejemplarmente e incorpora al canon de la literatura española contemporánea más de cuarenta años de creación poética de una autora ajena a modas, escuelas y capillas poéticas y dueña de una voz original y reconocible.

Sustanciada en diez libros de poesía, los dos últimos son El mapa de la espera y Deudas contraídas, que se publicó hace una década para rematar un admirable itinerario poético en el que la palabra ha ido delimitando su propio territorio en torno al tiempo, la memoria, el amor y la música. A este último libro, en el que en expresión de la editora «encontramos la veta más social y comprometida de Rossetti», pertenece este poema:

ATRÉVETE Y SUCEDERÁ

Imagina la oscuridad.
El horror dispara sus minutos a la velocidad de la metralla.​​ 
Las sirenas crecen como aullidos de chacales,​​ 
los gemidos retumban entre los escombros, clavan sus esquirlas.
Imagina tus lágrimas como bayonetas,
desahuciadas de todo consuelo, de toda piedad.
Refugios rebosando de miedo, temblando de miedo
mientras los cadáveres elevan sus montañas,
mientras los bombardeos gotean constelaciones en las aceras.​​ 
Imagina el aire entrándote, invadiéndote de muerte.
Se pulverizan árboles y bibliotecas;
se desgarran cuerpos y muros,
se mutilan recuerdos y palabras;
se siembran minas, terrores y esqueletos de pájaros.
Imagina la orfandad de las cosas. El llanto de las cosas.
Imagina cómo los héroes se envuelven en capas escarlatas.
Cómo los verdugos despliegan alfombras escarlatas.
Cómo las víctimas se ahogan en manantiales escarlatas.
Y cómo el espanto, la venganza y el odio ganan batallas en tu corazón sobrecogido
Estás en medio del recinto inexpugnable del pánico.
Y eres tú quien orquesta los crímenes.
Porque has sido tú.
Tú, que eres capaz de imaginar,
de sentir todo lo que imaginas,
de fabricar todo lo que sientes,
de construir realidades con los sueños
quién ha dado vida al horror.
Por eso, atrévete a cambiar la estructura del mundo
y donde dices temor di esperanza
porque las lágrimas también son de alegría.
Porque la sangre también es nacimiento.
Porque la belleza también es sobrecogedora
y el amor un potente estallido.
Por eso, atrévete.
Apacigua tu mente,
ilumina tus ojos,
imagina justicia,
imagina consuelo,​​ 
imagina bondad.

Cambiante en temas y exigente con la forma, sin acomodarse en fáciles fórmulas previsibles, la obra de Ana Rossetti ha ido encontrando su centro en el equilibrio entre el qué y el cómo, entre la materia y la forma. Y por eso mismo -afirma Carmen Medina en su excelente estudio introductorio, «la continua metamorfosis a la que Rossetti ha sometido a su obra poética ha redundado en que tanto el tono, el estilo, como la versificación hayan variado en cada uno de sus libros.»

La reflexión sobre el sentido de la creación poética, el elogio de la palabra y el concepto, el ejercicio del vaticinio y la conciencia cimentan una defensa constante de la poesía como revelación y conocimiento y acaban levantando una imagen del mundo como «texto cambiante e inconcluso» que surge de la noche.

Memoria y diccionario, forma y experiencia le sirven a Ana Rossetti para reinaugurar el mundo y para trazar, desde “el océano denso del lenguaje” esos “planos del asombro” de los que habla un poema de Llenar tu nombre.

Y en definitiva, para mantener un diálogo sostenido con la poesía como epifanía y descubrimiento, como búsqueda en lo oscuro y revelación en la noche, porque «sólo vertemos nuestro asombro en la matriz fecunda del poema».

Completa el volumen la sección Otros poemas, que recogen diez textos escritos entre 1974 y 2022, como este:

UNA DE DOS

O vagar en trenes sin paradas, en trenes que atraviesan los mapas sin paisajes, en trenes que se deslizan en el circuito seguro de un viaje sin sorpresas. Trenes que son la casa, la carcasa, el caparazón que protege de la vida y sus metamorfosis.
O esperar. Esperar en los andenes, en los arcenes, en las cunetas. Esperar mientras parpadean las hipnóticas luces de los trenes nocturnos, o escuchamos al coche acelerando cuando nos pasa por delante y no nos mira.
Una de dos:
O blindarnos en compartimentos sin salida y circular obedientes sobre los raíles.
O ser arrojados, de improviso, al exterior para ser tratados como lo sobrante, como los desperdicios de las mesas, como piezas incoherentes de los naufragios.
Una de dos:
O cerrar los ojos y soñar en nuestras mullidas madrigueras. 
O permitir que la realidad nos palpe, nos penetre y nos expulse del abotargamiento de un fingido paraíso.



 

05 octubre 2026

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

 



Sucedió pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linajes y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que a mis espaldas venía picando con gran priesa uno que, al parecer, traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto. Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venía vestido de pardo, antiparas, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales; verdad es, no traía más de dos, porque se le venía a un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla.
Llegando a nosotros dijo:
-¿Vuesas mercedes van a alcanzar algún oficio o prebenda a la corte, pues allá está su Ilustrísima de Toledo y su Majestad, ni más ni menos, según la priesa con que caminan?; que en verdad que a mi burra se le ha cantado el víctor de caminante más de una vez.
A lo cual respondió uno de mis compañeros:
-El rocín del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa desto, porque es algo qué pasilargo.
Apenas hubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando, apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cojín y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba, arremetió a mí, y, acudiendo a asirme de la mano izquierda, dijo:
-¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las musas!
Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder a ellas. Y así, abrazándole por el cuello, donde le eché a perder de todo punto la valona, le dije:
-Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes. Yo, señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguno de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced; vuelva a cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino.
Hízolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto más las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento, diciendo:
-Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano que dulcemente se bebiese. Vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna.
-Eso me han dicho muchos -respondí yo-, pero así puedo dejar de beber a todo mi beneplácito, como si para sólo eso hubiera nacido. Mi vida se va acabando, y, al paso de las efeméridas de mis pulsos, que, a más tardar, acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced a conocerme, pues no me queda espacio para mostrarme agradecido a la voluntad que vuesa merced me ha mostrado.
En esto, llegamos a la puente de Toledo, y yo entré por ella, y él se apartó a entrar por la de Segovia.
Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decilla, y yo mayor gana de escuchalla.
Tornéle a abrazar, volvióseme a ofrecer, picó a su burra, y dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, a quien había dado gran ocasión a mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos: tiempo vendrá, quizá, donde, anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que sé convenía.
¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!

Es una de las páginas más memorables de la historia de la prosa en español, el Prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, obra póstuma de Cervantes, que firmó el 19 de abril de 1616, cuatro días antes de morir el sábado 23, la dedicatoria al Conde de Lemos («Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo esta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir»).

La había empezado a escribir muy a finales del XVI y los cambiantes rasgos estilísticos y de enfoque temático entre los dos primeros libros y los dos finales de los cuatro en que la organizó Cervantes permiten reconocer dos partes bien diferenciadas e inferir que hubo no solo una redacción diferida, sino una probable interrupción entre los libros I y II (1599-1605) y los libros III y IV (1612-1616), aunque muy posiblemente en algunos momentos Cervantes alternara su escritura con la del Quijote y con algunas de las Novelas ejemplares.

De hecho, una de esas novelas, La española inglesa, un Persiles en miniatura, escrita entre 1609 y 1611) marca el cambio de una parte a otra con la intensificación de su temática religiosa y la concepción de la peregrinación que es su eje como un proceso de perfeccionamiento espiritual que en el Persiles arranca de las tierras nórdicas y bárbaras de Tule y Frislandia para acabar en la Roma capital de la cristiandad y sede papal. El viaje físico desde los límites septentrionales del mundo hasta su centro espiritual se convierte así en itinerario apologético y en peregrinación simbólica del camino de la humanidad desde la barbarie a la civilización cristiana.

En todo caso, sabemos con seguridad que cuando publica las Novelas ejemplares tenía bastante avanzada, si no terminada, la composición de los dos primeros libros, porque en su admirable Prólogo al lector afirma que «tras ellas, si la vida no me deja, te ofrezco los Trabajos de Persiles, libro que se atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza.»

También en la dedicatoria de las Ocho comedias y ocho entremeses nuevos («Luego irá el gran Persiles, y luego Las semanas del jardín») y al final del prólogo de la Segunda parte del Quijote («Olvidábaseme de decirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando») se referirá Cervantes al Persiles como un libro de inminente publicación.

Historia septentrional fue el subtítulo orientador que Cervantes le puso a Los trabajos de Persiles y Sigismunda, una obra narrativa barroca que integra el idealismo y el realismo y responde a los rasgos genéricos de la novela bizantina de aventuras que tiene como modelo  reconocido y declarado la Etiópicas (Teágenes y Cariclea), de Heliodoro, o el Leucipa y Clitofonte, de Aquiles Tacio: los azares, las casualidades y peripecias que protagonizan en sus viajes paralelos una pareja de amantes, Persiles y Sigismunda en este caso, dos príncipes nórdicos que ocultan su identidad y cambian sus nombres por los de Periandro y Auristela, los ritos de paso, las navegaciones y los naufragios, los secuestros y las desapariciones, los disfraces y las fugas, la anagnórisis y las revelaciones del reencuentro en un final feliz.

Con un itinerario geográfico y simbólico que se inicia en las tierras nórdicas de la Isla Bárbara y se desplaza a los países mediterráneos para culminar en Roma, en un viaje alegórico de perfección de la humanidad, el Persiles es posiblemente es la obra que Cervantes estimaba como mejor de las suyas y su éxito inmediato parecía darle la razón con nada menos que siete ediciones en 1617. 

En la dedicatoria del Quijote de 1615 al conde de Lemos se refería al Persiles como «libro a quien daré fin dentro de cuatro meses, Deo volente, el cual ha de ser o el más malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque según la opinión de mis amigos ha de llegar al estremo de bondad posible.»

Acuciado por la proximidad de la muerte, Cervantes la terminó con evidente precipitación, que ha dejado señales en algunos descuidos o en la redacción algo telegráfica de los últimos capítulos de la cuarta parte, que por cierto tiene catorce capítulos, mientras que las otras tres partes superan la veintena. Y además esos capítulos finales son notablemente más breves que los del resto de la novela. 

Pero en el conjunto de la novela Cervantes proyectó un palpable entusiasmo creativo y un despliegue imaginativo en el que hizo compatibles la fantasía y los recuerdos autobiográficos de los lugares de Italia y España que había conocido en persona.

Después del éxito inicial, el Persiles cayó en un olvido prolongado hasta que lo rescató el Romanticismo idealista alemán con Friedrich Schlegel, aunque no tardó mucho en convertirse en la novela menos leída de Cervantes.

La edición de Espasa, que acaba de incorporarlo a la Biblioteca Clásica Básica de la Real Academia Española con texto crítico de Laura Fernández y notas a pie de página de Ignacio García Aguilar, recuerda esas circunstancias en su texto introductorio, con estas líneas iluminadoras: «El Persiles alcanzó un gran éxito en el siglo XVII. Tras su publicación se sucedieron rápidamente numerosas ediciones y traducciones a varias lenguas europeas. Durante mucho tiempo, sin embargo, la última novela cervantina quedó relegada a un lugar secundario dentro de la producción de su autor. En las últimas décadas la crítica ha reivindicado el Persiles al margen de la comparación constante con el Quijote. Hoy la obra no se interpreta como un ejercicio menor, sino como la culminación de un Cervantes maduro, con un ideal artístico diferente, sustentado en la variedad narrativa y la complejidad estructural. Su lectura actual permite descubrir a un escritor que, en el tramo final de su vida, prefirió explorar nuevas posibilidades literarias antes que repetir esquemas que ya le habían asegurado el éxito.”



04 octubre 2026

El escritor aislado

 


Creo que la mayoría de los escritores tendemos a sentirnos aislados y además deseamos estarlo, sobre todo a partir de cierta edad. Quizá no sea así al principio —y para los que empiezan jóvenes—. En años tempranos se produce la ilusión de pertenecer a un nuevo grupo o generación, supuestamente renovadores. A menudo se desprecia a los autores que nos precedieron justo antes, principalmente a los del propio país o a los de la propia lengua. Se los juzga equivocados, desfasados, antiguos, no se tiene ninguna conmiseración por ellos y hay prisa por jubilarlos. De manera a veces injusta, se les niega toda valía y se los considera un tropiezo en la historia de la literatura, destinado a pasar pronto al olvido. Esos jóvenes saltan por encima de sus padres literarios y con frecuencia «recuperan» a sus abuelos, a los que ya ven débiles, poco amenazantes y en retirada. Pero esta sensación de compañía y combate, de formar parte de un grupo «innovador», no dura mucho. En el momento en que un escritor deja de mirar a su alrededor, deja de preocuparse por el «estado» o el «futuro de la literatura» en su país o en su lengua —descubre que eso es lo que menos le importa y que además no es responsabilidad suya—, y se dedica a lo que le toca dedicarse, es decir, a escribir su obra como si no hubiera ninguna otra en el mundo, en ese momento comienza a sentirse aislado. En parte por su propia voluntad, en parte porque no le queda más remedio si quiere sacar adelante sus escritos.


Javier Marías.
Aquí me paro.
Alfaguara. Barcelona, 2026.


03 octubre 2026

Ningún instante es más

 


02 octubre 2026

Eduardo Scala. Cántico de la Unidad




Como «un apóstol órfico del Logos» define Javier Helgueta a Eduardo Scala (Madrid, 1945), un «autor que no existe», en el Preludio a la magnífica edición de su Cántico de la Unidad en Atalanta.

«De su vida interesa el borrado de su vida», añade Helgueta para explicar el camino de conocimiento emprendido por Scala como un «desaprenderse sanjuanista» en «la vía purgativa de la desidentificación» y negación de la vida pasada de un autor inspirado en la mística castellana y en el quietismo molinista. Desasimiento y renuncia, ética y estética de la negación y la nada que se inspiran también en  las antiguas fuentes orientales de la sabiduría espiritual.

Una alquimia verbal en la que todo está en todo, se integran los contrarios y se interrelacionan realidades y conceptos aparentemente opuestos a través de la magia combinatoria del artista.

Cántico de la Unidad reúne la obra de Eduardo Scala desde 1974 hasta 2026 en un volumen que lleva como pórtico esta Manifestación que contiene la cifra de sus juegos verbales y visuales desde la certeza de la obviedad de que «toda escritura es visual», la clave de bóveda creativa que figura en este texto:

 1. Poiesis o Creación: Sacrogramas o POE+

2. El mago o creador, cree, crea. El literato recrea.

3. Toda escritura es visual. 
    Desde el primer punto y línea inscrito sobre el cilindro de arcilla, la escritura es visual, excepto el alfabeto braille, táctil.

4. Una actriz ciega lee e interpreta mis poemas, catalogados de «poesía visual». 
    Si sólo fuese visual, ¿cómo podría haberlo hecho?...

5. Ver-bal y vis-ual -ver y vis-, las raíces gemelas de los dos términos nombran la Luz del Génesis.

6. La poesía que vivo tampoco es experimental, sí, en cambio, espiriencial (Cervantes).

7. El poema nunca puede ser objeto. 

    Poemas enseres
                  seres
                    eres
8. Poética 
        ética:
                 el poeta no existe.

La voz advertida
                vertida
                      ida
                       da
                            a
                               La Gracia,
                                                 el poema.

9. YOTRO.
                   LIBRESCLAVO.
                                                 Hágase el poema
según la Palabra.

10. Escribir sin pluma, a plomada.

11. Sólo el que a su propia voz
                                                     renuncia
                                                      enuncia
el término sin término, la Palabra.

12. Poesía geométrica
                       métrica
sin métrica
                   de manual de métrica.

13. Proyecto de vida:
                                   diagramar
                                        gramar
                                           amar
                                             mar
                                            amar
                                         gramar
                                    diagramar
la sagrada Realidad.

14. Poesía visualabrev, holologos del idioma metaespañol.

Nuevo soporte de la totalidad,

semejante al devocional yantra -mandala- y mantra -palabra- del budismo.

15. Libros de poe+, nuevos códigos de alquimia 
lingüística, culto al ∞ o Infinito.

Escrituras de la no-dualidad.

16. Un Cántico Nuevo:
                                     Cántico de la Unidad
          (1974-2026 d. C.).

                                       LAVS DEO

        E. S.



SOLUNA, VISUALABREV, HOLOLOGOS y UNIVERBO son los títulos de diversos poemarios integrados en Cántico de la Unidad, a los que se añaden en este volumen TRES BODAS / ODAS, compuesto por COMPLEJIDADICILPMIS, URDIMBRETRAMA y LA CREACIÓN.

Y cierran el conjunto Otras creaciones scalianas de la no-dualidad (Genomatría, UNIVERSO, VISUALABREV (libro galería), INSTANTETERNO, DISCO DE ODÍN, SCALIGRAFÍAS, AJEDREZ, LIBRO DE NAIPES y ESTEOESTE.









01 octubre 2026

Stephen Fry. Odisea

 


30 septiembre 2026

Luis Martín-Santos. Poesía

 


29 septiembre 2026

[ :Orbital:Poema: ], de MAMS

 


«Solamente quienes han arrastrado el lenguaje hasta más allá de los límites, hasta asomarse a la sintaxis infartada del vacío, pueden quedarse con su sombra entre las manos y sentarse a enmudecer sin miedo en las rodillas del mundo. Este discurso exangüe de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán no invoca a ninguna pertenencia. O en todo caso, orbita en torno a lo fallido. Su gramática dolorida es un banquete de restos, una ceremonia residual en la que «existen palabras sin fe» precipitadas como organismos ciegos hacia el des-entendimiento.
La poesía de Muñoz Sanjuán nos ha entregado, desde siempre, un conato continuo. El conato del vuelo inicial que elige detenerse antes de ser otra cosa. Las palabras se retraen a su cualidad de signos que sobreviven entre otros para hacerlos crujir en el acto del habla. Un alfabeto indefinido, un «lugar al que se llama escritura», desprendido ya de las babas retóricas y del peso de las consignas. Poesía del descreimiento. Baile de brozas y muñones como única solución, radical e innegociable, de agotar las sospechosas credenciales del texto literario», escribe Tomás Sánchez Santiago en la contraportada de [ :Orbital:Poema: ], el reciente libro de MAMS [Miguel Ángel Muñoz Sanjuán], que publica Eolas Poesía en su colección tercer gesto.

Cada nuevo libro de MAMS es una fiesta de la palabra y una incitación / un desafío / una provocación a la inteligencia creativa y receptiva del lector, una puerta abierta a nuevos ámbitos expresivos y gnoseológicos. De todos sus libros, esos misterios gozosos, se sale conmovido emocionalmente y conmocionado intelectualmente por una potencia verbal y una capacidad poética proyectadas a partes casi iguales entre la hondura y el asombro.

Como en este [:destrucción:del:mito:]

•[]•[->> esto: es: :la: destrucción: del: mito]:
•[]•[->> nómada : & : extranjera : por: igual]
•[]•[->> cada: mirada: es : la : más : pura : de : su : vida]:
•[]•[->> cada : animal : es : un : ser : humano : a : la : espera : de : un : entumecido: dios]:
•[]•[->> nada : de : esto : tiene : las : llaves : simbólicas : de : lo : favorecido]:
•[]•[->> los : sentidos : no : sé : dónde : se : encuentran]:
•[]•[->> la : entrega: no : es : la : de : un : telonero : al : que : se : le : escapa: una: sonrisa : inesperada]:
•[]•[->> la: existencia : es: una: historia: que: no: se: nos : había: contado]:
•[]•[->> el : significado: del: vacío: no: está : pensado: para: comprenderlo]:

Así pues, salgan de su espacio confortable de escrutadores de lo previsible y asuman el riesgo y el reto de leer la escritura radical y poderosa de MAMS. No se arrepentirán, porque saldrán enriquecidos en sutileza, conocimiento y visión del mundo, ese arcano opaco que iluminan y descifran los perturbadores textos de [ :Orbital:Poema: ]







28 septiembre 2026

Obra completa en prosa de Muñoz Rojas




 «Poética es la prosa de las Historias de familia, pero como los asuntos de las distintas narraciones que componen el volumen proceden de la vida real y aun de la experiencia con que cualquier hombre sensible pudiera subrogarse, la expresión está conseguida con toques de una profunda verdad en el matiz, en la observación, en el análisis», apuntaba Melchor Fernández Almagro cuando reseñaba en 1945 en ABC las recién publicadas Historias de familia, el libro de José Antonio Muñoz Rojas que abre el primer volumen de su Obra completa en prosa en la magnífica edición que publica Pre-Textos. 

La introduce un espléndido prólogo de Enrique Andrés Ruiz, José Antonio Muñoz Rojas en su prosa y su espejo, en el que repasa su trayectoria literaria y la evolución de su trayectoria prosística entre Historias de familia y Dejado ir y se pregunta: “¿Cómo es un escritor, una vez partido el espejo literario sobre el que ha volcado la imagen de su deseo, esa imagen, hoy diríamos aspiracional, con la que nos ha seducido? En el caso de José Antonio Muñoz Rojas, quien quiera saberlo debe ir a su prosa: ese es su espejo partido.”

Se ha ocupado de la cuidada edición del volumen Sergio Suárez Blanco, que en la nota inicial explica que “han pasado ya diecisiete años de la publicación de la obra completa en verso de José Antonio Muñoz Rojas (y dieciséis de la muerte del propio poeta, en septiembre de 2009). Tal vez convendría decir, junto con María Victoria Atencia, refiriéndose ella a la recopilación de la poesía de Muñoz Rojas que publicó el Ayuntamiento de Málaga en 1989, que «aún cabría esperar un segundo volumen, el de su prosa, que yo –como Fernando [Ortiz]– nunca he sabido diferenciar de su poesía».
He aquí pues, aunque con quizás excesiva tardanza, este segundo volumen, que vendrá acompañado de un tercero y hasta quién sabe si de un cuarto, puesto que la prosa de Muñoz Rojas no cabría en un solo tomo que pretendiera ser manejable y legible antes que un centón enciclopédico.”

Y añade: «No ha sido ni sencilla ni obvia la decisión de qué títulos agavillar para este volumen. Se imponían en principio razones de orden cronológico que invitaban a juntar los primeros libros en prosa que Muñoz Rojas fue publicando: Historias de familia (1945), Las cosas del campo (1951), Las musarañas (1957); y junto con ellos Las sombras, que no apareció sino hasta la reedición de los dos últimos en 1976. Orillando otros libros misceláneos con vistas al segundo tomo, hemos optado por incorporar La gran musaraña (1994) por su carácter unitario y su pertenencia, como los restantes libros, al mundo de Antequera, sus tierras y sus gentes, que no es otro que el mundo de su infancia y juventud». 

Así describía Vicente Aleixandre la Casería del Conde, la finca antequerana que fue el paisaje vital y literario de Muñoz Rojas hasta que se trasladó a Madrid a principios de los años cincuenta: “Una casa alta sobre un alcor, junto a un son de agua, y a los pies corren, vuelan, ascienden, campo arriba, campo abajo, en el altozano, en la cañada, por el otero, en la hoz, las hojas proseguidoras, propagadas, continuas, desplegadoras sobre el haz de la tierra, de los olivos. Al otro fondo están las mieses. Acá la huerta ubérrima, y todavía allá, muy más allá, las herrizas, los pelados cabezos, el viento, el cielo azul… El espacio.”

Ese paisaje genera una inolvidable imagen estilizada de la Andalucía profunda del olivar y la ancha soledad que figura como telón de fondo de toda la obra de Muñoz Rojas y constituye el centro y la raíz de su libro central, Las cosas del campo (1951), un conjunto portentoso de cuadros descriptivos breves, unidos por el lirismo y la emoción, por la ensoñación meditativa y la rememoración melancólica que desencadenan el despliegue de su potente y matizada prosa poética sobre un leve sustento narrativo y una firme base autobiográfica. De Las cosas del campo escribió Dámaso Alonso que es “el libro de  prosa más bello y más emocionado que yo he leído desde que soy hombre (es decir, desde que leí Platero y yo).”

En el pórtico que fijaba la presencia del paisaje como centro, su temple vital y su tonalidad estilística escribía Muñoz Rojas: 

Sé algo de la tierra y sus gentes. Conozco aquélla en su ternura y en su dureza, he andado sus caminos, he descansado mis ojos en su hermosura. Los cierro y la tengo ante mí. Tierras duras, alberos y polvillares, breves bugeos, largos cubriales; aquí se riza una loma, allá se quiebra una cañada, se extiende una albina, tiembla un sisón de vuelo lento. Todo el campo vuela pausadamente. Las herrizas se coronan de coscojas, aquí una encina huérfana canta una historia. Las encinas solitarias son los dientes que le quedan al campo para mascullar una historia de montes sonoros con grandes encinas y muchas jaras, con sombras apartadas y rincones que nadie había hollado, cuando reinaba la alimaña y tenía libertad la primavera.
    Hoy... El campo lo dice claro. Hasta aquí llegaba el arado, por allí comenzaba la realenga; dos mil años tienen estas encinas, apenas ciento estos olivos. Y el verdor ceniciento o plata de los olivos según el viento. ¡Cómo se parecen en su seriedad, en su grande monotonía, al mar! ¡Qué de sangre ha regado estos campos! No sangre roja, ni derramada, sino sangre labradora, sudor y lágrimas. ¡Cuánto sueño, cuánta esperanza cuentan estas lindes tan caprichosas al parecer, tan fieles a la Poesía en realidad! ¡Cuánta riqueza humana!
    Yo me estremezco andando estas realengas, cruzando estas lindes, asomándome a estas herrizas. Me siento extrañamente eterno. Me hundo en el campo y gusto en mi espíritu tanta amargura suelta, tanta dulzura recogida en estos anuales surcos y sementeras. Año tras año, sol a sol, surco a surco, se va el hombre atando a la tierra, enterrándose en ella. Andamos sobre sus sudores, sobre sus ilusiones y sobre sus huesos. Por eso tiemblo algo cuando voy por estos campos, por eso canto. Y tengo miedo de no poder acabar una vez comenzado. Empiece por donde empiece, no acabaré. Se me quedará la canción a medio camino, entre los labios. Pero la tierra la seguirá cantando. La oirán las alondras, los alcaravanes, algún matutero a deshora por la veredilla, algún extraviado entre los olivos, algunos amantes que busquen la complicidad de la noche y la dureza de la tierra para darle lo suyo al amor. ¡Oh canción tan inútil y tan necesaria como esta enorme y anual cosecha de florecillas ignoradas!

Seis años después de Las cosas del campo, en 1957, publicó Muñoz Rojas Las musarañas (1957), la evocación de una geografía emocional -casa, campo y jardín- ligada a la búsqueda del mundo de la infancia a través de la recuperación de su mirada. Un mundo idealizado, recorrido por la melancolía agridulce y dolorida ante la pérdida del paraíso y los estragos irreversibles del tiempo. Este es el texto homónimo que abre el libro y explica su título:

¡Oh celestiales! ¡Oh divinas! ¡Oh criaturas, compañeras de aquella edad! Estabais dondequiera, salíais de todos los rincones, nos aliviabais en todas las dolencias. Cuando los días se hacían largos, cuando había que quedarse quietecitos —Dios sabría por qué con aquellas hormigas que se nos paseaban por las piernas—, cuando dentro había un bulto negro avanzando, cuando la escuela era aburridísima, o predicaba aquel padre que todo era ísimo, ísimo, ísimo, de pronto algo que, ¿cómo se llamaría aquello que nos sacaba de la dolencia de las gentes pesadas, de las horas pesadas, de los sermones pesados? ¿Cómo se llamaría? Intuíamos que sin nombre no tendría existencia.
    —Te quedas ahí pensando en las musarañas.
    ¡Ya estaban aquí! Claro. Eran ellas. Las musarañas, insectos, animalillos, ángeles. Algo tenía que ser. Si no, no cabía que, sin presencia de alguien, se cambiara tan hondamente el contorno.
Así, cuando estábamos solos sin estarlo, cuando nos divertíamos sin reír, cuando soñábamos sin sueño, las musarañas estaban presentes, angélicas, efectivas, consoladoras. Lo malo es que, a veces, descansábamos en su esperanza y no venían. Nos quedábamos sin consuelo, sin musarañas. Estábamos verdaderamente solos.
    Y era horrible.

Esa tendencia melancólica se incrementará en Las sombras (1976), complementario de los dos anteriores, un conjunto de textos nostálgicos que rememoran desde la añoranza y el desengaño las figuras de seres y lugares desaparecidos, rebajados ya a la condición de esas consoladoras sombras inmateriales que resume el título, que es también el de su texto inicial:

Las sombras

  ¿Dónde andáis, sombras amigas? Nombre tuvisteis una vez, cuerpo y amor. Temblando me acerqué a vosotras, me llevasteis de vuestra mano a todos los descubrimientos, me asomasteis a la noche donde están los misterios, a los acantilados donde el mar a veces desvela su secreto. Por los ríos de la esperanza fuisteis mostrándome el revés tangible de tantas cosas como mi imaginación, hecha de deseo y esperanza, había tocado. Por las tardes me llevasteis a las moradas tras cuyas paredes estaban los seres que tanto nos habían estremecido en las ensoñaciones adolescentes. Sombras con nombre que ni a pronunciar me atrevo, que tan hondamente llevo escrito dentro. Venía vuestra mano salvadora o vuestra voz a punto, o vuestra hermosura preparada, a hacer doloroso o profundo el instante. Sois hoy como esos limos que las laderas depositan en los valles y que hacen los suelos propicios a la fecundidad. Tras desaparecer tangiblemente, ¡qué consuelo no tangible habéis sido, continuáis siendo, tantas noches en que otras sombras han venido a cargar el latir del corazón! Al simple resorte de la evocación, fieles y dispuestas habéis deshecho los nudos de la angustia, abierto los postigos a la luz consoladora, roto mágicamente la red del tiempo y nos habéis hecho ingrávidos sobre él y el espacio, recuperados a la esperanza, devueltos a la libertad.

El último título incluido en este primer volumen es La gran musaraña, un libro publicado en 1994 en el que recogerá otra parte de sus memorias a través de los hechos más relevantes de su biografía.  Se abre con esta significativa Advertencia que avisa al lector del contenido de sus páginas:

No parece que tenga demasiado sentido salir ahora, mediados mis ochenta, publicando las memorias y evocaciones que llenan esta Gran Musaraña. Sentido pudieran tener de haber sido yo hombre de alguna relevancia pública, en cualquier campo de la vida, social, política o literaria. No ha sido ese mi caso. Todo lo que aquí se cuenta de una manera errática, desigual y desordenada, son los acaeceres de un niño huérfano temprano, criado por la ternura de una abuela en una vieja casa andaluza; de un adolescente no demasiado feliz en sus años escolares; de un joven, con ciertas inquietudes literarias y la natural ingenuidad de darles aire cuanto antes, por los años veinte; de un español, cogido igual que tantos, por una desgraciadísima conflagración, cuyas huellas y cicatrices aún perduran, por los años treinta. Para quien conozca alguno de mis escritos anteriores he de advertir que hallará en éstas referencias y reiteraciones aparecidas en aquéllos. Inevitables ya que muchas veces la vida es mera reiteración, tal es mi caso.

Culminaba así Muñoz Rojas medio siglo de escritura de una prosa de admirable calidad, llena de matices y sugerencias y enorme capacidad evocadora, atravesada por la recreación del paisaje personal y la reconstrucción de la memoria, entre la emoción y la melancolía, el sentimiento del tiempo y una excepcional altura estilística.





27 septiembre 2026

Tal día como hoy

 


26 septiembre 2026

Borges. Conferencias reunidas

 


25 septiembre 2026

Mary Beard. Clásicos sin filtros