04 febrero 2026

Cortesanos, de Manuel Longares




En los siglos dorados del Imperio hispano, la corte madrileña de los Austrias desarrolla una voz propia y no simulada, que reza por la prosperidad de la monarquía en capillas y conventos de la capital del reino y alborota en los soportales de su Plaza Mayor los días de pompa y espectáculo, cuando los monarcas absolutos presiden, desde la privilegiada perspectiva de un balcón, el auto de fe contra el hereje y la lidia del jinete con el toro. 

Así comienza Cortesanos, la novela corta de Manuel Longares que acaba de publicar Galaxia Gutenberg.

Una novela libérrima y brillante, construida sobre un cruce de tiempos y de voces, de espacios y perspectivas, de tragedia y comedia, de ópera bufa desarrollada con el telón de fondo de un Madrid que es, además de un microcosmos representativo de una realidad más amplia, también el territorio de encrucijada del juego y el fuego, de la acrobacia verbal, la mueca carnavalesca y la risotada barroca, escatológica y desinhibida, de Quevedo. 

Y más al fondo, el humor socarrón y benevolente de Cervantes y el desgarrón expresivo del esperpento de Valle, en una espléndida novela cuya intensidad lingüística exige una lectura lenta y gustosa, el paladeo del lector gourmet de la prosa magistral de Longares:

Y mientras el rey andaba de picos pardos por chozas y bosques de la periferia, donde zagales y pastoras asaban castañas al amor de la lumbre o retozaban con sus rebaños de lanar y porcino bajo la mirada pesarosa de la vaca lechera por tanta eyaculación baldía. quedaba el dormitorio de la primera dama en soledad propicia al escarceo y, porque los dos moradores sabían a qué jugaban, al punto se privaba de ropa el bufón y halagaba con obcecada constancia las partes comprometidas de su pareja hasta suscitar con sus salvas el despiporre. 
-Culmina, pesada. 
Así que mientras el bufón ensartaba a su soberana por derecho haciéndole desbarrar pupila y lengua, abanicar párpados, retorcer el esqueleto y exhalar gorgoritos premonitorios del hondo calderón final, el rey, en la soledad de los héroes y más empalmado que otro poco, reiteraba por llanos y serranías de su propiedad su oferta de acoplamiento -rebajada de tasas municipales, que todo hay que decirlo-.

De los Austrias a los Borbones, del cielo velazqueño a la corrala verbenera del género chico, de la asonada de los espadones decimonónicos a las tertulias de rebotica, pululan por estas páginas chisperos y menegildas de zarzuela y chotis, entre el valleinclanesco callejón del Gato y la gruta de Gómez de la Serna, los arrabales barojianos y las Vistillas o la perruna circunstancia orteguiana a lo largo de siglos de historia y de intrahistoria del foro. Esencia de España evocada en párrafos como estos:

Es para la estirpe costumbrista la voz castiza por antonomasia que, ensimismada en su ombligo, canta las penas y alegrías de sus gentes a las puertas de palacio, tras las rejas del Saladero o de camino a la horca de la plaza de la Cebada. Envuelta en la banderita sangre y oro, guía a las figuras de la tauromaquia al cornalón de los ruedos y llora con la Bejarana por los reclutas inmolados en las guerras coloniales. Por ella suspira el pasodoble de España, con ella desfilan ejércitos y procesiones y a ella confían su apoteosis en la pasarela las revistas ligeras de cascos después de que Jerónimo Jiménez y Francisco Alonso la vistan de largo en las academias de idiomas y talentos para que nutra el repertorio de las bandas modestas.
A mediodía de los domingos de primavera y verano comparece en concierto y el aficionado que acude a la cita salvando el barrizal de Eslava, el vértigo del Viaducto o los corrillos de la Puerta del Sol, coincide en las anchuras de Alcalá con los que salen del Casino y el Círculo con el mismo propósito -algunos condecorados en la solapa por las vendedoras de nardos de las Calatravas- y se encaminan a Cibeles por la acera del Banco de España al compás de la marcha que ensaya la tropa en el Palacio de Buenavista. 

Y la línea continua, también vertebradora de tiempos y espacios, de un Manzanares que “más salpica que moja” y “da más pena que sed”. Un río metafórico de un mundo a la deriva que oscila entre el remanso y la furia, entre la sequía y el desbordamiento.

En secuencias milagreras y viñetas de mentidero recorren este Cortesanos la ciencia y la fe, Próspero el ilustrado y el ortodoxo fray Natalio, el cura Arimatea y su penosa muerte, el pintor Ansúrez, Társila, la cocinera ciega y licenciosa, o el bufón Anchuelo y sus florituras amatorias con la soberana empitonada y un real marido coronado, entre oscuras líneas sucesorias, con castrati en su carroza y dádivas pringosas en zona de arrabal, la leche de las Arrepentidas y la sangre licuada de san Pantaleón, la España agria de las luces y las sombras, camino del motín de Esquilache:

Como representantes de la Ciencia y de la Fe, Próspero y fray Natalio disertaban de cuestiones imperecederas o de pasatiempos sin miga a esa hora de la tarde en que, al declinar del sol, repicaban campanarios, susurraba el encinar, dormitaban los ciervos, avisaba el afilador, callaba el yunque, se vaciaba la diligencia, desbordaba la fonda, desenganchaba el cochero, se acicalaban los bravos, contendían los jaques, se reventaban farolas, perseguían los alguaciles, inquietaban los sombreros, intimidaban las capas, atronaba el río como si contuviese agua y en la fachada del tugurio, la viveza del candil anunciaba el baile del petimetre y las majas con los brazos abiertos y las manos cerradas por las castañuelas sobre el palenque alzado en el interior del establecimiento.
-Entre fandango y bolero -confesaban los patriotas-, me quedo con el primero.

Y salpicando el relato con el agua milagrosa del ingenio malicioso y el pleonasmo sentencioso, la vivacidad de los rápidos diálogos eléctricos, verbales o corporales, las coplas populares de pareado fácil y aviesa intención, los episodios sicalípticos, entre los tabernáculos y el metisaca, de un vecindario lúbrico de isidros y palomas. Y la letanía aliterativa:

Chorrada de chisgarabís, chovinismos de chamán. Cháchara sobre supercherías, chiripa chachi y chipén. Chiribitas de champán, empachos de pachulí, chucherías chapuceras, chupitos, pinchos de pochas, chuletillas de lechal y chocolate con churros para la chusma achispada en la pachanga del pichi.
Al chispún de la charanga, un sochantre chamulla chirigotas: «Chaparrones y churrascos, / chubascos y salchichones, / chorizos para el chusquero / y al charnego chipirones». En el chamizo manchego del charcutero chévere, los chalanes fachendosos chismorrean chascarrillos a chamacos y chavalas: «A chirona el charlatán, / el chinorris chasca chicle, / al chivato ducha y chirlo / y chollos para el chambelán».
Chicolea el bachiller, chochea la chispera chata, enchufan al chorlito en la chancillería, un chusco se cachondea de las chaladuras de un chiflado y el machote machaca con el machete al chucho que chapotea en la charca.
-¡A machamartillo!

Una fiesta de la aliteración y la rima de aleluyas, del juego de palabras, el humor, el esperpento y la intensidad descriptiva. Una celebración de la literatura, del ingenio verbal y el placer de contar de Manuel Longares, virtuoso del idioma y maestro imprescindible de la narrativa española contemporánea. Un libro risueño y explosivo que llega hoy a las librerías.




03 febrero 2026

Poesía reunida de Juan Carlos Mestre

 


Se dice pronto: medio siglo de escritura, desde 1975 hasta 2025. Se dice pronto, porque no son una escritura cualquiera ni medio siglo cualquiera los que se conjuran en las mil quinientas páginas de esta Asamblea que reúne la imprescindible poesía de Juan Carlos Mestre en un volumen que llega mañana a las librerías publicado por Galaxia Gutenberg con edición de Emilio Torné, que ha redactado unas esclarecedoras ‘Notas a la edición’, y con Introducción de Jordi Doce, “El testimonio de la imaginación”. Testimonio e imaginación, dos motores éticos y estéticos que resumen la obra poética de Mestre.

Lo abre una presentación de Antonio Gamoneda (‘Recados de hoy y de mañana para Juan Carlos, hijo mío y maestro, quién me lo diera’) que comienza con estos versos:

Mestre,
tus palabras han entrado en mis venas y yo he sujetado mi corazón para que permanezca en quietud reconociendo las sílabas. Mestre,
quiero cerrar mis párpados sobre tus ojos.

Heredero del salmista bíblico y del visionario superrealista, de los bardos ancestrales del noroeste peninsular y de Rimbaud, Lautrèamont y Mallarmé, continuador de la tradición cabalística que explora la esencia simbólica de la realidad y nieto del Romanticismo expresionista de Hölderlin y los poetas de los Lagos, del Lorca neoyorquino y cubano y de Lezama Lima, discípulo cercano de Rafael Pérez Estrada y Antonio Gamoneda, Juan Carlos Mestre ha ido desarrollando en estas cinco décadas una obra poética extensa y sobre todo intensa, afianzada en una voz potente e inconfundible y en unas peculiaridades expresivas que instalan su escritura torrencial en el territorio sagrado de la poesía más alta que se ha escrito en español en las últimas décadas.

Desde la Antífona del otoño en el Valle del Bierzo (1985) -que inaugura en este volumen su canon y desplaza al Apéndice final su Poesía primera (Siete poemas escritos junto a la lluvia y La visita de Safo)- hasta los veintiún poemas del inédito El ciprés descapotable, se recogen aquí libros como La poesía ha caído en desgracia, La tumba de Keats, La casa roja, La bicicleta del panadero, Museo de la clase obrera y el bilingüe 200 gramos de patacas tristes / 200 gramos de patatas tristes, en la primera traducción al castellano de su memorioso libro, escrito en el gallego de su infancia berciana, el relato de su “primera conciencia del mundo” y de su identidad primera a través de espléndidos retratos y poemas en prosa traducidos por Mario Obrero. 

Títulos de un itinerario poético jalonado por las estaciones de la perseverancia, en la búsqueda del conocimiento, levantado sobre los cimientos de la memoria y amasado con la conciencia poética y social del poeta que eleva con su palabra una muralla de dignidad frente a la injusticia y una torre de resistencia frente a la humillación, “entre la ira y la misericordia”, como ha escrito el poeta en alguna ocasión. 

Y ahí aparece a finales de los noventa la sombra de Keats como símbolo de la conciencia irrenunciable del poeta en La tumba de Keats, una de las claves de bóveda de su obra, donde el tiempo y la compasión, el amor y la historia, la noche y la palabra arrebatada articulan un intenso y largo monólogo en el que el poeta da voz a las sombras frente al olvido y esgrime la resistencia y la utopía como ética de las derrotas, como épica de la dignidad. Frente a las ruinas de la historia,  la fuerza resistente de la palabra cuando no importa ya vivir sino la vida, no importa ya morir sino lo humano.

Desde el monólogo autorreflexivo o el diálogo emocional con el del lector, que se funde machadianamente con el yo en la cercanía de una voz oracular que recoge la ceniza de las palabras que caen desde un extraño mundo como copos de nieve, la poesía de Juan Carlos Mestre habita un territorio verbal de enorme potencia y de gran carga emocional, como en este Eclipse con Rimbaud, un texto de La casa roja:

He pasado la mitad de mi vida en la oscuridad.
He descargado camiones de oscuridad.
He bebido toda la oscuridad.
He dormido con la oscuridad.
He amado la oscuridad y me he acostado con ella.
He tocado las piedras de la oscuridad hasta herirme las manos.
He repetido tu nombre en la oscuridad.

Los pescadores cantan en la niebla de la oscuridad.
Los jóvenes sin vida están despiertos en la oscuridad.
Los músicos y las rameras guardan su corazón en la oscuridad.

He soñado con la oscuridad la mitad de mi vida.
He hospedado mi juventud en el cáñamo de la oscuridad.
He desnudado a la oscuridad y gozado con ella.
He acariciado con dedos de pastor el sexo de la oscuridad.

La oscuridad es la oración de los acordeones nublados.
La oscuridad vive en las palabras que descifran la muerte.
La oscuridad habita los suburbios de la belleza.

Dad de ladrar al perro de la oscuridad.
Oíd la lepra sagrada de la oscuridad.

Su indesmayable ambición imaginativa, su ruptura con la sintaxis previsible, su insobornable desobediencia reivindicativa, su alternativa a la semántica convencional hacen de esta poesía -especialmente en La casa roja y La bicicleta del panadero, dos libros centrales en la trayectoria poética de Mestre- una actividad fundacional, una reinauguración de la realidad desde la que se defiende la posibilidad de la utopía. 

Al alto voltaje poético, simbólico y verbal que contienen esos libros de Mestre se suma a menudo un torrente circulatorio que se alimenta de lo más hondo de la experiencia y de la memoria, del conocimiento del dolor y de la reivindicación de la felicidad. No es casual que una de las antologías más completas de su obra, la que publicó el Fondo de Cultura Económica en 2014, se titulara precisamente Historia natural de la felicidad.

Como la misma dicción poética que lo articula, Asamblea es en su conjunto un libro torrencial, un bosque milenario en el que centenares de poemas “florecen como manzanos” y ofrecen su fruto en sazón en monólogos reflexivos o en diálogos emocionales con el lector, que se funde machadianamente con el poeta en la cercanía de una voz oracular que recoge “la ceniza de las palabras que caen desde un extraño mundo como copos de nieve.”

Ética y verdad se funden en esta poesía que es a la vez sublevación civil y estética, defensa de la desobediencia como vía de la creatividad, reivindicación de la insumisión verbal y la libertad imaginativa y fundación y refundación de un territorio de enorme potencia verbal y de gran carga emocional. 

Poesía como forma de conocimiento, palabra en libertad y compromiso ético son tres ángulos fundamentales de la poesía de Juan Carlos Mestre, que junto con la crucial misión reveladora de lo invisible, asume un importante componente ético y crítico, cumple una función testimonial que la convierte en conciencia moral del hombre a través de la luz de la palabra, para hacer del lenguaje no sólo un fuego que ilumine la noche de la tribu, sino también una vía de conocimiento del mundo desde la oscuridad y la intemperie, desde las raíces últimas de la sangre.

Imaginación y resistencia, conciencia y palabra son claves fundamentales en la obra de Mestre, en una creación que transcurre en el espacio de lo imprevisible y conjura tradiciones heterogéneas, invoca  la diversidad y refunde lo primitivo con la vanguardia, lo simbólico con lo visionario para proponernos no una imagen coherente del mundo, sino una lectura abierta de la realidad que hace del poema un lugar de encuentro, como en las prosas intensas, irónicas y terminales de Museo de la clase obrera:

si esperabas chatarra de rana y chucrut para las gallinas si esperabas una bella idea perdida una luna envasada al vacío el honesto episodio en que dante abandona la oreja de centeno de la campanera si esperabas hocicos de piedra pómez un guardaespaldas en el termostato de los periódicos al hombre bala que atraviesa sin mirar el cerebro la partícula del poeta dientes de pan para las truchas si esperabas la inteligencia biológica de las hadas de fátima poemas convulsos poemas verdaderos extenuados por el cinismo si esperabas la anatomía de la superstición a los carniceros del santo oficio al adolescente que se enfría en la morgue si esperabas bajo la carpa del circo al hombre simultáneo a los interferidos por el fulgor de dios a los bromurados por el silencio a la puerta de los cementerios de monos no aceptes el ofrecimiento no dejes de aceptar ya estas lejanas palabras aunque sea a regañadientes

El fraseo intenso y alucinatorio con que discurre el verso radical y salmódico de Mestre, generoso en imágenes, va construyendo en cada poema su propia realidad, reivindicando otra forma de ver y de mirar un mundo que parece recién descubierto o recién inaugurado, como en el modelo withmaniano al que se encomendaba el poeta en La casa roja, la casa de la poesía, la casa de la palabra, la casa de las preguntas:

Mi corazón es una casa roja con escamas de vidrio, mi corazón es la caseta de los bañistas cuya eternidad es breve como columna de lágrimas. El minotauro hace rodar sus ojos por el acantilado de las estrellas, la herida del anochecer hace su nido en la arena. Yo hablo con alas, yo hablo con lava de lo ardido y humo de diamante.

“La frecuentación de estas páginas -señala Jordi Doce en la Introducción- no tarda en contagiar a sus lectores el entusiasmo casi febril con que fueron escritas, el asombro radical de su enunciación, pues asombro es lo que sentimos al abrir la puerta de esta asamblea de palabras y figuras vertiginosas, esta fiesta de la metamorfosis y la analogía.”

Cierra esta reseña una breve muestra de los inéditos de El ciprés descapotable. Así termina el último fragmento recogido en Asamblea:

son los tanques frente a lo único verdadero, la vida, el valor del absoluto, es la ruina moral de los actos de fuerza, la disimetría del conflicto, la violencia irrestricta contra la modesta condición de las víctimas. llámalo como quieras, pero entiéndelo de una vez para siempre, no hay escuela en los cementerios, escrito está, escrito estuvo y escrito sigue en las tablas: no matarás, no matarás, no matarás


02 febrero 2026

Ensayos completos de Borges

 


Imaginemos, en una biblioteca oriental, una lámina pintada hace muchos siglos. Acaso es árabe y nos dicen que en ella están figuradas todas las fábulas de las Mil y una noches; acaso es china y sabemos que ilustra una novela con centenares o millares de personajes. En el tumulto de sus formas, alguna —un árbol que semeja un cono invertido, unas mezquitas de color bermejo sobre un muro de hierro— nos llama la atención y de ésa pasamos a otras. Declina el día, se fatiga la luz y a medida que nos internamos en el grabado, comprendemos que no hay cosa en la tierra que no esté ahí. Lo que fue, lo que es y lo que será, la historia del pasado y la del futuro, las cosas que he tenido y las que tendré, todo ello nos espera en algún lugar de ese laberinto tranquilo... He fantaseado una obra mágica, una lámina que también fuera un microscosmos; el poema de Dante es esa lámina de ámbito universal.

Así comienza el Prólogo de Borges a sus Nueve ensayos dantescos, su último libro ensayístico. que publicó en 1982.

Si el rigor constructivo y la potencia inventiva, el cruce de metafísica y narrativa, de erudición y misterio, pensamiento e imaginación, ficción y especulación filosófica son las constantes de muchos cuentos de Borges, que los construyó con una prosa de inimitable perfección y limpieza, de una asombrosa transparencia y profundidad que lo sitúa en una de las cimas más altas del idioma, esas virtudes atraviesan también los nueve libros de ensayos que, entre el inicial Inquisiciones (1925) y el final Nueve ensayos dantescos (1982), se reúnen en el volumen Ensayos completos que publica Alfaguara.

Nueve colecciones de ensayos, entre ellos los memorables Discusión (1932) o Historia de la eternidad (1936) y los imprescindibles Otras inquisiciones (1952) y Siete noches (1980), en los que la precisión verbal y la profundidad de pensamiento se conjugan para hacer de ellos textos fundamentales. Textos imprescindibles para entender la obra poética y narrativa de Borges, como “Una vindicación del falso Basílides”, “La postulación de la realidad”, “La duración del infierno”, “Las versiones homéricas”, “La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga”, “La doctrina de los ciclos”, “El tiempo circular”, “El acercamiento a Almotásim”, “El sueño de Coleridge”, “Magias parciales del Quijote”, “Kafka y sus precursores” o “El último viaje de Ulises”.

Entre la semblanza de Torres Villarroel que abría Inquisiciones, su primera colección de ensayos, y “La sonrisa de Beatriz”, que cierra su final Nueve ensayos dantescos, decenas de textos que en su envoltorio ensayístico contienen no sólo abundantes materiales narrativos, sino muchas de las claves que explican el resto de su obra, tanto los cuentos como la poesía. 

Porque en la literatura de Borges se difuminan las fronteras entre el ensayo y la ficción. Y así como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” o “Pierre Menard, autor del Quijote” son relatos que penetran en el territorio del ensayo, en muchos de estos ensayos se produce el viaje inverso que hace que el texto ensayístico invada el ámbito de la imaginación y se instale en el ejercicio continuo de un trasvase bidireccional que caracteriza la prosa borgiana de ficción o de ensayo. Un ejemplo especialmente significativo de esa indefinición de géneros es “El acercamiento a Almotásim”, que apareció primero en Historia de la eternidad y acabó incorporándose a Ficciones.

Ensayos que trazan, más que el perfil de un pensador original, la imagen del lector desmedido que fue Borges, porque de esa experiencia de lector infatigable y curioso se alimentan la mayor parte de estos ensayos en los que se funden ejemplarmente erudición y creación para abordar los temas esenciales de la literatura borgiana y su inconfundible mundo, que está presente también en su obra narrativa y en su poesía: la meditación sobre el tiempo y la escritura, el laberinto y el infinito, la identidad y la memoria, el estilo y las enciclopedias, los enigmas y las paradojas, el universo y los espejos, la lectura y la tradición literaria inglesa, oriental o hispánica.

Así comienza “El encuentro en un sueño”, el penúltimo de sus Nueve ensayos dantescos:

Superados los círculos del Infierno y las arduas terrazas del Purgatorio, Dante, en el Paraíso terrenal, ve por fin a Beatriz; Ozanam conjetura que la escena (ciertamente una de las más asombrosas que la literatura ha alcanzado) es el núcleo primitivo de la Comedia. Mi propósito es referirla, resumir lo que dicen los escoliastas y presentar alguna observación, quizá nueva, de índole psicológica. 

La mañana del trece de abril del año 1300, en el día penúltimo de su viaje, Dante, cumplidos sus trabajos, entra en el Paraíso terrenal, que corona la cumbre del Purgatorio. Ha visto el fuego temporal y el eterno, ha atravesado un muro de fuego, su albedrío es libre y es recto. Virgilio lo ha mitrado y coronado sobre sí mismo (per ch'io te sovra te corono e mitrio). Por los senderos del antiguo jardín llega a un río más puro que ningún otro, aunque los árboles no dejan que lo ilumine ni la luna ni el sol. Corre por el aire una música y en la otra margen se adelanta una procesión misteriosa. Veinticuatro ancianos vestidos de ropas blancas y cuatro animales con seis alas alrededor, tachonadas de ojos abiertos, preceden un carro triunfal, tirado por un grifo; a la derecha bailan tres mujeres, de las que una es tan roja que apenas la veríamos en el fuego; a la izquierda, cuatro, de púrpura, de las que una tiene tres ojos. El carro se detiene y una mujer velada aparece; su traje es del color de una llama viva. No por la vista, sino por el estupor de su espíritu y por el temor de su sangre, Dante comprende que es Beatriz. En el umbral de la Gloria siente el amor que tantas veces lo había traspasado en Florencia. Busca el amparo de Virgilio, como un niño azorado, pero Virgilio ya no está junto a él.

Ma Virgilio n'avea lasciati scemi
di sè, Virgilio dolcissimo patre,
Virgilio a cui per mia salute die' mi.

01 febrero 2026

El arte de correr

 


31 enero 2026

Álvaro Cunqueiro. Sueño y leyenda

 


30 enero 2026

Cuentos completos de Borges

  




Decía Poe que el poema largo es imposible, porque no hay en él más que una suma de poemas cortos. Y lo recordaba Borges en una memorable conversación con Juan José Arreola para mostrar su preferencia por el cuento y reivindicar su intensidad esencial frente a la novela.

Por eso nunca escribió novelas -“desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros, escribía en uno de sus prólogos”- y su ardua obra narrativa la componen seis colecciones de relatos -Historia universal de la infamia, Ficciones, El Aleph, El informe de Brodie, El libro de arena y La memoria de Shakespeare- que Alfaguara publica en una cuidada edición con motivo del cuarenta aniversario de su muerte.

Igual que su poesía, la obra narrativa de Jorge Luis Borges describe una trayectoria parabólica ascendente o sugiere el trazado de una alta cordillera. Su último cuento, La memoria de Shakespeare, es una de sus cimas, pero hay otras alturas titánicas como El jardín de senderos que se bifurcan, Las ruinas circulares, La Biblioteca de Babel o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde la irrupción de lo mágico en lo real se convierte en la clave de lo fantástico.

En muchos de esos cuentos, híbridos de ficción y ensayo, el eje es la búsqueda del centro, el laberinto es la metáfora polivalente del mundo o del infinito, y la memoria, el tiempo y el espacio, el sueño y la razón, la vida y la escritura, el caos y la pesadilla, el espejismo y la realidad no son sino variantes de un enigma indescifrable.

Un enigma al que se suman lo trivial y lo trágico, la mística y la erudición, la invención fantástica y la trama policial, la venganza y el insomnio o los libros imaginarios convocados por Borges en una prosa que reúne la exactitud y la elocuencia, la sugerencia y el rigor.

Así lo resumía Vargas Llosa en estas líneas memorables de Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020): “Borges perturbó la prosa literaria española de una manera tan profunda como lo hizo, antes, en la poesía, Rubén Darío. [...] Lo revolucionario de ella es que en la prosa de Borges hay casi tantas ideas como palabras, pues su precisión y su concisión son absolutas. [...] Decir que con Borges el español se vuelve “inteligente” puede parecer ofensivo para los demás escritores de la lengua, pero no lo es. Pues lo que trato de decir (de esa manera “numerosa” que acabo de describir) es que, en sus textos, hay siempre un plano conceptual y lógico que prevalece sobre todos los otros y del que los demás son siempre servidores. [...] Cada uno de sus cuentos es una joya artística.”

Rigor constructivo y potencia inventiva, metafísica y narrativa, erudición y misterio, pensamiento e imaginación, ficción y especulación filosófica son las constantes de unos cuentos habitados por los tigres y los laberintos, los sueños y las bibliotecas, el tiempo y las revelaciones, las elucubraciones y el conocimiento.

Y por una prosa de inimitable perfección y limpieza, de asombrosa transparencia y profundidad. Una de las cimas más altas del idioma.

Como Quevedo, como Shakespeare, como Proust, Borges es una literatura dentro de otra literatura, un universo habitado por sombras y presencias decisivas. O, para decirlo con sus propias imágenes, un aleph, un centro en el que confluyen el pasado y el futuro, los vivos y los muertos, la realidad y la ficción, los espejos y el puñal, la vida y la literatura, la reflexión y la escritura como un jardín de senderos que se bifurcan.

El mundo, en suma, en una de las representaciones más estilizadas y perennes de la literatura del siglo XX, en un volumen que es una variante del Aleph, porque contiene en su inventario de asombros y perplejidades el universo:

Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.



29 enero 2026

Un triple monumento imprescindible

 




Cuando se cumplen 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges Alfaguara publica simultáneamente en España e Hispanoamérica una triple edición monumental de la obra completa de su obra completa: los Cuentos completos, los Ensayos completos y la Poesía completa.

La obra narrativa de Borges describe una trayectoria parabólica ascendente o sugiere el trazado de una alta cordillera. Su último cuento, La memoria de Shakespeare, es una de sus cimas, pero hay otras alturas titánicas como El jardín de senderos que se bifurcan, Las ruinas circulares, La Biblioteca de Babel o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde la irrupción de lo mágico en lo real se convierte en la clave de lo fantástico.

En muchos de esos cuentos, híbridos de ficción y ensayo, el eje es la búsqueda del centro, el laberinto es la metáfora polivalente del mundo o del infinito, y la memoria, el tiempo y el espacio, el sueño y la razón, la vida y la escritura, el caos y la pesadilla, el espejismo y la realidad no son sino variantes de un enigma indescifrable.

Un enigma al que se suman lo trivial y lo trágico, la mística y la erudición, la invención fantástica y la trama policial, la venganza y el insomnio o los libros imaginarios convocados por Borges en una prosa que reúne la exactitud y la elocuencia, la sugerencia y el rigor.

Así lo resumía Vargas Llosa en estas líneas memorables de Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020): “Borges perturbó la prosa literaria española de una manera tan profunda como lo hizo, antes, en la poesía, Rubén Darío. [...] Lo revolucionario de ella es que en la prosa de Borges hay casi tantas ideas como palabras, pues su precisión y su concisión son absolutas. [...] Decir que con Borges el español se vuelve “inteligente” puede parecer ofensivo para los demás escritores de la lengua, pero no lo es. Pues lo que trato de decir (de esa manera “numerosa” que acabo de describir) es que, en sus textos, hay siempre un plano conceptual y lógico que prevalece sobre todos los otros y del que los demás son siempre servidores. [...] Cada uno de sus cuentos es una joya artística.”

Rigor constructivo y potencia inventiva, metafísica y narrativa, erudición y misterio, pensamiento e imaginación, ficción y especulación filosófica son las constantes de unos cuentos habitados por los tigres y los laberintos, los sueños y las bibliotecas, el tiempo y las revelaciones, las elucubraciones y el conocimiento. Y por una prosa de inimitable perfección y limpieza, de asombrosa transparencia y profundidad. 

Una de las cimas más altas del idioma que atraviesa también los nueve libros de ensayos que, entre el inicial Inquisiciones (1925) y el final Nueve ensayos dantescos (1982), se reúnen en el volumen Ensayos completos. Nueve colecciones de ensayos, entre ellos los memorables Discusión (1932) o Historia de la eternidad (1936) y los imprescindibles Otras inquisiciones (1952) y Siete noches (1980). 

Precisión verbal y profundidad de pensamiento recorren estos textos ensayísticos, fundamentales para entender la obra poética y narrativa de Borges, como “Una vindicación del falso Basílides”, “La postulación de la realidad”, “La duración del infierno”, “Las versiones homéricas”, “La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga”, “La doctrina de los ciclos”, “El tiempo circular”, “El acercamiento a Almotásim”, “El sueño de Coleridge”, “Magias parciales del Quijote”, “Kafka y sus precursores” o “El último viaje de Ulises”.

Entre la semblanza de Torres Villarroel que abre Inquisiciones, su primera colección de ensayos, y “La sonrisa de Beatriz”, que cierra su final Nueve ensayos dantescos, decenas de textos que en su envoltorio ensayístico contienen no sólo abundantes materiales narrativos, sino muchas de las claves que explican el resto de su obra, tanto los cuentos como la poesía. 

Porque en la literatura de Borges se difuminan las fronteras entre el ensayo y la ficción. Y así como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” o “Pierre Menard, autor del Quijote” son relatos que penetran en el territorio del ensayo, en muchos de estos ensayos se produce el viaje inverso que hace que el texto ensayístico invada el ámbito de la imaginación y se instale en el ejercicio continuo de un trasvase bidireccional que caracteriza la prosa borgiana de ficción o de ensayo. Un ejemplo especialmente significativo de esa indefinición de géneros es “El acercamiento a Almotásim”, que apareció primero en Historia de la eternidad y acabó incorporándose a Ficciones.

Ensayos que trazan, más que el perfil de un pensador original, la imagen del lector desmedido que fue Borges, porque de esa experiencia de lector infatigable y curioso se alimentan la mayor parte de estos ensayos en los que se funden ejemplarmente erudición y creación para abordar los temas esenciales de la literatura borgiana y su inconfundible mundo, que está presente también en su obra narrativa y en su poesía: la meditación sobre el tiempo y la escritura, el laberinto y el infinito, la identidad y la memoria, el estilo y las enciclopedias, los enigmas y las paradojas, el universo y los espejos, la lectura y la tradición literaria inglesa, oriental o hispánica.

“Ser en la vana noche /el que cuenta las sílabas, dejó escrito Borges en un tanka de El oro de los tigres, uno de los trece libros que reúne su Poesía completa. “Mi destino es la lengua castellana”, decía en otro de sus poemas. Un destino feliz para la lengua y la literatura en español el de esta poesía mayor en la que conviven el pensamiento y la revelación, los espejos y los tigres, los laberintos y las pesadillas, las mitologías escandinavas y la lluvia vespertina en el arrabal de Palermo.

Una poesía poblada por las sombras de la ceguera y las imágenes potentes, por el flujo narrativo del alejandrino o el estremecimiento contenido del soneto. Desde Fervor de Buenos Aires (1923), que contiene entre líneas el germen de su poesía posterior, hasta Los conjurados (1985), con que la culminó asombrosamente, libros como El hacedor, Elogio de la sombra, La moneda de hierro o El oro de los tigres recogen sucesivamente “los diversos o monótonos Borges”- las palabras son del Prólogo que escribió para esta Poesía completa quien murió hace ahora cuarenta años.

Un largo paréntesis de silencio que duró más de treinta años separa sus tres primeros libros del muy diferente El hacedor, que ya en los años sesenta suponía, más que la recuperación de su poesía, el hallazgo de una voz propia y de un tono personal con el que iría construyendo un universo poético irrepetible. Una voz poética que en El otro, el mismo siguió creciendo entre la sombra a la que dedicó su siguiente Elogio de la sombra.

Esos libros marcaron en los años sesenta un antes y un después de la poesía en español, no sólo en la trayectoria poética de Borges, que volvió a brillar con El oro de los tigres, en la plenitud de La rosa profunda, en la prodigiosa madurez de La moneda de hierro, Historia de la noche, La cifra y en esa cima absoluta que es Los conjurados, que muchos lectores de Borges celebran como su mejor libro.

Un Borges que, por cierto, no hablaba de sus libros, sino de los poemas que lo componían: “Tres suertes -escribía en el Prólogo de su Poesía completa- puede correr un libro de versos: puede ser adjudicado al olvido, puede no dejar una sola línea pero sí una imagen total del hombre que lo hizo, puede legar a las antologías unos pocos poemas.
Si el tercero fuera mi caso, yo querría sobrevivir en el Poema conjetural, en el Poema de los dones, en Everness, en El Golem y en Límites.”

Ese poema, uno de los muchos memorables que escribió, comienza con estas cuatro estrofas:

De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Como él dijo de Quevedo, Borges “es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura”. Y es más que eso: un universo completo, un mundo complejo y cumplido. No leerlo es un delito de lesa literatura, no haberlo leído es una limitación insalvable.


28 enero 2026

En el taller del relojero Alejandro Céspedes




Dijo Francis Ponge que el mundo, desde que existe, nunca funcionó tan mal y que el espíritu humano nunca ha estado peor desde que el hombre ya no lo considera más que su cortijo para ejercer el poder. A Ponge se le ocurre que el artista tendría que convertirse en un mecánico, abrir un taller y reparar el mundo tal como le llega, por fragmentos, pero que no por ello se debería considerar un mago, sino sencillamente un relojero.
¡Un poeta -que solo escribe fragmentos- intentando reparar el mundo como un mago-relojero para hacer que el big bang de la existencia sea un poco más preciso! Un reloj hecho con piezas de maldad, incertidumbre, caducidad y desánimo. No me digan que no es para quedarse muchísimo más tranquilos. ¿En qué podría fallar un mecánico-poeta que trata de conseguir que el mundo funcione como un reloj?

Bienvenidos al taller.

Con esa irónica ‘Nota previa’ abre Alejandro Céspedes su espléndido Taller de relojería, que publica Averso. Como se dice en ese texto preliminar, la imagen del poeta como relojero que recompone el mecanismo descompuesto del mundo procede de un texto de Francis Ponge, El murmullo, que aborda la condición y el destino del artista en estos términos: “Nunca, desde que el mundo es mundo (pienso en el mundo sensible, tal como se nos ofrece cada día), nunca, sea cual fuere la mitología de moda, nunca el mundo, aunque solo fuese por un segundo, ha suspendido su funcionamiento misterioso. Nunca sin embargo en el espíritu del hombre -y sin duda precisamente desde que el hombre ya no considera el mundo sino como su campo de acción, el lugar o la ocasión de su poder-, nunca el mundo en el espíritu del hombre ha funcionado tan poco, tan mal. La función del artista es así muy clara: debe abrir un taller y reparar el mundo tal como le llega, por fragmentos. Y que no por ello se considere un mago. Solamente un relojero».

Con ese punto de partida, Alejandro Céspedes emprende un ejercicio poético que recorre en dos partes -El relojero del mundo y El relojero del ser- un amplio itinerario de poemas extensos e intensos que, con Cioran siempre al fondo como luz fría y guía del desaliento, aceptan el reto de explorar la posibilidad de recomponer la mecánica fracturada del mundo y el ser con el método de la paciencia artesanal reflexiva, con la reconstitución del recuerdo que nos deconstruye y nos reconstruye, con la precisión de la palabra poética y con la exigencia ética de no mentirse a sí mismo ni al lector al encarar la realidad desarticulada que es el motor existencial del libro, porque 

Dentro de cada instante, hay un desastre,
pensando cómo abrirse hacia el futuro.

Y porque “la vida es casi siempre prematura”, estos poemas vibrantes y perturbadores surgen de una zona insobornable y sombría de la conciencia y la memoria, del tiempo y del sueño, del despojo y la herida, de la naturaleza muerta y el sinsentido, acometen la empresa imposible de reparar los desperfectos de ese mecanismo averiado que llamamos mundo o vida, la imposible tarea de restaurar con paciencia improductiva los fragmentos imposibles del deterioro para que acaben articulando poéticamente en este libro admirable la imagen descompuesta del hueco y el vacío.

Estos son sus desalentados versos finales:

Hoy es una grieta, un eco,
un cuerpo que solo existe
en los verbos que lo nombran.

Y ya no puede entenderse ni puede domesticarse.
Su cuerpo es como esa niebla
que únicamente se aprecia
cuando se ve desde fuera.

Será un hueco relleno de fragmentos
que olvidará que olvidó
y ya no sabrá quién es
ni quiénes somos nosotros.

Un reloj de pared averiado
da las doce campanadas.

Pobre animal indeciso...
No hay nada que reparar.

Ni el relojero de Ponge
-aunque en verdad fuese un mago-
podrá hacer ningún milagro.



27 enero 2026

Ascenso y crisis. Europa 1950-2017

  



“En el prólogo de Descenso a los infiernos afirmaba que era la obra más difícil que había intentado escribir. Así fue hasta este libro. Este segundo volumen sobre la historia de Europa desde 1914 hasta nuestros días planteaba problemas aún mayores tanto de interpretación como de redacción. En buena medida, esto se debe a que en la historia de Europa entre 1950 y la actualidad no existe un único tema predominante comparable al evidente papel central de las guerras mundiales que domina el volumen anterior, que abarca el período comprendido entre 1914 y 1949. Descenso a los infiernos seguía una progresión lineal, entraba y salía de una guerra para luego entrar y salir de otra. Ningún acontecimiento lineal describe adecuadamente la complejidad de la historia de Europa desde 1950. Se trata, más bien, de una historia llena de curvas y giros, de altibajos, de cambios volátiles, de una gran y acelerada velocidad de transformación. Desde 1950, Europa ha sido como un viaje en una montaña rusa, con sus emociones y sustos, sus ascensos y sus crisis. Este libro pretende mostrar cómo y por qué durante esas décadas fue dando tumbos de un período de gran inseguridad, a otro”, escribe Ian Kershaw en el prólogo de Ascenso y crisis. Europa 1950-2017, que publica Crítica con traducción de Yolanda Fontal.

Este volumen, que completa el vasto proyecto de síntesis de la historia de Europa del siglo XX iniciado con el análisis de la primera mitad del siglo en Descenso a los infiernos, aborda casi setenta años de historia marcada por una Europa escindida durante décadas por el Telón de Acero y el Muro de Berlín, por la Guerra Fría y la amenaza nuclear, pero también por una vertiginosa aceleración de los acontecimientos históricos: las transformaciones asombrosas en los usos sociales y los cambios en los modelos económicos, los procesos políticos o los fenómenos culturales y en sus vías de transmisión. 

Cambios que han transformado el panorama europeo y lo han situado en estas décadas bajo el signo de la incertidumbre al que alude el subtítulo de este volumen que completa un conjunto monumental.

Y precisamente “Una nueva era de inseguridad” es el significativo título del epílogo en el que Kershaw señala que “la historia de Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial ha sido una vertiginosa mezcla de grandes logros, profundas decepciones e incluso desastres, como han demostrado claramente las crisis de los últimos años. En realidad, ha sido en muchos sentidos un viaje en una montaña rusa, con sus subidas y bajadas, una velocidad en aumento a partir de los años setenta, una brusca aceleración después de 1990 y una carrera casi fuera de control en el nuevo siglo.”

Porque los desafíos energéticos y climáticos, demográficos y migratorios, el multiculturalismo y el choque de culturas, el malestar social y la globalización, el desarrollo tecnológico imparable y la automatización de la inteligencia artificial, la inseguridad y la pérdida de privacidad son algunos de los retos de la Europa actual, cuya historia en estas últimas décadas es semejante a una montaña rusa, lo que justifica el título de este ensayo.

Un ensayo en el que la proximidad del periodo histórico estudiado le sugiere a Ian Kershaw esta interesante reflexión preliminar sobre la necesidad de utilizar una bibliografía tan exhaustiva como la que se recoge al final de la obra en veinte apretadas páginas que reúnen las referencias imprescindibles sobre la época más reciente de la historia de Europa:

Haberlo vivido no sirve de sustituto. Cuando empezaba a escribir este libro, alguien me sugirió que debía de ser fácil ya que el período coincidía con gran parte de mi vida. Pero vivir la historia genera recuerdos que tanto pueden ser distorsionados o inexactos como quizá servir de ayuda. En un pequeño número de casos he añadido algún recuerdo personal en una nota al pie, pero los he mantenido fuera del texto. En mi opinión, es mejor mantener separadas las anécdotas personales y la valoración histórica. Dejando a un lado la fragilidad de la memoria, la mayor parte de lo que pasa cerca a diario solo tiene una resonancia efímera. La valoración de la trascendencia de acontecimientos importantes exige casi siempre no solo un conocimiento profundo, sino también el paso del tiempo necesario para digerirlos.

Como en el volumen anterior, Descenso a los infiernos, remata el conjunto de Ascenso y crisis un minucioso índice analítico de personas y lugares, conceptos y acontecimientos que permiten su rápida localización en el libro, ilustrado generosamente con cuatro cuadernillos de imágenes significativas de las diversas cuestiones abordadas en las seiscientas páginas de este monumental ensayo que completa una mirada matizadamente optimista en la que pesan más los avances que los retrocesos:

Con todas las reservas, cualquier valoración razonable sin duda destacaría los inmensos avances logrados. Un simple vistazo a Europa en la primera mitad del siglo XX, un continente devastado física y moralmente por la guerra y por el genocidio cuando las potencias imperialistas y las que deseaban serlo pugnaron por alzarse con la supremacía, demuestra lo lejos que ha llegado desde entonces. La mayoría de los europeos viven ahora en paz, en libertad, en un estado de derecho y con una prosperidad relativa. El racismo manifiesto es ilegal, aunque las actitudes racistas no están ni mucho menos erradicadas. El derecho de las mujeres a la igualdad con los hombres se acepta en principio, aunque en la práctica a menudo se incumple. Los homosexuales y las lesbianas ya no se enfrentan a la discriminación oficial, aunque los viejos prejuicios tardan en desaparecer. Independientemente de las reservas, estos y otros cambios culturales suponen un avance importante.


 

26 enero 2026

Europa en guerra, 1914-1949

  




“Durante el siglo XX, Europa hizo un viaje de ida y vuelta al infierno. El continente, que durante casi cien años después de que acabaran las guerras napoleónicas en 1815 se había jactado de constituir el culmen de la civilización, cayó entre 1914 y 1945 en la sima de la barbarie. Pero tras una era calamitosa de autodestrucción vinieron una estabilidad y una prosperidad inimaginables hasta entonces, aunque eso sí al elevado precio de una división política insalvable. A continuación, una Europa reunificada, obligada a hacer frente a las tremendas presiones internas causadas por la intensificación de la globalización y por los graves desafíos surgidos en su interior, experimentó unas tensiones internas cada vez mayores antes incluso de que la quiebra financiera de 2008 sumiera al continente en una nueva crisis, todavía sin resolver”, escribe el historiador británico Ian Kershaw (Lancashire, 1943) en ‘La era de autodestrucción de Europa’, la Introducción a su monumental ensayo Descenso a los infiernos, que publica Crítica con traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya.

Subtitulado Europa 1914-1949Descenso a los infiernos es el primero de los dos volúmenes que Ian Kershaw dedicó a estudiar la historia contemporánea europea desde la Primera Guerra Mundial hasta nuestros días. 

“Es con diferencia -afirma en el prólogo- la obra más difícil que me he propuesto escribir. Cada uno de los libros que he escrito hasta la fecha ha sido en cierto modo un intento por mi parte de entender mejor un problema del pasado. En este caso, el pasado reciente comporta una multiplicidad de problemas extremadamente complejos. Pero al margen de cuáles fueran las dificultades, la tentación de intentar entender mejor las fuerzas que en el pasado reciente han contribuido a configurar el mundo actual ha sido irresistible.”

Espléndidamente ilustrado con dos cuadernillos centrales que recogen imágenes significativas del periodo estudiado, Descenso a los infiernos se publicó en su versión original en inglés en 2015, en el marco editorial de la serie Penguin History of Europe, cuyo formato evita las notas a pie de página y por tanto “impide incluir la referencia a las numerosísimas obras de erudición histórica indispensables -monografías, ediciones de documentos de la época, análisis estadísticos y estudios especializados sobre cada país en particular- en las que me he basado. La bibliografía refleja algunas de las deudas más importantes que he contraído con otros estudiosos.”

Reconocida esa deuda con el ingente material previo, recogido en la amplia bibliografía final, explica Kershaw que “la originalidad del libro, por tanto, podrá apreciarse únicamente en su estructura y su interpretación: en el modo en que se escribe la historia y en la naturaleza de la discusión que se oculta tras ella.”

Porque hay muchas maneras historiográficas e ideológicas de afrontar la historia de Europa en el siglo XX y la de Kershaw combina la organización cronológica con el criterio temático para dar un enfoque totalizador que aborda los acontecimientos y los factores múltiples (económicos, sociales, culturales, políticos e ideológicos) que provocaron “la casi autodestrucción de Europa durante la primera mitad del siglo, esto es, durante la época de las dos guerras mundiales. Analiza cómo las peligrosas fuerzas surgidas de la primera guerra mundial culminaron durante la segunda en abismos de inhumanidad y destrucción casi inimaginables. Esta catástrofe, junto con los niveles sin precedentes de genocidio de los que no cabe separar el conflicto, hace de la segunda guerra mundial el epicentro y el episodio determinante de la turbulenta historia de Europa a lo largo del siglo XX.”

Cuatro son los factores que según Kershaw provocaron las dos catástrofes bélicas del siglo XX: “la explosión del nacionalismo étnico-racista; las enconadas e irreconciliables exigencias de revisionismo territorial; la agudización de los conflictos de clase, a los que vino a dar un enfoque concreto la revolución bolchevique de Rusia; y una crisis prolongada del capitalismo (que muchos observadores pensaron que era terminal).”

Y así, la primera mitad del siglo XX estuvo atravesada por dos conflictos bélicos de dimensión mundial en los que confluyeron intereses de todo tipo que se analizan aquí a lo largo de diez capítulos que describen el panorama desolador de una Europa que pasa de estar al borde del abismo al gran desastre de la Primera Guerra Mundial y a una paz turbulenta, a una primera posguerra que baila sobre un volcán para acabar precipitándose en el infierno en la tierra que fue la Segunda Guerra Mundial al resurgir de las cenizas que da título al capítulo final, que analiza cómo Europa “empezó a poner los cimientos de una recuperación asombrosa: para que una nueva Europa surgiera de las cenizas de la anterior y retomara el camino de vuelta del infierno a la tierra.”

Ese capítulo cierra el primer volumen de una empresa monumental, dedicada a analizar las claves de “un siglo extraordinariamente convulso; de la era en la que Europa se vio envuelta en dos guerras mundiales que amenazaron los cimientos mismos de la civilización, como si tuviera una diabólica propensión a la autodestrucción.”

Completado con un minucioso índice analítico de temas y conceptos, personas y lugares, Descenso a los infiernos traza un completo panorama preliminar de Europa antes de la Gran Guerra, describe el desarrollo del conflicto y sus consecuencias políticas, económicas, culturales y sociales. Y tras ese panorama, la recuperación transitoria de los años veinte, la Gran Depresión, el autoritarismo fascista, la dictadura comunista y la crisis de las democracias y los valores liberales que desembocaron en “el demoledor colapso de la civilización que produjo la Segunda Guerra Mundial” son los ejes de un ensayo que prolonga su límite cronológico en 1950, porque “aunque las hostilidades acabaron oficialmente en Europa en mayo de ese año (continuaron hasta el mes de agosto contra Japón), el fatídico rumbo que siguieron los años 1945-1949 vino determinado de forma tan evidente por la guerra y las reacciones ante ella, que pensé que estaba justificado mirar un poco más allá del momento en que la paz volvió a instalarse oficialmente en el continente. En 1945 apenas eran perceptibles los contornos de la nueva Europa de posguerra; fueron haciéndose claramente visibles tan sólo de modo gradual. Por consiguiente, me pareció oportuno añadir un último capítulo que tratara del período inmediatamente posterior a la guerra, que no sólo fue testigo de una continuación de la violencia, sino que además configuró de forma indeleble la Europa dividida que emergería a partir de 1949. De modo que este primer volumen no acaba en 1945, sino en 1949.”

  

25 enero 2026

Lectura con alumnos

 De Creta a Issos, de Ícaro y Dédalo a Alejandro y Darío, del mito a la historia, de Una canción extranjera al Árbol en la batalla, en la lectura con cerca de ciento cincuenta alumnos de Bachillerato de los Institutos de Cáceres 

(Fotografías de El patio de Monipodio, blog del Departamento de Lengua y Literatura del IES Norba Caesarina y del profesorado de El Brocense)  






Con mi agradecimiento y afecto a mi antiguo alumno, el profesor y poeta Dionisio López, que coordinó con admirable eficacia el acto, dejo aquí el texto de la generosa presentación que leyeron sus alumnos Silvia y Carlos:

Es un placer recibir hoy en nuestro instituto al poeta y profesor Santos Domínguez Ramos. Nacido en Cáceres en 1955, es una de las voces más sólidas, reconocidas y coherentes de la poesía española contemporánea.
Catedrático de Lengua y Literatura, Santos Domínguez ha desarrollado la mayor parte de su vida docente a menos de cien metros de este lugar, en el Instituto Norba Caesarina. A lo largo de décadas ha construido una trayectoria doble —creadora y crítica— que muy raramente alcanza en nuestro ámbito un grado de equilibrio, rigor y exigencia tan alto como el que se da en su caso.
Su obra poética ha sido distinguida con algunos de los premios más relevantes del panorama literario español e internacional. Desde el Premio Gerardo Diego por Tres retratos del frío, pasando por el Premio Internacional Jaime Gil de Biedma por Díptico del infierno, el Premio Nacional de Poesía Rafael Morales por El agua de los mapas, el Premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez por El viento sobre el agua, o el Premio Fernando de Herrera, el Premio Manuel Alcántara y el Premio Flor de Jara, entre muchos otros. En 2025 obtuvo el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria por su libro La herida y el cuchillo.
Ha sido finalista en varias ocasiones del Premio Nacional de Poesía y del Premio Nacional de la Crítica, reconocimiento que confirma una obra sostenida en el tiempo, ajena a modas y profundamente fiel a una poética propia.
Su poesía, traducida a más de treinta lenguas, ha sido leída y estudiada en universidades de España, Francia, Alemania e Iberoamérica, y ha sido invitada a foros internacionales en ciudades como París, Roma, Budapest, Luxemburgo, así como en México, Cuba o China. En los últimos años, su proyección internacional se ha intensificado con ediciones bilingües en italiano y una notable presencia en festivales y exposiciones poéticas de ámbito global.
Desde un punto de vista estético, la poesía de Santos Domínguez se caracteriza por una extraordinaria precisión verbal, una profunda conciencia del tiempo, del límite y de la memoria, y una mirada ética que nunca renuncia a la belleza ni al pensamiento. Su escritura se mueve con frecuencia cerca del epigrama: poemas ceñidos, densos, de gran intensidad reflexiva, donde naturaleza, historia y experiencia personal dialogan sin estridencias.
Junto a su obra creativa, ha desarrollado una intensa labor cultural: dirige la revista Encuentros de lecturas, ha sido fundador de talleres literarios, miembro de jurados de premios nacionales —incluido el Premio Nacional de la Crítica— y colaborador habitual en revistas y suplementos culturales de España y América Latina. Su ensayo Memorial de un testigo y sus numerosos artículos críticos confirman una mirada lúcida y comprometida con la literatura como espacio de conocimiento y responsabilidad.
Presentar hoy a Santos Domínguez Ramos es, en definitiva, presentar a un poeta que ha hecho de la escritura un lugar de rigor, de claridad y de resistencia; una voz que nos recuerda que la poesía sigue siendo una forma de conocimiento, una manera de habitar el mundo con profundidad y sentido.
Muchas gracias por acompañarnos hoy.

IES EL BROCENSE - 20 de enero de 2026






24 enero 2026

Paul Celan y los trenes




 PAUL CELAN Y LOS TRENES

Cuando oscurece escribe.
Apoya en la mejilla una mano delgada, 
entorna la mirada y recuerda los trenes,
las frías estaciones contra el amanecer,
su cuchillo de luna.

Y oye pasar los trenes por esas estaciones
de viento y pesadilla, llenas de charcos negros,
de carbonilla y nieve y de niños sentados 
sobre un suelo con barro y andrajos de colores.

Escribe desde un puerto. Sólo cuando anochece,
cerca del Ponto Euxino, donde Ovidio purgaba
con la hiel del destierro sus días disipados.

Centroeuropa era una raquítica amapola,
una niña muy pálida con los ojos abiertos,
con los ojos marinos y opacos de los muertos.

Espera a que oscurezca. 
Oye silbar los trenes 
y recuerda otros ojos mirando estupefactos 
entre dos tablas tristes por las que entró la noche
con un soplo de escarcha en aquel barracón.

El fantasma del frío va recorriendo Europa.
Un humo que confunde la noche y la venganza
ha quedado flotando en el ciego holocausto
de los violines rotos sobre un campo de ortigas.

Cuando oscurece escribe
y adivina un futuro no mejor que el pasado.

Es un superviviente y arrastra la profunda 
desolación del ghetto, la tristeza de un cielo
plomizamente agrio y alguna hebra de sol
por las turbias regiones heladas de la muerte.

Una patria de piedra, una patria nocturna, 
una patria de nada y una rosa de nadie
ahora que ya la lengua, esa última patria,
es la más humillante: la lengua del verdugo.

Crece el escalofrío.
Ya ha decidido irse. Ha elegido el momento.
Será cuando oscurezca, como ahora, cuando escribe
sobre la luz más dura del invierno en Tubinga.

Como ahora, cuando escribe, después de oscurecido, 
sólo para orientarse entre tanta tiniebla.

(De Las provincias del frío. Algaida. Sevilla, 2006)



23 enero 2026

Paul Celan y el peso del pasado





No obstante, el horror que había experimentado Europa regresaba una y otra vez de diferentes maneras y constituía un componente ineludible de la expresión cultural. «Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie», había afirmado en 1949 el filósofo alemán Theodor Adorno (que durante el nazismo había vivido en el exilio, principalmente en Estados Unidos). No había que tomarlo al pie de la letra. De hecho, se vio desmentido por un conmovedor poema de Paul Celan, «Die Todesfuge» («Fuga de muerte»), escrito por un judío nacido en Rumanía cuyos padres habían muerto tras ser deportados; hacia el final de la guerra, él mismo había pasado un tiempo internado en un campo de trabajo. Cuando en 1952 se publicó en alemán se había hecho muy conocido. Celan describía de manera explícita las siniestras imágenes de la muerte en un campo de concentración y su autor condensaba la esencia de la reflexión de Adorno al considerar su poema «un epitafio y una tumba». Nunca se recuperó de la deportación y la muerte de sus padres, sufrió repetidos episodios depresivos y, muchos años más tarde, en abril de 1970, su cadáver fue encontrado en el Sena a las afueras de París. Adorno captó la idea de las dificultades a las que se enfrentaba cualquier intelectual o persona dedicada a las artes creativas que en los años de la posguerra intentara abordar el sentido del reciente y catastrófico hundimiento de Europa en un abismo de inhumanidad.


Ian Kershaw.
Ascenso y crisis.
Europa, 1950-2017.
Un camino incierto.
Traducción de Yolanda Fontal Rueda.
Crítica. Barcelona, 2026.

22 enero 2026

Postguerra. Una historia de Europa desde 1945

 


21 enero 2026

El mundo según Camba