Ātman. Presencia del origen
El origen está siempre presente. Esa es la solución india. Honrar el presente, que es la sede del origen. El ahora es lo divino. La nostalgia del pasado y el proyecto de futuro, el logro y la frustración, lo eclipsan. Impiden sumergirse en la presencia viva del ahora. Pero lo divino está siempre ahí, discreto, a la espera de reconocimiento. Una presencia unificadora y creativa, que se recrea con nuestra atención, que mantiene la ilusión cósmica, el pulso del mundo, el juego de la existencia.
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La palabra ātman tiene su origen en las palabras sánscritas para «aliento» y para «corazón». Puede significar «esencia», «naturaleza», «carácter». En las upaniṣad pasa a significar el espíritu inmanente: el Sí mismo, que reside en el interior de cada ser. El ātman es el núcleo de la persona, aunque no puede identificarse con el cuerpo ni con la mente. El ātman no se ve afectado por el placer ni por el dolor, tampoco por el pecado o la virtud, la alegría o la tristeza. El ātman no es ni siquiera el alma, que es la que disfruta o carga con los efectos de las acciones pasadas. El ātman está ahí, y, aunque no es posible conocerlo, sí se puede vivenciar. Esa es la respuesta india al enigma de la existencia.
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La India ya lo ha pensado todo, pero nosotros debemos seguir nuestro propio camino. Eso decía Borges. Otro poeta, T. S. Eliot, tuvo una intuición parecida. La tradición es un organismo vivo y mutante. El arte despierta emociones, y muchos creen que estas se originan en las experiencias o la personalidad del artista. Se equivocan. Hay un efecto pernicioso en la emoción: nubla la vista. Ahora bien, solo quienes tienen personalidad y emociones pueden liberarse de ellas. Eliot habla como un hindú cuando dice que el arte es un despojarse de la emoción, y entonces «la experiencia personal se amplía y consuma en lo impersonal». El Sí mismo está en todas las cosas (individualidad), pero todas las cosas están en el Sí mismo (incorporación al Uno). Eliot pasa dos años estudiando sánscrito en Harvard y un tercero dedicado a los Aforismos del yoga, de Patañjali. Queda en un estado de «iluminada perplejidad». Buena parte del esfuerzo por entender ese otro mundo, explicará más tarde, consiste en deshacerse de las categorías del pensamiento occidental. Por eso el conocimiento de la filosofía europea es un obstáculo. Además, la influencia védica en Schopenhauer, Hartmann y Deussen se ha dado a través del malentendido romántico. Penetrar en ese mundo supone dejar de «pensar y sentir como europeo y americano». Un paso que, por razones prácticas y sentimentales, Eliot no está dispuesto a dar. Como en el caso de Octavio Paz (otro americano europeo), el vértigo y la lealtad le obligan a hacerse a un lado. Sin embargo, las ideas de la literatura sánscrita seguirán nutriendo la poética de Eliot. El presente desnudo exige distanciarse de las propias emociones. Las emociones pertenecen al ego (al alma, si se quiere), pero el espíritu es capaz de verlas desde fuera. Esa es la médula de la enseñanza de Kṛṣṇa a Arjuna. Eliot lo sabe sin saberlo, y lo menciona en «The Dry Salvages». No se trata tan solo de actuar en cada momento sin pensar en el futuro (de buscar un presente sin deudas con el pasado), sino de que «ser consciente es no estar en el tiempo».
Son tres fragmentos del Preludio con que Juan Arnau abre Ātman, que acaba de publicar en Atalanta con el subtítulo Presencia del origen, que establece un diálogo entre la cultura oriental y la occidental en torno a la conciencia trascendente y expansiva, entre la contemplación y la creación, la identidad del yo profundo y su naturaleza esencial, la relación con el cosmos, la identificación entre la mente y la conciencia, la experiencia del tiempo y del espacio, los sueños y las intuiciones, la vinculación entre el sujeto y el objeto a través de la vía del conocimiento y la de la devoción, la meditación y el regreso al origen o la indagación del yo pensante y el yo vivencial que ha descuidado el pensamiento occidental, de Hume a Schopenhauer.
Y a partir de ese diálogo contrastivo entre la cultura oriental y la occidental a través de la filosofía y la literatura, de Kant a Borges, de la deriva occidental a la solución india, este ensayo elabora una propuesta sugerente para abrir el yo profundo y la mente a otros mundos y explorar los límites, para incorporar otras miradas a la percepción, otra sensibilidad y otra conciencia del tiempo, del espacio y de la propia identidad. Porque, concluye Juan Arnau,



