28 septiembre 2020

La libertad, la bicicleta




27 septiembre 2020

El hombre tranquilo




26 septiembre 2020

Poetas críticos, críticos poetas



Sin embargo, creo que los textos críticos de los poetas, de los cuales ha habido en el pasado algunos ejemplos notables, deben gran parte de su interés al hecho de que el poeta, en lo más profundo de su mente, si no como propósito explícito, intenta siempre defender la clase de poesía que él mismo escribe o de formular la clase de poesía que le gustaría escribir. Sobre todo cuando es joven y se halla activamente comprometido en batallar por la clase de poesía que practica, valora la poesía del pasado en relación con la suya propia y su gratitud hacia aquellos poetas muertos de los que ha aprendido, lo mismo que su indiferencia hacia aquellos otros cuyos esfuerzos son ajenos al suyo probablemente sea exagerada. No es tanto un juez como un abogado. Puede incluso que su conocimiento sea parcial, pues sus estudios probablemente le habrán llevado a concentrarse en ciertos autores en perjuicio de otros. Cuando teoriza sobre la creación poética, parece estar generalizando un determinado tipo de experiencia; cuando se aventura por los terrenos de la estética, parece ser menos competente que los filósofos, en vez de más competente que ellos y haría mejor si simplemente comunicara, para provecho de estos, los datos de su propia introspección. Lo que escriba sobre poesía, en resumen, debe estar relacionado con la poesía que escribe. Debemos acudir al erudito para que determine los hechos y al crítico desinteresado en busca de juicios imparciales. El crítico, ciertamente, debe tener algo de erudito y el erudito algo de crítico.

T. S. Eliot. 
“La música de la poesía”
En La aventura sin fin. Ensayos.
Edición de Andreu Jaume.
Traducción de Juan Antonio Montiel Rodríguez.
Lumen. Barcelona, 2011.

25 septiembre 2020

Jardín imposible



24 septiembre 2020

Martín Santos y Benet, mano a mano

 

“Entre los papeles inéditos de Luis Martín-Santos y de Juan Benet figura un nutrido grupo de relatos breves, ya reunidos por ambos autores bajo el título El amanecer podrido. Escritos a máquina, y con numerosas correcciones a mano, no están fechados –‍aunque sabemos que fueron redactados entre 1948 y 1951‍– y por ende no se conoce hoy con precisión el momento exacto ni el orden en que fueron escritos, aunque se publicaron dos de ellos, uno por cada autor, en 1950, un momento crucial en sus vidas.
Podemos ver aquí los curiosos preludios de un par de escritores en ciernes. Son «pruebas de escritura» hechas paralelamente, y fueron corregidas varias veces por ellos. Resulta significativo de su confianza mutua, y de su valor testimonial, el hecho de que sus familias tengan cada una copia de estos documentos desde hace seis décadas”, escribe Mauricio Jalón en el Prefacio de su edición de El amanecer prohibido, un volumen que reúne sesenta y siete relatos escritos por Luis Martín Santos y por Juan Benet, solos o en compañía. 

En esos años cruciales, en 1949 exactamente, ambientaban Martín Santos su Tiempo de silencio y Juan Benet su Otoño en Madrid hacia 1950. 

A petición de Leandro Martín Santos, hermano del ya fallecido Luis, Juan Benet fue identificando en 1964 la autoría de esos textos. Pudo atribuirse la composición de diez de ellos y reconocer la de Luis Martín Santos en otros cuarenta y uno. Los dieciséis restantes son de atribución dudosa o de escritura compartida, por lo que Benet renunció a adjudicarlos a uno o a otro. 

Y es que, como señala Jalón, “en El amanecer podrido resulta imposible identificar con seguridad, en bastantes casos, a cada uno de los dos escritores. Poco o nada se deduce de las lecturas, luego, hechas por sus amigos. En cierta medida fueron cuentos tocados a cuatro manos, pero desconocemos cómo se elaboraron realmente. Muchas veces parece adivinarse más el ingenio de uno ellos, aunque sólo se ha querido sugerirlo en las notas.”

Muy heterogéneos en carácter, enfoque y temas, el editor ha intentado vertebrar el conjunto en torno a una articulación temática y para ello los ha organizado en siete apartados que responden a siete temas predominantes en un conjunto que abren dos cuentos, “Lo miraba siempre todo”, de Luis Martín Santos, sin duda uno de los mejores del libro, y “La sopera”, de Juan Benet.

Esos dos relatos son el pórtico de un conjunto en el que, como esos dos cuentos iniciales, alternan no sólo dos voces narrativas distintas, sino dos formas de mirar, entre la realista y la imaginativa, que auguran las posteriores discrepancias literarias entre los dos narradores, que pasaron de la complicidad personal y las lecturas compartidas de estos años a un distanciamiento progresivo tras la publicación de sus primeros libros, Tiempo de silencio y Nunca llegarás a nada,

Cierra el volumen el apartado Papeles cruzados, con las cartas abiertas sobre el bajorrealismo que reivindicaban ambos en 1950, una tendencia a la que pertenecería una buena parte de los cuentos de El amanecer podrido, y que definían en estos términos en una de esas cartas: “lo bajorreal es un hecho instantáneo que aparece siempre debajo de la realidad fluyente. Lo que en cada momento es constante y cerrado y bajo. De ahí viene su nombre”; el muy conocido “Luis Martín Santos, un memento”, que Juan Benet incorporó a su estupendo Otoño en Madrid hacia 1950, y finalmente cinco cartas, entre las cuales destaca una, inédita hasta ahora, de Juan Benet a Leandro Martín Santos. 

Escrita el último día de mayo de 1964, unos meses después de la muerte de su hermano Luis, en esa carta Juan Benet se muestra reticente a publicar este conjunto que ahora ve la luz en Galaxia Gutenberg en una cuidada edición cuyas anotaciones iluminan la ya poderosa escritura de dos autores entonces aún incipientes, pero decisivos en la modernización de la narrativa española en la segunda mitad del siglo XX, como explica Mauricio Jalón:

“Por encima de cualquier vacilación, los dos amigos son hoy clásicos de la literatura española del siglo XX, de la novelística y del relato, también de su creativo pensamiento informal. Y tales ejercicios primeros e incompletos, pero maduros en sus percepciones y maliciosos en líneas generales, guardan un empuje que permite ver mejor el pasado desde ángulos culturales propios. Sus inicios literarios, que son disgregativos, titubeantes y movedizos, dejan entrever a veces misteriosamente algunos caminos de la creación posterior.”




23 septiembre 2020

Hawthorne, de Henry James

Fue un genio excepcional, instintivo, original, y su vida, de un modo singular, estuvo exenta de preocupaciones mundanas y de propósitos vulgares. Había sido tan puro, sencillo, tan poco sofisticado como su obra. Dedicó su vida, esencialmente, al cariño hacia los suyos, con una ternura poco usual; y luego -sin ambiciones, pero con una gran devoción- a su delicioso arte. Su obra perdurará; es demasiado original y exquisita para caer en el olvido; siempre tendrá un lugar entre los dedicados a la imaginación. Nadie ha tenido su visión de la vida, y nadie ha encontrado una forma literaria que expresara mejor esa visión. No era un moralista, y no sólo fue un poeta. Los poetas son menos ligeros, más densos, en cierto sentido más ricos. Los poetas son menos tajantes, más responsables. Unía, de manera singular, la espontaneidad de la imaginación y una atención obsesiva a los problemas morales. La conciencia humana fue su tema, pero la veía a través de una fantasía creativa que, por su misma esencia, le añadía interés y, casi me atrevería a decir, importancia.

Con ese párrafo cierra Henry James su Hawthorne, que publicó en 1879, quince años después de la muerte del autor de La letra escarlata. James escribió sobre Stevenson, Balzac, Flaubert o Zola, pero este es su ensayo más largo en torno a un novelista y sus siete capítulos siguen siendo el mejor acercamiento a la vida y la obra de quien, cuarenta años mayor que él, se había convertido ya en uno de los fundadores de la narrativa norteamericana.

Desde Europa, a donde había llegado tres años antes, Henry James escribe este libro por encargo, pero con indisimulado fervor por la mayor parte de la obra de Hawthorne, cuya influencia es evidente sobre el James más introspectivo y simbólico.

Los relatos agrupados en los Cuentos narrados dos veces y en Musgos de una vieja casa parroquial, las tres novelas americanas -La granja de Blithedale, La letra escarlata y La casa de los siete tejados-, o los autobiográficos y póstumos Cuadernos americanos son analizados de forma tan meticulosa como brillante por el admirable lector Henry James en un ensayo que vincula admirablemente la biografía y la escritura de Hawthorne a través del ambiente de Nueva Inglaterra: “El aire frío y radiante de Nueva Inglaterra –escribe James- parece soplar en las páginas de Hawthorne, que son, en opinión de muchos, el medio más agradable para conocer esa atmósfera tonificante [...] La obra de Hawthorne tiene todo el sabor de su tierra: su aroma remite al sistema social en el que existe.”

Espléndidamente editada por Pre-Textos en su colección Narrativa Clásicos, con una estupenda traducción de Justo Navarro, llega hoy a las librerías.


22 septiembre 2020

La visión científica de Goethe




“Trabajar con las sugerencias prácticas de Goethe me llevó a una comprensión de su enfoque científico que no sólo era más vívida que lo que podía leer en los registros académicos estándares, sino también diferente en cierto modo. Por ejemplo, al poner en práctica el método de Goethe para ver y visualizar plantas, llegué a experimentar la forma en que ello ponía al descubierto al individuo y a la multitud («el uno y los muchos»). Más adelante descubrí que empleando el mismo método podía compartir esta percepción con los estudiantes, y que así podíamos empezar a comprender de una forma radicalmente nueva el todo y las partes, el individuo y la multitud, lo universal y lo particular. No habría podido experimentar esta transformación en mi método cognitivo si me hubiera limitado a leer a Goethe de una manera intelectual. Lo que para el intelecto es sólo abstracción se convierte en una experiencia viva cuando se aplica el método goethiano de ver y visualizar. Actuar así nos permite percibir una dimensión de la naturaleza de un tipo diferente. No es una exageración afirmar que pone patas arriba nuestra forma habitual de pensar, y he intentado escribir este libro de manera que permita a los lectores experimentarlo por sí mismos”, explica Henri Bortoft en el Prefacio de La naturaleza como totalidad. La visión científica de Goethe, que publica Atalanta con traducción de Antonio Rivas.

Complemento del reciente La metamorfosis de las plantas, publicado en esta misma editorial, este volumen reúne un conjunto de ensayos escritos entre 1986 y 1996 en los que Bortoft reivindica la visión científica de Goethe, menos conocido en esta vertiente que en la literaria. 

Las plantas, la morfología animal, el color, el clima y la geología fueron objeto de de la atención del Goethe científico quien, lejos de ser un diletante, dedicó muchas horas de estudio sistemático y de observación prolongada a los fenómenos de la vida orgánica especialmente a la vegetal. 

Esa, la vida orgánica, era el límite del conocimiento para Kant, y fue uno de los objetivos del pensamiento científico goethiano, la base de su concepción de la naturaleza no como una realidad estática, sino como un proceso en continua transformación.

De ahí surgió su visión dinámica de los procesos naturales en su integridad, una visión integral  que se apoya en la experiencia sensorial de la metamorfosis y en la relación entre el todo y las partes. 
 
Así resume Bortfot esa aportación de Goethe a la historia del pensamiento científico:

En la actualidad reparamos en que la naturaleza se puede manifestar de más de una forma, sin necesidad de ponernos a discutir si una forma es más fundamental que otra. De modo que existe la posibilidad de que pueda haber una ciencia de la naturaleza diferente, que no contradiga sino que complemente la corriente científica principal. Ambas pueden ser ciertas, no porque la verdad sea relativa sino porque revelan la naturaleza de formas diferentes. Así pues, mientras que la corriente científica principal nos permite descubrir el orden causal de la naturaleza, el enfoque goethiano de la ciencia nos permite descubrir la totalidad. Sugiero que esta ciencia de la naturaleza como totalidad es un enfoque actualmente muy necesario, en vista de las limitaciones en la perspectiva de la corriente científica principal, limitaciones que hoy en día se han vuelto muy evidentes.

21 septiembre 2020

Una nueva traducción de La tierra baldía

 


“He tratado de conjurar el gran peligro sobre el que advertía el poeta norteamericano Robert Frost cuando dijo que poesía es justamente lo que se pierde en las traducciones”, explica Luis Sanz Irles a propósito de su magnífica traducción de La tierra baldía que publica Olé libros en una cuidada edición bilingüe.

Una nueva traducción del que es sin duda uno de los poemas imprescindibles del siglo XX, el mayor poema del siglo para algunos críticos, que comienza con estos versos memorables en la versión de Sanz Irles:

Abril es el más cruel: preña
de lilas los campos muertos, mezcla
recuerdos y deseos, agita
las embotadas raíces con sus lluvias.

Algo más de dos años ha empleado en su labor de traducir el poema eliotiano, que define como “un formidable artefacto sonoro” en la nota introductoria:

“Dos años de fatiga y gozo, enzarzado en los dos textos, el de Eliot y el mío, y en cada uno de sus ingredientes: alusiones, imágenes, metros, palabras, sonidos.” Dos años en los que completó “la audacia de proponer otra traducción al español de un poema que ya tiene una veintena.” Una audacia que justifica en una razón fundamental: “la verdadera impulsora de mi trabajo, a saber: la sensación, invencible a lo largo de los años, de que cada día una versión española que prestara más oídos a lo que para mí es un principalísimo elemento del poema, su verdadero principio activo, y que he explicado en ocasiones diciendo: «Antes que cualquier otra cosa, La tierra baldía es un formidable artefacto sonoro».
Su sonoridad, insólita, grandiosa y abigarrada en su variedad, fue lo primero que me impactó del poema -y de qué manera-, y son esa sonoridad, esa trabajadísima prosodia y esas fulgurantes y a veces inesperadas rimas las que explican su poderoso influjo en la mayoría de los lectores, aunque no todos sean cabalmente conscientes de ello.”

Abre el volumen un prólogo -Un río subterráneo- en el que Ernesto Fernández Busto analiza la estructura y el sentido de La tierra baldía para concluir que “el poeta moderno es, parece decirnos Eliot, un zahorí y de todas esas energías e impulsos, el único ser capaz de devolverle la fecundidad al mundo en decadencia.”

Completa esta espléndida edición un epílogo -La crueldad de abril- en el que José Antonio Montano elogia así esta nueva versión del poema:
 
“La traducción de La tierra baldía de Sanz Irles es la mejor que he leído. Traslada efectiva y elegantemente la sonoridad de Eliot, y hace gala de algo que no suele tenerse en cuenta pero que es sustancial en literatura (y más aún en poesía): la sensibilidad semántica. Una virtud que no siempre tienen los traductores ni (¡ay!) los autores. Sanz Irles se aproxima a la precisión evocadora de Eliot y propicia, cuando ha de hacerlo, su aire oracular. Consigue formulaciones memorables en español, equivalentes a las inglesas, que son la recompensa inmediata del lector de este poema complicado. Gracias a ellas podrá tener la experiencia -o al menos una experiencia- de La tierra baldía.”
 




20 septiembre 2020

Vida y época de Bécquer



Esta biografía no sólo pretende recopilar toda la información disponible sobre la vida de Bécquer, sino hacerlo de manera que el lector conozca las fuentes de información y pueda, si así lo desea, acceder a ellas de manera autónoma, rápida y eficiente. El problema ya no es, por tanto, el acceso a la información, sino la capacidad de discriminarla, seleccionarla e interpretarla dentro un relato coherente y con sentido, siempre desde un punto de vista que aspira a la mayor objetividad posible.

En el caso de la biografía de Gustavo Adolfo Bécquer, nuestra aportación es heredera de las biografías más desmitificadoras y solventes, la de Rica Brown (1963) y la de Robert Pageard (1990). La profesora inglesa, ya en 1941, acuñó el concepto de «la leyenda de Bécquer», concepto fecundo, que guio su magnífica biografía. Parecida orientación siguió el hispanista francés, que significativamente tituló la suya “Bécquer. Leyenda y realidad.” Esta fuerte tensión entre mito y verdad ha provocado graves intentos de apropiación indebida de su biografía y de su obra de los que todavía quedan muchas secuelas. 

En esos dos párrafos explica Joan Estruch Tobella el sentido de su Bécquer. Vida y época, que publica Cátedra en su magnífica colección Biografías.

Del peligro de esas apropiaciones indebidas fue quizá consciente el propio Bécquer, como se deduce de estas palabras del biógrafo al evocar la fama de su poesía:

Doce años después de su muerte, en 1882, Bécquer ya era considerado «el poeta más citado, y tal vez uno de los que tiene más imitadores». Pero era una fama basada en lo que él mismo, con asombrosa clarividencia, había calificado de «sentimentalismo  casero».

Editor en Cátedra Avrea de las Obras Completas de Bécquer, Joan Estruch es quizá el más prestigioso especialista en la obra del posromántico y aborda ahora en esta amplia biografía la difícil peripecia vital de Bécquer y la intrahistoria de su escritura, sus problemas familiares y económicos, su consolidación como escritor y periodista parlamentario al servicio del moderantismo, las amistades y rivalidades personales, políticas y literarias o el proceso de edición póstuma de las Rimas a partir del manuscrito del Libro de los gorriones y de su abundante obra en prosa, de las Cartas desde mi celda a las Leyendas.

Concebido como un ensayo que “aspira a ser una «obra abierta», que acepta que nunca estará completa y cerrada, porque siempre se producirán nuevas lecturas, nuevas perspectivas, nuevas investigaciones”, esta rigurosa y documentada biografía tiene siempre como horizonte el propósito de iluminar la obra de Bécquer. Así lo resume en su Presentación Joan Estruch:

Pero ahora lo más importante es leer, releer a Bécquer, un autor de rica complejidad que, como los grandes clásicos, se sitúa en su época, pero la trasciende. Bécquer en su época, y más allá.

19 septiembre 2020

Galdós en Madrid


Galdós salvaba del veneno a las criaturas, como Velázquez salvaba del veneno a los colores. Y ahí están, en Madrid. De aquí también que el lugar elegido por él para sus más entrañables criaturas fuera este Madrid, ¡oh, Señor!, con vocación sacrificial, en ese su inabarcable darse en la luz y en la sangre. No se sabe por qué, o tal vez sí, algo sabía Galdós acerca de su misterio, que se sabe y no se sabe, como sucede con los misterios de verdad, y por ello inacabables misterios, donde no caben los dogmas ni las definiciones, desnudas matemáticas. Había que pasar por Madrid, o venir a él irresistiblemente. Así, entre tantos, don Miguel de Unamuno, tan afincado en su Salamanca; pero también el «cateto», el cursi, el apocado, dejaban de serlo si pasaban por tan singular ciudad, donde todo cobraba un sello nuevo, donde se da la preciosa conjunción de su luz, su aire y sus fuentes esenciales, una tierra, un lugar de horizontes, donde se da ese no sé qué trascendiendo, porque lo que sucede en Madrid trasciende.

María Zambrano. 
Galdós en Madrid. 
En La España de Galdós
Alianza Editorial. Madrid, 2011.