27 noviembre 2021

Juan Peña. Yacimiento

 


Esta tierra cocida
y este metal fundido
volvieron a la luz,
la misma luz que viera
esta tierra cocida
y este metal fundido.

De ese poema, Yacimiento, toma su título el último libro de Juan Peña, que publica La Isla de Siltolá.

En la depuración verbal de sus textos y en su consiguiente concentración expresiva radica la intensidad poética de un libro en el que el poeta mira hacia lo hondo de la realidad y hacia el fondo de sí mismo para que, como en ese poema, el pasado vuelva a la luz del presente iluminado por la memoria y la celebración.

Celebración del presente y recuperación del pasado a través de símbolos como el barro, la materia elemental, lo terrestre, la profundidad oscura de donde surgen los frutos y los restos arqueológicos del pasado, como la lucerna que ilumina en la sombra, igual que la memoria recupera lo perdido.

Los poemas establecen así un sistema de correspondencias simbólicas con la persistencia de la arcilla y el bronce, con la vida frágil del animal y la planta, el fruto, con la presencia celebrada del objeto y la carne, de las piedras y el árbol, del viento y de la luz, clave en este Yacimiento. 

Este ‘Hombre’ es un ejemplo significativo de esas constantes simbólicas:

Una gota de luz en la lucerna, 
temblando a la intemperie, 
como temblamos todos 
de no saber, de frío, de temer. 

Una gota de luz 
en mi cuerpo de barro. 

La madurez personal y poética de Juan Peña se proyecta de ese modo en una escritura caracterizada por una doble contención, expresiva y emocional, y por una huida doble, del patetismo y la verbosidad.

Y por una actitud vitalista ante lo que aún dura y resiste, de aceptación serena del paso tiempo, como en estos dos poemas, que resumen el tono, los temas y el estilo del libro:

DON DE LA VEJEZ

Era hermoso su cuerpo.
Y la luz de su carne y su tersura
se apagaba y quebraba
lentamente,
al ritmo de las noches y los días.

Vidas que no se rompen
por un azar infausto,
que se agostan y mueren
por las leyes del tiempo.

Bendita sequedad,
que es dictado del tiempo.
Bendita esta fealdad
de asperezas y arrugas,
este triunfo que iguala a la belleza.


APRENDIZAJE 

He aprendido a morir.
Nada me quitará la muerte
que no me haya quitado
tantas veces la vida.

 

26 noviembre 2021

Ho visto ardere la vita, ya en librerías









 Con mi agradecimiento a Marcela Filippi por su edición y sus traducciones, a Luis Alberto de Cuenca por el prólogo y a Talos Edizioni, que inaugura con este título una nueva colección de poesía.

25 noviembre 2021

Breve historia del cine

 

 










Es la portada y algunas imágenes de la espléndida Guía FilmAffinity. Breve historia del cine, que publica Nórdica en un volumen impecable que responde a un proyecto de Pablo Kurt y Daniel Nicolás.

 Con edición de Daniel Andreas y Miguel Verdú y textos de Daniel Andreas, Gorka Bilbao, Ernesto del Río, Luis Eguiraun, Albert Elduque, Andrea Franco, Jorge Oter y Miguel Verdú, es el resultado de un proyecto que -reconocen los autores en la Introducción- puede sorprender por su utilización del formato tradicional del libro, pero que justifican con estas palabras:

“Los creadores de la página web buscábamos un relato que sirviera de marco a nuestra extensa base de datos de películas, explicara una forma artística en continua evolución y enseñara a mirar con perspectiva. Es cierto que en Internet no faltan páginas dedicadas al cine. Sin embargo, frente a la dispersión y heterogeneidad que caracterizan a la Red, nuestro objetivo era ofrecer una verdadera guía: una narración explicativa y coherente que ayudara al usuario curioso a contextualizar y profundizar en el fascinante mundo del cine, y con ello a formar su criterio. Así nació el encargo de esta Guía FilmAffinity, originalmente pensada solo para su consulta online. […] La exigente misión se encomendó a ocho expertos y profesionales en la materia, bajo la dirección editorial de dos personas cuyos profundos conocimientos sobre cine, y talento a la hora de ponerlos en palabras, las hacían idóneas para la tarea.”

Con un amplísimo despliegue gráfico de fotogramas y cartelería, esta obra es más que una simple guía: es una historia del cine que abarca más de un siglo a través de casi ochocientas películas, desde el nacimiento del cine en 1895, con La salida de los obreros de una fábrica hasta Parásitos, de 2019, en la era digital del siglo XXI: el cine revolucionario soviético, el expresionismo alemán, el cine clásico estadounidense, el neorrealismo, la Nouvelle Vague, las emergencias de otros cinematografías como la asiática, la latinoamericana o lo africana, el cine de autor, el viejo y el nuevo Hollywood en el cine de finales del siglo XX, en diecinueve capítulos organizados siempre en tres secciones: películas esenciales, películas relevantes y otras películas de interés.

A esos diecinueve capítulos se les ha añadido un apéndice con otras sesenta y seis películas importantes, que no están en los capítulos previos, pero cuya relevancia hace imprescindible su presencia en este libro: El tercer hombre, El séptimo sello, Bienvenido Mr. Marshall, La dolce vita, Plácido, Campanadas a medianoche, Barry Lyndon, Una noche en la ópera, La ventana indiscreta, El apartamento, Amarcord o Cadena perpetua.

“En total -explican los autores- se incluyen setecientas reseñas que recogen setecientas noventa y tres películas de todas las épocas, cincuenta y ocho países y cuatrocientos directores.
Conviene señalar que con ello no se pretende establecer un canon de «las mejores películas de la historia del cine», sino proporcionar una panorámica razonablemente amplia y detallada de esa historia. Las películas que figuran en la guía han sido elegidas por su valor o calidad intrínsecos -si es que algo así existe-, pero también por su importancia en un momento dado -aunque no hayan envejecido bien- o por su carácter pionero o icónico.”

El conjunto ofrece un relato de la evolución del séptimo arte desde el punto de vista estético, técnico y temático, en una evolución vertiginosa, porque, a diferencia de otras artes, surge en un momento que le permite asumir el bagaje cultural previo y aprovechar los avances de la técnica, la literatura, la música, la pintura o la fotografía.
   
“Cada frase de este libro está escrita expresamente para este proyecto, en el que las reseñas de las películas dialogan con los textos introductorios de cada capítulo, donde además del cine se aborda la historia y los diferentes hechos que contextualizaron todo el devenir social, político y cultural del siglo XX y comienzos del XXI para entender el mundo y sus cambios, y su influencia en la cinematografía como medio de expresión artística.”

Esa evolución tan rápida responde a la aceleración histórica que se ha producido en el último siglo, a la necesidad de reflejar el contexto social, político, ideológico, artístico o cultural de cada momento y cada país. Y todos esos enfoques coexisten en las páginas de este libro imprescindible para los cinéfilos.



24 noviembre 2021

Poesía completa de María Victoria Atencia




LAGUNA DE FUENTEPIEDRA

Llegué cuando una luz muriente declinaba.
Emprendieron el vuelo los flamencos dejando
el lugar en su roja belleza insostenible.
Luego expuse mi cuerpo al aire. Descendía
hasta la orilla un suelo de dragones dormidos
entre plantas que crecen por mi recuerdo sólo.

Levanté con los dedos el cristal de las aguas,
contemplé su silencio y me adentré en mí misma.

                        
Ese espléndido poema, perteneciente a Compás binario, un libro central de María Victoria Atencia  (Málaga, 1931) forma parte de la magnífica edición de su poesía completa que ha preparado Rocío Badía Fumaz en Cátedra Letras Hispánicas. Se ha elegido como viñeta de portada el dibujo que hizo la autora para la cubierta de Primavera en la frente, un libro de su marido, el poeta e impresor Rafael León, que se publicó en 1956.

María Victoria Atencia es autora de una de las obras poéticas más altas y delicadas de los últimos cincuenta años. Próxima en sus orígenes a la revista Caracola y perteneciente por edad al grupo del cincuenta, la segunda generación de posguerra, su obra no fue, sin embargo, suficientemente conocida hasta bien entrados los años ochenta, cuando su sensibilidad y su escritura la convierten en un descubrimiento para la generación novísima.

Cañada de los ingleses, Marta & María, Compás binario, De la llama en que arde, La pared contigua o Las contemplaciones son títulos que jalonan una obra poética marcada por la elegancia, la armonía y la serenidad (“María Victoria serenísima” la llamó Jorge Guillén) y por un ejercicio constante de contemplación estética, de interiorización de la realidad y de búsqueda de transcendencia.

Una obra de intensa vibración emocional y de palabra depurada y contenida, de la que escribió María Zambrano: “La perfección, sin historia, sin angustia, sin sombra de duda, es el ámbito -no ya el signo, sino el ámbito- de toda la poesía que yo conozco de María Victoria Atencia.”

Sus poemas, la mayoría breves, como instantes detenidos en la levedad de la expresión, son una forma de indagación autobiográfica, de exploración de la identidad, de conocimiento de la esencialidad del ser. Forman parte de un itinerario poético singular dentro de la poesía española contemporánea, de una trayectoria marcada por su exigencia, por un continuo proceso de depuración formal y espiritual y por su voluntario distanciamiento de los usos y los gustos más comunes de su contexto literario.

“Todo tiene el misterio de una luz imprevista”, escribió en un poema de Marta&María. Y de ese verso procede el título elegido para reunir toda su poesía desde 1961 en que apareció su primer libro, Arte y parte, hasta El umbral, de 2011. En su amplio estudio introductorio, Rocío Badía hace un luminoso recorrido por la trayectoria de María Victoria Atencia, desde el surgimiento de su peculiar mirada poética hasta las etapas de su obra presencia de algunas constantes poéticas como “su perfección formal, con tendencia a la brevedad, al uso del verso blanco alejandrino, sobre todo, y a la preferencia por la rima asomante, cuando la hay. La perfección métrica y rítmica ha sido especialmente elogiada por Antonio Carvajal, pero toda la crítica ha destacado su tersura, su concisión, su equilibrio, su serenidad.”

Poesía reflexiva y sensorial que comparte con el pájaro y el árbol su doble vocación de luz y altura, encauza sus imágenes en el ritmo sereno de sus versos y en una honda conciencia de la temporalidad y la belleza del mundo: “El pájaro, su vuelo -ha precisado- soy yo misma desde mi propia infancia. Mi infancia, mi adolescencia, mi madurez, mi edad actual, y no sólo su recuerdo, me acompañan de continuo.”

La elegancia, la sutil levedad y la armonía de su palabra son el resultado de un ejercicio constante de hondura meditativa, de delicadeza en la contemplación estética y de fusión con una realidad más alta a través de la mirada sutil a la naturaleza o de la experiencia amorosa. Una mirada que aúna serenidad y densidad, claridad y misterio como en Las palomas, de El umbral:

Descansaba yo en paz, alta la tarde,
y estaba el cielo en paz y tú venías,
Y estaba recogiéndose el arrullo
de unas palomas frente a mi baranda,
quietas de otro quehacer que un suave compartirse,
y era todo un sosiego ya atenuada a la luz,
mientras yo me iba haciendo a la caricia
con que sueles venirme, alta la tarde.

En palabras de Rocío Badía, “esta edición de la poesía completa de María Victoria Atencia reúne seis décadas de actividad poética ininterrumpida.[…] Se trata de la edición definitiva de su obra, supervisada por ella misma, con la que se da por cerrado su corpus poético.”

Un corpus poético del que dan cuenta estos dos significativos poemas. El primero es de La pared contigua:

LA MARCHA

Éramos gentes hechas al don de mansedumbre
y a la vaga memoria de un camino a algún sitio.
Y nadie dio la orden. -Quién sabría su instante.-
Pero todos, a un tiempo y en silencio, dejamos
el cobijo usual, el encendido fuego que al fin se extinguiría,
las herramientas dóciles al uso por las manos,
el cereal crecido, las palabras a medio, el agua derramándose.
No hubo señal alguna. Nos pusimos en pie.
No volvimos el rostro. Emprendimos la marcha.

Este otro, Razón del vuelo, es uno de los inéditos que incorporó a su antología Las iluminaciones:

 Y estabas y no estabas y seguías
siendo tú mi carencia o yo tu olvido
en aquel hueco azul interminable por el que una bandada
de herrerillos rayaba su alborozo
tan ajeno a que fueses su causa y el motivo
de un ruidoso traslado sin más razón que el vuelo,
que el propio vuelo que los sostenía
—casi al alcance de mis manos—
en el azul aquel interminable.                                

Con buen criterio, se ha prescindido de las perturbadoras notas a pie de página  y se han colocado al final de esta magnífica edición, que se cierra con dos útiles índices de poemas, uno general, que los reúne en torno a cada libro, y otro alfabético.





23 noviembre 2021

El toque Lubitsch y otros roces

Con un daiquirí de Ruberman, la primera maravilla del mundo moderno, observarás cómo los Ford, los Chevy, los Buick, los Pontiac, todos del 56 ––el mejor año para los coches––, y los teléfonos de los años veinte, que todavía abundan, con horquilla, los mismos de Eliot Ness y sus Intocables, las motos con sidecar, incluso los televisores rusos del deshielo, hacen sociología de la buena, mientras una música de almíbar que llega de Marianao, directamente desde Tropicana, te cuenta al oído que estás en el Paraíso Perdido. Justo en ese momento, ¡buuumm!, suena el cañonazo del Morro. Son las nueve. Has fondeado. ¿Dónde? No lo sé. Pero has atracado, has echado el ancla. Y no te quieres ir. En tu cara solo hay una ligera huella de pérdida. Entonces, mirando la paleta de morados, lilas, ocres y cadmios de las casas a medio desmoronarse del Malecón, te tomas otro daiquirí ––el único cóctel con ideas–– y, qué diablos, la santería de san Lázaro estalla en tu cerebro, que busca en el monte amparo.
Y brota hierbabuena de tu cuerpo.


Así termina Daiquirí, un texto de 1996 que es ahora el capítulo inicial de El toque Lubitsch y otros roces, de José Luis Garci, que aparece en Reino de Cordelia en una edición magníficamente ilustrada con abundantes ilustraciones fotográficas, carteles de películas y fotogramas tan espectaculares como el que acompaña estas páginas, la escena de la partida de cartas de Dr. Mabuse, que dirigió Fritz Lang en 1922.

Ese es el primero de un conjunto de ocho textos escritos a lo largo de un cuarto de siglo, hasta el que cierra el volumen, Screen Wars (La guerra de las pantallas), que es de este mismo año.

Lo presenta un prólogo ('El toque Garci') en el que Noemí Guillermo, filóloga autora de un libro sobre Mabuse, avisa de que “no estamos, como digo, ante un libro pelmazo, de los que tanto abundan, ni de esos con notas en la parte final o llamadas a pie de página. Tampoco con listado bibliográfico, porque su autor, a diferencia del resto del mundo, busca la información en su prodigiosa memoria, que lo emparenta con Funes y llega a ser insultante para el común de los mortales. Es, más bien, un libro comunicativo, alegre y dicharachero como Gustavo, el reportero de Barrio Sésamo, en el que Garci derrama su ingente conocimiento cinematográfico, artístico y literario de forma ligera y sin pretensiones.
 Por las páginas que siguen a este prólogo descubrirá el lector los verdaderos motivos por los que millones de estadounidenses creyeron que los marcianos habían desembarcado en Kansas City; quién es ese hijo de Lang que presagia a Hitler e influye de forma inequívoca en el resto de archivillanos del cine; dónde y a partir de qué fuentes nace la trilogía de El crack o qué diablos es eso del famoso «toque Lubitsch». Encontrará, además, una peculiar teoría de la evolución, las referencias cinematográficas que habitan en la obra pictórica de Eduardo Úrculo, así como un texto delicioso sobre una dama algo entrada en carnes, obnubilada por el ansia de reencontrarse con su fogoso amante, por el que, lo reconozco, siento especial debilidad (¿quién no se ha vuelto tonto de amor alguna vez?), y que se incluyó dentro de un volumen editado por el Museo del Prado titulado Vidas imaginarias.”

La evocación de Hemingway en el Floridita de la Habana en diciembre de 1954; un Eduardo Úrculo que “finalmente se ha hecho cine y, por tanto, pinta a 24 emociones por segundo” y que ilumina con su pintura Manhattan “como nadie antes lo había hecho: con el color de nuestras ilusiones”; la voz de Orson Welles, “tan importante como su obra”; Fritz Lang, “uno de los grandes creadores que nos ha regalado el cine”, y su Trilogía Mabuse, “el país del Mal” del que proceden muchos de los malvados y psicópatas del cine y el cómic; un recorrido por la memoria de la Gran Vía madrileña, la calle de los cines, son algunos de los textos de este libro que toma su título de uno de los artículos, que asume a su vez el de un brillante libro de Herman Weinger sobre el director berlinés, un artista que modificó la forma de escribir guiones y dirigir películas con su capacidad de sugerencia y elipsis y sus sorprendentes giros argumentales:

“Es muy difícil -escribe Garci- definir qué rayos es el ‘toque Lubitsch, porque es algo inaccesible, invisible; es un olor, un perfume que inunda toda la película. El auténtico cine con olor es el de Lubitsch, no aquel Odorama de los años cincuenta. Es imposible explicar lo que no se puede. Es eso, el basurero veneciano que recoge la basura mientras canta románticas serenatas desde su góndola.”

Cierra el volumen un texto reciente sobre la evolución de los espacios y las pantallas y de cine: desde las grandes catedrales cinematográficas y sus pantallas de tela a las pantallas de cristal de la televisión y de ahí a las pantallas táctiles de los dispositivos digitales actuales.

El conjunto traza una historia personal del cine que cumple el objetivo que Garci fijaba al comienzo del libro:

Me conformaría con que estos párrafos se parezcan un poco a la pintura pop, a la tele y a la radio, es decir, que sean variados, como la lucha libre, igual de divertida, alegre, ingenua y luminosa, llena de colores estimulantes en los batines de los luchadores y en los tintes de las cabelleras de las campeonas. Ojalá que mis reflexiones no hayan envejecido demasiado y, por el contrario, recuerden aquello que comentaban Epicuro y sus amigos, filósofos ilustres, en los night clubs de Atenas: que no deberíamos tomarnos muy en serio, ni a nosotros ni a lo que hacemos.





22 noviembre 2021

Chaves Nogales. Andar y contar



 “Tal vez, algún día, alguien se decida a novelar la vida de Chaves Nogales, de la que no todo está dicho. No faltaron en ella episodios del mayor interés. En mi caso ha supuesto un gran atrevimiento intentar hacer una biografía, profesional, ante todo, de quien ha sido considerado por su Belmonte el mejor biógrafo del siglo XX español. Por eso este libro es, simplemente, una exposición de los datos de su vida profesional que he logrado ir reuniendo en muchos años de búsqueda”, escribe María Isabel Cintas Guillén en el prólogo de su monumental biografía Manuel Chaves Nogales. Andar y contar, que publica la editorial Confluencias en dos amplios volúmenes.

Es la versión ampliada y actualizada de la obra con la que obtuvo en 2011 el premio Antonio Domínguez Ortiz de biografías Maria Isabel Cintas, seguramente la mayor especialista en Chaves Nogales, a cuya figura ha dedicado más de treinta años en los que ha publicado su obra completa en cinco tomos que recogen su obra narrativa y periodística.

“Había algo en Chaves Nogales -escribe en el prólogo- que me atrapó desde el primer momento. Quizá era su pasión por la profesión, su entrega a la búsqueda de la noticia, su desapego de cualquier cosa que se interpusiera en el camino hacia su plena consecución. […] La pasión por el relato de la noticia se interponía entre él y el mundo: su familia no sabía dónde andaba cuando salía a cumplir con el oficio, y los retos de la distancia, la lejanía o las dificultades de aquellos arriesgados trabajos eran nimiedades ante el reto de cumplir la información.”

Publicada en dos tomos y organizada cronológicamente en cuatro partes, cada una de las cuales se cierra con un nutrido álbum fotográfico, la obra aborda los años de formación de Chaves Nogales, la continuidad con la labor de su padre, Manuel Chaves Rey, que fue redactor de El Liberal de Sevilla; la consolidación en el Madrid de los años veinte con su trabajo periodístico en el Heraldo de Madrid, o la composición de cuentos como alternativa a la censura de prensa primorriverista. Desde ese momento hay una evidente conexión entre periodismo y literatura en Chaves Nogales.

Esos relatos que aparecieron en el Heraldo se recogieron en 1924 en el libro Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos. En esos años publicó otros dos libros que recogían sus reportajes de prensa: La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja y Lo que ha quedado del imperio de los zares, donde denunció la naturaleza totalitaria del régimen soviético.

Este último reúne los reportajes con los que inició su colaboración en el nuevo diario Ahora, que se fundó en diciembre de 1930 y al que se incorporó muy pronto por iniciativa de su propietario Luis Montiel, dueño también de la revista Estampa, en donde aparecerían en 1934 y 1935 por entregas dos de sus obras periodísticas de referencia: El maestro Juan Martínez que estaba allí, una nueva denuncia de la tiranía comunista, y Juan Belmonte, matador de toros, que se editaron poco después en forma de libro.

Es también la época de excelentes reportajes de prensa sobre la revolución de Asturias o sobre la romería del Rocío, que tituló ‘Andalucía roja y la Blanca Paloma’ y apareció poco antes de la guerra civil.

De la experiencia de la guerra civil, ya como director de Ahora, surgieron las crónicas periodísticas de Los secretos de la defensa de Madrid y los relatos de A sangre y fuego. Y ya en el exilio, en París escribió La agonía de Francia y de allí salió hacia Londres, donde dirigió la agencia Atlantic Pacific Press, colaboró en la BBC y murió en 1944, a los 46 años, tras una operación de peritonitis.

Los dos tomos de Manuel Chaves Nogales. Andar y contar van  mucho más allá de los límites de la mera biografía y son un estudio riguroso y pormenorizado de la obra periodística y narrativa del escritor a quien María Isabel Cintas define como “periodista, liberal, republicano, pequeño burgués y masón.”

Esos son los adjetivos que figuran también al frente del Epílogo, en el que la autora destaca de las maneras periodísticas de Chaves Nogales “su querencia al texto bien escrito, a la corrección y sencillez en el lenguaje y a la esencia pedagógica, rasgos que son la marca de sus trabajos”, resalta el naufragio de sus ideas liberales y centristas en la dictadura de Primo, en la guerra civil y en su exilio, donde escribe La agonía de Francia, en la que se leen estas líneas:
 
En el fondo de esta espantosa lucha de nuestro tiempo y a pesar de las fuerzas demoníacas que se ponen en juego, no hay más que una verdad. Hasta ahora no se ha descubierto una fórmula de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de una asamblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia. Es decir, el liberalismo, la democracia.

Una definición que se completa con el autorretrato que incluye en el prólogo de A sangre y fuego, compuesto ya cuando estaba refugiado en París: “Yo era eso que los sociólogos llaman ‘pequeño burgués liberal’, ciudadano de una república democrática y parlamentaria.”

Periodista de oficio y dueño de una de las prosas más fluidas y limpias de su época, Chaves Nogales poseía además una inusual capacidad de observación y un talento narrativo que le permitía conocer la importancia del punto de vista. Y así en El maestro Juan Martínez y en Juan Belmonte intuyó que la superposición del biógrafo y el biografiado en una sola voz serían la clave de su eficacia, mientras que en A sangre y fuego, sin embargo, se impone a sí mismo la perspectiva distanciada y se sitúa “en un segundo plano, el que le gustaba: cerca, pero no encima”, como señaló Andrés Trapiello.

Esa doble condición de narrador y periodista que articula su obra la destaca María Isabel Cintas en su Epílogo: “Ambas facetas se imbrican, se enredan, a lo largo de su vida periodística, a lo largo de su producción periodística, como las dos caras imprescindibles e inseparables de una misma moneda. En un principio, la escritura fue la preparación para el gran trabajo, el trabajo vital, el trabajo de informador. Pero los recursos de la escritura, de la literatura, estuvieron siempre presentes en sus escritos, sin que podamos establecer una línea de separación tajante entre uno y otro menester. […] De ahí quizá el éxito actual de Chaves, cuando ya no nos alcanza de pleno el fragor de los acontecimientos que recoge.”


 



21 noviembre 2021

Islas en bajamar en Galileo



 Con mi agradecimiento a Ángel Guevara, que me envió este vídeo con un fragmento de Islas en bajamar en el concierto de Pablo Guerrero en la Sala Galileo. 



20 noviembre 2021

En donde resistimos




Como el que escribe y oye
caer el agua anónima, serena,
sobre los agotados campos,
y escucha su bondad, y al percibir
el ritmo y el instante
de la lluvia abandona
el lápiz que sostiene, sus papeles aparta
y ajeno a la escritura en donde residía
acude a contemplar
cómo la tierra empapa y oscurece,
y atreve una palabra
pequeña por sus labios,
y dice gracias
porque sabe que en este
soplo de vida,
en esta sencillez que nada pide,
habita la humildad de la belleza.

 
Ese texto funciona como prólogo de En donde resistimos, el libro con el que Francisco Caro obtuvo el Premio Valencia de Poesía.

Conviven en sus poemas de tono conversacional, de línea clara coherente con su cercanía afectiva y su voz confidente, el impulso meditativo y la mirada reflexiva y  elegíaca sobre el paso del tiempo. Una mirada que no se queda en la melancolía y se convierte en elogio del instante, retenido y conservado en la palabra madura y honda que oficia la celebración del aquí y el ahora, matizada en la aceptación serena de lo efímero.

Así en el final del poema dedicado a la encina enferma de El Viso:

agota la hermosura
con que viviste,
me atrevo a hablarle, hembra fuiste y amada,
fuiste frutos y huella,
todo debe acabar, todo debe acabar,
¿sólo hay olvido?


Sus dos partes, significativamente tituladas Conversaciones y Días, mantienen una conversación del yo poético con el tú de la amada o consigo mismo. Diálogos de interior, de reflexión sobre la existencia o sobre la escritura, o de exteriores evocados en los paisajes sobre los que se proyectan los estados de ánimo.

En este Allí, donde la nieve se resumen gran parte de los temas y la tonalidad de los poemas del libro:

A la mitad de marzo,
del cuaderno
que mi mano escribía,
me nació preguntarte
sobre qué significa
-mientras muere la gente-
seguir con las palabras

construir un poema, respondiste,
es trazar un camino
y que por él transiten
la verdad intranquila,
fragmentos de la vida y de la muerte,
un mundo acostumbrado
que se enfrenta
a un mundo sin costumbre

es vagar en sospecha, un camino
donde queden abiertos
-siempre y a todos-
los dos puntos de fuga.


Y a modo de epílogo, el temblor emocionado de una despedida, un espléndido poema sobre Dos cómicos, un desolado cuadro de Hopper sobre dos payasos que se retiran del escenario del gran teatro del mundo con “el júbilo triste / que produce la última función”:

míralos, mira
cómo tiembla su sueño,
vivir no es sólo, ya lo saben,
contemplar cómo el tiempo palidece
 
han unido sus manos, se sostienen,
son dos
payasos,
cómicos sin papel, podrían
ser poetas, vienen,
de vivir
              y se aman.








19 noviembre 2021

Flaubert. Cuentos completos

 

En 1877, tres años antes de su muerte y en plena crisis de creatividad tras la mala acogida crítica de Madame Bovary y La educación sentimental, Flaubert publica Tres cuentos, que sería su último libro editado en vida, porque el inacabado Bouvard y Pécuchet aparecería ya póstumo.

Aquellos fueron años negros en la vida de Flaubert, años de luto personal y  depresión, de fracaso literario y de problemas económicos que lo pusieron al borde de la ruina y ocasionaron su retirada de la escritura, antes de un regreso lleno de inseguridad. Con aquellos Tres cuentos, un libro aparentemente menor, obtuvo sin embargo el primer reconocimiento de la crítica.

Un corazón simple, La leyenda de san Julián el Hospitalario y Herodías son los títulos de esos tres relatos que transcurren en tres momentos históricos y en tres espacios muy distintos: entre la realidad contemporánea y la narración histórica, entre el propósito documental y la voluntad simbolista.

Esa doble tendencia la había ido alternando Flaubert en toda su producción novelística, donde había pasado de lo histórico en La tentación de san Antonio a lo contemporáneo en Madame Bovary y de ahí a Salammbô para volver a la realidad contemporánea con La educación sentimental.

De esa alternancia habla Mauro Armiño en el espléndido prólogo con el que abre su traducción de los Cuentos completos de Flaubert que acaba de publicar en Páginas de Espuma para conmemorar el bicentenario de su nacimiento en 1821.

En ese prólogo Mauro Armiño traza un completo recorrido crítico por la trayectoria literaria y vital de Flaubert y por su concepción narrativa, que “se divide de forma alterna entre esos dos mundos: una visión directa de la realidad y la reconstrucción fantástica de personajes míticos o de civilizaciones desaparecidas […] La misma alternancia se opera en su último libro publicado, Tres cuentos, que contiene un relato simbólico iniciado nada más acabar Bovary, ‘La leyenda de San Julián el hospitalario’; otro realista sobre una figura de la vida provinciana, ‘Un corazón simple’, y, por último, una recuperación de la antigüedad oriental y romana: ‘Herodías’.”

Aquel Flaubert “desalentado del mundo y con conciencia de fracaso como persona y como escritor”, en palabras de Mauro Armiño, escribió los tres cuentos entre 1875 y 1877, en año y medio de trabajo intenso y documentación minuciosa y precisa. Fue un trabajo lento que explicaba en una carta a su sobrina a propósito de Un corazón simple: “Ayer trabajé dieciséis horas, hoy todo el día, y por fin esta noche he terminado la primera página.”

Son muy evidentes las correspondencias y los puntos de contacto entre estos tres cuentos y sus novelas anteriores. Un corazón simple, sobre la vida anodina de un personaje irrelevante, la criada Félicité, tiene mucho que ver con Mme. Bovary, incluso en la ambientación provinciana en Normandía; la sangrienta y medieval Leyenda de san Julián el hospitalario remite en algunos aspectos a Las tentaciones de san Antonio y finalmente Herodías, con el esplendor de su mundo antiguo y bíblico en torno a la decapitación del Bautista, no oculta sus deudas con el mundo novelístico de Salammbô.

“Tres mundos, tres épocas -explica Mauro Armiño- que responden al vaivén al que Flaubert somete a toda su obra: un ‘realismo’ al que sucede una invención visionaria de tramas que se sitúan varios centenares o miles de años atrás. Ahí el novelista puede imaginar el mundo tanto de abnegación que le interesa -y también de insensibilidad por parte del entorno de Félicité- como de crudeza, donde las cabezas sanguinolentas de los animales que San Julián mata tienen una analogía con el mundo cruel del tetrarca de Judea.”

Además de la interesante correspondencia sobre Tres cuentos y del Prefacio de 1870 a las Dernières Chansons de Louis Bouilhet, donde resumió su idea de la vida y su concepción del arte narrativo, esta monumental edición de los relatos flaubertianos recoge sus diecisiete cuentos póstumos, obras de juventud como Matteo Falcone o Dos ataúdes para un proscrito, La novia y la tumba, La peste en Florencia o Bibliomanía, el primer texto propio que Flaubert vio impreso: tenía quince años cuando apareció este relato en un periódico de Ruán.

Es la primera vez que se reúnen en español esos relatos de juventud, escritos entre los quince y los veinte años. Con un importante fondo autobiográfico, notable en la novela corta Las memorias de un loco, su culminación es Noviembre, que surgió de un episodio de iniciación amorosa que protagonizó Gustave Flaubert en octubre de 1840.  

Con aquella experiencia iniciática Flaubert entraba en la madurez sexual y creativa. Su marca persistente reaparecerá en La educación sentimental, en Mme. Bovary o en Salammbô, pero antes servirá para completar este retrato del artista adolescente, una autobiografía romántica que es también la más acabada de sus obras de aprendizaje juvenil, su primera narración considerable y la última de sus confesiones, con la que daba por clausurada su juventud.

Porque Noviembre es el punto final del Flaubert romántico y autobiográfico y el punto de partida del autor de algunas de las mejores novelas del XIX. Está aquí todavía el autor enamoradizo y soñador de las Memorias de un loco, el que se evade con la imaginación a lugares exóticos y vive obsesionado con la muerte, el que habita más en el pasado de la ensoñación melancólica que en el hastío y el desapego del presente.

Pero hay ya en esta novela corta, a pesar de ciertas persistencias de un espíritu visionario, señales que apuntan en otra dirección, hacia un alejamiento del narcisismo autobiográfico para explorar otras vidas, para practicar análisis y disecciones psicológicas, como llamó Flaubert a estas tentativas, que luego serían fundamentales para la apertura de nuevas vías narrativas, imprescindibles en sus grandes novelas.

La figura de Marie -mitad ángel, mitad demonio, como suele suceder con las figuras femeninas del Romanticismo-, que representa el deseo, la pasión y el arrepentimiento, reaparecerá parcialmente en Emma Bovary, en la Mme. Arnoux de La educación sentimental, y sus rasgos seguirán siendo perceptibles en algunos personajes femeninos de Salammbô o de Bouvard y Pécuchet.

No es ese el único motivo que hace de Noviembre un relato imprescindible para entender la producción posterior de Flaubert. Cierre y apertura de dos momentos en la evolución de su autor, es también una novela de aprendizaje literario, de adiestramiento técnico y no sólo sentimental.

Aunque declaró varias veces su aprecio por Noviembre, Flaubert no la quiso publicar, y hubo que esperar a 1910, treinta años después de su muerte, para una primera edición que permitiera calibrar su importancia como ejercicio estilístico, la tensión de su prosa y –lo que parece más decisivo- los cambios en el punto de vista narrativo, con los que Flaubert empieza a mostrar su creciente capacidad novelística y su esfuerzo para construir personajes desde dentro.

La propuesta final de una nueva voz, la perspectiva de un narrador distante y objetivo, una voz ajena a los dos personajes, es un primer anuncio serio del virtuosismo novelístico de Flaubert. Por eso Noviembre no es sólo la crónica de la transformación sentimental operada por la pasión erótica, es también la primera piedra sobre la que se levantaría el sólido edificio de algunas de las novelas más memorables del Realismo.

Las espléndidas traducciones de Mauro Armiño dan un valor añadido en español a estos relatos juveniles de Flaubert que van prefigurando poco a poco su inconfundible universo narrativo.




18 noviembre 2021

José Carlos Cataño. Diarios, 2010-2018

 
 

 
El barranco está cerca, sus cuevas oscuras, y la luna en su desembocadura.
La sangre es mi luz. La intemperie mi espacio. La asfixia mi respirar. El temblor mis pasos.
Olvida y continúa.

Así termina la entrada con la que José Carlos Cataño cierra el lunes, 31 de diciembre de 2018, El porvenir del horizonte, sus diarios escritos entre 2010 y 2018, que aparecen en la Biblioteca de la memoria de Renacimiento.

Tras Los que cruzan el mar. Diarios 1974-2004 (Pre-Textos, 2004); La próxima vez (2004-2007) Renacimiento, 2014, y La vida figurada (2008-2009) Renacimiento, 2017, el carácter inesperadamente póstumo de esta cuarta entrega de sus diarios -Cataño murió el 8 de agosto de 2019- les otorga un valor añadido de involuntario testamento vital que se superpone al mero ejercicio del dietario.

“Para esto que hacemos -escribe un sábado de mayo de 2013- hay muchas teorías. Unos hablan de literatura del yo; otros de novela en marcha. Hay quien me ha dicho que lo mío no es sino un largo poema en prosa. Otros, que si tiene algún interés será después de que haya muerto. Como hace tiempo que me dejé de teorías […], me ha gustado la idea que coloca  Malaparte al frente de Diario de un extranjero en París: un diario es un relato; un diario es una narración.”

Y en este relato, en esta narración, además de la vida que va y viene y vuelve como los recuerdos, los pájaros y los ciclos estacionales, están la literatura y la palabra, y el paisaje como proyección de los estados de ánimo, porque “la mente […] brilla porque el sol lo hace; se nubla porque el cielo se cubre de nubes.”

Los paisajes callejeros y los cielos urbanos, la angustia y la pérdida, el frío, la lluvia y las sombras pueblan estas páginas en las que también brilla el sol y una luz transparente inunda los azules del mar insular evocado o vivido, entre Barcelona y Canarias.

Páginas llenas de claroscuros, de luces y sombras que atraviesan los sueños y los recuerdos del retraído que contempla los atardeceres y el mar, las nubes y los pájaros -“El sentido de la vida ¿lo adivinan las nubes, los gorriones?”-, los árboles y el viento de los días fugaces:  
 
Esta costumbre de mirar, nada más. Eso somos ahora.
 
Páginas que aspiran a fijar el instante mientras dure, a retener el aquí y el ahora con palabras y con imágenes escritas desde la conciencia del paso del tiempo, desde el espacio perdido y el desarraigo de quien se siente “en tránsito”, extranjero en todas partes en busca de su identidad:

“Tantas vidas vividas, olvidadas y perdidas, traen consigo que un día seas otro. Otro tan distinto de ti, que ni sientes necesidad de abordarlo y reconquistarlo. Como un navío que obedece a una corriente insensata. Amanecerás en playas que nunca te llamaron. Atravesarás el coro de sirenas. Te dejarás en tus propios brazos al cabo del mundo. No serás nada ni ninguno.”

Y más allá de los rostros y las barras de bar o de los paisajes pasados y presentes, vistos o evocados, la constante reflexión sobre la escritura -“No escribo para conocerme. Escribo conmigo y me acompaño a veces”-, las envidias y miserias del mundillo literario: “Pobre diablo. Quiere ser mi enemigo. Como si fuera tan fácil”

Y la escritura “como una forma, lateral o involuntaria, de tomarle el pulso a la memoria” y como ejercicio de resistencia: “Lo heroico es plantar cara, escritura, aun a sabiendas de que serás derrotado por los siglos de los siglos. En esto sí hay un sentido, pese a todo.”

Una escritura que intenta darle dignidad y sentido a la existencia: “Qué cansancio existir. Qué tremendo agotamiento tener que vernos con nuestros contemporáneos. […] Yo lo que quiero es escribir. Por ver si se metamorfosea un poco la vulgaridad de cada día.”

Estos últimos diarios fueron adelgazando a medida que pasaban los años: el de 2010 es con mucho el más extenso, con casi cien páginas. Luego las entradas van siendo cada vez más esporádicas. Sólo cuatro páginas tiene el de 2014, porque, como señala el 14 de junio de 2012, “el día tras día no tiene mayor sentido. Lo tiene una conducta, un lugar (frente al horizonte), y de eso mismo pueden dar cuenta doscientas, doscientas cincuenta páginas o veintiocho.”

Porvenir y horizonte, tiempo y espacio son los ejes de estos diarios y de entradas tan representativas de su prosa, su tono y su contenido como esta del 5 de junio de 2012:

Los pájaros no piensan en el mundo. La brisa se olvida. La muerte viene. Viene el sol a encandilarte. Oye tu corazón. El latido no pasará de este instante. Así sucede cada mañana al despertar, con un sabor de horizonte marino en tus labios y un sol que se aleja.





17 noviembre 2021

Martín Garzo. El árbol de los sueños


 

16 noviembre 2021

Luis García Jambrina. Muertos S. A.


 

15 noviembre 2021

La representación del poder

 


 “Seguimos todavía rodeados de emperadores romanos. Hace casi dos milenios que la ciudad de Roma dejó de ser la capital de un imperio y, sin embargo, hoy en día, por lo menos en Occidente, casi todo el mundo reconoce el nombre, y a veces incluso el aspecto, de Julio César o de Nerón. Sus rostros no solo nos escrutan desde las estanterías de los museos o las paredes de las galerías, sino que protagonizan películas, anuncios y viñetas en los periódicos. Para un caricaturista resulta muy fácil (con una corona de laurel, una toga, una lira y un fondo en llamas) convertir a un político moderno en un «Nerón tocando la lira mientras Roma arde», y gran parte del público capta el sentido. A lo largo de los últimos quinientos años más o menos, estos emperadores y algunas de sus madres y esposas, hijos e hijas, han sido reproducidos infinidad de veces en pinturas y en tapices, en plata y cerámica, mármol y bronce. Estoy convencida de que, antes de «la era de la reproducción mecánica», en el arte occidental había más imágenes de los emperadores romanos que de cualquier otra figura humana, a excepción de Jesús, la Virgen María y un puñado de santos. Calígula y Claudio siguen resonando a través de los siglos y los continentes con mayor potencia que Carlomagno, Carlos V o Enrique VIII. Su influencia traspasa la biblioteca o la sala de conferencias”, escribe Mary Beard en el Prefacio de Doce Césares, que publica Editorial Crítica en su Serie Mayor con traducción de Silvia Furió.

Espléndidamente editado en un espectacular volumen con magníficas ilustraciones, es un recorrido por dos milenios de la historia del arte, la política y la cultura a través de “la representación del poder desde el mundo antiguo hasta la actualidad”, como indica el subtítulo. Una representación con imágenes pictóricas, escultóricas, cinematográficas o numismáticas que desde la Roma imperial han dibujado el rostro del poder y le han adjudicado la cara de los emperadores romanos.

De Julio César a Vitelio, uno de los más representados, de Augusto a Nerón, de Tiberio a Vespasiano, los retratos de los doce Césares de las dinastías Julio-Claudia y Flavia, que gobernaron durante un siglo y medio y sobre los que escribió Suetonio en el siglo II un libro del mismo título, han mantenido vigentes unos modelos iconográficos que simbolizan el poder y el prestigio en la cultura occidental:

Después del Renacimiento europeo, las imágenes de los emperadores romanos, de las estanterías de los museos y de otros lugares, despertaron intensas pasiones a lo largo de varios siglos. Recreados en mármol y en bronce, en pintura y en papel, convertidos en figuras de cera, plata y tapices, reproducidos en los respaldos de sillas, en tazas de té de porcelana o en vitrales pintados, los emperadores importaban. En el diálogo entre presente y pasado, los rostros imperiales y las vidas imperiales se exhibieron alternativamente, e incluso de forma simultánea, como legitimadores del poder dinástico moderno, se cuestionaron como dudosos modelos o se condenaron como emblemas de corrupción. Igual que las imágenes controvertidas de nuestras modernas «guerras de esculturas», fueron objeto de debates sobre el poder y su descontento —y son un recordatorio útil de que la función de los retratos conmemorativos no es simplemente una celebración—. Pero sobre todo se convirtieron en modelos para representar a los reyes y aristócratas y a cualquiera que tuviese suficiente dinero para ser objeto de pintura o escultura. De hecho, el género de la retratística europea hunde sus raíces en aquellas diminutas cabezas de emperadores romanos de las monedas, igual que en los bustos y estatuas de gran tamaño. No se trata de una mera extravagancia de la moda que, por lo menos hasta el siglo XIX, tantas estatuas de aristócratas, políticos, filósofos, soldados y escritores luzcan togas o vestimenta militar romana.

A lo largo de dos milenios, artistas y gobernantes han utilizado el legado de esas imágenes cesáreas en pinturas, esculturas, monedas o tapices como una forma directa de exaltación y representación del poder, porque “la representación de los emperadores romanos inspiró a los antiguos artistas y artesanos, les proporcionó trabajo y, sin duda, en ocasiones y durante siglos, les aburrió o repelió. Era una producción a gran escala, miles y miles de imágenes, que se extiende más allá de aquellas cabezas de mármol o bronces”.

Representaciones que inundaron el Imperio con aquellos signos del poder, como en el caso de Augusto: “En el caso del emperador Augusto, que reinó durante cuarenta y cinco años, desde el 31 a. e. c. hasta el 14 e. c., dejando de lado monedas y camafeos y las numerosas identificaciones erróneas, el número de las imágenes contemporáneas o casi contemporáneas de mármol o bronce identificadas con bastante certeza halladas en todo el Imperio romano, desde España hasta Chipre, asciende a más de doscientas, además de unas noventa de su esposa Livia -que le sobrevivió-. Una conjetura razonable, y no puede ser más que eso, sitúa estas cifras en el uno por ciento, o menos, del total original, que quizás estuviera entre los veinticinco mil y cincuenta mil retratos de Augusto en total.”

Con abrumadoras muestras de erudición como esa, que nunca caen en la pedantería y con un tono muy narrativo que excede el propio de un estudio académico y se dirige a un público no especializado, Mary Beard ha levantado un ensayo monumental que va más allá de lo iconográfico, lo artístico o lo literario para convertirse también en un brillante estudio sobre el culto al poder y los signos visibles de su presencia propagandística en la sociedad, perpetuados en un proceso de conexiones imperiales desde las monedas o las esculturas hasta la pintura y el cine, porque -como explica la autora de SPQR y catedrática de Cambridge- “desde la antigüedad, las imágenes de los emperadores romanos han viajado por todo el mundo conocido, se han perdido, se han descubierto de nuevo y confundido unos con otros; no somos la primera generación que tiene dificultades a la hora de distinguir entre los rostros de Calígula y de Nerón. Los bustos de mármol se han esculpido una y otra vez, e incluso modificado, para convertir a un gobernante en el siguiente, y se siguen creando nuevos, incluso hoy en día, en un interminable proceso de copia, adaptación y recreación poco riguroso.”

Y así, desde la Antigüedad y a través del Renacimiento, desde los Medici hasta Napoleón, desde Roma hasta Oxford o París, desde Mantua a Madrid, se estableció lo que Mary Beard define como “un patrón para los monarcas modernos” con las esculturas de César y de Augusto, con poetas como Lucano o pintores como Tiziano en su serie de once Césares, en un itinerario iconográfico que llega hasta La dolce vita de Fellini o a la imagen de César en los cómics de Astérix y en sus adaptaciones cinematográficas.

“Las imágenes de los emperadores -se lee en el Epílogo- todavía nos rodean, en anuncios, periódicos y caricaturas, pero, podríamos decir, reducidas a abreviaturas banales cuyo alcance ha quedado restringido a unos pocos clichés comunes. Nerón y su «lira» es sin duda el más corriente y más fácilmente reconocible, pero hoy en día no es tanto una meditación sobre el poder, sino un símbolo listo para usar, desplegado para criticar a cualquier político que no esté centrado en los problemas reales del momento.”



14 noviembre 2021

A quien corresponde



Cuando un maleante, un deficiente, un canalla nos difama o nos calumnia, ¿qué solución podemos encontrar?
¿La pelea animal a la española, o el desacreditado duelo social? Venza el difamador o el difamado ¿cambiará en nada la condición de cada uno? 
Los tribunales públicos. Hay jueces dignos y jueces indignos. El difamante buscará y pagará a un indigno. Todo será pérdida de tiempo, de dinero y de paciencia. Y todo quedará al fin peor que antes. 
Al calumniado no le queda más que un recurso posible: alejarse. Y esperar el juicio de la investigación particular. Si a alguien le importa hacerlo, que suele no importarle. 
Entonces sólo tenemos una solución: Alejarnos… de todos. Por eso yo soy un alejado.

Juan Ramón Jiménez.
“Respuesta jeneral" 
 En Guerra en España.
Prosa y verso (1936-1954).
Point de Lunettes. Granada, 2009.


13 noviembre 2021

La gloria según Montaigne



El procurar que nuestras acciones sean conocidas es por entero entregarse a las circunstancias; es la suerte la que nos suministra la gloria, conforme a su inestabilidad. Muchas veces la vi marchar delante del mérito y otras sobrepasarlo con demasiada generosidad. Quien encontró primero semejanza entre la gloria y la sombra fue más perspicaz de lo que esperaba; cosas son ambas de una vanidad perfecta: también la sombra precede al cuerpo que la proyecta, o le excede con mucho en longitud. Los que enseñan a la nobleza a no buscar en ella nada que difiera del honor, «como si una acción no fuera virtuosa más que cuando ha sido celebrada», ¿qué pretenden con ello sino amaestrarla en no echarse en brazos del azar cuando sus acciones son invisibles, y hacer que paren mientes en si hay testigos que puedan dar noticia de sus proezas, allí mismo donde se presentan ocasiones mil de obrar bien sin que haya posibilidad de que la acción pueda ser advertida? ¡Cuántas hermosas proezas individuales quedan enterradas en medio de la confusión de una batalla! Quien se entretiene en considerar a los demás durante el combate no se beneficia demasiado a sí mismo.


Michel de Montaigne.
Ensayos.
Edición de Gonzalo Torné.
Debolsillo. Barcelona, 2014.