20 marzo 2026

En el Club de Periodistas de México

 




Mañana a las 12, invitado por el periodista, editor y poeta Mario Luis Altuzar, a quien le agradezco desde aquí la deferencia, estaré en la celebración del Día Mundial de la Poesía en el Salón Francisco Zarco del Club de Periodistas de México con una lectura de algunos poemas también celebratorios del equinoccio de primavera, de la luz y de la poesía.

Entre ellos este, en el que la hija de Deméter vuelve, como cada primavera, a reencontrarse con su madre desde el reino de las sombras del Hades para que renazca la vida en la tierra:

PERSÉFONE REGRESA CON SU MADRE

Vuelvo en el equinoccio con la antorcha encendida,
con llamas de oro y trigo futuro en la mirada.
Soy la historia creciente del grano y de los frutos.

Vengo desde la sombra invernal de la noche,
del inframundo oscuro, de los árboles yertos,
del frío del olvido, la tiniebla y la nada.

Y vuelvo con mi madre, subo desde las sombras
a la fertilidad azul de cada tarde,
a las germinaciones frutales de las ramas,
a la luz que florece en la espiga madura.

Descienden sobre el día los dueños de las cumbres
y hay flores en las grietas hirientes de las rocas
y pájaros en círculos
que suben desde el mármol sagrado de los pozos.




Frederic Leighton. 
El regreso de Perséfone (1891)




19 marzo 2026

Permanencia, de Vicente Picó Galache





 Milagro e infinitud, contemplación y memoria, ascensión y sombras, tiempo y miedo, gratitud y regresos, agua y luz, ensoñación y amor…

Son algunas de las palabras que figuran en los títulos de los poemas que forman parte de Permanencia, el libro que Vicente Picó Galache publica en Olé Libros con prólogo de Juan Pablo Zapater.

Esa constelación de palabras resume la mirada, el tono y el clima poético de un libro celebratorio en el que, aunque no faltan las sombras y el miedo, se leen estrofas como estas, de La vida que por vivir me falta:

Siento una dulce quietud,
la del viejo campanario
o la del mar que retira
sus preciosas olas fatigadas
para volver a nacer,
como nace este repentino anhelo
de una brisa de Amor.

Soy feliz,
y con asombro descubro
todo el tiempo que me queda:
la vida que por vivir me falta.

Un libro que lleva como pórtico de las tres partes en las que se organiza este poema de resonancia juanramoniana, una exaltación agradecida de la palabra creadora:

EL MILAGRO

Llega por fin la palabra. 
Mírala, no la toques. 
Viene para estar contigo 
con su vestimenta de oro 
y su cuerpo blanco de nieve; 
las vocales luminosas 
se enamoran de la hoja.

A veces huye de tus manos, 
pero al final siempre regresa 
como un azor agradecido 
a los brazos del cetrero 
portando un regalo en su boca, 
y junto a ti permanece 
fiel como perro a su amo 
mientras tu corazón acepte 
compartir de nuevo este anhelo.

La Ensoñación final, que cierra el libro con la celebración vitalista de un día que comienza, es un inmejorable modo de resumir su respiración poética, el proceso de resurrección que reflejan sus poemas y el tamaño vitalista de su esperanza, por decirlo en términos borgianos:

Por fin acepto esa mano 
que alguien confiado me tiende 
para afrontar el tránsito 
de un corazón a la deriva.

Asiré esta nueva esperanza:
hay que amar lo que perdura.
La tarea que resta es vivir, 
besar la raíz de la tierra 
como un feliz animal 
que tras un pronunciado letargo 
arranca de su cuerpo las esquirlas 
de los huesos fracturados.

Un extraño me acompaña 
y me enseña nuevas calles. 
La ciudad duerme en mis ojos: 
un radiante día comienza.

Y entre esos dos límites meditados del libro, un puñado de poemas que dibujan el autorretrato interior del autor, trazan el mapa sentimental en que discurren sus días y sus noches y recorren el itinerario personal de ascenso hacia la afirmación de la vida desde el aprendizaje de la muerte que cierra su poema El sueño. O en la estrofa final de Efemérides:

¡Vive este día esplendoroso!,
un nuevo espacio de luz, 
ponle el nombre que tú quieras, 
el de una virgen venerable, 
por ejemplo: Esperanza.

O en este Adiós a la noche, el penúltimo texto del libro: 

Nadie sabrá de este regreso. 
Un hombre despojado de su fiera 
vuelve a la luz del día 
ofreciendo su cara nevada. 
El mundo ahora es otro.

Un libro afirmativo que reclama su propia Permanencia entre el amor revelado y la hora de la pérdida en que se desvanece, entre la conciencia del tiempo y la asunción del horizonte inevitable de la muerte, entre la soledad y la mirada compasiva o solidaria con los demás, entre el pasado y el presente, entre la reivindicación de la felicidad y el ejercicio constante del asombro, entre la búsqueda de la luz y la función balsámica del recuerdo o del sueño, entre el tránsito del transcurso y la infinitud del mar, entre el Memorial de la noche con que se inicia la primera parte del libro y el amanecer esperanzado de ese “radiante día” que lo cierra.

18 marzo 2026

La amistad de Beckett

 




La gran belleza de Samuel Beckett lo exponía a las miradas, pero también le daba una suerte de invisibilidad. La gente, por la calle, sin conocerlo, se fijaba a menudo en él, pero aquellos con los que solía cruzarse y que sabían su nombre no le prestaban aparentemente mucha atención. La costumbre de la fama, su cortesía, su sencillez, no eran lo único que explicaba esa discreción, la suya y la de los demás hacia él, que resultaba más bien de su belleza, idéntica en él a su capacidad de pasar inadvertido.

Así comienza La amistad de Beckett 1979-1989, de André Bernold, que llega hoy a las librerías publicado por Ediciones del Subsuelo

En su centenar de páginas intensas, espléndidamente traducidas por Anne-Hélène Suárez Girard, André Bernold traza un retrato cercano de alguien tan aparentemente hermético como Samuel Beckett en sus últimos diez años de vida, desde un primer contacto casual, aunque buscado, un sábado de noviembre de 1979 en el distrito XIV de París hasta la última carta, poco antes de su hospitalización y su muerte en 1989.


 

Y a subrayar esa proximidad contribuyen las siete fotografías de John Minihan que reflejan un Beckett tan cercano como el que evocan estos dos párrafos, que, coherentes con las imágenes, podrían servir de pies de foto:

La belleza visible de Beckett lo convertía en un ser difícil de ver realmente. Lo ocultaba, a él, que no se protegía. Mostraba de él una sucesión de aspectos discontinuos, discretos, en el sentido de los matemáticos. Ser elíptico, lo era por sí mismo. Su cuerpo, a pesar de lo que decía, le servía para estar sólo de forma intermitente, en las expresiones espaciadas de su rostro, de sus escasas voces, de sus contados gestos, y en la puesta en pausa de todo ello. Esas expresiones eran tan bellas que captaban la atención e impedían observar lo que las separaba, y cómo desaparecían súbitamente, dejándolo allí, cabizbajo. En esos eclipses, no había nada que pudiera verse o saberse. Se trataba de acompañarlo. Allí estaba él, entre dos destellos de luz, en una actitud estática en la que había que confluir con él.
Su maravillosa sencillez venía de ahí, de su no ocuparse de nada, de su naturalidad en no ser nada, de abandonar a menudo su capacidad de concentración y dejarla errar ante sí, en un rincón de la mesa. Bastaba con acomodarse con él allí; sentías entonces que el vacío del momento, y también la alegría, que la alternancia de zonas grises y claras no eran sino dos aspectos de una misma actitud puesta de manifiesto, sobre todo, por el carácter extraño de su belleza. Porque era extraña. Se solía decir que se asemejaba a la del ave, la del águila. Cierta vivacidad al girar, al bajar la cabeza, una manera de pasar sin transición de un estado a otro, todo ello contribuía, al igual que el famoso perfil, a rodear de espacio su apariencia.

La belleza, el silencio y la sencillez son tres claves presentes en esas líneas que resumen la naturaleza de una peculiar relación de amistad y la actitud admirativa con la que está escrito el libro. Una relación de amistad que, más allá de lo personal, Bernold describe en términos que la vinculan con el universo temático y vital de Beckett, con sus textos y sus personajes: el vacío, el silencio, la importancia del lenguaje gestual y la corporalidad:

Pero el ritmo [de los encuentros] era el mismo que el de los acontecimientos en los textos de Beckett. 
Las paradas, incluso antes de que nada hubiera comenzado, las pausas en el vacío, marcaban el compás.

La amistad de Bernold con un Beckett famoso y ya Premio Nobel, pero cercano y modesto, porque “no sentía gran interés por sí mismo; de ahí su elegancia”, adquiere así una dimensión literaria que conecta al escritor con su mundo creativo desde el primer encuentro concertado de una hora y de silencio casi continuo hasta otros en los que el tono de voz o la ironía son decisivos cuando Beckett habla de la música o del pesimismo nihilista.

Aquellos encuentros, llenos de silencios naturales, en los que no pasaba nada generaban momentos irrepetibles de complicidad y cercanía. Momentos en los que un Beckett lacónico imponía involuntariamente la fuerza de su presencia, la revelación del vínculo entre el cuerpo y el lenguaje, la importancia del gesto o de la tonalidad y la inflexión de la voz. O recordaba sus partidas de ajedrez con Marcel Duchamp y mantenía intensamente viva la memoria de Joyce, de quien Beckett había sido secretario. O, más raramente y de manera siempre huidiza y distante, aludía a su propia obra.

Eran conversaciones tan peculiares como aquella relación callada y paciente, cortés y contemplativa, pródiga en gestos, miradas y señales corporales, entre la mano y la cabeza:

Por supuesto, no se trataba de conversar. No debatimos, salvo brevemente, cuestiones prácticas o relativas a aporías técnicas. Entonces, ¿hacerse compañía? Estaba bien, pero él tenía menos necesidad de compañía que yo y, en cuestión de amistad, las cosas deben estar equilibradas.
Conversación, por consiguiente, sí teníamos, pero de forma especial. Nos pasábamos el tiempo haciéndonos señas, de lejos o de cerca.  ¿Qué entendíamos por eso? Una «seña» era un elemento de la situación —actual o virtual— en la que nos encontrábamos ambos, de tal naturaleza que su emisión por parte de uno de los dos ya contenía un fragmento de lo que el otro enviaría en respuesta. Una seña solamente era una «seña» para nuestro uso si la manera en que «destacaba sobre el fondo» (el fondo que formaba nuestra relación) incluía una indicación sobre cómo reubicarla en otra parte del fondo. Es como una forma de interpretación, y tal vez el principio de toda cortesía. Una forma recíproca, ya que cada movimiento va de algún modo precedido por el siguiente, anticipado en un rasgo del que vendrá a continuación. Se asemejaba a hacer música. Y también se parecía bastante a ciertos pasajes de su teatro.

Un libro en el que André Bernold no sólo evoca su amistad con Beckett, sino que hace además una relectura de sus obras con una admiración como la que reflejan estas líneas:

¡Cómo lo miraba yo cuando se quedaba tan absorto en una idea! Así pues, era él quien había concatenado las frases de L’Innomable [El innombrable]. ¿El mismo? Borrado, desviado, como esmerilado a mi medida. Comprendí que no hay contemporáneos; la grandeza, semejante a las sombras, no se deja abrazar.



17 marzo 2026

Esquilo, poeta de la guerra

 


16 marzo 2026

Isidore Ducasse. Poesías I y II

 


15 marzo 2026

John Berger. El sentido de la vista

 


14 marzo 2026

Temple y hondura de Víctor Jiménez

 


Le pego tiros al aire. 
Siempre habrá versos perdidos 
que, si estás cerca, te alcancen.

Como para ir calentando la voz y templando el tono, esa soleá de Víctor Jiménez sirve de pórtico y explica el título de su espléndido Tiros al aire, que publica la sevillana Libros de la herida en una elegante y delicada edición, ilustrada con doce aguadas sutiles de José Mateos y presentada desde su casapuerta con un prólogo luminoso en el que Lutgardo García Díaz, admirable poeta y buen conocedor del flamenco, subraya que “las soleares tienen un acabado especial, ya sirvan para la lectura o para el cante, concentran la sabiduría y la conservan en un cofre mágico. Nada puede añadirse y nada puede restarse porque en tres versos cabe todo. Tres versos que son como una trinidad donde las distintas personalidades del alma -la alegría, la pena o el amor- se expresan con una atmósfera de profundidad y de misterio.”

En esas palabras quedan reveladas las claves temáticas y tonales que Víctor Jiménez desarrolla en las cien soleares de este Tiros al aire un libro maduro y -cómo no- hondo. 

Es, me parece, la segunda vez que Víctor Jiménez publica un conjunto de soleares. La primera fue, en 2019, Con todas las de perder. Rescato de entonces, por plenamente vigentes, algunas de las palabras que escribí a propósito de aquel libro:

“Se suma con este libro Víctor Jiménez a una tradición neopopularista y sentenciosa que alcanza sus momentos más altos con los Proverbios y cantares de Antonio Machado o con el Cancionero apócrifo de su complementario Abel Martín, que asumieron como forma de expresión ese molde estrófico que había recogido de la tradición anónima Demófilo en el siglo XIX.
Se fundaba así una línea poética que seguiría dando brillantes ejemplos en Lorca, en Alberti o en Manuel Alcántara. 
A base de fundir el chispazo emocional y la hondura meditativa, Víctor Jiménez consigue crear con estas brevísimas piezas de veinticuatro sílabas un mundo poético propio articulado en seis secciones atravesadas por la infancia y la memoria, por el tiempo y el amor, por las pérdidas y las premoniciones.”

Pero volvamos ahora a estos recientes Tiros al aire, a la persistencia de su pólvora aromática y a su eco reciente: La luz a cuestas, Cantos de sirena, Reloj de arena, De sombra y sueño y De mi pulso y letra son las cinco partes en las que se organiza un conjunto poético reflexivo y sentencioso, atravesado por la experiencia del desengaño ante el paso del tiempo y las conflictivas relaciones humanas, por el amor y el deseo, la pérdida y el recuerdo:

No quiero verte, no quiero. 
No quiero volver a verte 
por no perder tu recuerdo.

Por la memoria de la infancia sin tiempo del verano, la cercanía siempre amenazante y paciente de la muerte:

La muerte sabe esperar, 
porque sabe, como nadie, 
que tú serás puntual.

***

No hay rival como la muerte. 
Puedes ganarle batallas, 
pero la guerra la pierdes.

O por la reflexión sobre la escritura poética propia o ajena:

No son míos los poemas. 
Yo sólo pongo la música. 
La vida pone la letra.

***

Aunque no los haya escrito,
siento míos los poemas 
que me van quitando el frío.

Un libro que en su brevedad contenida y en la intensidad exigente de sus versos completa la pericia poética y perfila la imagen personal de Víctor Jiménez, que, como señala Lutgardo García en el prólogo, “ha sabido escuchar el tono de voz del pueblo para darle la estructura de lo popular y concentrar en él toda su biografía poética.”




13 marzo 2026

Manuel Longares. Cortesanos

 


12 marzo 2026

Postales poéticas desde China


La Encyclopedic Poetry School acaba de editar una magnífica colección visual de de la serie de exposiciones internacionales de poesía celebradas en 2025 en distintos lugares de China. 

Son 365 postales bilingües, impresas en papel artístico de alta calidad que recogen fragmentos de los textos originales y de su traducción al chino. Entre ellas, con el número 30, esta de Las tardes navegables. Muchas gracias, Yin Xiaoyuan.







 

11 marzo 2026

El vómito inducido

 


Este  sujeto inducía ayer al vómito del espectador de sus comparecencias cuando hablaba de principios y valores que ni practica ni conoce.

Hoy ha subido 5000 kms. el listón de la desvergüenza y la desfachatez declarándose víctima del odio. Él, el odiador profesional que levantó un muro para ocultar sus derrotas electorales y sus corrupciones familiares y políticas, denuncia la polarización que le ha servido estos años para resistir a su propia nulidad.

Ninguna sorpresa. Es el cinismo sin complejos de una caña hueca, de un maniquí de saldo que lee lo que le escriben sus mil asesores, entre el mantra y la incoherencia, entre la desmemoria y la hipocresía.

Pero, por mucho maquillaje que lleve encima, no le pidan vergüenza a un cántaro vacío. No esperen principios ni valores de un holograma amoral. 

Cuando caiga, que caerá, su caída será como la de otro Pedro, el todopoderoso Pedro Páramo de Juan Rulfo, que cayó como un montón de piedras que se desmoronan.

Cuentos completos de Gógol

 


Cuando Dostoievski escribió “Todos venimos del capote de Gógol” reconocía una herencia, pero también desconocía el alcance de su reconocimiento sobre la importancia de ese cuento en la narrativa posterior. 

Ignoraba, naturalmente, la transcendencia futura de ese y de los otros relatos de Gógol agrupados habitualmente bajo el rótulo Historias de San Petersburgo. En El retrato, por ejemplo, se adelanta al Dorian Gray de Wilde; La nariz presagia el mundo de Kafka, al igual que en Akaki Akakievich, el protagonista de El capote, está latiendo ya la semilla del Bartleby de Melville y de Gregorio Samsa. Y su espíritu, como señaló Harold Bloom en El canon del cuento, está “presente de forma sutil en gran parte de Nabokov”.

Bastaría todo eso para dejar establecida la importancia de Gógol en la historia de la literatura, pero además de ese carácter de adelantado que le convierte en un profeta de la modernidad, había en esas narraciones -como en La Avenida Nevski y el Diario de un loco- una fuerza literaria que las sigue manteniendo en pie como la parte más viva de toda su obra.

Y así, en La Avenida Nevski toda la potencia descriptiva se concreta en un documental costumbrista de enorme vivacidad plástica, en una muestra de ironía en la pintura de un paisaje humano cambiante según el momento del día o de la noche. Ese es el panorama que sirve como telón de fondo al relato de dos peripecias menos intensas que las descripciones que las enmarcan.

Y en el Diario de un loco la representación en primera persona de la psicosis delirante de un esquizofrénico megalómano que se cree el rey de España se anticipa a las descripciones clínicas de los tratados de psiquiatría.

Gógol las escribió entre 1835 y 1842 y aunque no las concibió como un conjunto cerrado, sino que las publicó de forma aislada, la común ambientación en San Petersburgo ha permitido agruparlas habitualmente en un conjunto coherente.
 
Estos cinco relatos, pensados en principio como textos menores en el contexto de una obra narrativa más amplia y ambiciosa, son la zona narrativa que mantiene la vigencia de Gógol y hacen de él casi un narrador contemporáneo. Los cinco representan lo más característico de la escritura de Gógol y su capacidad para combinar sátira social y compasión, fantasía y realismo.

Esos textos son la parte central del espléndido volumen que reúne los Cuentos completos de Gógol en la edición que Páginas de Espuma incorpora a su imprescindible colección de Cuentos Completos, que ha recogido el canon del relato breve desde Poe a Bradbury pasando por Balzac, Flaubert, Henry James, Bábel, Schwob, Kafka, Joyce o Thomas Wolfe.

Admirablemente editados, como de costumbre, y organizados con un criterio cronológico, con traducciones de Vladímir Aly, María García Barris, Fernando Otero Macías, Marta Sánchez-Nieves Fernández y Joaquín Torquemada Sánchez e ilustraciones de Arturo Garrido, los treinta y seis relatos reunidos en este volumen compendian en sus casi mil páginas la totalidad de la narrativa breve de un autor decisivo no solo en la historia de la literatura rusa, sino en la configuración del relato breve con obras tan significativas como las citadas más arriba o con Tarás Bulba, el más extenso de sus relatos, una narración que evoca la figura heroica de los cosacos del siglo XVI con el enfoque nacionalista y romántico propio de sus primeros libros.

Esta edición de los Cuentos completos de Gógol se estructura en cuatro secciones: las Veladas en el caserío cerca de Dikanka (1831-1832); Mirgorod (1835), de la que forma parte, además de Tarás Bulba, el más extenso de todos sus cuentos, Terratenientes  del viejo mundo, que para Bloom es su mejor relato junto con La nariz; los Relatos, que incluyen todo el ciclo de las historias de San Petersburgo, y los Fragmentos, que agrupan los textos dispersos y los que dejó inconclusos a su muerte.

En una literatura tan inclinada al enfoque realista como la narrativa rusa del siglo XIX, Gógol es una isla, el mejor exponente del cuento fantástico, una síntesis de buen humor y crítica, de ironía y capacidad descriptiva, de sueño y realidad. Una mezcla que en textos como La nariz o El capote hace que lo extraño irrumpa en el relato para generar una situación absurda que es el punto de partida de una construcción simbólica que va más allá de sus límites aparentes para proponer una alegoría de las relaciones humanas. Porque en estos relatos, por encima de sus circunstancias espaciales y temporales, históricas o sociales, Gógol no deja de hablar nunca de la condición humana.

Por algo es un clásico.



10 marzo 2026

Razón biográfica de España


 

Razón biográfica de España es el orientador subtítulo de Vidas españolas, el nuevo volumen de la imprescindible colección Españoles eminentes que viene publicando desde 2012 la Fundación Juan March en colaboración con la editorial Taurus.

Tres son los objetivos de esta serie, como señala su coordinador Javier Gomá Lanzón: “primero, contribuir al desarrollo del género biográfico en España; después, dar a conocer figuras eminentes de nuestra historia que no han sido biografiadas con métodos modernos o cuya biografía, aunque existente, es susceptible de ser actualizada; y, en tercer lugar, ofrecer una muestra de lo que podría ser una historia de España de razón ejemplar, una que, en vez de referir los hechos singulares o las estructuras fijas de nuestro país, narre vidas de hombres y mujeres cuyo carácter extraordinario suscita amplio consenso en la ciudadanía.”

Esa mirada a la historia a través de la ejemplaridad de algunos de sus protagonistas es la que ha orientado la labor de dos prestigiosos historiadores, Ricardo García Cárcel y Juan Pablo Fusi, en la elaboración de esta obra que presenta una galería de más de medio centenar de retratos de personajes sobresalientes de la España moderna y contemporánea.

García Cárcel y Fusi se han repartido la tarea en las dos partes en las que se estructura el libro: el primero se ha encargado de la España moderna y el segundo, de la España contemporánea. Y juntos han escrito un Esbozo de prólogo -”La ejemplaridad en la Historia”- en el que resumen su trabajo como “un repaso global (que no exhaustivo) de una cincuentena de personajes que han tenido una significación trascendente en nuestra historia y una proyección mediática que ha introducido a los mismos en el ámbito de la literatura, el cine y el teatro, más allá de la historia. En nuestro libro abordamos las biografías desde una óptica analítica y puntual, con relatos cortos, con tres objetivos fundamentales. El primero es superar el reduccionismo en el que tradicionalmente se han situado los estudios biográficos en nuestro país. Asumir la complejidad de estos sin un discurso ideológico unidimensional ha implicado rescatar del olvido a muchos personajes históricos condenados al silencio. Desde un enfoque transversal de la historia de España, ello ha supuesto evocar a españoles de todas las procedencias territoriales y de todos los ángulos ideológicos. 
El segundo objetivo es insertar cada personaje en su marco histórico buscando la interrelación con otros posiblemente menos conocidos que el protagonista de cada capítulo, pero fundamentales todos ellos para comprender nuestra propia historia global. Los análisis biográficos nos permiten explorar la red de relaciones en las que se movió cada protagonista: hombre o mujer. 
El tercer objetivo es buscar la proyección mediática de cada personaje a lo largo del tiempo, lo que nos permite ahondar en lo que se podría llamar la construcción de la propia ejemplaridad con sus consensos y disensos, cuándo y cómo se han configurado tales personajes como referentes de nuestro pasado.”

Y con ese triple objetivo ofrecen esta recopilación de Vidas españolas que combina la transversalidad y la brevedad, la pluralidad y la síntesis biográfica en un esfuerzo de integración que intenta superar las habituales limitaciones de enfoque. Porque -como señala Javier Gomá en su iluminador Prefacio, “los archivos del pasado que han llegado a nosotros son principalmente documentos escritos, lo cual, a la hora de reconstruir una vida, privilegia a los escritores varones con un pensamiento acompasado a la ideología dominante en su época, y penaliza, en cambio, a los demás: ágrafos, mujeres, heterodoxos o periféricos. En consecuencia, parecía oportuno integrar el proyecto inicial con otro que remediase en algún grado esta falta.”

Si se echa un mero vistazo a la panorámica que refleja el índice de estas Vidas españolas se comprueba el resultado de ese espíritu integrador y transversal que convoca en sus páginas. Una “galería coral y diversa de la ejemplaridad española”, en palabras de Javier Gomá: desde Hernando de Talavera y su reivindicación de la tolerancia frente a la Inquisición hasta Salvador de Madariaga, “una de los personalidades más significadas del exilio español”

El humanismo femenino de Beatriz Galindo y la inteligencia emocional de Teresa de Jesús, Francisco de Vitoria y la escuela de Salamanca, Elcano y la primera globalización, el duque de Alba y la leyenda negra, Fray Luis de León y la Universidad de Salamanca, Juan de Mariana y la capacidad crítica de la Compañía de Jesús, las luces y sombras de Juan de Austria o la figura de Cervantes más allá del Quijote, Quevedo y Saavedra Fajardo ante la crisis del XVII, el protofeminismo de María de Zayas y la doble condición de artista y cortesano que marcará la biografía de Velázquez, la primera Ilustración de Feijoo y Mayans y los hombres de Carlos III (Campomanes, Aranda y Floridablanca), el primer liberalismo de Jovellanos, Goya entre el patriotismo y el afrancesamiento y Agustina de Aragón y las mujeres de la guerra de la Independencia son algunos de los capítulos de Historia Moderna que ha escrito Ricardo García Cárcel.

Al primer constitucionalismo español de Argüelles y Blanco White, a Larra y la conciencia crítica de su tiempo, a Concepción Arenal y la mujer del porvenir, a Galdós y su disección novelística de la España decimonónica, a Emilia Pardo Bazán y la cuestión palpitante, a Cánovas y el diseño del sistema bipartidista de la Restauración, a Giner de los Ríos y la educación en España, al regeneracionismo de Joaquín Costa, a Cajal y la ciencia española, a Menéndez Pelayo y  Menéndez Pidal y el estudio de la Historia, al grupo del 98, a Falla y la música española, a Eugenio d’Ors y su ideario estético y político, al pensamiento vital de Ortega y Gasset, a Picasso y el arte del siglo XX y al feminismo de María Lejárraga y Clara Campoamor dedica sus retratos de Historia Contemporánea Juan Pablo Fusi.

En conjunto, cincuenta y un retratos que establecen un canon de españoles eminentes y combinan la reseña biográfica con el análisis del marco social, histórico y cultural en que se desarrollaron esas vidas para centrarse en su ejemplaridad y en lo más significativo de sus aportaciones al progreso cultural o material de España.

Lo resume Javier Gomá Lanzón cuando escribe que “este libro cuenta, no una Historia, sino una polifonía de historias de individuos que, por la innovación axiológica que introdujeron, aceleraron el progreso material y moral de nuestro país. De esta manera, abandonando una perspectiva fratricida en favor de otra fraternal, contribuye a una comprensión más humanista y aleccionadora de nuestra cultura y de nosotros mismos. Los lectores de hoy encontrarán en estos ejemplos del pasado una guía para construir en el futuro una España mejor.”

 


09 marzo 2026

Un refugio en la espesura

 


08 marzo 2026

Félix Ovejero. La invención del agravio

 


España es una anomalía antidemocrática. Sobre ese supuesto, fundamental para el nacionalismo, se ha edificado nuestra historia política reciente. También la transición y la Constitución del 78. Ajustemos un poco más el foco, aunque duela la imagen: ese supuesto explica nuestro sistema autonómico, presentado como una forma de solucionar el llamado «problema territorial», de reparar una injusticia de origen que, en lo esencial, consistiría en el aplastamiento español de unas genuinas naciones democráticas cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos. Ese aplastamiento se habría traducido en políticas de agresión, centralizadoras en la gestión, uniformadoras en cultura y expoliadoras en economía. Un proceso de varios siglos cuya expresión moderna se consuma en un proyecto nacionalista español represor que, en el caso catalán, adquiere especial virulencia a partir de 1714, con la guerra de Sucesión, cuando Felipe V promulga los Decretos de Nueva Planta, que sellarían «el fin de las libertades catalanas».

Desde entonces para acá, sin tregua, una imposición tras otra, hasta la última, con la sistemática persecución de la identidad catalana durante la dictadura que sigue a la victoria de Franco en la guerra civil, un conflicto entre la España constitutivamente reaccionaria y los nacionalismos no menos esencialmente democráticos. He dicho la última, pero, no, en rigor, la penúltima. Y es que, según este relato, el llamado «régimen del 78», cristalizado en la actual Constitución, tutelada en su gestación por fuerzas franquistas, nacida sin ruptura con el régimen anterior, no sería más que la prolongación suavizada de la dictadura. La consagración de la monarquía borbónica, reinstaurada por decisión de Franco, sería la mejor prueba.

Esa es la fabulación, gestada por los nacionalistas, aceptada y difundida por la izquierda, y que ha acabado por inocularse a nuestro entero ecosistema político. A partir de ahí, todo lo demás. Y es que, una vez se asume que España se construye contra las genuinas naciones, encarnación de los valores democráticos y quintaesencia del progreso, resultan casi obligadas unas cuantas tesis que han oficiado con pautas reguladoras de nuestros debates públicos especialmente durante los últimos cuarenta años: atender a las exigencias de los nacionalistas supone ahondar la democracia; desmontar la nación común y su expresión institucional, el Estado, se entiende como una política de izquierdas; la «moderación política» se calibra según el grado de acuerdo con los nacionalistas; cualquier centralización es regresiva o, lo que viene a ser lo mismo, «España», «centralización» y «franquismo» resultan términos intercambiables; los nacionalistas establecen los parámetros de la tolerancia de nuestros políticos y deciden el campo de juego de nuestras convenciones, los premios y las penas. Un conjunto de tesis que se traducen en una prescripción: para resolver el problema de la democracia debemos resolver el llamado «problema territorial». Con un corolario: para enterrar definitivamente al franquismo deberíamos acabar con España como nación política común.

Frente a la fábula anterior aquí se sostendrá que el «conflicto territorial» es un pseudoproblema y, por esa misma naturaleza, falsa, los intentos —infructuosos por definición— de resolverlo están en el origen de nuestros problemas de calidad democrática. Problemas, estos sí, muy reales y de creciente magnitud. 

Félix Ovejero.
La invención del agravio.
Nacionalismo y crisis de la democracia española.
Alianza Editorial. Madrid, 2026.


07 marzo 2026

El íntimo cuchillo. Antología poética de Pedro López Lara

 


En ma fin est mon commencement.

Forjado en duros años de cautiverio, ese era el lema que aparecía en el trono de María Estuardo. T. S. Eliot lo invirtió ("En mi principio está mi fin")  al comienzo de East Coker, el segundo de sus Cuatro cuartetos, y lo revirtió circularmente a su orden original en el final del poema, al que iremos luego.

Ahora que Pedro López Lara ha puesto fin a su escritura poética con su poesía reunida en Arcén (Renacimiento, 2025) y con la espléndida antología de título borgiano El íntimo cuchillo (Reino de Cordelia, 2026) es hora de revisar el sentido de esa frase que convoca a Heráclito y a la circularidad del tiempo que tanto alimentó la obra de Borges, a la desgraciada reina escocesa y a Eliot, a la teleología cristiana de la vida eterna y al tiempo cíclico que estudió ejemplarmente Mircea Eliade.

Porque una antología como esta o una poesía reunida como aquella no son en el fondo sino insistencias y revisiones que el autor ejerce en el principio y en el fin con esa mirada póstuma de quien da por cerrada su obra y la reordena con una perspectiva nueva: la de quien sabe el origen y la meta, el principio y el fin. Y sobre todo, el trayecto literario que ha llevado de uno a otro extremo.

La perspectiva de quien sabe también más que eso: que el camino desarrollado entre aquel principio y este fin no estaba prescrito y que el azar y la necesidad jugaron su partida secreta entre esos dos puntos que también pudieron haber sido otros.

No insistiré en las admirables virtudes literarias y humanas de la poesía de Pedro López Lara. Aunque cada relectura es una propuesta incitativa a nuevas lecturas y a nuevos asedios críticos, doy por cerrada mi interpretación de su obra con el artículo que publiqué sobre Arcén.

Me reafirmo en el deslumbramiento sostenido que me provoca esta poesía, sigo pensando que aquel  “después”, palabra final del texto final de su libro final,  todavía es un “ahora” que celebra la persistencia de la vida y de la palabra, del poeta y de la poesía. Porque “hoy es siempre todavía”, como nos enseñó el mismo Machado que escribió también “Se canta lo que se pierde.”

Y por eso, este Íntimo cuchillo, que hiere la garganta del lector tanto como su autor lo siente como una amenaza, es una invitación a releer la inagotable obra poética de Pedro López Lara.

No me parece una casualidad que sea precisamente Circuito el título de la primera sección del libro. A ella pertenece este texto, en el que vibra la voz potente de un poeta irrepetible:

Acciones, palabras y desgaste

Por sus acciones los conoceréis,
no por sus frutos,
que pueden ser tardíos o estar menoscabados
por la vecindad de algún fin.

En sus acciones y sus actos, menos perentorios,
es donde encontraréis los primeros indicios.

También en sus palabras, midiendo si son justas,
si están encariñadas con alguna verdad
o al menos ha dejado en ellas
sus huellas la verdad antes de irse, o de ser expulsada,
si mantienen compromiso, aunque no sea firme,
con quien las dice o ha dejado escritas.

Por sus acciones y palabras, y también
por el desgaste de sus ojos,
tanto mayor cuanto más hayan visto y comprendido,
arrasador si han amado.

Y para llegar al fin, vuelvo al principio. Como María Estuardo, como Eliot, que escribió para cerrar East Coker los versos de su parte V, que transcribo en la versión de José Emilio Pacheco. Naturalmente, Eliot los concibió pensando en sí mismo. Y así, pensando en sí mismo, podría y hasta debería leerlos Pedro López Lara. Yo los dejo aquí como una invitación a que así lo haga y como una manera de honrar su poesía antológica y su persona, tan admirables una como la otra. Y para que sepa que, también para él, en su fin está su principio:

Y he pasado veinte años. Veinte años en gran parte perdidos,
Los años de entreguerra
Tratando de aprender a usar las palabras y cada intento
Es un comienzo enteramente nuevo y es un tipo distinto de fracaso.
Porque uno sólo ha aprendido a dominar las palabras
Para decir lo que ya no tiene que decir
O de ese modo en que no está dispuesto ya a decirlo. 
Por eso cada intento
Es un nuevo comienzo, una incursión en lo inarticulado
Con un mísero equipo cada vez más roído
En el desorden general de la inexactitud del sentimiento,
Escuadras de la emoción sin disciplina.
Y lo que debe ser conquistado
Mediante fuerza y sumisión, ya ha sido descubierto
Una, dos, varias veces por hombres que uno no tiene esperanza
De emular —Pero no hay competencia—
Sólo existe la lucha por recobrar lo perdido
Y encontrado y perdido una vez y otra vez
Y ahora en condiciones que parecen adversas.
Pero quizá no hay ganancia ni pérdida:
Para nosotros sólo existe el intento. Lo demás no es asunto nuestro.
La casa es el lugar del que partimos.
A medida que envejecemos
El mundo se nos vuelve más extraño, más compleja
La ordenación de muertos y vivos.
No el intenso momento
Aislado sin antes ni después,
Sino la vida entera que arde a cada momento
Y no la vida entera de un solo hombre
Sino de viejas piedras indescifrables.
Hay un tiempo para el anochecer bajo la luz de las estrellas,
Un tiempo para el anochecer a la luz de la lámpara
(El anochecer con el álbum de fotos).
El amor se acerca más a sí mismo
Cuando dejan de importar el aquí y el ahora.
Los viejos deberían ser exploradores,
Aquí o allá, no importa dónde.
Debemos estar inmóviles y sin embargo movernos
Hacia otra intensidad,
En busca de una mayor unión, una comunión más profunda,
A través del frío oscuro y la vacía desolación,
El grito de la ola, el grito del viento, las grandes aguas
Del petrel y de la marsopa.
En mi fin está mi principio.




    
    

06 marzo 2026

Flaubert. La educación sentimental

  





El 15 de septiembre de 1840, hacia las seis de la mañana, el Ciudad de Montereau, presto a zarpar, exhalaba grandes torbellinos de humo en el muelle de Saint Bernard. Llegaba gente jadeando; toneles, maromas y cestos de ropa blanca dificultaban la circulación; los marineros no respondían a nadie; chocaban unos con otros los pasajeros; subían los paquetes entre los dos tambores, y el bullicio se disipaba en el zumbido del vapor, que, escapándose entre las planchas de palastro, envolvía todo en una nube blancuzca, mientras a proa la campana sonaba sin cesar.
Por fin partió el navío; y las dos riberas, pobladas de almacenes, de astilleros y de fábricas, se extendieron como dos anchas cintas desenrollándose. Un joven de dieciocho años, de largos cabellos, con un álbum bajo el brazo, permanecía, inmóvil, junto al timón. A través de la niebla, contemplaba campanarios, edificios cuyos nombres desconocía; luego, en una última mirada, se despidió de la isla de Saint-Louis, de la Cité, de Nôtre-Dame; y, al desvanecerse prontamente París, exhaló un profundo suspiro.
Frédéric Moreau, recién graduado de bachiller, regresaba a Nogent-sur-Seine, donde debía vegetar durante dos meses antes de comenzar sus estudios de Derecho. Con el dinero muy contado le había enviado su madre a El Havre, para ver a un tío del que ella esperaba hiciera de Frédéric su heredero. De allí había vuelto Frédéric en la víspera; y para compensarse de la pesadumbre de no poder permanecer en la capital, había elegido para el regreso a su provincia el camino más largo.


Así comienza La educación sentimental, una de las novelas imprescindibles no solo de Gustave Flaubert, que alcanzó aquí su mayor altura literaria, sino de la literatura europea.

Publicada en 1869, como Guerra y paz, de Tolstói, La educación sentimental es una novela de protagonista, pero también una obra coral como aquella. Y no es tanto una novela de formación como una novela de desengaño, como Las ilusiones perdidas, de Balzac. 

Las ilusiones perdidas en este caso de Frédéric Moreau, en cuya peripecia vital Flaubert resume no tanto el ascenso de un joven ambicioso como el progresivo fracaso general de todos sus proyectos: amorosos, políticos y sociales. Una novela de la disolución como lo es en otro sentido Madame Bovary.

Víctima de sus indecisiones y de su incapacidad para la acción, Frédéric ve frustrarse su pasión por Madame Arnoux y con el telón de fondo del convulso París revolucionario de 1848, ve fracasar también sus ideales políticos y los de toda su generación, degradados por el oportunismo, la impostura y la mediocridad del ambiente. 

Como “una epopeya de la mediocridad” la definió André Gide. Y Émile Zola dijo de La educación sentimental que “es la única novela verdaderamente histórica que conozco, la única verídica, exacta, completa, en la que la resurrección de las horas muertas es absoluta, sin el menor trucaje literario.”

Concebida en su juventud, en la que redactó una primera versión muy distinta que acabó desechando, la reescribió durante cinco años, en su madurez creativa: 

 “Estoy empeñado desde hace un mes -escribía Flaubert en una carta del 6 de octubre de 1864- en una novela de costumbres que se desarrollará en París. Quiero hacer la historia moral o más exactamente sentimental de los hombres de mi generación. Es una novela de amor, de pasión, pero de pasión como puede haber ahora, es decir inactiva. El tema tal como lo he concebido es, creo, profundamente verdadero, pero me pareció en sí mismo probablemente poco divertido. Faltan un poco los hechos, el drama, y la acción se desarrolla en un periodo de tiempo demasiado largo. En fin, estoy muy cansado y lleno de preocupaciones.”

 Escrita con una admirable fluidez narrativa y con una asombrosa precisión estilística, con una mirada amarga y desengañada y con una frialdad irónica y distante, La educación sentimental es un análisis implacable de la revolución del 48 y de la sociedad parisina de su época desde la peculiar óptica reaccionaria de Flaubert, pero también una desengañada elegía personal por el tiempo perdido de la juventud y sus renuncias frente a la realidad.

Esta es la novela más autobiográfica de su autor. Porque la vida de Flaubert atraviesa toda la novela, pródiga en detalles autobiográficos que devastaron la vida sentimental del autor, especialmente su amor frustrado por una mujer casada, más de diez años mayor que él y transmutada en la novela en la figura de Marie Arnoux, de una pasividad tan inhibidora como la pasión inactiva de Fréderic. 

Pero además de la historia de unos amores frustrados, La educación sentimental es una crónica generacional de los acontecimientos revolucionarios de febrero del 48 en París, que provocaron la caída de la monarquía y la llegada de la II República y de los que Flaubert fue espectador privilegiado. Una crónica muy crítica con los burgueses y con los socialistas, a los que indignó por igual con su parodia del romanticismo político y social.

Eso hace de la novela no solo una obra de arte, sino un documento histórico de primera mano, una recreación artística del primer enfrentamiento abierto entre la burguesía y el proletariado. Y como refleja su correspondencia, Flaubert buscó en la novela no solo la perfección estilística, sino una pintura social trazada desde el equilibrio entre los personajes y su marco ambiental, entre los primeros planos y su fondo histórico, para el que se documentó de manera abrumadora.

Porque el choque entre el protagonista y el mundo que le rodea es, desde el Quijote, el eje vertebrador de la novela moderna. Una relación conflictiva que se resuelve con la imposición traumática del principio de realidad y la aceptación del fracaso, la integración o la rebeldía y la marginación por parte del protagonista. Entre nosotros, las novelas de Baroja o Tiempo de silencio no hacen más que incidir en la conciencia y el desarrollo de ese tema desde otras perspectivas estéticas e ideológicas.

Alianza Editorial recupera La educación sentimental con la espléndida traducción de Miguel Salabert, en una edición anotada que abre un prólogo en el que Salabert señala que “La educación sentimental era a la vez la crónica de un fracaso y de una generación, de una generación fracasada. Esa generación, la de Flaubert, no quería reconocerse en ese reflejo, ni estaba dispuesta a asumir la desolación ni las consecuencias desmoralizadoras de una obra de la que nadie sale bien librado, impregnada como lo está del profundo pesimismo del autor. Por último, era de una originalidad desconcertante, de una novedad que no nos es posible calibrar hoy, dada la inmensa influencia que esta obra ha ejercido en la novelística posterior.”