28 mayo 2022

Pérez Galdós. Trafalgar


 

27 mayo 2022

Jeffrey J. Kripal. El vuelco


 

26 mayo 2022

Flaubert. Dos cuentos góticos


 

25 mayo 2022

Ripley en Compactos Anagrama


Pocos personajes literarios tan objetivamente despreciables como Tom Ripley son a la vez capaces de suscitar la comprensión del lector y hasta una simpatía cercana a la complicidad. El mérito evidente es de Patricia Highsmith, que construyó desde dentro y con profundidad psicológica un personaje complejo y contradictorio, reprobable y seductor y lleno de matices.

“En mi primer libro sobre Tom Ripley, éste es un joven de 25 años, inquieto y sin tra­bajo en Nueva York, que temporalmente vive en el apartamento de un amigo. Se había quedado huérfano a una edad temprana y fue criado en Boston por una tía bastante tacaña. Tiene un cierto talento para las matemáticas y la mími­ca, y estas dos habilidades lo capacitan para llevar adelante. por carta y teléfono, un pequeño juego de intimidación a los contribuyentes estadounidenses: les pide un nuevo pago a una oficina del Servicio Interno de Recaudación cuya sucursal. dice, se encuentra en una determinada dirección: la del amigo en cuya casa está viviendo, y Ripley recoge las cartas cuando llegan, aunque no puede hacer nada con los cheques que éstas contienen excepto reírse con una extraña satisfacción.
Cuando Ripley se da cuenta una no­che de que es seguido en las calles de Manhattan por un hombre de mediana edad, su primer pensamiento es que el hombre es, o podría ser, un agente de la policía enviado para detenerle por su fraudulento juego tributario. El segui­dor resulta ser el padre de un conocido de Ripley al que a éste, de entrada, le resulta difícil recordar: Dickie Greenleaf, que ahora vive en Europa, dice el padre. Herbert Greenleaf invita a Tom a cenar al día siguiente, y en la cena Tom conoce a la madre de Dickie y tiene una visión momentánea de las más refinadas cosas de la vida: buen mobiliario, servicio de plata en la mesa, orden y buenas maneras. Estas cosas —se da cuenta Tom, y no por vez primera— constituyen sus aspiraciones. Además, los Greenleafle ofrecen costearle un viaje de ida y vuelta a Italia. Tom acepta ir”, escribía Patricia Highsmith en ‘El escenario del crimen’, un artículo en el que evocaba las primeras andanzas de su mejor creación: Tom Ripley.

En torno a ese antihéroe amoral, inteligente y refinado, en torno a ese psicópata sin escrúpulos a la hora de medrar, estafador, asesino implacable e impune y sin embargo fascinante, vertebró Patricia Highsmith su ciclo de cinco novelas que inició en 1955 con El talento de Mr. Ripley y prolongó hasta 1991, pocos años antes de su muerte, con la última entrega, Ripley en peligro.

Algunas de esas novelas han tenido memorables adaptaciones cinematográficas como la de René Clément en 1960 (A pleno sol, protagonizada por Alain Delon) o El amigo americano de Wim Wenders en 1977, con Matt Damon en el papel de Ripley.

A propósito de esa última adaptación hay una anécdota muy significativa: Patricia Highsmith vio aquella versión cinematográfica y no le gustó nada hasta que la vio por segunda vez, lo que posiblemente revela también la complejidad de un personaje tan poliédrico y escurridizo como el ambiguo simulador que es Tom Ripley, un mentiroso reprobable y atractivo, cínico y generoso, insolente y audaz, emocionalmente frágil y sociópata, autor directo de ocho asesinatos y promotor o inductor de otras cuatro muertes.

Porque, como escribió Graham Greene en una de las mejores aproximaciones al universo literario de Patricia Highsmith, “no estamos ya en el mundo que creíamos conocer, sino en otro que, de un modo aterrador, parece más real que la casa de al lado. Los actos son repentinos y espontáneos y los motivos a veces tan inexplicables que solo podemos darlos por válidos.”

Ripley es uno de esos “criminales simpáticos” de los que habla su creadora en uno de los capítulos de Suspense. Cómo se escribe una novela de intriga: “Hay muchas clases de libros de suspense —por ejemplo, relatos protagonizados por espías del gobierno— que dependen de héroes psicópatas o neuróticos como los míos. Los escritores que deseen escribir libros parecidos a los míos se encuentran con un problema extra: cómo hacer que el héroe sea simpático, o, al menos, que sea razonablemente simpático. A menudo resulta tremendamente difícil. Aunque pienso que todos mis héroes criminales son bastante simpáticos, o al menos no son repugnantes, debo reconocer que no he conseguido que todos mis lectores piensen lo mismo, si he de juzgar por los comentarios que me han hecho: «Encontré a Ripley (A pleno sol) interesante, supongo, pero en realidad me pareció odioso. ¡Uf!».”

Compactos Anagrama recupera, con traducciones de Jordi Beltrán e Isabel Núñez, los cinco títulos de esta serie absorbente y adictiva sobre la mentira y la simulación, una estimulante lectura veraniega, trepidante y de intenso suspense, entre la perversidad del personaje y el placer de la lectura de las obras más significativas y asombrosas de una maestra de la narrativa contemporánea que va mucho más allá de los límites literarios de la novela negra. 

Para leer a pleno sol y celebrar párrafos como estos:

La atmósfera de la ciudad se hacía más extraña a medida que transcurrían los días. Era como si algo se hubiese marchado de Nueva York —su realidad o su importancia— y la ciudad estuviese montando un espectáculo para él solo, un espectáculo colosal de autobuses, taxis y gente que caminaba presurosa por las aceras, de televisores enchufados en todos los bares de la Tercera Avenida, de cines con el neón de las marquesinas encendido en plena luz del día, y de efectos sonoros compuestos por el sonar de millares de claxons y voces humanas que parloteaban sin sentido. Parecía que el sábado, cuando su buque soltase amarras, toda la ciudad de Nueva York iba a desplomarse como una gigantesca tramoya de cartón piedra.
Tom pensó que quizá era que estaba asustado. Odiaba el mar. Nunca había viajado por mar, salvo un viaje de ida y vuelta desde Nueva York hasta Nueva Orleans, pero a la sazón lo había hecho en un buque platanero, pasándose la mayor parte del viaje trabajando bajo cubierta, sin apenas darse cuenta de que navegaban por el mar. Las escasas veces que se había asomado a la cubierta, la vista del mar le había asustado al principio, luego le había hecho sentirse mareado, impulsándole a regresar corriendo a la bodega, donde, en contra de lo que decía la gente, se había sentido mejor. Sus padres habían perecido ahogados en el puerto de Boston, lo cual, según siempre había pensado Tom, tal vez tenía algo que ver en su aversión hacia el mar, ya que, desde que tenía uso de razón, el agua le infundía pavor, y nunca había conseguido aprender a nadar. Al pensar que en el plazo de menos de una semana iba a tener agua bajo sus pies, con varias millas de profundidad, sufría una sensación de vacío en la boca del estómago, y aún más al pensar que pasaría la mayor parte de su tiempo contemplando el mar, ya que en los transatlánticos el pasaje pasaba casi todo el día en cubierta. Además, tenía la impresión de que marearse resultaba muy mal visto. Nunca le había sucedido anteriormente, pero había estado muy cerca de marearse durante los últimos días, con sólo pensar en el viaje a Cherburgo.


24 mayo 2022

Lírica inglesa del siglo XIX




“La poesía tiene algo que se puede traducir, y es ese algo lo que aparece en una buena y noble traducción.[…] La poesía es algo más que lenguaje, aunque sea muy fundamentalmente lenguaje, y es ese algo más lo que puede alcanzar a atrapar una buena y noble traducción. En esa parte de la poesía que trasciende al lenguaje, aunque esté contenida en él, radica la universalidad del alma humana que llega a través de las lenguas, en este fascinante ejercicio intercultural e interlingüístico que recibe el nombre de traducción y al que le debemos, sencillamente, la cultura entera […]
Cada lengua es un vehículo de la experiencia humana y, en esencia, ésa es muy parecida en todas las lenguas y en todas las épocas. ¿Por qué, si no, nos llegan tanto poetas de épocas lejanas y de lenguas muy distintas entre sí? Porque ¡hablan del hombre y porque el hombre, en esencia y en lo profundo, sigue siendo el mismo! […] Y es en esa universalidad donde hinca sus raíces la milagrosa y misteriosa traducción: en la posibilidad de acercar esas experiencias y que suenen en nuestra lengua como posibles y verosímiles en ella”, escribe Ángel Rupérez en el prefacio -‘Años después’- que abre la reedición en Alianza Editorial de Lírica inglesa del siglo XIX, la antología bilingüe que apareció en 1987 en la editorial Trieste, una reedición a la que se incorporan nuevos poemas y nuevos poetas. 

Nombres como Blake, Wordsworth, Coleridge, Byron, Shelley, Keats, Elizabeth Barrett, Browning, Tennyson, Emily Brontë, Christina Rossetti, Swinburne, Thomas Hardy, Gerald Manley Hopkins, Oscar Wilde o Kipling son algunas de las presencias de esta antología de referencia que iba precedida en 1987 de un espléndido prólogo que se reproduce también en esta reedición.

Un prólogo en el que Ángel Rupérez se centra en las aportaciones más significativas de los autores recogidos en la antología: la renovación de temas y lenguaje de las Lyrical Ballads; la idea de la poesía como la emoción recordada en tranquilidad en Wordsworth; Coleridge y la fundación de una nueva sensibilidad poética; la ambición filosófica de la poesía intelectual de Shelley; la figura contradictoria de Byron y su poesía vital y desgarrada; el pesimismo melancólico de Keats; el monólogo dramático de Browning; la fragilidad de Elizabeth Barrett; el paisaje como expresión suave de la melancolía en Tennyson; el manierismo de Dante Gabriel Rossetti; la singularidad de la potente expresión poética de Thomas Hardy o la imperecedera poesía de Yeats, que escribiría lo mejor de su poesía en el siglo XX.

Del Romanticismo a la poesía victoriana, el conjunto compone un panorama representativo de la poesía inglesa del siglo XIX, en el que abundan poemas imprescindibles como el Preludio de Wordsworth, el Kubla Khan de Coleridge, el Himno a la belleza intelectual de Shelley o los Sonetos del portugués de Elizabeth Barrett Browning. 

Y poemas memorables como el If de Kipling o este Invictus, de William Ernest Henley, dos de las novedades de esta reedición:

En medio de la noche que cae sobre mí,
negra como un pozo que se hunde inacabable,
doy las gracias a Dios, si es que algún dios existe,
por ser el propietario de esta alma invencible.

 Atrapado en las garras de la cruel existencia
 nunca he vociferado ni he expresado dolor.
 Bajo los mazazos de mi pésima suerte
 mi frente se desangra pero jamás se rinde.

Más allá de este lugar de lágrimas y cólera
veo que se aproxima el horror de la sombra
y que el tiempo y los años y toda su amenaza 
son mi día a día y lo serán después, pero no los temo.

No me preocupa que se cierren las puertas
ni que lluevan sobre mí un sinfín de castigos,
pues sé que yo gobierno el rumbo de mi vida 
y que soy el capitán de mi alma invencible.
 

23 mayo 2022

Dos libros de Alfredo Giuliani





“Encontrarme en 2001 me ha dado una curiosa impresión, me sentía en otra parte del tiempo y por primera vez he contado mis años. Me parecía haberme convertido en un joven viejo, era como una percepción de realidad invertida. Me he llamado viejo, simplemente, con una cierta gallardía. Ya no tengo nada que perder, me he dicho, puedo recoger los pensamientos y los sarcasmos predilectos, los sentimientos, las ‘verdades’ y las repulsiones. Gozar del placer de sufrir y jugar con las palabras. Divertirme con las formas y las informalidades de la métrica. Hablar de tú al mundo, somos ambos jóvenes viejos. Adiós al romántico demonio”, escribe Alfredo Giuliani (1924-2007) en el epílogo el que explicaba el nacimiento de su libro Poetrix Bazaar, que recoge poemas escritos en su mayor parte entre 2001 y 2002.

Con una espléndida edición bilingüe de José Muñoz Rivas, lo publica El sastre de Apollinaire junto con Ebriedad de aplacamientos, cuya versión original apareció en 1993, diez años antes de Poetrix Bazaar.

Esos dos títulos constituyen la última fase creativa de Giuliani, poeta del que Muñoz Rivas tradujo ya en 1991 Versi e nonversi, el volumen que recogía la poesía hasta 1984 de “uno de los principales teóricos y protagonistas “ de la nave vanguardia italiana entre los años 50 y los 80 del pasado. Del cambio poético de Giuliani que reflejan estos dos renovadores libros habla Muñoz Rivas en la introducción, donde afirma que “el espacio alternativo que creo que habría que defender para estas dos joyas de la literatura italiana, naturalmente no impide la existencia de indispensables conexiones con la poética vanguardista de Giuliani madurada a lo largo de décadas, desde principios de los años cincuenta del siglo pasado. Más bien, lo que hace es proteger una intimidad que no era muy acorde con los libros anteriores del teórico, poeta y crítico de vanguardia Alfredo Giuliani.”

Esa introducción aborda también las amplias influencias que subyacen en la poesía de Giuliani (Dylan Thomas, Pound, Eliot, Auden, Larkin o William Carlos Williams entre los poetas de habla inglesa; Michaux y Jarry entre los francófonos) o su importante vertiente crítica y divulgativa, una actividad en la que destaca su antología I novissimi. Poesie per gli anni ‘60, en la que reivindicaba la ruptura con el neorrealismo y el crepuscularismo.

Del onirismo visionario de estirpe superrealista que recorre estos dos libros, de su escritura en libertad y de la calidad de las traducciones de José Muñoz Rivas dan muestra estos dos poemas. El primero es uno de los cinco textos breves que integran el poema que da título a Ebriedad de aplacamientos:

Gemina que zurda respira a escondite
el sol está en el pozo de nuestro conjunto infinito
por remolinos incandescentes vago espejo de espumas
desgrana la hipótesis de hiperbólico fuego
el aire hueco fríe luz oscura abre de par en par
es océano en llamas y basta la imagen
pero tú subes a la cotas del viento curtido
gimes la amabilidad de morir.

Este otro es muy significativo de la tonalidad emocional y verbal de Poetrix Bazaar:

SOBRE UNA FRASE DE UN AMIGO

Un amigo me tira encima una frase hecha: 
“¿No estarás por casualidad echando los remos a la barca?”
Verdaderamente puede no ser una rendición, y por si acaso no es 
por casualidad. Uno echa los remos a la barca para deslizarse 
por la corriente y ponerse a contemplar el mar 
del ser, ¿no te parece? Es frase mal hecha,
por lo que quiere significar: que te separas.
En cambio, te ralentizas (porque pararse nunca se puede) 
y contemplas la ilusión y quizá te diviertes pensando 
que puedes elegir, frágil belleza, la parte 
no infame en la que estar.

22 mayo 2022

Chantal Maillard. Poesía reunida

 


21 mayo 2022

Un piano entre la nieve

 


AVE FÉNIX 

Plantas del valle que se quedan calladas, 
junto a la ladera en que los sueños se pierden, 
entre murmullos extraños, seres nunca vistos.
Un sortilegio guía nuestro camino.
La tristeza del ayer llama a nuestra casa, 
pero un sol inmutable reina en el recuerdo, 
impidiendo los malos presagios. 
Estaremos a salvo si volvemos a ser niños, 
si regresamos a esa cumbre que besan los mares, 
a esa ladera virgen donde duermen nuestras flores.
Pues el dolor nunca vence a los sueños 
ni a la poesía ni al arte en nuestra memoria.

Con ese poema culmina Isabel Marina un viaje por cuatro estaciones de la memoria desde el origen hasta el resplandor final a través de un camino de revelaciones y pérdidas.

Un viaje por la memoria que transcurre desde las sombras asumidas y crecientes hasta la reivindicación del deslumbramiento de ese “sol inmutable” que “ reina en el recuerdo.”

Desde la infancia perdida como refugio permanente del desasosiego y la conciencia de la fugacidad hasta la salvación final de ese Ave Fénix que resurge de las cenizas, los poemas de Un piano entre la nieve, que publica El sastre de Apollinaire, reproducen un itinerario vital y sentimental que a través de la oscuridad conduce desde el dolor de las desolaciones a la esperanza de la luz, “hacia la luz de ese faro donde refulge / nuestra mirada de colegial.”




20 mayo 2022

Tratados de armonía de Antonio Colinas



Antonio Colinas reúne en un volumen que publica Siruela sus cuatro Tratados de armonía, una obra en crecimiento continuo desde aquel primer Tratado que apareció en 1991, al que se sumaron en 1999 el Nuevo tratado de armonía y en 2010 el Tercer tratado de armonía. 

“Estos Tratados de armonía -escribía Colinas cuando publicó en un volumen Tres tratados de armonía- se cuentan entre los libros míos que prefiero. Cuando a veces, en ese momento en el que el lector anónimo me pide que le recomiende uno sólo de mis libros, yo suelo sugerirle éstos. ¿Por qué? Acaso porque son una obra que revela muy bien al escritor que esencialmente he querido ser; o porque hay en ella esa modesta, aunque radical, «filosofía de la vida» a la que he aludido. Con esta obra también se han identificado algunos lectores fieles que me han acompañado a lo largo de estos últimos años. Me consta, pues, que el Tratado de armonía, luego el Nuevo tratado de armonía y espero que ahora esta entrega global —que incluye el inédito Tercer tratado—, han tenido y seguirán teniendo sus fervorosos seguidores.”

En el Preliminar que abría el volumen recordaba cómo empezó todo:

Comencé a trabajar en el Tratado de armonía en los primeros días de 1986 (...) No creo, sin embargo, que se pueda hablar de pensamientos al enjuiciar el género de este libro. ¿Aforismos, reflexiones, impresiones, contemplaciones? Acaso me decidiría por este último significado, pues casi todas las partes del libro nacen de una contemplación objetiva y serena, de una impresión vivida sin prisas en el medio de la naturaleza.

En aquellas palabras de presentación -como señalé entonces en una reseña que tiene tanta vigencia que se reproduce textualmente en la nota editorial de esta nueva edición- estaban algunas de las claves de este ciclo de la obra de Colinas: la contemplación, la serenidad, la vida, la naturaleza. Una contemplación reflexiva, una meditación en el marco natural que busca la armonía en la respiración de la naturaleza, en la luz, en la música pitagórica de los astros, en las aves y los árboles, en la exaltación del presente. en la respiración de la palabra hecha ritmo que reproduce la música del mundo, en una mirada que une armónicamente los sentidos y la inteligencia, el yo y el universo.

Esa mirada que se dirigía hacia la altura de los astros, los pájaros o los árboles en el Tratado de armonía descendía en el Nuevo tratado de armonía hacia la tierra o hacia el mar desde los acantilados, hacia la semilla y la raíz o hacia los frutos caídos del árbol. El mal irrumpía inarmónicamente en un libro que volvía a la experiencia sensorial de lo infinito en la mirada, la música, el silencio o los aromas y expresaba la clave de la armonía en la fusión de contrarios:

No se puede buscar la luz sin que las raíces estén lo suficientemente profundas. El ser -como el álamo- debe crecer en igual medida hacia arriba y hacia abajo, hacia la luz y hacia la sombra.

El Nuevo tratado de armonía se cerraba con esa integración de dualidades y con la salida de la isla de Ibiza, a la que regresan las primeras páginas del Tercer tratado de armonía, en el que se funden pasado y presente a través de dos paisajes: el ibicenco y el leonés. Dos tierras, dos valles, dos casas, dos jardines, dos espacios para la armonía y el silencio.

Pero sobre ambos valles temblaba y tiembla la misma Vía Láctea. Podrá apreciar, pues, el lector cómo a lo largo del Tercer tratado, la mente y la vida del que escribe va saltando de un valle a otro, de una casa a la otra. Estos dos valles no son, en el fondo, sino un mismo valle: el de la vida. En él es donde se da ese viaje decisivo —ineludible para el que desee vivir en la consciencia— a nosotros mismos: el viaje interior.

En este nuevo volumen se añade un Cuarto tratado de armonía organizado en cinco apartados que proponen un diálogo intercultural que a la conversación entre lo mediterráneo y la España del Noroeste añade el que se establece entre su lectura de Pasternak, el Extremo Oriente coreano de la Montaña Kumgang y el Oriente Próximo del Cuaderno de Jerusalén.

Y ese diálogo se enriquece con la mirada interior que se proyecta en los textos de Del otoño avanzado y Sobre el Respirar, al que pertenecen estos tres fragmentos:

Respirar: una forma de introducir el paraíso dentro de nosotros. El paraíso que buscamos y que nunca encontramos desasosegados, cuando respiramos incorrectamente.

La respiración el silencio nos permite también detener el tiempo, mantenernos entre los extremos, buscar con seguridad el camino correcto entre las sombras, hacia la luz.

Vuelve los ojos hacia dentro, pues allí encontrarás siempre lo que has buscado toda la vida fuera de ti. Allí dentro está todo, pero no es fácil dar con esa totalidad. Hallada, habrás dado con la bondad o energía de la luz que no se ve, pero que se inflama y entrega con dulzura. Y fluyendo con ella en tu respiración, se abrirán quizá todos los caminos que antes se cerraban.


19 mayo 2022

En la Fonoteca Española de Poesía





 En la Fonoteca Española de Poesía, tres poemas de El tercer reino.

https://fonotecapoesia.com/santos-dominguez/

https://youtu.be/9vtr5sKeDJo

18 mayo 2022

Imaginemos una frase


Oh, oh, oh, oh.
William Shakespeare 

En Shakespeare, las últimas palabras rara vez son lo último. “Oh, muero, Horacio”, declara Hamlet como cincuenta líneas antes del final de la obra que lleva su nombre, y seis líneas antes de su propio fin. Su auténtico final, como se sabe, es: “El resto es silencio.” No del todo, o no siempre. Hay tres variantes del texto de Hamlet, y en uno, como mínimo, el danés muere de otra forma: “El resto es silencio. Oh, oh, oh, oh.” ¿Qué nos están diciendo estas cuatro oes menguantes? (¿O son cinco? Podríamos decir que el punto y aparte es el último círculo y el más pequeño.) “Oh” es una fórmula omnipresente en Shakespeare, unas veces como proclama y otras como chiste tipográfico: “Esta pequeña O, la Tierra”, que también podría ser el teatro Globe. Los académicos dicen que los “¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!” de Otelo vociferados tras asesinar a Desdémona son un solo rugido de culpa y espanto, no tres gritos distintos. Al llegar al final de su vida, Lear también grita “¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! El médico oye los “Oh, oh, oh” de Lady Macbeth como si de una serie de “suspiros” se tratase. ¿Y los “Oh, oh, oh, oh” de Hamlet? Seguramente no es ni más ni menos que la expresión vocal, exacta, del silencio. Esta “O” es la apoteosis trágica del cero.

Ese es el primero de los veintisiete capítulos que contiene Imaginemos una frase, el libro que Brian Dillon compone a partir de la libre reflexión sobre veintisiete frases de otros tantos escritores, de Shakespeare a Anne Boyer.

A medio camino entre el ensayo erudito, las notas de lectura crítica y la libertad creativa del ejercicio literario, los veintisiete textos de Imaginemos una frase se organizan cronológicamente en función del autor de la frase motriz, de John Donne a Anne Carson, de Thomas de Quincey a Susan Sontag, de Ruskin a Virginia Woolf, de Roland Barthes a Gertrude Stein, para acabar elaborando un estimulante artefacto experimental, un mosaico de referencias, afinidades y reflexiones lectoras de enorme originalidad interpretativa que Dillon resume en estos términos:

En cada uno de los veintisiete textos que siguen he intentado describir la afinidad que siento por la frase aislada, quizá también por la obra de la que proviene y por el autor que la compuso, pero sin calcular por anticipado cuánto análisis, cuánto contexto, cuánto arrebato y cuánta digresión incluiría. Escribí, por decirlo así, con la cabeza metida en el libro; por primera vez en mi vida, escribí sin una visión de conjunto; escribí un fragmento y luego otro, tanteando a ciegas el camino por el que me llevaba la afinidad. En cuanto a conexiones temáticas, solo diré que una cantidad considerable trata sobre muerte y desaparición.

Lo publica Anagrama con traducción de Rubén Martín Giráldez y desde hoy está en las librerías.


17 mayo 2022

Gracq. Nudos de vida



“¿Por qué no admitir que la poesía también tiene con sus lectores más fervientes algunos fiascos, esos momentos de perfecta atonía en los que el poema resbala sin morder nada en la superficie de la mente desensibilizada, cuando los versos más queridos vienen a chocar con la puerta de la memoria sin que se encienda la chispa, cuando el dedo, sin que se despierte ningún hormigueo, toca el cable de repente inexplicablemente desconectado? ¿Por qué no admitir que la poesía más hechizante, la más segura de su poder, solo pone en forma a sus amantes… una vez de tanto en tanto?”, escribe Julien Gracq (1910-2007) en una de las notas que forman parte de los inéditos que se reúnen en el volumen Nudos de vida, que publica Ediciones del Subsuelo con una estupenda traducción de Lluís Maria Todó.

Organizados en cuatro capítulos (‘Caminos y calles’, ‘Instantes’, ‘Leer’ y ‘Escribir’), estos textos forman un conjunto descubierto en la sección de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Francia que, como señala en el prólogo su editora Bernhild Boie, “nos ofrece la maravillosa sorpresa de recuperar una escritura que nos permite ver, sentir y pensar. Una prosa poética luminosa que, paseando por caminos y carreteras, hace surgir paisajes con todo lo que implican de presencia inmediata, recuerdos, historias, mitos y cuentos de hadas.”

Textos breves, pero de intensa capacidad iluminadora, en los que la mirada honda, aguda y a veces ácida de Gracq profundiza con libertad y lucidez en la historia y la geografía, en acontecimientos y paisajes, en escritores y ciudades con atención reflexiva y afilada perspicacia crítica. Como este:

Lo que ha desaparecido del horizonte de cierta crítica es el lector atrapado en el hilo de la lectura, el lector emocionado y en movimiento, deseando, exigiendo, captando, esperando. La lectura que propone la crítica es la paradoja de una lectura detenida, inmovilizada: un campo de investigación, como dice ella, es decir, la sustitución del viaje por el mapa de carreteras.

Su depurada escritura revela la consistencia intelectual y literaria de un autor inconformista y visionario, dueño de una espléndida prosa que brilla en estas notas  sin fecha, pero probablemente escritas entre los años sesenta y los ochenta.

Notas que recogen impresiones de lectura y reflexiones sobre la escritura, memoria personal y recuerdos de viajes, alusiones al paso del tiempo o descripciones de la naturaleza como esta:

Hace un día de fin de invierno claro y frío, de ese azul metálico y brillante de zinc nuevo que se ve en el cielo de las últimas heladas cuando los días ya se alargan; la sequedad de ese frío es tónica e hilarante. Me cruzó, no sé por qué, el deseo de ser transportado a las puntas de Bretaña, en el río de viento ácido, corrugador, que decapa las casitas blancas, en la costa salivosa y azotada, hacia el mar que en cada incisura se hace grumoso y sube como la nieve de los huevos batidos. Allí donde los soles de la mañana, que adoré, son más nuevos, más blancos, más gredosos que en otros lugares; en el país del mundo rejuvenecido, porque parece salir de la espuma a cada alba.

Así resume Bernhild Boie el contenido de estos Nudos de vida: “hay también en estos textos una palabra lúcida, a la escucha del mundo tal como va. Comentarios burlones, a veces irónicos, sobre la república de las letras y sus costumbres. Un pensamiento sereno que, sin nostalgia ni lamentaciones, deja al desnudo las certidumbres efímeras y las frágiles convicciones de la sociedad moderna y de la escena política.
Una crítica perspicaz, precisa, plenamente conectada con su época, pero también y sobre todo adelantada a la nuestra, cosa que confiere a algunos de estos fragmentos un tono casi profético.”

16 mayo 2022

Miguel Dalmau. Pasolini. El último profeta


 

15 mayo 2022

Vittorio Sereni. Frontera. Diario de Argelia


 

14 mayo 2022

Manuel Moyano. La frontera interior