19 febrero 2019

Santa Bárbara, del Maestro de Flémalle



Porque tú, Santa Bárbara, del Maestro de Flémalle estás en tu ser, estás en la sustancia, eres tú misma /.../ Tú no pretendes nada, estás en tu ser, en un interior, no raro en la pintura flamenca, por donde entra al par la luz exterior, en una intimidad no cerrada, no hermética.

María Zambrano. 
Algunos lugares de la pintura. 
En Obras completas, IV, 2. 
Edición de Jesús Moreno Sanz. 
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019.

18 febrero 2019

Mañana, en Plasencia


En el Instituto Virgen del Puerto, con el programa de Encuentros Literarios del Ministerio de Cultura.

17 febrero 2019

Emmanuel Bove. Diario escrito en invierno




16 febrero 2019

El hombre que no alardea de ser Manuel Longares


A Manuel Longares lo asisten grandes virtudes diversas, pero de ninguna alardea, ni siquiera de llamarse Manuel Longares. 
Él querría vivir en silencio, fuera del mundo, escribiendo, o no haciendo nada, en silencio, viendo la nieve o las sombras del sol, riendo de las ocurrencias ajenas, resguardando su genio como un tesoro que él tampoco conoce o al menos no desea revelar. En silencio. De esa noble materia está hecho Manuel Longares. «No digas nada de mí. Yo no existo.» 
Es el primero en llegar a las citas, el que advierte en los amigos desfallecimientos que él cura con inteligencia y discreción, y es en el universo literario un tipo extraño, una rara avis, que además tiene de ave una cualidad mayor: sobrevuela, no se le nota, pero en todo se fija, como un búho cuya aparición, además, te va a dar buena suerte. Si hubiera un medicamento totalmente benéfico, éste se llamaría Longares y habría que prescribirlo para todas las enfermedades, incluidas las del alma. Es difícil encontrar a alguien tan bueno, tan especial y, por eso, tan raro o único.
Mientras llega a los sitios (y tú lo adivinas de lejos, sin que él llegue a verte) parece reconcentrado, como ausente de sí mismo, porque forma parte de la calle y de sus escaparates, alentado por lo que ocurre más que por lo que le ocurre. Generalmente va solo por los sitios, no se le ve acompañado sino cuando llega y está contigo, y entonces ya empieza a actuar como persona que habla y se fija en el otro, hasta que se asegura de que ha dejado clara su manera de abrazarte, de darte ánimo, aunque no lo necesites, tan sólo por si acaso. Su bondad no es blandengue sino utilitaria: siempre te dará una salida para tus atolladeros. Para él no pide nada, ni alpiste, su ejercicio ante el otro es el de dejarle mejor de lo que éste estaba al recibirlo. Cuando te alejas tras una conversación con Longares, puedes preguntarte, legítimamente, si ha venido a verte un médico de almas, pues quedas curado hasta de espanto. Y él se va por la calle, buscando de nuevo escaparates de la vida que luego hallan residencia en su obra.
La vida literaria no suele dar personas así, pues en la naturaleza de esta especie prima generalmente el egocentrismo, la lucha del hombre y de la mujer escritores por mostrar lo que saben y lo que han hecho sin tener en cuenta qué hicieron aquellos que tienen enfrente, mientras que Longares procura que no se sepa ni qué ha escrito ni qué está escribiendo. No llega a ser Samuel Beckett, quizá porque al fin y al cabo esa generosidad que lo habita es netamente transitiva. 

Juan Cruz. 
Primeras personas.
Alfaguara. Madrid, 2018

15 febrero 2019

Guillermo Fernández Rojano. Hijos de la piedra


14 febrero 2019

Insoportable hartazgo

Insoportable hartazgo.
Hasta las narices ya de quienes ejercen de comisarios políticos en las redes invadiendo los muros ajenos con sus añejos argumentarios de cartón piedra postbolchevique. 
No se enteran de nada, ni siquiera de que ya pasó el tiempo de los matones estalinistas. Esa gente a la que invocan tanto ya ha empezado a darles la espalda a estos fantasmas ensimismados, a estos zombies desorientados y prepotentes de una izquierda anacrónica y dogmática, anclada en un antifranquismo más rancio aún que ese neofranquismo que agitan como un espantajo para niños cobardes.
Estos muertos vivientes siguen por aquí, desquiciados estos días como ursulinas histéricas ante quienes rompen la fila, y van de sobrados oficiando la liturgia de sus consignas sectarias mientras disfrazan de coherencia ideológica la defensa de sus espurios intereses personales.  
Y así les va, mejor que como les va a ir. Porque ya sólo se engañan a sí mismos. Y no siempre, sólo en momentos de poca lucidez, los más frecuentes entre esta despreciable casta de ignorantes.
Lo dicho, hartazgo insoportable.

13 febrero 2019

Dostoievski. Los años milagrosos



12 febrero 2019

Alejandro Martín Navarro. El oro y la risa


He abierto la ventana que mira a las marismas 
y he dejado que el viento
recoja las cenizas de una noche de insomnio, 
mientras la luz de otoño se deshace 
en los prismas de un cielo que crepita. 

En esa misma altura, también, mi cuerpo frío 
gravita como un átomo en silencio,
en las altas esferas de un mundo que no existe. 

Allí una enorme estrella de luz parte los cielos 
y derrama las cosas sobre un manto infinito. 
Camino hacia ese estruendo milenario,
ese golpe que mueve las galaxias, 
donde todo comienza. 

Allí somos dos niños que juegan en los charcos 
y que esculpen estatuas de bronce con sus besos 
junto a los altos árboles y las enredaderas.
El amor es el ave milenaria 
que mueve las mareas del cosmos desde dentro 
para formar galaxias, y nosotros,
arena que se arrastra en su regazo,
iluminada a veces por la luz pasajera. 

Así comienza Contemplación, el largo poema que abre El oro y la risa, con el que Alejandro Martín Navarro obtuvo el Premio Jorge Manrique en su segunda edición. 
Organizado en tres partes –Arqueologías, Galerías, Cosmogonías-, en sus versos conviven en armonía la angustia por el paso del tiempo, la nostalgia del pasado, la celebración del presente efímero y la esperanza de un futuro disuelto en el cosmos.
Son los temas vertebrales de estos poemas en los que se reivindica la memoria como instrumento de exploración en la identidad propia que se proyecta en el paisaje o en la pintura con una escritura de línea clara y cuidada musicalidad 
Poemas elegíacos, pictóricos o visionarios que entre la meditación, el recuerdo y el conocimiento son el cauce de expresión de una voz serena que se afirma en la mirada y en la reflexión:
Somos vasos de barro que cobijan 
un tesoro de risa y oro puro.
En esos dos versos se resume el sentido del título y la mirada poética y existencial de este libro que publica Cálamo en su espléndida colección de poesía.

11 febrero 2019

En El Puerto de Santa María




En la ciudad gaditana del Puerto de Santa María, a la derecha de un camino, bordeado de chumberas, que caminaba hasta salir al mar, llevando a cuestas el nombre de un viejo matador de toros —Mazzantini—, había un melancólico lugar de retamas blancas y amarillas llamado la Arboleda Perdida. 
Todo era allí como un recuerdo: los pájaros rondando alrededor de árboles ya idos, furiosos por cantar sobre ramas pretéritas; el “viento, trajinando de una retama a otra, pidiendo largamente copas verdes y altas que agitar para sentirse sonoro; las bocas, las manos y las frentes, buscando donde sombrearse de frescura, de amoroso descanso. Todo sonaba allí a pasado, a viejo bosque sucedido. Hasta la luz caía como una memoria de la luz, y nuestros juegos infantiles, durante las rabonas escolares, también sonaban a perdidos en aquella arboleda. 
Ahora, según me voy adentrando, haciéndome cada vez más chico, más alejado punto por esa vía que va a dar al final, a ese «golfo de sombra» que me espera tan sólo para cerrarse, oigo detrás de mí los pasos, el avance callado, la inflexible invasión de aquella como recordada arboleda perdida de mis años.”

Mañana estaré en el Instituto Pintor Juan Lara, del Puerto de Santa María, muy cerca de esa arboleda perdida evocada por Alberti en sus memorias, participando en el ciclo Los Desayunos del Lara con una lectura de aquellos de mis textos más vinculados a la pintura para los alumnos del Bachillerato de artes plásticas y escénicas.

10 febrero 2019

Sherlock Holmes en Barcelona


“Es esta, sin lugar a dudas, la última gran novela del no menos grande y célebre detective que hayan conocido los siglos. En el verano de 1884, el año del cólera, el año en que empezó a levantarse el monumento a Colón, el año en que Maxim's de París incluyó los profiteroles con chocolate en su carta de postres, Sherlock Holmes y el doctor Watson fueron a parar a Barcelona siguiendo la misteriosa pista de un caso no menos misterioso. De ese viaje, desconocido hasta hoy, tratan las páginas de esta deliciosa novela”, afirma Andrés Trapiello en el prólogo -El año del fracaso de Holmes- que ha escrito para la reedición de Los secretos de San Gervasio [Sherlock Holmes en Barcelona], la novela de Carlos Pujol que llega mañana a las librerías, recuperada por Menoscuarto veinticinco años después de su primera edición en 1994. 
La misteriosa desaparición de don Pelegrín Vilumara, “un fabricante textil de fama europea”, es el motivo del viaje de Holmes y Watson, a petición de sus hijas Angélica y Eulalia y el motor de esta divertida y agilísima novela, que en esta afortunada recuperación incorpora como epílogo un magnífico ensayo de Carlos Pujol sobre el género policial, en el que se leen párrafos como este: 
“Holmes es un prototipo radicalizado de los años del positivismo, fruto de la mente de un médico. Tiene una fe ciega en los indicios materiales, es el maniático de las huellas dactilares y de las pisadas, el analista de las gotas de sangre y de los cabellos sueltos, de la composición química de una clase de barro. Holmes, el hombre que eleva la técnica de la observación a la categoría de ciencia infalible, es la potenciación máxima de Dupin, una máquina deductiva perfecta y deshumanizada, pero con rasgos personalísimos /.../ Sus conocimientos son de una excentricidad insuperable, ya que solo sabe lo que le interesa para sus investigaciones: es un gran experto en química, sobre todo en venenos, está versado en anatomía, medicina legal y legislación, y es un erudito en casos criminales. Pero ignora voluntariamente todo lo demás, que según él le estorba y le impide concentrarse, y cierto día Watson descubre con estupor que ni sabe que la Tierra gira alrededor del Sol ni quiere saberlo, ya que es un conocimiento que no le sirve de nada en su trabajo. Desmesuradamente orgulloso, solo vive para investigar.”