
No hay quien pueda definirle. Su presencia, comparable quizá sólo y justamente con el tifón que asume y arrebata, traía siempre asociaciones de lo sencillo elemental. Era tierno como una concha de la playa. Inocente en su tremenda risa morena, como un árbol furioso. Ardiente en sus deseos, como un ser nacido para la libertad. Y tenía para su obra futura un instinto tan primario de defensa que no puede por menos de traerme la memoria de un genio: Goethe. Con una diferencia, y es que Federico era incapaz de la fría serenidad con que aquel júpiter encadenó el complicado mecanismo de sus instintos y pasiones y lo redujo a ruedas dentadas al servicio de su rendimiento intelectual. En Federico todo era inspiración, y su vida, tan hermosamente de acuerdo con su obra, fue el triunfo de la libertad, y entre su vida y su obra hay un intercambio espiritual y físico tan constante, tan apasionado y fecundo, que las hace eternamente inseparables e indivisibles. En este sentido, como en otros muchos, me recuerda a Lope.
En Federico, que pasaba mágicamente por la vida, al parecer sin apoyarse; que iba y venía ante la vista de sus amigos con algo de genio alado que dispensa gracias, hace feliz un momento y escapa en seguida como la luz, que él se llevaba efectivamente; en Federico se veía sobre todo al poderoso encantador, disipador de tristezas, hechicero de la alegría, conjurador del gozo de la vida, dueño de las sombras, a las que él desterraba con su presencia. Pero yo gusto a veces de evocar a solas otro Federico, una imagen suya que no todos han visto: al noble Federico de la tristeza, al hombre de soledad y pasión que en el vértigo de su vida de triunfo difícilmente podía adivinarse. He hablado antes de esa nocturna testa suya, macerada por la luna, ya casi amarilla de piedra, petrificada como un dolor antiguo. «¿Qué te duele, hijo?», parecía preguntarle la luna. «Me duele la tierra, la tierra y los hombres, la carne y el alma humana, la mía y la de los demás, que son uno conmigo.»
En las altas horas de la noche, discurriendo por la ciudad, o en una tabernita (como él decía), casa de comidas, con algún amigo suyo, entre sombras humanas, Federico volvía de la alegría, como de un remoto país, a esta dura realidad de la tierra visible y del dolor visible. El poeta es el ser que acaso carece de límites corporales. Su silencio repentino y largo tenía algo de silencio de río, y en la alta hora, oscuro como un río ancho, se le sentía fluir, fluir, pasándole por su cuerpo y su alma sangres, remembranzas, dolor, latidos de otros corazones y otros seres que eran él mismo en aquel instante, como el río es todas las aguas que le dan cuerpo, pero no límite. La hora muda de Federico era la hora del poeta, hora de soledad, pero de soledad generosa porque es cuando el poeta siente que es la expresión de todos los hombres.
Su corazón no era ciertamente alegre. Era capaz de toda la alegría del Universo; pero su sima profunda, como la de todo gran poeta, no era la de la alegría. Quienes le vieron pasar por la vida como un ave llena de colorido no le conocieron. Su corazón era como pocos apasionado, y una capacidad de amor y de sufrimiento ennoblecía cada día más aquella noble frente. Amó mucho, cualidad que algunos superficiales le negaron. Y sufrió por amor, lo que probablemente nadie supo. Recordaré siempre la lectura que me hizo, tiempo antes de partir para Granada, de su última obra lírica, que no habíamos de ver terminada. Me leía sus Sonetos del amor oscuro, prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad, de tormento, puro y ardiente monumento al amor, en que la primera materia es ya la carne, el corazón, el alma del poeta en trance de destrucción. Sorprendido yo mismo, no pude menos que quedarme mirándole y exclamar: «Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir!». Me miró y se sonrió como un niño. Al hablar así no era yo probablemente el que hablaba. Si esa obra no se ha perdido; si, para honor de la poesía española y deleite de las generaciones hasta la consumación de la lengua, se conservan en alguna parte los originales, cuántos habrá que sepan, que aprendan y conozcan la capacidad extraordinaria, la hondura y la calidad sin par del corazón de su poeta.
Esa evocación que Vicente Aleixandre hacía en 1937 de Federico García Lorca forma parte de la Introducción con la que Ian Gibson abrió la monumental biografía de Federico García Lorca, cuya primera edición apareció en dos tomos, en 1985 y 1987.
Y también en 1937, el 18 de agosto, cuando se cumplía un año justo del asesinato de García Lorca, moría en el Hospital Militar de Santander Rafael Rodríguez Rapún, teniente de artillería del ejército de la República. Había cumplido 25 años en junio y había sido el último amor del poeta.
Con ese dato asombroso construía Ian Gibson el epílogo de su imprescindible estudio sobre García Lorca en aquellos dos tomos definitivos que publicó Grijalbo hace ciatro décadas.
Era una curiosa casualidad, aunque menos llamativa que esta otra: el manuscrito lorquiano de Así que pasen cinco años estaba fechado el 19 de agosto de 1931, cuando faltaban cinco años exactos para que pasara lo que pasó.
Aquellos dos volúmenes excedían los límites estrictos del estudio biográfico, porque eran también una acercamiento documentado y riguroso a la intrahistoria de la creación lorquiana y proponían un recorrido coherente, temático y cronológico por los textos más significativos de la poesía y el teatro de Lorca.
La infancia de niño rico en la vega granadina, los años de formación literaria y musical, el magisterio de Falla, la Residencia de Estudiantes, el papel decisivo que jugaron en aquellos años Dalí y Buñuel, la aguda crisis personal y literaria que desembocó en los meses neoyorquinos y en Cuba, su consagración como dramaturgo, la experiencia de La Barraca, su compromiso político, su homosexualidad y las oscuras circunstancias que rodearon las horas previas a su asesinato son algunos de los ejes en torno a los que giran los treinta y cinco capítulos del libro, rematados con El calvario de un poeta.
Crítica recupera en un volumen de casi mil quinientas páginas aquella obra monumental, que en 1998 tuvo una versión revisada con las aportaciones del epistolario y la obra juvenil, publucados después de la primera edición, y una revisión casi definitiva del texto en 2011, en el setenta y cinco aniversario del asesinato del poeta.
En términos generales, aquella versión revisada de 2011, que cumple ahora quince años, es la que se reedita en un volumen al que Gibson ha añadido un nuevo prólogo, fechado en febrero de 2026, en el que recuerda la historia editorial del libro antes de concluir:
En fin, he aquí otra vez, rediviva, la edición de 2011. Me complace. En ella traté de ser riguroso a la hora de indicar metódicamente las fuentes de toda mi información, para que otros pudiesen investigar, comprobar, corregir, ampliar. Seguramente, a estas alturas, hacen falta nuevas biografías del genio. Pero ya no queda ningún testigo personal de cómo era García Lorca en sus múltiples expresiones y manifestaciones, entre ellas sus repentinos «dramones», cuando, sentado entre los suyos, daba la impresión de haberse ausentado. Y luego, unos minutos después, volvía a hablar con toda normalidad, como si no hubiera ocurrido nada. ¿Dónde se había ido? Ni sus más íntimos lo podían aventurar. «Solo el misterio nos hace vivir. Solo el misterio»: así lo expresó al pie de un dibujo suyo protagonizado por un marinero que llora, en vez de lágrimas, ojos otoñales. García Lorca, Pierrot español, telúrico, más lunar que solar, era el misterio en persona.
Y es que desde aquella primera edición hasta hoy, aunque se han ido añadiendo aportaciones a la bibliografía lorquiana y se han conocido nuevos detalles sobre la obra y las circunstancias de la muerte del poeta, algunas firmadas por el propio Gibson, este libro se ha consolidado como una referencia ineludible no sólo en la reconstrucción de la biografía de Lorca, sino en la propuesta de un conjunto sólido de claves interpretativas que iluminan el complejo mundo metafórico que desarrolla su obra.
Salvo alguna cuestión de matiz, siguen vigentes básicamente los datos de la investigación de Gibson, el sentido que orientaba sus interpretaciones y las conclusiones de su análisis, que vincula la biografía de Lorca y su sexualidad problemática con su producción poética y teatral, de la misma manera que la proyección universal de esa obra no ha dejado de crecer hasta hacerse imprescindible en el panorama poético europeo de la primera mitad del siglo XX.
De alguna manera, el prólogo que abrió la versión revisada y ampliada de 2011 era una despedida de Gibson de casi cincuenta años de investigación lorquiana. Reconocía allí que "haber podido dedicar tantas décadas a estudiar al hombre y su obra ha sido el mayor privilegio de mi vida."
Un privilegio compartido con sus muchos lectores, para quienes la figura del poeta y la de su mejor estudioso son ya inseparables. Lo explicaba Antonio Muñoz Molina hace unos años cuando presentaba a Gibson como “el último viajero del romanticismo”: "La novela verdadera y trágica de la vida de Federico García Lorca - escribió el novelista- no puede contarla ya nadie sin tener presente la aventura de indagaciones a la que ha dedicado tantos años Ian Gibson."