03 mayo 2026
Pedro se detuvo en el vano de la puerta. Afuera, en la negrura del descampado, un ejército de grillos entorpecía la calma vespertina. A lo lejos se adivinaba el balanceo de un farol en el bar de Juvi. Aguzó el oído por si todavía llegara el rescoldo de la música. Buscó, en el bolsillo de la camisa, el tabaco y los fósforos. Chasqueó una cerilla en el revestimiento de hojalata de la chabola. Le pareció escuchar voces, en la distancia. Después el viento le trajo un ladrido. El fulgor del mixto iluminó su rostro un momento. Visto desde otro ángulo, Pedro era ahora solo la brasa del pitillo que rasgaba, con cada calada, el sopor del tardío crepúsculo estival.
Con ese párrafo, que tiene ecos en su mirada cinematográfica, en su ritmo sintáctico y en su lenguaje impresionista de las mejores obras de Jesús Fernández Santos y de Ignacio Aldecoa, inicia Pepo Paz Saz su primera novela, Comenzar el olvido, que publica Reino de Cordelia.
Construida en tres partes (Muñecas de cera, La obediencia y Comenzar el olvido), subdivididas en breves capítulos y unificadas narrativamente en torno a la figura autobiográfica de Manu, que se mezcla con otras voces presentes en el texto, Comenzar el olvido proyecta una mirada crítica a la Transición a partir de dos muertes femeninas violentas: la de Natividad Romero, cuyo cadáver estrangulado aparece en una tinaja en el poblado chabolista de Las Cárcavas de Hortaleza en agosto de 1969, y la de Mariluz Nájera, muerta en Madrid, en la calle Libreros, esquina a Gran Vía, por el impacto de un bote de humo en febrero de 1977, en una manifestación por la amnistía.
La cierra un Epílogo, La vida rota, que concluye con estas líneas:
De repente un grupo de chavales de unos trece años atravesó la escena entonando el Cara al sol. Levantaban el brazo emulando el saludo romano, los rostros desencajados. Anabel y Manu se miraron sobresaltados y la fatiga de cincuenta años se reflejó de golpe en la desazón de sus ojos.
Como en los relatos de Las demás muertes, la colección de cuentos que publicó en 2018, memoria y autobiografía son los ejes de esta novela que confirma la solvencia narrativa de Pepo Paz y su eficaz manejo del punto de vista y el tempo del relato, su capacidad para expresar el peso determinante del pasado en el presente y para involucrar al lector en la materia argumental de la novela y en el trepidante ritmo de los acontecimientos evocados, reconstruidos y narrados.
Con la guerra de Vietnam y los estertores del franquismo al fondo, entre los suburbios de Hortaleza, Fuenlabrada y Cuatro Caminos, de la Ciudad Universitaria y las cargas de la policía a la redacción de un periódico y el terrorismo, una crónica doble que tiene menos de testimonio del pasado que de reivindicación de la memoria de la infancia y la adolescencia.
Una crónica que adquiere la forma de una reconstrucción novelística dictada por el recuerdo personal y matizada por la perspectiva vital e ideológica del presente, porque -como reconoce la Nota del autor que remata el volumen- “casi todo lo que se cuenta en esta novela es una ficción…¿Acaso la memoria no es eso, ficción?”
02 mayo 2026
Oficio de callar de José Luis Morante
La dedicación constante (teórica y práctica) al aforismo es una de las principales líneas genéricas que marcan la dilatada y plural trayectoria literaria de José Luis Morante. De esa dedicación dan cuenta no solo volúmenes como Mejores días, Motivos personales o Migas de voz, en los que ejerció como aforista, sino también el amplio estudio introductorio que abría Paso ligero. La tradición de la brevedad en castellano (siglos XX y XXI), publicado por La Isla de Siltolá hace ahora dos años.
En ese hondo ensayo sobre el género aforístico, destacaba José Luis Morante “la mecánica intelectiva del aforismo como estética de lo discontinuo” y “una estética abierta en su expresión, desnuda y activa, siempre implicada desde tonos distintos en búsquedas de conocimiento, reflexión y belleza” que “define esa dimensión del pensamiento donde menos es más.”
Esa estética abierta de lo discontinuo y lo breve y esa triple búsqueda en la que se conjugan ética y estética, indagación e intuiciones, esencia y existencia, pensamiento y poesía, vida y literatura acaba de concretarse en Oficio de callar, su nueva colección de aforismos que publica Mahalta Ediciones.
Como recuerda Jose Luis Morante en el epílogo, ‘Un grifo mal cerrado’, la escritura de estos aforismos la simultaneó con la elaboración de Paso ligero y con la lectura de ese corpus aforístico hispánico que dejó fijado en aquella antología, lo que vincula estos textos con ese legado y los sitúa en un territorio donde confluyen la experiencia vital, la memoria existencial y la asimilación de esa tradición de la brevedad aforística.
Una tradición que enriquecen los cientos de aforismos que recogen estas páginas. Aforismos que abordan la realidad para indagar en sus claves personales -tiempo y silencio, identidad y memoria, luces y sombras de la existencia- y universales desde múltiples perspectivas: desde la reflexión analítica a la intuición poética, desde la ironía distante a la emoción contenida.
Aforismos como estos:
El tránsito es duración; instante del aquí y ahora.
Cuando la realidad es el único centro, hay que acostumbrarse a vivir en el extrarradio.
El crítico colérico hace de cada lectura una fumigación, un estrago, una quema de rastrojos dispuesta a provocar incendios.
Esa paradoja de la identidad que permite no saber quién soy y saber quién no soy.
Dentro del aforismo la psicología del fingidor: una memoria que sabe lo que no sabe.
Dueño de una voluntad que cava hondura en el vacío.
Los aforismos desmigajan. Ponen sobre el mantel las sobras limpias de un pensamiento.
Nada mejor para concluir que cederle la voz crítica al aforista que remata su iluminador texto epilogal con estas palabras que explican también el sentido del título elegido para este volumen:
“Mis aforismos están construidos con la insistencia del grifo mal cerrado; en ellos encuentran consenso motivos que alzan un escenario por donde deambula el buscador de puertas del laberinto.
Transparente y anémico, el aforismo actúa con percusión nocturnal. Aísla pulsiones del pensar; construye enigmas que alteran la superficie del silencio. Su destreza mide las palabras con humildad, las despoja. Trata de aprender el saludable oficio de callar.”
Se cierra así un círculo que se había abierto con el primer aforismo del libro, en el que se lee:
De la verdad la búsqueda, el merodeo, los pasos inseguros que rozan la caída, el incansable oficio de callar.
01 mayo 2026
30 abril 2026
29 abril 2026
Un inédito de Virginia Woolf
Cuando estaba buscando las memorias de Violet Dickinson acerca de la infancia de Virginia Woolf y la familia Stephen, la profesora de la Universidad de Tennesee Urmila Seshagiri encontró en 2022 en el archivo de Longleat House tres cuentos inéditos que la autora de Miss Dalloway había escrito en 1907 y revisado meticulosamente en 1908, cuando los mecanografió en tinta violeta.
Son tres cuentos “de tono lúdico y divertido”, como resalta Patricia Díaz Pereda en el prólogo -“Hallazgos felices”- que ha puesto al frente de la espléndida traducción anotada de Violet, que publica Páginas de Espuma en una memorable edición ilustrada por Andrea Reyes que llega hoy a las librerías.
Galería de amistades, El jardín mágico y Una historia para hacerte dormir son los títulos de estos tres cuentos que se publican por primera vez en español, después de aparecer en inglés en octubre de 2025.
Virginia Woolf, que tenía 25 años cuando los escribió casi como una broma privada, había empezado a colaborar en la prensa con reseñas y artículos unos años antes y se había integrado ya en el círculo artístico de Bloomsbury, pero todavía pasarían casi diez años hasta que publicó su primera novela, Fin de viaje, en 1915.
Era todavía una escritora en ciernes la que compuso estos cuentos primerizos de carácter fantástico y humorístico, protagonizados por la desafiante giganta Violet Dickinson, lectora de Shakespeare, Keats y Wordsworth y dueña de un jardín mágico, que derrota a unos simbólicos monstruos marinos que representan las tradiciones y las convenciones sociales.
Los escribió como una celebración de la amistad y en homenaje a su poco convencional amiga Mary Violet Dickinson, diecisiete años mayor que ella y con quien la unió una “amitié amoureuse", en palabras de la traductora.
Así relataba esa relación Quentin Bell en su biografía de Virginia Woolf: “Las numerosas cartas de Virginia a Violet se han conservado y en ellas resulta claro para el lector moderno, aunque no fuera en absoluto claro para Virginia, que estaba enamorada y que su amor era correspondido. Son cartas apasionadas, encantadoras, divertidas, embarazosas cartas llenas de bromas privadas y de “palabras cariñosas, cartas en las que Virginia inventa motes para sí misma, se imagina como un animalillo tímido y medio salvaje, un cachorro que hay que mimar y acariciar, son cartas en las que intenta hacer surgir una imagen del destinatario.
Era ciertamente una mujer muy buena, dotada de humor, inteligencia y paciencia. «Me recuerdas a Mrs. Carlyle», le dijo Virginia, y pasó a aconsejarle que no se arriesgara a tener el destino de aquella mujer, lanzándose con un corazón demasiado ardiente a cuidar de sus cachorros. Atraía a Virginia, presumo, porque era muy distinta a ella, puesto que tenía una seguridad airosa y masculina, un animado equilibrio imperturbable: era una altísima, poderosa y tranquilizadora torre. Pero debió de tener algo más que fuerza, cierta real grandeza de mente y de carácter.”
Aquella incipiente Virginia Woolf que agrupó estos cuentos de hadas como una biografía en clave fantástica y en un mundo mágico bajo el título The Life of Violet era todavía una narradora en formación, pero ya asoman en este tríptico narrativo las semillas de algunos de los que serían rasgos característicos de su literatura: la mirada femenina y autobiográfica, el ingenio, la reivindicación emancipadora para las mujeres de una habitación propia (“la mujer debe tener dinero y un cottage propio”, dice aquí), la voluntad experimental, la conexión entre el género novelístico y el de la biografía o entre realidad y fantasía y la imaginación fabuladora, que anticipan la magistral madurez de Orlando. Una biografía, la novela que aparecería veinte años después, en 1928, y con la que estos cuentos guardan una evidente conexión, como subraya Patricia Díaz Pereda en su entusiasta prólogo.
Esta excepcional edición ha tomado como referente las ediciones británicas de principios del siglo XX con una encuadernación en tapa dura al cromo, con la portada estampada en negro sobre un papel símil tela azul en el que se ha colocado un cromo, una lámina adhesiva con la ilustración Observación para entender el mundo, de Andrea Reyes, autora también de las siete láminas interiores en color.
“El interior -como explica la editorial-, fiel a la época e inspirado en la colección Little Britain de A&C Black, se ha impreso sobre dos tipos de papel diferente que contrastan al tacto y a la vista: un papel couché para las láminas a todo color (las “plates” de la época) se imprime por una sola cara, como se hacía entonces, para destacar el valor artístico de cada una de las obras; el texto del libro se imprime sobre un grueso papel volumen, ligero y de alta calidad al mismo tiempo. En él se cuidan, a su vez, las proporciones de márgenes y espacios que se acostumbraba (que en decir de los impresores, respetaba la proporción áurea y el descanso de los pulgares), y la tipografía continúa la tradición, al usarse la fuente Caslon Antiqua y sus florituras, en una fiel reproducción (hasta envejecida) de los tipos de plomo que los propios Woolf usaron en sus talleres.”
28 abril 2026
Curso de filosofía de Dardo Scavino
En abril de 2001, una productora de televisión me propuso rodar catorce episodios de una serie basada en esta pregunta: ¿Qué es la filosofía? Yo tenía que encargarme del guion, y ellos buscarían a un director para llevarlo a la pantalla. Se trataría de un documental, evidentemente. Aunque habría también teatralizaciones de hitos de la historia de esta disciplina interpretadas por actores. La idea me encantó y propuse una sola modificación, menor, del proyecto: en lugar de preguntarnos qué es, ¿qué tal preguntarnos qué hace la filosofía? Ningún problema, me dijeron. Al principio no llegaba a imaginarme por dónde podría empezar, pero me fui entusiasmando y me pasé unos cuantos meses escribiendo hasta reunir una centena de páginas de borradores. Antes de que pudiera enviarles los primeros esbozos del libreto, una crisis financiera arrasó la economía argentina y sucedió lo que sospechaba: todo quedó en agua de borrajas. Así que deposité el texto en un cajón de mi escritorio y me olvidé del asunto. O no tanto, porque la carpeta naranja permaneció ahí durante años sin que me atreviera a tocarla para no revivir mi decepción. Ignoro por qué dos décadas más tarde me vinieron ganas de echarle de vuelta una ojeada. Los borradores estaban plagados de nombres propios, frases sueltas, citas de filósofos, indicaciones someras. Pero a pesar de los años, volvieron a mi memoria algunos de los episodios que hubiese querido filmar.
Así evoca Dardo Scavino (Buenos Aires, 1964), profesor universitario en Pau, la génesis de su Curso de filosofía que acaba de publicar Anagrama en su colección Argumentos.
Aquel guion arrancaba con una escena en la que un hombre peregrinaba en el siglo V a.C. desde Atenas hasta Delfos para consultar a la joven pitonisa que revelaba los oráculos délficos en aquel santuario. La pregunta era esta: «Dime, ¿hay en el mundo alguien más sabio que Sócrates?» La hacía el peregrino Querefonte, amigo personal de Sócrates. Y la respuesta de la muchacha en trance fue que no había nadie más sabio que Socrates.
Si había alguien consciente de su propia ignorancia, ese era Sócrates, precisamente. A tal punto que, durante años, había recorrido las calles de la ciudad interrogando a otros acerca de los asuntos que supuestamente conocían. Al militar le preguntaba qué era el coraje. Al magistrado, la justicia. Al político, el gobierno. Y así sucesivamente. Esperaba que estos especialistas lo instruyeran acerca de esas cuestiones. Pero cuando empezaba a pedirles aclaraciones acerca de sus respuestas, saltaba a la vista que tampoco conocían muy bien el tema. Sócrates comprendió entonces por qué la pitonisa había respondido que era el más sabio de los hombres. No porque supiera más que los demás sino porque, a diferencia de ellos, conocía su ignorancia. El famoso «Solo sé que no sé nada» proviene de esta misma historia: los hombres se la pasan diciendo que tal acto de gobierno es justo o no; tal general, astuto o incompetente; tal persona, bella o fea. Discuten, se pelean, recurren incluso a la violencia si alguien ofende sus creencias. Y resulta que son perfectamente incapaces de definir cosas como la justicia, la astucia o la belleza. No hay ningún otro animal que posea esa capacidad de expresarse en un lenguaje articulado. Aunque, por regla general, no sepa muy bien qué dice. Ni qué ideas defiende. Así y todo, se muestra a veces dispuesto a matar y morir por ellas.
Esa escena, inspirada en la platónica Apología de Sócrates, sirve también de punto narrativo de arranque de este apretado e intenso Curso de filosofía, que en los catorce capítulos, que reproducen y evocan el plan de la serie documental frustrada, recorre los asuntos centrales de la historia del pensamiento filosófico con una perspectiva actual y una mirada cercana.
Una mirada que conecta el mundo socrático con la actualidad y los sofistas con porque en una democracia que, como se había platón, estaba siempre en un equilibrio inestable entre la tiranía y la demagogia, “los sofistas habían encontrado otra solución al problema: había que elaborar discursos persuasivos para las masas que gobernaban la polis. Una arenga convincente no tiene por qué basarse en un argumento irrebatible, y un discurso seductor no debe ser necesariamente racional. Así, en lugar de enseñarles a los políticos cómo demostrar lógicamente una tesis, los sofistas les enseñaban cómo cautivar a las masas. Y los políticos los remuneraban muy bien por este valioso servicio, como lo harían más tarde con los especialistas del marketing y la comunicación. Imagínense ustedes una ciudad en la que las mayorías deciden cuáles son las leyes justas y las medidas benéficas: ese poder de persuasión es un poder enorme. Y a Platón esto le molestaba, porque los sofistas no sabían qué era la justicia, la valentía o la belleza. Sabían solamente proferir discursos sugestivos, y en vez de apoyar a las personas idóneas para gobernar la polis, los ciudadanos apoyaban a quienes los hechizaban con palabras. Y al arte de estos hechizos Platón lo llamaba psychagogia: la conducción de las almas.”
Desde el método socrático de la mayéutica y el arte de las parteras de Spinoza a Kant y la relación entre la esencia y la existencia, del “Sólo sé que no sé nada” al heraclitiano “Conócete a ti mismo”, con Platón y Sócrates como hilos conductores, “filosofar -explica Scavino- no consiste en elaborar grandes teorías acerca de lo divino y lo humano. Consiste en extraer los saberes tácitos de algún discurso, poco importa si se trata de una opinión sin sustento o de una ciencia muy fundamentada. Los filósofos, por supuesto, siempre teorizaron, y todavía hoy siguen haciéndolo, como lo hacían también los presocráticos, a quienes la tradición incluye en el conjunto de los «filósofos», aunque todavía no hicieran lo que haría, justamente, Sócrates. En vez de dedicarse a observar los fenómenos naturales, él escuchaba a sus compatriotas.”
Y así estas páginas son un recorrido desde la Política de Aristóteles a la “sapienza volgare” de Vico, de Al-Kwarismi a Hegel, de la mayéutica a la fenomenología, del razonar al contar, de los ríos a los sueños, de Platón a Heidegger, del realismo al nominalismo, del círculo hermenéutico a la voluntad nietzscheana, de Hume a Bachelard, de la razón cartesiana a la lógica de los límites de Wittgenstein, del pensamiento político de Hobbes a la teoría crítica de Walter Benjamin.
Un recorrido que explora la relaciones entre el lenguaje y la filosofía, lo mismo y lo otro, la multiplicidad del ser, el conocimiento y la paradoja y que culmina en un último episodio, que compara a Sócrates con Cristo a propósito de un diálogo entre Jesús y Nicodemo en el que recurre a la idea socrática del parto del espíritu, porque “aunque uno apostara por la razón y el otro por el amor, Sócrates y Jesús tenían un objetivo común: la redención de sus congéneres” y ambos “pagaron con sus vidas esa pretensión de cambiar las otras y de introducir una ruptura entre lo viejo y lo nuevo. Al ateniense se lo acusó de haber tratado con impiedad y perversión a los jóvenes. Y las acusaciones contra el nazareno no fueron muy diferentes.”
Este es el último párrafo del libro, que vuelve a su punto de partida y a su escenario inicial en el templo oracular de Delfos con la visión de una joven que inevitablemente evoca a la sibila. Una muchacha a la que -inevitablemente también- le dirige una pregunta socrática:
Mientras me paseo por el antiguo templo de Delfos, diviso entonces a una joven con una gran capelina y un vestido claro y largo, que también camina entre las ruinas, indiferente a los turistas, los arqueólogos y el suplicio del calor. Sospecho que se trata de una estudiante de Historia Antigua o Lenguas Clásicas que habría venido a visitar los restos de este santuario después de haber escuchado una adaptación moderna de los Himnos délficos a Apolo. Me sorprende, en todo caso, que pase entre los vestigios con una elegante soltura a pesar de ir tecleando a toda prisa un mensaje en su smartphone. Y también que ande descalza sin temor a los restos de latas y botellas encasquilladas entre las rocas. Cuando paso junto a ella, me atrevo a dirigirle la palabra: «Buen día, disculpa que te moleste, ¿te parece que hay una ciencia más importante que la filosofía?». Se sobresalta, me mira como si yo fuera un extraterrestre y empieza a reírse a carcajadas. Y yo con ella.
27 abril 2026
A. Ménard, encuadernador del Quijote
A. Ménard, encuadernador con sede en el Paseo del Prado, 22 (esquina a la calle de Lope de Vega, donde -en el otro extremo- vivió Cervantes), hizo a finales del XIX esta encuadernación en piel con hierros y cantos dorados de la primera edición del Quijote, la que salió en 1605 de la imprenta de Juan de la Cuesta. Es un ejemplar que se conserva en la Academia Española de la Lengua.
El suyo es el inmortal apellido que sin duda inspiró el memorable Pierre Ménard, autor del Quijote, que Borges incorporó a Ficciones. Se han dado muchos palos de ciego -nunca mejor dicho- en torno a la inspiración para ese nombre: un teniente gobernador de Illinois, un escritor menos que menor en el XVIII francés, un poeta simbolista casi desconocido, una parodia de Paul Groussac...
No lo sabe casi nadie, entre otras cosas porque Borges, que era un tuno, tampoco lo contó, porque le divertía este juego algo infantil de los despistes para burlarse de algunos críticos. No lo sabía casi nadie. Y los académicos de Argamasilla, los cervantistas aluvionales y los catedráticos sobrevenidos en Borges, que -como los anteriores- tampoco leen a Cervantes, menos que nadie. Prefieren a Ménard, claro.
26 abril 2026
25 abril 2026
Literatura y catarsis
Estamos de nuevo en la cocina, siempre sucia, siempre llena de bolsas de basura de todas las clases en función de lo que reciclen. Ahora nuestra cocina es la cocina más angustiosamente ecológica de la tierra, está llena de basura pero bien clasificada: residuos orgánicos, plásticos, vidrios, papel y cartones. Es la cocina más rebosante del mundo, es la cocina que ella desea, es la cocina de Ada, no la mía, una cocina de ecología de vanguardia, estamos salvando el planeta. A mí me da asco tanta mierda, pero eso sí, es mierda científicamente distribuida. Y estamos salvando el planeta. Esta cocina salva el planeta, pero no salva nuestro matrimonio, qué ironía. A veces me veo con algún desperdicio en la mano que no sé en qué sitio tirar, no sé si es plástico o papel, solo es mierda en mi mano. Me quedo mirando el desperdicio como si fuese un misterio teológico. Dime, desperdicio, cuál es tu cubo de basura. El desperdicio no habla; así que al final lo tiro en cualquiera de los cubos de basura que tenemos disponibles, que son cuatro. Cuatro cubos de residuos asquerosos en una cocina pequeña. También hay basura en los armarios de la cocina. Abres uno y te puedes encontrar con unas cien o doscientas cápsulas de café o con botes de cristal de hace meses, o años, y casi te entra nostalgia del día que consumimos ese bote de judiones. En realidad, desde que Ada vino de Estados Unidos nuestra cocina es un basurero sostenible.
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Y ahora la entropía solo me deja estos recuerdos. Y el presente es supervivencia, cada uno por su lado. Me sonrío de nuevo porque jamás la oí roncar en los primeros tiempos de nuestro amor. Ahora ese es un argumento que Ada exhibe con dureza, que la despierto por las noches, para que cambie de postura, porque sus supuestos ronquidos no me dejan dormir. Qué tristeza más grande me invade ahora mismo: ¡qué enorme daño le causa la entropía al amor! En los dos o tres últimos años comencé a oírla roncar por las noches.
Lo más gracioso es que desde la frase seguimos durmiendo juntos, cada uno en su cama, la sigo oyendo roncar pero ahora no me importa.
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Me he sentido culpable de todo: de no ser más alto, de no ser más inteligente, de no haber llegado más lejos en la vida, de no ser más honesto, más bondadoso, mejor persona, de no haber escrito buenos libros, de haber perdido amigos, de la muerte de mi padre, de la muerte de mi madre, de la muerte de mis tíos, de la muerte de mis primos hermanos, de no haber sido un buen marido, de no haber sido un buen padre, de no haber sido un buen hermano, de la muerte de mi perro. Todas mis culpas soy yo. No soy otra cosa que un culpable de haberlo hecho todo mal. Cómo he podido hacerlo todo tan mal. Cómo he podido perderla. Tal vez porque no estaba mi madre. Mi madre y mi padre, por eso les dedico este libro.
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Ada era o es (otra vez la dislexia temporal) muy competitiva. A mí me sacaba de quicio que compitiera conmigo. Le recordaba que éramos matrimonio y que yo tenía nueve años más que ella, que ni siquiera pertenecíamos a la misma generación de escritores. Y sin embargo, ha sido la persona que más se ha alegrado en esta vida de mis éxitos profesionales. Celebraba mis libros con alegría. Se leía mis manuscritos con infinito más detalle que yo los suyos. Aquí sí quiero entonar un profundo mea culpa, porque creo que tendría que haber sido más minucioso con sus manuscritos, pero me consuelo recordando que el fuerte de Ada no era la gramática (por culpa del inglés, que se le mezclaba con el español) y allí sí yo estuve ayudándola y mucho.
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También las cremas le volvían (y le vuelven) loca. Muchas veces quiso ponerme cremas hidratantes, pero yo no soporto esas cremas, porque me dejan la piel pringosa. Y ella no entendía esa renuncia mía al enorme placer y a la protección contra el sol que esas cremas procuraban a tu cuerpo. A mí no me apasionaban las cremas de belleza como a ella, que temía que su piel envejeciera. Me decía «mira cómo tu piel está aplaudiendo» cuando conseguía extender sobre mi frente una crema hidratante. Yo me miraba en el espejo para ver aplaudir mi piel. Y allí no aplaudía nadie. Pero Ada creía a pies juntillas que mi piel aplaudía ante sus cuidados.
Manuel Vilas.
Islandia.
Destino. Barcelona, 2026.
24 abril 2026
23 abril 2026
22 abril 2026
Antología poética de Mario Lourtau
Por el cauce encendido de sus aguas
la memoria es un libro navegable.
Escritas van en él, orilla adentro,
flotando, las palabras.
Ellas se entregan hondas, firmes, azarosas,
a corazón abierto,
sin condición o pacto.
Mucho antes ya fueron
el gélido vacío de días desapacibles,
el gozne donde apoya su codo la tristeza,
la balanza que sentencia con su peso
la sombra del error
o el oro jubiloso del acierto.
Pero hoy están aquí -desnudas, generosas-,
sobre un arca de espuma que recoge
las sílabas del tiempo, sus grietas, sus enigmas,
ese lenguaje anfibio donde reptan
las líneas de la vida con su elixir de asombros,
esa voz que redime y nos consuela,
esa azul celebración de lo nombrado.
Ese magnífico poema de Mario Lourtau, que abría El lugar de los dignos, es el que figura también como pórtico de Para menos morir, la antología poética que ofrece una significativa selección de su poesía entre 2008 y 2021, publicada por la Editora Regional de Extremadura con prólogo de Verónica Aranda.
Una elección acertada, porque ese espléndido poema inicial resume un programa literario que orienta su trayectoria creciente en el dominio de la palabra y en la creación de un mundo poético propio. Un camino hacia la madurez poética y la configuración de una voz personal del que da cuenta esta antología, que recoge muestras de sus libros publicados hasta ahora, desde los iniciales Donde gravita el hombre y Catálogo de deudores hasta los inéditos de Agua por beber, pasando por Quince días de fuego, La mirada del cóndor o El lugar de los dignos, con el que obtuvo el premio Espronceda en 2020.
Se cerraba ese libro con el poema homónimo, El lugar de los dignos, que delimitaba su espacio vital y ético y concluía con estos versos, con ecos del If de Kipling que evoca la cita que lo encabeza:
Si supiste interpretar en las palabras
el signo que nos nombra erróneos e imperfectos
y llegaste a descifrar que en el enigma late
la dimensión exacta de la vida,
su azul celebración, su esencia pura,
entonces, de algún modo,
tendrás la sensación de haber logrado algo,
de ser alguien,
de alcanzar en la mesura de tus actos
el lugar de los dignos.
Porque el itinerario poético de Mario Lourtau es el reflejo de una constante búsqueda y la expresión de una noción de lugar que además de su componente espacial y su proyección en el paisaje tiene un sentido moral: el que delimita el ámbito -existencial y literario, confesional y poético- en que se reúnen la persona y la obra, la ética y estética, la escritura y la vida.
Y por eso, la emoción y la reflexión, el tiempo y el recuerdo, la contemplación y la meditación, la palabra cuidada y la sentimentalidad contenida se dan cita en los poemas de esta antología, convocados por la consciente exigencia estilística de un poeta como Mario Lourtau, que busca en la escritura una fuente de conocimiento y una indagación en el crisol verbal donde se funden la experiencia y la memoria, lo escrito y lo vivido, la conciencia y la poesía, la luz y la sombra, el himno y la elegía, el presente y el pasado, la ceniza y la llama.
“Hacia una poética de la contemplación” titula certeramente Verónica Aranda el prólogo que introduce esta antología provisional de la obra en marcha de un poeta que sabe distinguir, más allá de la mera cuestión tipográfica, la lengua de la poesía del habla de la prosa y que por tanto elige como ruta y como meta en su camino hacia la luz la ambición expresiva y una suma de intensidad verbal y sutileza elusiva frente al decir trivial, más inane que humilde, de los poetas menores, tan abundantes, tan sobrevalorados, tan venales, tan banales.
De su talante humano y de su dimensión poética dan fe poemas como esta Coda, que cerraba su plaquette Quema la nieve y que cumple también ese papel conclusivo en este Para menos morir:
CODA
Siento que la vida exige emociones,
no reflexiones.
Robert Walser
Poco más que palabras para tejer los días:
el telar de la nieve en los bancales
para decir invierno, hoguera, petirrojo,
para explicar el tacto del ojo en la belleza
y abrigarnos bajo el frío de las contemplaciones
los libros que el azar puso en tus manos
cuando eras juventud y apenas si sabías
que la altura de un verso celebrado
equivale a respirar, a ser labio en la herida,
a heredar de la grandeza de otros bardos
el don de la verdad,
la hondura en la virtud de los asombros
el miedo de abordar en el fracaso
la página vacía, los cuerpos apagados
no escritos en la noche,
ese junco que tiembla entre los dedos
y no encuentra su orilla si no busca,
si no encuentra un regato
de tinta derramada hacia el deseo,
si no insiste en la idea de ser en las palabras
reencuentro y emoción,
luz y consuelo.
Acabo con una nota personal, entre la complicidad y el agradecimiento: Mario Lourtau fue uno de los mejores alumnos que tuve en los talleres de poesía que impartí durante unos años. Conozco de primera mano su sólido bagaje literario, su amplio equipaje de lecturas y su calidad humana. Y he seguido con interés y admiración su crecimiento como poeta en estas dos décadas.
Por eso quiero terminar esta reseña agradeciéndole el delicado homenaje poético que en forma de guiños intertextuales me dedicaba en su admirable Necesidad del ángel, un poema de Catálogo de deudores que forma parte de esta estupenda antología:
NECESIDAD DEL ÁNGEL
Para Santos Domínguez
Igual que el vuelo blanco de un ángel necesario
tu verso ha contagiado de dulce ceremonia mis pupilas,
ha trepado los muros con que la noche envuelve
el cuarto de silencios, de sombras, de efímeros relojes.
Ha detenido el tiempo que anega los paisajes
sorteando los puñales con que la niebla avanza.
Ha caminado a ciegas por un bosque extranjero
donde el espino extiende su circular dominio.
Y ahora me encuentro solo, en desigual batalla,
lidiando con los sueños que inundan cada cosa:
el frío de los caballos, la lluvia del trapecio,
el hombre que gravita dormido en las palabras.
Y escucho en mi inconsciente un viento de clarines,
una campana blanda que augura mansedumbre.
Y se sucede entonces la imagen de un recuerdo,
un destello que irrumpe quebrando los cristales:
Es el ángel que baja flotando entre las sombras,
su vertical firmeza, su látigo de espumas.
Es el ángel que abarca el mundo y sus confines:
un dios hecho palabra, un ángel necesario.
21 abril 2026
Rilke. Obra poética temprana
Poesías tempranas es el título bajo el que Rainer María Rilke (Praga 1875-Montreux, 1926) reunió en 1909 la versión muy revisada de su Celebración de mí mismo y La princesa blanca, dos obras que había publicado diez años antes, en 1899. Y ese adjetivo es el que ha elegido Ediciones Linteo como título del volumen que, cuando se cumple el centenario de la muerte del poeta, agrupa en una monumental edición bilingüe los ocho primeros libros de Rilke con traducción de José Luis Reina Palazón y sendas introducciones de Antonio Colinas y Manuel Ramos.
Ofrenda a los lares, Coronado de sueños, Adviento, Celebración de mí mismo, La princesa blanca, La tonada de amor y muerte del corneta Christoph Rilke, El Libro de horas y El Libro de las imágenes son las obras reunidas del primer Rilke en este volumen de la imprescindible colección Linteo Poesía.
La etapa praguense de la obra de Rilke abarca cuatro años, de 1894 a 1897: desde los insinceros y convencionales textos sobre la Praga de su infancia de Ofrenda a los lares a la poesía intimista, la reflexión existencial y artística de Coronado de sueños y al seminal Adviento, que explora ya algunos temas como el silencio, la espiritualidad, el paisaje invernal y navideño como espejo del estado de ánimo del poeta o la soledad y que convierte el primer poema de Ofrendas, la primera sección del libro, en un programa vital y poético que irá cumpliendo en libros posteriores:
Ésta es mi osadía:
al anhelo delicado
ir divagando por todos los días.
Después, fuerte, ampliado,
con miles de raíces extendidas
en lo profundo agarrar la vida —
¡y por el sufrimiento madurar
de la vida madurar la partida,
amplia desde el tiempo!
Cuando Rilke se instala en agosto de 1898 en la periferia de Berlín, en Villa Waldfrieden, muy cerca de donde vivía Lou Andreas-Salomé, se inicia una etapa de dos años fecundos e inspirados en los que escribe los noventa y cinco poemas de la Celebración de mí mismo, que anticipan el tono, la mirada impresionista y simbolista a la naturaleza y la vaga religiosidad de fondo de El Libro de horas, además de los poemas de la primera parte de ese libro -la titulada El libro de la vida monástica-, a la que pertenece este conocido texto:
¿Qué vas a hacer, Dios, cuando yo muera?
Yo soy tu cántaro (¿cuando me rompa?)
Yo soy tu bebida (¿cuando me corrompa?)
Soy tu vestidura y tu cometido,
conmigo pierdes tu sentido.
Ya no tendrás casa, si me voy,
en la que palabras te hayan saludado
cálidas, cercanas. Cae de tus pies cansados
la sandalia de terciopelo que yo soy.
Tu manto inmenso te deja descubierto.
Acoge como una almohada
mi cálida mejilla a tu mirada
que vendrá, me buscará, largo por cierto,
y reposará al ocaso
de unas piedras extrañas en el regazo.
¿Qué vas a hacer, Dios? Estoy incierto.
A la tercera parte -Libro de la pobreza y de la muerte- de ese Libro de horas, el tríptico poético que culmina su primera época literaria y es su obra más extensa con diferencia, pertenecen estas estrofas:
Tú eres el pobre, el de recursos falto,
eres la piedra que no tiene oquedad,
tú eres el leproso alejado del asfalto,
con su carraca en redor de la ciudad.
Pues nada es tuyo, como no lo es del viento,
y apenas cubre tu desnudez la celebridad;
el trajecito de un huérfano sin lucimiento
es más espléndido y como una propiedad.
Tú eres tan pobre como la fuerza de un embrión
en una muchacha que ocultarlo quisiera
y en su embarazo aprieta las caderas
para ahogar su primera respiración.
Y tú eres pobre: como lluvia en primavera,
que feliz en los tejados cae de la ciudad,
como el deseo que unos presos tuvieran
en una celda sin mundo en la eternidad.
Y como enfermos, que cambian de postura
y son felices; como las flores entre las vías
tan tristes de los viajes en el viento de locura;
y como la mano, tan pobre, en que se lloraría...
Aquellos veinticinco meses que marcaron la transición de un siglo a otro fueron tiempos de escritura febril en los que Rilke compuso además el poema escénico y lírico sobre la vida y la muerte que tituló La princesa blanca, La tonada de amor y muerte del corneta Christoph Rilke, un poema nostálgico ambientado a mediados del siglo XVII, que escribió de un tirón en una “tormentosa noche de otoño”, y una treintena de los textos que formarían parte de El libro de las imágenes, el último de los que recoge este volumen. Lo cierran, muy significativamente, el Réquiem a Clara Westhoff y este sombrío Fragmento final:
La muerte es grande.
Somos sus bocas rientes.
Cuando en medio de la vida creemos estar,
ella se atreve a llorar
en medio de las gentes.
“Entre el idealismo de El Libro de horas y el realismo de El libro de las imágenes -escribió Antonio Pau en su admirable biografía Vida de Rilke. La belleza y el espanto- se podría pensar que ha transcurrido una década en la vida de su autor, y son, sin embargo, dos obras rigurosamente contemporáneas.”
Porque con El libro de las imágenes y su mirada a temas como el amor y la muerte, el tiempo, la naturaleza o la belleza, Rilke pasó del panteísmo místico y la subjetividad primordial del Libro de horas a una transición hacia la poesía objetiva que caracterizaría años después su segunda etapa, la de los poemas-cosa que recogió en sus Nuevos poemas en 1907.
En los lieder de Las voces, situados al final del Libro de las imágenes (la canción del mendigo, la del ciego, la del suicida, la de la huérfana o el leproso), Rilke es todavía un poeta tardorromántico que va construyendo una voz propia, algo insegura aún y todavía en crecimiento, que culminaría en la poesía visionaria de su tercera etapa.
Una voz en construcción que se nutre de un poderoso universo simbólico al que dedica Antonio Colinas el texto introductorio “Los símbolos del origen”, en donde alude a esos símbolos “que pasarán con el transcurso del tiempo a ser cardinales en el resto de sus obras. Así el del ángel, la casa, la noche, la infancia o las estaciones del año.”
Y a reconstruir todo ese proceso evolutivo de la creación rilkeana dedica Manuel Ramos el segundo texto introductorio, “Rilke. Vida y obra poética”. Dedicado a la memoria del traductor, José Luis Reina Palazón, fallecido en septiembre de 2025, es una visión panorámica de la vida y la obra de Rilke, desde los años praguenses de infancia y formación hasta la escritura portentosa de los Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, sus últimos años de vida y la rosa de su epitafio, una rosa que tiene existencia plena y una voz propia, como el poeta. [...] Nos quedará siempre -concluye Ramos- su Obra y el legado que esta encierra.”
La de esta Obra temprana es una voz admirable que aún no alcanza las cimas sobrehumanas de las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, pero ya estaba en el camino. Era el comienzo imprescindible de su ascensión sostenida, de la que este volumen es una espléndida muestra.
20 abril 2026
19 abril 2026
Antología de poesía taurina de Extremadura
“Esta es nuestra propuesta: una recensión de la poesía taurina y de toros de Extremadura de los últimos siglos que recoge nombres tan relevantes como los de Carolina Coronado, Joaquín Montaner, José María Valverde, Félix Grande, Jesús Delgado Valhondo, Antonio Zoido, Santos Domínguez, Juan María Calles, entre otros, para un total de 39 autores, 25 de Badajoz y 14 de Cáceres; incluyendo, además, algunos textos del Cancionero popular de gran valor poético, que ameritan su aparición en este volumen”, escribe Antonio María Flórez al final de la Introducción "Los colosos: mito y poesía" a su antología de poesía taurina y de toros en Extremadura.
En esa Introducción el antólogo propone un recorrido por la relación entre la tauromaquia, el mito, la cultura, el arte y la poesía, por la relación ancestral de Extremadura con lo taurino desde el Neolítico, por su evolución histórica desde la primera corrida datada en la región a finales del siglo XIII, por la presencia de los toros en Hispanoamérica y por las tradiciones taurinas extremeñas desde el siglo XVII hasta hoy.
Ilustrado con varios cuadernillos de imágenes, Los colosos ofrece una generosa selección de textos poéticos que, por encima de su unidad temática en torno a la tauromaquia, muestra una enorme variedad de tonos y de timbres, de voces y miradas, de estilos y de métricas: de lo popular a lo culto con zonas grises intermedias en algunos autores, de lo narrativo a lo dramático o lo lírico, del verso de arte menor de la copla y el romance al endecasílabo clásico de los sonetos, y del verso blanco rítmico al versolibrismo.
Dos ejemplos. Unos versos de la tradición oral, recogidos en Navaconcejo por García Matos:
QUE SOY TORERO
Ya le podian haber puesto
las banderillas al toro
con cinta verde y anillo de oro.
La cinta para la moña
y el anillo para el dedo.
Quiéreme, niña,
que soy torero,
primer espada,
banderillero:
rodilla en tierra
y el toro al suelo.
Y este otro, una alegoría taurina de José Antonio Ramírez Lozano:
CARTEL
PLAZA DE TOROS DE ESPAÑA
Seis Bravos Seis
De Guisando
Seis mugidos de granito
para los diestros
QUEVEDO
HERNÁNDEZ
Y PEPE RASO
¡Ay sol y sombra de España!
La Dama de Elche en el palco.
Porque -concluye Antonio María Flórez su Introducción- “la Extremadura actual posee dentro de sus expresiones culturales manifestaciones importantes en diversas disciplinas relacionadas con el toro, lo táurico y a artistas de renombre que se han interesado por lo taurino como los pintores Alfonso Trajano, Eduardo Naranjo, Antonio Gallego Cañamero, José María de la Rosa, Enrique Arroyo, Vito Cano, Pedro Castaño, Jacinto Alcón, la acuarelista y José Ignacio Rodríguez. Cantantes como Miguel de Tena, narradores, dramaturgos y poetas como Carolina Coronado, Joaquín Montaner, José María Valverde, Félix Grande, Jesús Delgado Valhondo. Miguel Murillo, Antonio Zoido, entre otros. Acotando el tema sólo a lo poético, a estos anteriores nombres podemos agregar otros como los de Santos Domínguez, Juan María Calles, Santiago Castelo o Ada Salas. ¿Y qué tenemos en poesía taúrica en Extremadura? Esta es nuestra propuesta concreta que expresamos en este libro: una re-censión de la poesía taurina y de toros de la región de las últimas centurias hasta nuestros días, incluyendo los cancioneros taurinos de los siglos XIX y XX, y a autores diversos que ven el mundo de los toros y la tauromaquia desde lo ecológico y lo animalista, o que se manifiesten en contra o a favor de esta expresión artística de tanto arraigo en Extremadura. Un total de 39 autores hemos logrado censar y seleccionar para este trabajo, 25 de Badajoz y 14 de Cáceres que nos parece un número significativo y muy representativo por la calidad y prestigio de buena parte de estos escritores incluidos en la selección que a continuación les incluimos en este trabajo que a su juicio y disfrute queda.”

