09 febrero 2026

Lecciones de los clásicos españoles

 



Entre un fragmento de la Disciplina clericalis, de Pedro Alfonso (siglo XII), y otro de El prevenido engañado, de María de Zayas (siglo XVII), Rosa Navarro Durán ha reunido en El festín de la palabra veinte lecciones de clásicos españoles sobre la vida, veinte “fragmentos con sentido, con gusto dulce o amargo, picante o ácido; pero servidos con la esperanza de que resulten sabrosos”, como señala en su introducción, ‘Invitación a la lectura’.

Veinte pasajes comentados, “aliñados, aderezados, con glosas y comentarios”, que acaba de publicar Ariel en una cuidada edición cuyo propósito -señala la autora- “es que alguno de esos fragmentos, de esas porciones, despierte la curiosidad de los lectores y sea una invitación a ver qué otros manjares ofrece la obra o les lleve a entrar de nuevo en sus páginas para situar ese bocado en su lugar y paladearlo mejor.”

No creer todo lo que se oye, la dignidad frente a la violencia cobarde, el halago interesado y la ingratitud, la fugacidad de la vida y la igualdad ante la muerte, el poder destructivo de la palabra, la compasión y la dignidad del desposeído, la astucia sin moral y el castigo, el conflicto entre la apariencia y la verdad, la responsabilidad de la palabra, la mentira como trampa moral o la conciencia de la fragilidad de la vida son algunas de las enseñanzas centrales de estos veinte capítulos, de estas veinte lecciones construidas a partir de textos procedentes del Cantar de Mio Cid, Calila e Dimna, El conde Lucanor, Tirante el Blanco, las Coplas de Jorge Manrique, La Celestina, El Lazarillo, El Quijote, El Buscón, El perro del hortelano, El burlador de Sevilla o La vida es sueño, entre otros.

Textos de clásicos inmortales que, desde el fondo de los siglos y la tradición literaria, siguen hablando al lector actual para avisarle contra la manipulación de la palabra y la confusión entre la verdad y la mentira, para acompañarle a la lucidez y la prudencia y advertirle sobre los peligros de la vanidad y el halago, para defender la autonomía afectiva y la independencia de pensamiento y prevenir sobre el poder destructivo de las mentiras y el engaño interesado de las falsas promesas, para reivindicar en definitiva la prudencia y la responsabilidad, la dignidad moral y la conciencia ética. Para hablar, en definitiva, con las palabras de los clásicos españoles, de virtudes y vicios que atraviesan la historia de los hombres por encima del tiempo. 

Porque -concluye Rosa Navarro al final del libro- las palabras, que pueden ennoblecer o envilecer la realidad, “han sido y son muy poderosas, dañan o ayudan, condenan o salvan, ¡ojalá las de esta degustación abran deseos y tiempos para seguir leyendo a los clásicos!”



08 febrero 2026

Ewan Clayton. Los nombres del mundo

  



Por lo que se refiere a la palabra escrita, nos encontramos en uno de esos momentos decisivos que se producen raras veces en la historia de la humanidad. Estamos presenciando la introducción de nuevos medios y herramientas de escritura. No ha sucedido más que dos veces en lo concerniente al alfabeto latino: una, en un proceso que duró varios siglos y en el que los rollos de papiro dejaron paso a los libros de vitela, en la Antigüedad tardía; y otra, cuando Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles y el cambio se difundió por toda Europa en una sola generación, a finales del siglo XV. Y ahora, el cambio significa que durante un breve periodo muchas de las convenciones que rodean a la palabra escrita se presentan fluidas; somos libres para imaginar de nuevo cómo será la relación que tendremos con la escritura y para configurar nuevas tecnologías. ¿Cómo se verán determinadas nuestras elecciones? ¿Cuánto sabemos del pasado de este medio? ¿Para qué nos sirve la escritura? ¿Qué herramientas de escritura necesitamos? Tal vez el primer paso para responder a estas preguntas sea averiguar algo del modo en que la escritura llegó a ser como es.

Con ese párrafo abre Ewan Clayton su magnífico ensayo Los nombres del mundo. Una historia de la escritura, que publica Siruela en su Biblioteca de Ensayo con traducción de María Condor. 

Calígrafo, monje, profesor de diseño tipográfico, Ewan Clayton propone en los doce capítulos de este volumen un recorrido por la evolución del alfabeto latino y de la escritura, por sus distintos soportes e instrumentos: desde el pincel de punta cuadrada hasta los programas de diseño de tipografía digital pasando por la pluma de caña o de ave; desde los rollos de papiro al papel y a la imprenta, a las máquinas de escribir y a los procesadores de texto pasando por las tablillas de cera o los manuscritos medievales en códices de pergamino. 

De los cimientos latinos y la comodidad del códice a las revoluciones en el arte y en la impresión, los sueños alternativos y el artefacto material, pasando por la importancia decisiva de la imprenta en la configuración del nuevo mundo renacentista o los cambios de la era industrial, Clayton reconstruye un proceso evolutivo de la escritura en el que la caligrafía se convierte en eje.

Se vertebra así un estudio que presenta las diversas etapas de la historia de la escritura como herramienta del conocimiento del mundo y del ser humano. Desde el trazo al diseño, desde el pulso artesanal del copista a los tipos móviles de Gutenberg y al diseño por ordenador, se aborda en estas páginas la importancia decisiva de la imprenta en el Renacimiento y en la Revolución Francesa, la creatividad tipográfica en los carteles publicitarios o en los periódicos. 

Porque, más allá de una mera historia de la escritura, este es un espléndido recorrido por la historia de la cultura y la literatura, por la evolución de la tecnología de la escritura y el diseño gráfico. Pero también una historia de las emociones y del pensamiento como formas de expresión y construcción del yo a través de un relato construido en torno a tres ejes de referencia: el desarrollo de la caligrafía y la tipografía, la evolución de la tecnología de la escritura y el contexto histórico, social y cultural del que forma parte.

Tres perspectivas que se van entecruzando en una cuidada edición ilustrada con abundantes imágenes explicativas para tejer un estudio panorámico, minucioso y documentado, pero ameno a la vez de la evolución de la escritura, que –señala Ewan Clayton en el último capítulo, El artefacto material- “es mucho más que una mera reproducción del habla. Algunos elementos de la letra –guión, colores, cambios de estilo, de la romana a la itálica o a la gótica- no guardan ninguna relación directa con el habla y, desde luego, hay muchas cosas que la escritura tiene que pasar por alto: entonación, velocidad, subidas y bajadas de volumen, la interacción del habla y la expresión facial, así como la alianza del habla con los gestos, en una interrelación de signos coreografiados que discurren entre el hablante y el oyente. La escritura no capta nada de esto. 
Pero la escritura hace algo que no hace el habla. Comunica por medio de diversos sentidos, color, forma, peso, textura. Tiene también una relación distinta con el tiempo. Puede dejar un sustrato que perdure un largo periodo, a menudo mucho más amplio que la vida del autor. Puede recorrer físicamente grandes distancias, puede configurarse colectivamente y “continuar” mucho más tiempo del que alguien es capaz de hablar sin pausa. Es posible volver a ella. Se le pueden integrar ilustraciones. Puede ordenar cosas visualmente, en formas tabulares, radiales o inclusivas, lo que es difícil de hacer en el lenguaje hablado; no existe ningún equivalente auditivo del sumario de un libro ni del índice analítico. La escritura participa en la manera en que entendemos nuestras relaciones y construimos y coordinamos nuestras instituciones, que inician su andadura precisamente en ese punto en el que las cosas devienen demasiado extensas (como en la fábrica del siglo XIX) o demasiado complejas (la enciclopedia) para que el habla funcione de manera eficaz.”



07 febrero 2026

Un refugio en la espesura, de Itziar López Guil




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Yo busco una palabra que acune a los ahogados del Estrecho, que haga un nido de amor y que se enrosque, y pida más cariño en la conciencia. 

Y donde no hay comida, traiga pan. Y donde caen las bombas sea escudo. Y donde solo hay grito haga silencio.

Es uno de los poemas con los que Itziar López Guil ha compuesto Un refugio en la espesura, que publica Bartleby Editores en su colección de poesía.

Sus dos citas iniciales, una de Pepe Mújica y otra de Noam Chomsky, parecían anunciar que los referentes temáticos y tonales de este libro están menos en la creación poética que en el activismo político.  Y sin embargo, el lector que se adentra en sus páginas comprueba cómo se van imponiendo en estos textos, de medida prosa rítmica y fluido verso libre, la potencia verbal y la ambición expresiva, la intensidad emocional y el ímpetu visionario, compatibles -aquí sí- con la voluntad testimonial y la combatividad política. Cualidades que toman forma para expresar la resistencia frente a la injusticia o el crimen de una voz alzada contra la iniquidad, como en este Aprendiendo silencio: 

Una ciudad arracimada contra el mar, muerto sobre muerto y aún más bombas. Debajo se han deshecho los besos, las manos que jugaron, los ojos que el escombro ha vuelto grava. 

Ninguna voz recita el alfabeto. 

La escuela es hoy alfombra de hormigón 
y un fulgor de misiles va borrando 

cada letra.

Enmarcados por un poema prologal y otro epilogal y organizados alfabéticamente según sus títulos, estos poemas avanzan hacia un refugio en el ámbito de la intimidad personal y familiar, entran en el territorio de la memoria personal para hablar de la muerte del padre -cuya presencia inunda también el libro con las veinte imágenes que lo ilustran-, del amor y el deseo, de manera que el equilibrio entre exigencia estilística y mirada reivindicativa se extiende también al terreno de una mirada que va del exterior a la introspección y a la memoria, de lo público a lo íntimo sin renunciar a la denuncia o a la protesta:

   CANCIÓN DE VERANO

Espalda de un tiempo que no vuelve, melodías que nunca escuché en serio. 

Porque la vida no podía ser tan fácil. 

Así de fácil era.

Y así también, entre el asombro y la incertidumbre, entre la luz y la penumbra, la tristeza y la esperanza, estos poemas hablan del maltrato y de los sueños, del despertar y los lunes, de la playa y el bosque y trazan un itinerario personal que la autora dedica a sus tres compañeros de trinchera. “Y también a mí misma. Por resistir.”

Como en Edad madura: 

Pasa mi cuerpo los escaparates con luz de agosto, nariz en guerra, labio, untuoso y combativo. 

Hordas de palomas rezuma la estación desde su calle, circulan los tranvías con un rugido de salitre, huyendo el celo del rail que los doblega en su deseo. 

Un hedor de odio y fe hiere el azogue del mundo. 

No pienso hacer del tiempo otra batalla.


06 febrero 2026

Poesías de Isidore Ducasse

  



No acepto el mal. El hombre es perfecto. El alma no cae. El progreso existe. El bien es irreductible. Los anticristos, los ángeles acusadores, las penas eternas, las religiones son el producto de la duda.

Ese fragmento forma parte de la edición crítica de las Poesías I y II de Isidore Ducasse (Montevideo, 1846-París, 1870), que acaba de publicar Cátedra Letras Universales con edición bilingüe de Jordi Xifra, minuciosamente anotada y precedida de una Introducción que aborda como eje central de su estudio la dialéctica conflictiva entre las dos obras de Ducasse, Los Cantos de Maldoror y estas Poesías, que llegan hoy a las librerías.

Aunque las escribió a la vez que los Cantos o muy poco después, nada tienen que ver ni en tema ni en tono ni en lenguaje las Poesías con los Cantos, ni siquiera la firma. Si en estos últimos, que aparecieron en 1869, Ducasse incorporó el seudónimo de Conde de Lautréamont, las Poesías las editó con su verdadero nombre en dos delgados tomos en abril y junio de 1870, pocos meses antes de morir.

Frente al frenesí demoníaco y visionario del ángel de las tinieblas que concibe Los Cantos de Maldoror, las Poesías son una propuesta burguesa, moralista, epigonal y reaccionaria; frente al ímpetu creador de la locura y el arrebato, todo es control y freno en estas Poesías, fragmentos en prosa que Ducasse publicó solo un año después de Los Cantos de Maldoror y sus letales frutos amargos.

Aquellos dos opúsculos no se distribuyeron y hasta medio siglo después no aparece, con una nota previa de André Breton, la edición completa de estas Poesías que trazan una imagen muy distinta de la del autor de los Cantos. Poesías que revelan un radical cambio de rumbo, un arrepentimiento opaco o una enigmática contradicción que Ducasse reconoce ya en la declaración de intenciones preliminar, que resume su nuevo programa poético:

Reemplazo la melancolía  por el coraje, la duda por la certitud, la desesperanza por la esperanza, la maldad por el bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la frialdad de la calma y el orgullo por la modestia.  

Un programa poético que podría resumirse en esta reflexión sobre las relaciones entre poesía y filosofía, que forma parte del segundo fascículo de sus Poesías:

Los juicios sobre la poesía tienen más valor que la poesía. Son la filosofía de la poesía. La filosofía, así comprendida, engloba la poesía. La poesía no podrá pasar de la filosofía. La filosofía podrá pasar de la poesía.

Con serios desequilibrios en su estructura lógica y temática, estas Poesías se mueven entre el manual de lectura crítico con el Romanticismo, la teoría del programa poético o la relectura y reescritura plagiaria de las máximas de la tradición de los grandes moralistas franceses del XVII y el XVIII, de Pascal a Vauvernagues o La Rochefoucauld. 

Pero si Maldoror era una bajada visionaria a los infiernos de la locura y del mal, estos “prosaicos fragmentos” -así los llama el propio poeta-, esta escritura/reescritura, aforística y sentenciosa, supone un retroceso poético innegable, una caída en la intensidad expresiva respecto de aquellos Cantos de expresión desatada que hicieron de Lautréamont un profeta del superrealismo.

Nada que ver aquella potente expresión heredera del Romanticismo y precursora de las vanguardias con este Ducasse antimoderno e ingenioso que escribe en las Poesías no poemas ni textos líricos, como anuncia su título, sino máximas y reflexiones como estas:

La melancolía y la tristeza son ya el comienzo de la duda; la duda es el comienzo de la desesperanza; la desesperanza es el comienzo cruel de los diferentes grados de la maldad.

La poesía no es la tempestad, como tampoco el ciclón. Es un río majestuoso y fértil.

Algunos caracteres, excesivamente inteligentes […} se han arrojado, descabelladamente, a los brazos del mal.
  
La poesía debe tener por meta la verdad práctica. [….] Un poeta debe ser más útil que ningún otro ciudadano de su tribu. Su obra es el código, de los diplomáticos, de los legisladores, de los instructores de la juventud. 

Poned una pluma de oca en la mano de un moralista que sea un escritor de primer orden. Será superior a los poetas.



05 febrero 2026

Poesía completa de Borges

 



“Ser en la vana noche /el que cuenta las sílabas”, dejó escrito en uno de los tankas de El oro de los tigres Jorge Luis Borges, cuya Poesía completa publica Alfaguara en una cuidada edición que acaba de llegar a las librerías.

“Mi destino es la lengua castellana”, decía en otro de sus poemas. Un destino feliz para la lengua y la literatura en español el de esta poesía mayor en la que conviven el pensamiento y la revelación, los espejos y los tigres, los laberintos y las pesadillas, las mitologías escandinavas y la lluvia vespertina en el arrabal de Palermo.

Una poesía poblada por las sombras de la ceguera y las imágenes potentes, por el flujo narrativo del alejandrino o el estremecimiento contenido del soneto. Desde Fervor de Buenos Aires (1923), que contiene entre líneas el germen de su poesía posterior, hasta Los conjurados (1985), con que la culminó asombrosamente, libros como El hacedor, Elogio de la sombra, La moneda de hierro o El oro de los tigres recogen sucesivamente “los diversos o monótonos Borges”- las palabras son del Prólogo que escribió para esta Poesía completa quien murió hace ahora cuarenta años.

Un largo paréntesis de silencio que duró más de treinta años separa sus tres primeros libros del muy diferente El hacedor, que ya en los años sesenta suponía, más que la recuperación de su poesía, el hallazgo de una voz propia y de un tono personal con el que iría construyendo un universo poético irrepetible. Una voz poética que en El otro, el mismo siguió creciendo entre la sombra a la que dedicó su siguiente Elogio de la sombra.

Esos libros marcaron en los años sesenta un antes y un después de la poesía en español, no sólo en la trayectoria poética de Borges, que volvió a brillar con El oro de los tigres, en la plenitud de La rosa profunda, en la prodigiosa madurez de La moneda de hierro, Historia de la noche, La cifra y en esa cima absoluta que es Los conjurados, que muchos lectores de Borges celebran como su mejor libro.

Un Borges que, por cierto, no hablaba de sus libros, sino de los poemas que lo componían:

“Tres suertes -escribía en el Prólogo de su Poesía completa- puede correr un libro de versos: puede ser adjudicado al olvido, puede no dejar una sola línea pero sí una imagen total del hombre que lo hizo, puede legar a las antologías unos pocos poemas.
Si el tercero fuera mi caso, yo querría sobrevivir en el Poema conjetural, en el Poema de los dones, en Everness, en El Golem y en Límites.”

Ese poema es uno de sus muchos textos memorables:

De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Hay en el Sur más de un portón gastado
con sus jarrones de mampostería
y tunas, que a mi paso está vedado
como si fuera una litografía.

Para siempre cerraste alguna puerta
y hay un espejo que te aguarda en vano;
la encrucijada te parece abierta
y la vigila, cuadrifonte, Jano.

Hay, entre todas tus memorias, una
que se ha perdido irreparablemente;
no te verán bajar a aquella fuente
ni el blanco sol ni la amarilla luna.

No volverá tu voz a lo que el persa
dijo en su lengua de aves y de rosas,
cuando al ocaso, ante la luz dispersa,  
quieras decir inolvidables cosas.

¿Y el incesante Ródano y el lago,
todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
Tan perdido estará como Cartago
que con fuego y con sal borró el latino.

Creo en el alba oír un atareado
rumor de multitudes que se alejan;
son lo que me ha querido y olvidado;
espacio y tiempo y Borges ya me dejan.


04 febrero 2026

Cortesanos, de Manuel Longares




En los siglos dorados del Imperio hispano, la corte madrileña de los Austrias desarrolla una voz propia y no simulada, que reza por la prosperidad de la monarquía en capillas y conventos de la capital del reino y alborota en los soportales de su Plaza Mayor los días de pompa y espectáculo, cuando los monarcas absolutos presiden, desde la privilegiada perspectiva de un balcón, el auto de fe contra el hereje y la lidia del jinete con el toro. 

Así comienza Cortesanos, la novela corta de Manuel Longares que acaba de publicar Galaxia Gutenberg.

Una novela libérrima y brillante, construida sobre un cruce de tiempos y de voces, de espacios y perspectivas, de tragedia y comedia, de ópera bufa desarrollada con el telón de fondo de un Madrid que es, además de un microcosmos representativo de una realidad más amplia, también el territorio de encrucijada del juego y el fuego, de la acrobacia verbal, la mueca carnavalesca y la risotada barroca, escatológica y desinhibida, de Quevedo. 

Y más al fondo, el humor socarrón y benevolente de Cervantes y el desgarrón expresivo del esperpento de Valle, en una espléndida novela cuya intensidad lingüística exige una lectura lenta y gustosa, el paladeo del lector gourmet de la prosa magistral de Longares:

Y mientras el rey andaba de picos pardos por chozas y bosques de la periferia, donde zagales y pastoras asaban castañas al amor de la lumbre o retozaban con sus rebaños de lanar y porcino bajo la mirada pesarosa de la vaca lechera por tanta eyaculación baldía. quedaba el dormitorio de la primera dama en soledad propicia al escarceo y, porque los dos moradores sabían a qué jugaban, al punto se privaba de ropa el bufón y halagaba con obcecada constancia las partes comprometidas de su pareja hasta suscitar con sus salvas el despiporre. 
-Culmina, pesada. 
Así que mientras el bufón ensartaba a su soberana por derecho haciéndole desbarrar pupila y lengua, abanicar párpados, retorcer el esqueleto y exhalar gorgoritos premonitorios del hondo calderón final, el rey, en la soledad de los héroes y más empalmado que otro poco, reiteraba por llanos y serranías de su propiedad su oferta de acoplamiento -rebajada de tasas municipales, que todo hay que decirlo-.

De los Austrias a los Borbones, del cielo velazqueño a la corrala verbenera del género chico, de la asonada de los espadones decimonónicos a las tertulias de rebotica, pululan por estas páginas chisperos y menegildas de zarzuela y chotis, entre el valleinclanesco callejón del Gato y la gruta de Gómez de la Serna, los arrabales barojianos y las Vistillas o la perruna circunstancia orteguiana a lo largo de siglos de historia y de intrahistoria del foro. Esencia de España evocada en párrafos como estos:

Es para la estirpe costumbrista la voz castiza por antonomasia que, ensimismada en su ombligo, canta las penas y alegrías de sus gentes a las puertas de palacio, tras las rejas del Saladero o de camino a la horca de la plaza de la Cebada. Envuelta en la banderita sangre y oro, guía a las figuras de la tauromaquia al cornalón de los ruedos y llora con la Bejarana por los reclutas inmolados en las guerras coloniales. Por ella suspira el pasodoble de España, con ella desfilan ejércitos y procesiones y a ella confían su apoteosis en la pasarela las revistas ligeras de cascos después de que Jerónimo Jiménez y Francisco Alonso la vistan de largo en las academias de idiomas y talentos para que nutra el repertorio de las bandas modestas.
A mediodía de los domingos de primavera y verano comparece en concierto y el aficionado que acude a la cita salvando el barrizal de Eslava, el vértigo del Viaducto o los corrillos de la Puerta del Sol, coincide en las anchuras de Alcalá con los que salen del Casino y el Círculo con el mismo propósito -algunos condecorados en la solapa por las vendedoras de nardos de las Calatravas- y se encaminan a Cibeles por la acera del Banco de España al compás de la marcha que ensaya la tropa en el Palacio de Buenavista. 

Y la línea continua, también vertebradora de tiempos y espacios, de un Manzanares que “más salpica que moja” y “da más pena que sed”. Un río metafórico de un mundo a la deriva que oscila entre el remanso y la furia, entre la sequía y el desbordamiento.

En secuencias milagreras y viñetas de mentidero recorren este Cortesanos la ciencia y la fe, Próspero el ilustrado y el ortodoxo fray Natalio, el cura Arimatea y su penosa muerte, el pintor Ansúrez, Társila, la cocinera ciega y licenciosa, o el bufón Anchuelo y sus florituras amatorias con la soberana empitonada y un real marido coronado, entre oscuras líneas sucesorias, con castrati en su carroza y dádivas pringosas en zona de arrabal, la leche de las Arrepentidas y la sangre licuada de san Pantaleón, la España agria de las luces y las sombras, camino del motín de Esquilache:

Como representantes de la Ciencia y de la Fe, Próspero y fray Natalio disertaban de cuestiones imperecederas o de pasatiempos sin miga a esa hora de la tarde en que, al declinar del sol, repicaban campanarios, susurraba el encinar, dormitaban los ciervos, avisaba el afilador, callaba el yunque, se vaciaba la diligencia, desbordaba la fonda, desenganchaba el cochero, se acicalaban los bravos, contendían los jaques, se reventaban farolas, perseguían los alguaciles, inquietaban los sombreros, intimidaban las capas, atronaba el río como si contuviese agua y en la fachada del tugurio, la viveza del candil anunciaba el baile del petimetre y las majas con los brazos abiertos y las manos cerradas por las castañuelas sobre el palenque alzado en el interior del establecimiento.
-Entre fandango y bolero -confesaban los patriotas-, me quedo con el primero.

Y salpicando el relato con el agua milagrosa del ingenio malicioso y el pleonasmo sentencioso, la vivacidad de los rápidos diálogos eléctricos, verbales o corporales, las coplas populares de pareado fácil y aviesa intención, los episodios sicalípticos, entre los tabernáculos y el metisaca, de un vecindario lúbrico de isidros y palomas. Y la letanía aliterativa:

Chorrada de chisgarabís, chovinismos de chamán. Cháchara sobre supercherías, chiripa chachi y chipén. Chiribitas de champán, empachos de pachulí, chucherías chapuceras, chupitos, pinchos de pochas, chuletillas de lechal y chocolate con churros para la chusma achispada en la pachanga del pichi.
Al chispún de la charanga, un sochantre chamulla chirigotas: «Chaparrones y churrascos, / chubascos y salchichones, / chorizos para el chusquero / y al charnego chipirones». En el chamizo manchego del charcutero chévere, los chalanes fachendosos chismorrean chascarrillos a chamacos y chavalas: «A chirona el charlatán, / el chinorris chasca chicle, / al chivato ducha y chirlo / y chollos para el chambelán».
Chicolea el bachiller, chochea la chispera chata, enchufan al chorlito en la chancillería, un chusco se cachondea de las chaladuras de un chiflado y el machote machaca con el machete al chucho que chapotea en la charca.
-¡A machamartillo!

Una fiesta de la aliteración y la rima de aleluyas, del juego de palabras, el humor, el esperpento y la intensidad descriptiva. Una celebración de la literatura, del ingenio verbal y el placer de contar de Manuel Longares, virtuoso del idioma y maestro imprescindible de la narrativa española contemporánea. Un libro risueño y explosivo que llega hoy a las librerías.




03 febrero 2026

Poesía reunida de Juan Carlos Mestre

 


Se dice pronto: medio siglo de escritura, desde 1975 hasta 2025. Se dice pronto, porque no son una escritura cualquiera ni medio siglo cualquiera los que se conjuran en las mil quinientas páginas de esta Asamblea que reúne la imprescindible poesía de Juan Carlos Mestre en un volumen que llega mañana a las librerías publicado por Galaxia Gutenberg con edición de Emilio Torné, que ha redactado unas esclarecedoras ‘Notas a la edición’, y con Introducción de Jordi Doce, “El testimonio de la imaginación”. Testimonio e imaginación, dos motores éticos y estéticos que resumen la obra poética de Mestre.

Lo abre una presentación de Antonio Gamoneda (‘Recados de hoy y de mañana para Juan Carlos, hijo mío y maestro, quién me lo diera’) que comienza con estos versos:

Mestre,
tus palabras han entrado en mis venas y yo he sujetado mi corazón para que permanezca en quietud reconociendo las sílabas. Mestre,
quiero cerrar mis párpados sobre tus ojos.

Heredero del salmista bíblico y del visionario superrealista, de los bardos ancestrales del noroeste peninsular y de Rimbaud, Lautrèamont y Mallarmé, continuador de la tradición cabalística que explora la esencia simbólica de la realidad y nieto del Romanticismo expresionista de Hölderlin y los poetas de los Lagos, del Lorca neoyorquino y cubano y de Lezama Lima, discípulo cercano de Rafael Pérez Estrada y Antonio Gamoneda, Juan Carlos Mestre ha ido desarrollando en estas cinco décadas una obra poética extensa y sobre todo intensa, afianzada en una voz potente e inconfundible y en unas peculiaridades expresivas que instalan su escritura torrencial en el territorio sagrado de la poesía más alta que se ha escrito en español en las últimas décadas.

Desde la Antífona del otoño en el Valle del Bierzo (1985) -que inaugura en este volumen su canon y desplaza al Apéndice final su Poesía primera (Siete poemas escritos junto a la lluvia y La visita de Safo)- hasta los veintiún poemas del inédito El ciprés descapotable, se recogen aquí libros como La poesía ha caído en desgracia, La tumba de Keats, La casa roja, La bicicleta del panadero, Museo de la clase obrera y el bilingüe 200 gramos de patacas tristes / 200 gramos de patatas tristes, en la primera traducción al castellano de su memorioso libro, escrito en el gallego de su infancia berciana, el relato de su “primera conciencia del mundo” y de su identidad primera a través de espléndidos retratos y poemas en prosa traducidos por Mario Obrero. 

Títulos de un itinerario poético jalonado por las estaciones de la perseverancia, en la búsqueda del conocimiento, levantado sobre los cimientos de la memoria y amasado con la conciencia poética y social del poeta que eleva con su palabra una muralla de dignidad frente a la injusticia y una torre de resistencia frente a la humillación, “entre la ira y la misericordia”, como ha escrito el poeta en alguna ocasión. 

Y ahí aparece a finales de los noventa la sombra de Keats como símbolo de la conciencia irrenunciable del poeta en La tumba de Keats, una de las claves de bóveda de su obra, donde el tiempo y la compasión, el amor y la historia, la noche y la palabra arrebatada articulan un intenso y largo monólogo en el que el poeta da voz a las sombras frente al olvido y esgrime la resistencia y la utopía como ética de las derrotas, como épica de la dignidad. Frente a las ruinas de la historia,  la fuerza resistente de la palabra cuando no importa ya vivir sino la vida, no importa ya morir sino lo humano.

Desde el monólogo autorreflexivo o el diálogo emocional con el del lector, que se funde machadianamente con el yo en la cercanía de una voz oracular que recoge la ceniza de las palabras que caen desde un extraño mundo como copos de nieve, la poesía de Juan Carlos Mestre habita un territorio verbal de enorme potencia y de gran carga emocional, como en este Eclipse con Rimbaud, un texto de La casa roja:

He pasado la mitad de mi vida en la oscuridad.
He descargado camiones de oscuridad.
He bebido toda la oscuridad.
He dormido con la oscuridad.
He amado la oscuridad y me he acostado con ella.
He tocado las piedras de la oscuridad hasta herirme las manos.
He repetido tu nombre en la oscuridad.

Los pescadores cantan en la niebla de la oscuridad.
Los jóvenes sin vida están despiertos en la oscuridad.
Los músicos y las rameras guardan su corazón en la oscuridad.

He soñado con la oscuridad la mitad de mi vida.
He hospedado mi juventud en el cáñamo de la oscuridad.
He desnudado a la oscuridad y gozado con ella.
He acariciado con dedos de pastor el sexo de la oscuridad.

La oscuridad es la oración de los acordeones nublados.
La oscuridad vive en las palabras que descifran la muerte.
La oscuridad habita los suburbios de la belleza.

Dad de ladrar al perro de la oscuridad.
Oíd la lepra sagrada de la oscuridad.

Su indesmayable ambición imaginativa, su ruptura con la sintaxis previsible, su insobornable desobediencia reivindicativa, su alternativa a la semántica convencional hacen de esta poesía -especialmente en La casa roja y La bicicleta del panadero, dos libros centrales en la trayectoria poética de Mestre- una actividad fundacional, una reinauguración de la realidad desde la que se defiende la posibilidad de la utopía. 

Al alto voltaje poético, simbólico y verbal que contienen esos libros de Mestre se suma a menudo un torrente circulatorio que se alimenta de lo más hondo de la experiencia y de la memoria, del conocimiento del dolor y de la reivindicación de la felicidad. No es casual que una de las antologías más completas de su obra, la que publicó el Fondo de Cultura Económica en 2014, se titulara precisamente Historia natural de la felicidad.

Como la misma dicción poética que lo articula, Asamblea es en su conjunto un libro torrencial, un bosque milenario en el que centenares de poemas “florecen como manzanos” y ofrecen su fruto en sazón en monólogos reflexivos o en diálogos emocionales con el lector, que se funde machadianamente con el poeta en la cercanía de una voz oracular que recoge “la ceniza de las palabras que caen desde un extraño mundo como copos de nieve.”

Ética y verdad se funden en esta poesía que es a la vez sublevación civil y estética, defensa de la desobediencia como vía de la creatividad, reivindicación de la insumisión verbal y la libertad imaginativa y fundación y refundación de un territorio de enorme potencia verbal y de gran carga emocional. 

Poesía como forma de conocimiento, palabra en libertad y compromiso ético son tres ángulos fundamentales de la poesía de Juan Carlos Mestre, que junto con la crucial misión reveladora de lo invisible, asume un importante componente ético y crítico, cumple una función testimonial que la convierte en conciencia moral del hombre a través de la luz de la palabra, para hacer del lenguaje no sólo un fuego que ilumine la noche de la tribu, sino también una vía de conocimiento del mundo desde la oscuridad y la intemperie, desde las raíces últimas de la sangre.

Imaginación y resistencia, conciencia y palabra son claves fundamentales en la obra de Mestre, en una creación que transcurre en el espacio de lo imprevisible y conjura tradiciones heterogéneas, invoca  la diversidad y refunde lo primitivo con la vanguardia, lo simbólico con lo visionario para proponernos no una imagen coherente del mundo, sino una lectura abierta de la realidad que hace del poema un lugar de encuentro, como en las prosas intensas, irónicas y terminales de Museo de la clase obrera:

si esperabas chatarra de rana y chucrut para las gallinas si esperabas una bella idea perdida una luna envasada al vacío el honesto episodio en que dante abandona la oreja de centeno de la campanera si esperabas hocicos de piedra pómez un guardaespaldas en el termostato de los periódicos al hombre bala que atraviesa sin mirar el cerebro la partícula del poeta dientes de pan para las truchas si esperabas la inteligencia biológica de las hadas de fátima poemas convulsos poemas verdaderos extenuados por el cinismo si esperabas la anatomía de la superstición a los carniceros del santo oficio al adolescente que se enfría en la morgue si esperabas bajo la carpa del circo al hombre simultáneo a los interferidos por el fulgor de dios a los bromurados por el silencio a la puerta de los cementerios de monos no aceptes el ofrecimiento no dejes de aceptar ya estas lejanas palabras aunque sea a regañadientes

El fraseo intenso y alucinatorio con que discurre el verso radical y salmódico de Mestre, generoso en imágenes, va construyendo en cada poema su propia realidad, reivindicando otra forma de ver y de mirar un mundo que parece recién descubierto o recién inaugurado, como en el modelo withmaniano al que se encomendaba el poeta en La casa roja, la casa de la poesía, la casa de la palabra, la casa de las preguntas:

Mi corazón es una casa roja con escamas de vidrio, mi corazón es la caseta de los bañistas cuya eternidad es breve como columna de lágrimas. El minotauro hace rodar sus ojos por el acantilado de las estrellas, la herida del anochecer hace su nido en la arena. Yo hablo con alas, yo hablo con lava de lo ardido y humo de diamante.

“La frecuentación de estas páginas -señala Jordi Doce en la Introducción- no tarda en contagiar a sus lectores el entusiasmo casi febril con que fueron escritas, el asombro radical de su enunciación, pues asombro es lo que sentimos al abrir la puerta de esta asamblea de palabras y figuras vertiginosas, esta fiesta de la metamorfosis y la analogía.”

Cierra esta reseña una breve muestra de los inéditos de El ciprés descapotable. Así termina el último fragmento recogido en Asamblea:

son los tanques frente a lo único verdadero, la vida, el valor del absoluto, es la ruina moral de los actos de fuerza, la disimetría del conflicto, la violencia irrestricta contra la modesta condición de las víctimas. llámalo como quieras, pero entiéndelo de una vez para siempre, no hay escuela en los cementerios, escrito está, escrito estuvo y escrito sigue en las tablas: no matarás, no matarás, no matarás


02 febrero 2026

Ensayos completos de Borges

 


Imaginemos, en una biblioteca oriental, una lámina pintada hace muchos siglos. Acaso es árabe y nos dicen que en ella están figuradas todas las fábulas de las Mil y una noches; acaso es china y sabemos que ilustra una novela con centenares o millares de personajes. En el tumulto de sus formas, alguna —un árbol que semeja un cono invertido, unas mezquitas de color bermejo sobre un muro de hierro— nos llama la atención y de ésa pasamos a otras. Declina el día, se fatiga la luz y a medida que nos internamos en el grabado, comprendemos que no hay cosa en la tierra que no esté ahí. Lo que fue, lo que es y lo que será, la historia del pasado y la del futuro, las cosas que he tenido y las que tendré, todo ello nos espera en algún lugar de ese laberinto tranquilo... He fantaseado una obra mágica, una lámina que también fuera un microscosmos; el poema de Dante es esa lámina de ámbito universal.

Así comienza el Prólogo de Borges a sus Nueve ensayos dantescos, su último libro ensayístico. que publicó en 1982.

Si el rigor constructivo y la potencia inventiva, el cruce de metafísica y narrativa, de erudición y misterio, pensamiento e imaginación, ficción y especulación filosófica son las constantes de muchos cuentos de Borges, que los construyó con una prosa de inimitable perfección y limpieza, de una asombrosa transparencia y profundidad que lo sitúa en una de las cimas más altas del idioma, esas virtudes atraviesan también los nueve libros de ensayos que, entre el inicial Inquisiciones (1925) y el final Nueve ensayos dantescos (1982), se reúnen en el volumen Ensayos completos que publica Alfaguara.

Nueve colecciones de ensayos, entre ellos los memorables Discusión (1932) o Historia de la eternidad (1936) y los imprescindibles Otras inquisiciones (1952) y Siete noches (1980), en los que la precisión verbal y la profundidad de pensamiento se conjugan para hacer de ellos textos fundamentales. Textos imprescindibles para entender la obra poética y narrativa de Borges, como “Una vindicación del falso Basílides”, “La postulación de la realidad”, “La duración del infierno”, “Las versiones homéricas”, “La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga”, “La doctrina de los ciclos”, “El tiempo circular”, “El acercamiento a Almotásim”, “El sueño de Coleridge”, “Magias parciales del Quijote”, “Kafka y sus precursores” o “El último viaje de Ulises”.

Entre la semblanza de Torres Villarroel que abría Inquisiciones, su primera colección de ensayos, y “La sonrisa de Beatriz”, que cierra su final Nueve ensayos dantescos, decenas de textos que en su envoltorio ensayístico contienen no sólo abundantes materiales narrativos, sino muchas de las claves que explican el resto de su obra, tanto los cuentos como la poesía. 

Porque en la literatura de Borges se difuminan las fronteras entre el ensayo y la ficción. Y así como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” o “Pierre Menard, autor del Quijote” son relatos que penetran en el territorio del ensayo, en muchos de estos ensayos se produce el viaje inverso que hace que el texto ensayístico invada el ámbito de la imaginación y se instale en el ejercicio continuo de un trasvase bidireccional que caracteriza la prosa borgiana de ficción o de ensayo. Un ejemplo especialmente significativo de esa indefinición de géneros es “El acercamiento a Almotásim”, que apareció primero en Historia de la eternidad y acabó incorporándose a Ficciones.

Ensayos que trazan, más que el perfil de un pensador original, la imagen del lector desmedido que fue Borges, porque de esa experiencia de lector infatigable y curioso se alimentan la mayor parte de estos ensayos en los que se funden ejemplarmente erudición y creación para abordar los temas esenciales de la literatura borgiana y su inconfundible mundo, que está presente también en su obra narrativa y en su poesía: la meditación sobre el tiempo y la escritura, el laberinto y el infinito, la identidad y la memoria, el estilo y las enciclopedias, los enigmas y las paradojas, el universo y los espejos, la lectura y la tradición literaria inglesa, oriental o hispánica.

Así comienza “El encuentro en un sueño”, el penúltimo de sus Nueve ensayos dantescos:

Superados los círculos del Infierno y las arduas terrazas del Purgatorio, Dante, en el Paraíso terrenal, ve por fin a Beatriz; Ozanam conjetura que la escena (ciertamente una de las más asombrosas que la literatura ha alcanzado) es el núcleo primitivo de la Comedia. Mi propósito es referirla, resumir lo que dicen los escoliastas y presentar alguna observación, quizá nueva, de índole psicológica. 

La mañana del trece de abril del año 1300, en el día penúltimo de su viaje, Dante, cumplidos sus trabajos, entra en el Paraíso terrenal, que corona la cumbre del Purgatorio. Ha visto el fuego temporal y el eterno, ha atravesado un muro de fuego, su albedrío es libre y es recto. Virgilio lo ha mitrado y coronado sobre sí mismo (per ch'io te sovra te corono e mitrio). Por los senderos del antiguo jardín llega a un río más puro que ningún otro, aunque los árboles no dejan que lo ilumine ni la luna ni el sol. Corre por el aire una música y en la otra margen se adelanta una procesión misteriosa. Veinticuatro ancianos vestidos de ropas blancas y cuatro animales con seis alas alrededor, tachonadas de ojos abiertos, preceden un carro triunfal, tirado por un grifo; a la derecha bailan tres mujeres, de las que una es tan roja que apenas la veríamos en el fuego; a la izquierda, cuatro, de púrpura, de las que una tiene tres ojos. El carro se detiene y una mujer velada aparece; su traje es del color de una llama viva. No por la vista, sino por el estupor de su espíritu y por el temor de su sangre, Dante comprende que es Beatriz. En el umbral de la Gloria siente el amor que tantas veces lo había traspasado en Florencia. Busca el amparo de Virgilio, como un niño azorado, pero Virgilio ya no está junto a él.

Ma Virgilio n'avea lasciati scemi
di sè, Virgilio dolcissimo patre,
Virgilio a cui per mia salute die' mi.

01 febrero 2026

El arte de correr

 


31 enero 2026

Álvaro Cunqueiro. Sueño y leyenda

 


30 enero 2026

Cuentos completos de Borges

  




Decía Poe que el poema largo es imposible, porque no hay en él más que una suma de poemas cortos. Y lo recordaba Borges en una memorable conversación con Juan José Arreola para mostrar su preferencia por el cuento y reivindicar su intensidad esencial frente a la novela.

Por eso nunca escribió novelas -“desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros, escribía en uno de sus prólogos”- y su ardua obra narrativa la componen seis colecciones de relatos -Historia universal de la infamia, Ficciones, El Aleph, El informe de Brodie, El libro de arena y La memoria de Shakespeare- que Alfaguara publica en una cuidada edición con motivo del cuarenta aniversario de su muerte.

Igual que su poesía, la obra narrativa de Jorge Luis Borges describe una trayectoria parabólica ascendente o sugiere el trazado de una alta cordillera. Su último cuento, La memoria de Shakespeare, es una de sus cimas, pero hay otras alturas titánicas como El jardín de senderos que se bifurcan, Las ruinas circulares, La Biblioteca de Babel o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde la irrupción de lo mágico en lo real se convierte en la clave de lo fantástico.

En muchos de esos cuentos, híbridos de ficción y ensayo, el eje es la búsqueda del centro, el laberinto es la metáfora polivalente del mundo o del infinito, y la memoria, el tiempo y el espacio, el sueño y la razón, la vida y la escritura, el caos y la pesadilla, el espejismo y la realidad no son sino variantes de un enigma indescifrable.

Un enigma al que se suman lo trivial y lo trágico, la mística y la erudición, la invención fantástica y la trama policial, la venganza y el insomnio o los libros imaginarios convocados por Borges en una prosa que reúne la exactitud y la elocuencia, la sugerencia y el rigor.

Así lo resumía Vargas Llosa en estas líneas memorables de Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020): “Borges perturbó la prosa literaria española de una manera tan profunda como lo hizo, antes, en la poesía, Rubén Darío. [...] Lo revolucionario de ella es que en la prosa de Borges hay casi tantas ideas como palabras, pues su precisión y su concisión son absolutas. [...] Decir que con Borges el español se vuelve “inteligente” puede parecer ofensivo para los demás escritores de la lengua, pero no lo es. Pues lo que trato de decir (de esa manera “numerosa” que acabo de describir) es que, en sus textos, hay siempre un plano conceptual y lógico que prevalece sobre todos los otros y del que los demás son siempre servidores. [...] Cada uno de sus cuentos es una joya artística.”

Rigor constructivo y potencia inventiva, metafísica y narrativa, erudición y misterio, pensamiento e imaginación, ficción y especulación filosófica son las constantes de unos cuentos habitados por los tigres y los laberintos, los sueños y las bibliotecas, el tiempo y las revelaciones, las elucubraciones y el conocimiento.

Y por una prosa de inimitable perfección y limpieza, de asombrosa transparencia y profundidad. Una de las cimas más altas del idioma.

Como Quevedo, como Shakespeare, como Proust, Borges es una literatura dentro de otra literatura, un universo habitado por sombras y presencias decisivas. O, para decirlo con sus propias imágenes, un aleph, un centro en el que confluyen el pasado y el futuro, los vivos y los muertos, la realidad y la ficción, los espejos y el puñal, la vida y la literatura, la reflexión y la escritura como un jardín de senderos que se bifurcan.

El mundo, en suma, en una de las representaciones más estilizadas y perennes de la literatura del siglo XX, en un volumen que es una variante del Aleph, porque contiene en su inventario de asombros y perplejidades el universo:

Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.



29 enero 2026

Un triple monumento imprescindible

 




Cuando se cumplen 40 años de la muerte de Jorge Luis Borges Alfaguara publica simultáneamente en España e Hispanoamérica una triple edición monumental de la obra completa de su obra completa: los Cuentos completos, los Ensayos completos y la Poesía completa.

La obra narrativa de Borges describe una trayectoria parabólica ascendente o sugiere el trazado de una alta cordillera. Su último cuento, La memoria de Shakespeare, es una de sus cimas, pero hay otras alturas titánicas como El jardín de senderos que se bifurcan, Las ruinas circulares, La Biblioteca de Babel o Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, donde la irrupción de lo mágico en lo real se convierte en la clave de lo fantástico.

En muchos de esos cuentos, híbridos de ficción y ensayo, el eje es la búsqueda del centro, el laberinto es la metáfora polivalente del mundo o del infinito, y la memoria, el tiempo y el espacio, el sueño y la razón, la vida y la escritura, el caos y la pesadilla, el espejismo y la realidad no son sino variantes de un enigma indescifrable.

Un enigma al que se suman lo trivial y lo trágico, la mística y la erudición, la invención fantástica y la trama policial, la venganza y el insomnio o los libros imaginarios convocados por Borges en una prosa que reúne la exactitud y la elocuencia, la sugerencia y el rigor.

Así lo resumía Vargas Llosa en estas líneas memorables de Medio siglo con Borges (Alfaguara, 2020): “Borges perturbó la prosa literaria española de una manera tan profunda como lo hizo, antes, en la poesía, Rubén Darío. [...] Lo revolucionario de ella es que en la prosa de Borges hay casi tantas ideas como palabras, pues su precisión y su concisión son absolutas. [...] Decir que con Borges el español se vuelve “inteligente” puede parecer ofensivo para los demás escritores de la lengua, pero no lo es. Pues lo que trato de decir (de esa manera “numerosa” que acabo de describir) es que, en sus textos, hay siempre un plano conceptual y lógico que prevalece sobre todos los otros y del que los demás son siempre servidores. [...] Cada uno de sus cuentos es una joya artística.”

Rigor constructivo y potencia inventiva, metafísica y narrativa, erudición y misterio, pensamiento e imaginación, ficción y especulación filosófica son las constantes de unos cuentos habitados por los tigres y los laberintos, los sueños y las bibliotecas, el tiempo y las revelaciones, las elucubraciones y el conocimiento. Y por una prosa de inimitable perfección y limpieza, de asombrosa transparencia y profundidad. 

Una de las cimas más altas del idioma que atraviesa también los nueve libros de ensayos que, entre el inicial Inquisiciones (1925) y el final Nueve ensayos dantescos (1982), se reúnen en el volumen Ensayos completos. Nueve colecciones de ensayos, entre ellos los memorables Discusión (1932) o Historia de la eternidad (1936) y los imprescindibles Otras inquisiciones (1952) y Siete noches (1980). 

Precisión verbal y profundidad de pensamiento recorren estos textos ensayísticos, fundamentales para entender la obra poética y narrativa de Borges, como “Una vindicación del falso Basílides”, “La postulación de la realidad”, “La duración del infierno”, “Las versiones homéricas”, “La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga”, “La doctrina de los ciclos”, “El tiempo circular”, “El acercamiento a Almotásim”, “El sueño de Coleridge”, “Magias parciales del Quijote”, “Kafka y sus precursores” o “El último viaje de Ulises”.

Entre la semblanza de Torres Villarroel que abre Inquisiciones, su primera colección de ensayos, y “La sonrisa de Beatriz”, que cierra su final Nueve ensayos dantescos, decenas de textos que en su envoltorio ensayístico contienen no sólo abundantes materiales narrativos, sino muchas de las claves que explican el resto de su obra, tanto los cuentos como la poesía. 

Porque en la literatura de Borges se difuminan las fronteras entre el ensayo y la ficción. Y así como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” o “Pierre Menard, autor del Quijote” son relatos que penetran en el territorio del ensayo, en muchos de estos ensayos se produce el viaje inverso que hace que el texto ensayístico invada el ámbito de la imaginación y se instale en el ejercicio continuo de un trasvase bidireccional que caracteriza la prosa borgiana de ficción o de ensayo. Un ejemplo especialmente significativo de esa indefinición de géneros es “El acercamiento a Almotásim”, que apareció primero en Historia de la eternidad y acabó incorporándose a Ficciones.

Ensayos que trazan, más que el perfil de un pensador original, la imagen del lector desmedido que fue Borges, porque de esa experiencia de lector infatigable y curioso se alimentan la mayor parte de estos ensayos en los que se funden ejemplarmente erudición y creación para abordar los temas esenciales de la literatura borgiana y su inconfundible mundo, que está presente también en su obra narrativa y en su poesía: la meditación sobre el tiempo y la escritura, el laberinto y el infinito, la identidad y la memoria, el estilo y las enciclopedias, los enigmas y las paradojas, el universo y los espejos, la lectura y la tradición literaria inglesa, oriental o hispánica.

“Ser en la vana noche /el que cuenta las sílabas, dejó escrito Borges en un tanka de El oro de los tigres, uno de los trece libros que reúne su Poesía completa. “Mi destino es la lengua castellana”, decía en otro de sus poemas. Un destino feliz para la lengua y la literatura en español el de esta poesía mayor en la que conviven el pensamiento y la revelación, los espejos y los tigres, los laberintos y las pesadillas, las mitologías escandinavas y la lluvia vespertina en el arrabal de Palermo.

Una poesía poblada por las sombras de la ceguera y las imágenes potentes, por el flujo narrativo del alejandrino o el estremecimiento contenido del soneto. Desde Fervor de Buenos Aires (1923), que contiene entre líneas el germen de su poesía posterior, hasta Los conjurados (1985), con que la culminó asombrosamente, libros como El hacedor, Elogio de la sombra, La moneda de hierro o El oro de los tigres recogen sucesivamente “los diversos o monótonos Borges”- las palabras son del Prólogo que escribió para esta Poesía completa quien murió hace ahora cuarenta años.

Un largo paréntesis de silencio que duró más de treinta años separa sus tres primeros libros del muy diferente El hacedor, que ya en los años sesenta suponía, más que la recuperación de su poesía, el hallazgo de una voz propia y de un tono personal con el que iría construyendo un universo poético irrepetible. Una voz poética que en El otro, el mismo siguió creciendo entre la sombra a la que dedicó su siguiente Elogio de la sombra.

Esos libros marcaron en los años sesenta un antes y un después de la poesía en español, no sólo en la trayectoria poética de Borges, que volvió a brillar con El oro de los tigres, en la plenitud de La rosa profunda, en la prodigiosa madurez de La moneda de hierro, Historia de la noche, La cifra y en esa cima absoluta que es Los conjurados, que muchos lectores de Borges celebran como su mejor libro.

Un Borges que, por cierto, no hablaba de sus libros, sino de los poemas que lo componían: “Tres suertes -escribía en el Prólogo de su Poesía completa- puede correr un libro de versos: puede ser adjudicado al olvido, puede no dejar una sola línea pero sí una imagen total del hombre que lo hizo, puede legar a las antologías unos pocos poemas.
Si el tercero fuera mi caso, yo querría sobrevivir en el Poema conjetural, en el Poema de los dones, en Everness, en El Golem y en Límites.”

Ese poema, uno de los muchos memorables que escribió, comienza con estas cuatro estrofas:

De estas calles que ahondan el poniente,
una habrá (no sé cuál) que he recorrido
ya por última vez, indiferente
y sin adivinarlo, sometido

a quien prefija omnipotentes normas
y una secreta y rígida medida
a las sombras, los sueños y las formas
que destejen y tejen esta vida.

Si para todo hay término y hay tasa
y última vez y nunca más y olvido
¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
sin saberlo, nos hemos despedido?

Tras el cristal ya gris la noche cesa
y del alto de libros que una trunca
sombra dilata por la vaga mesa,
alguno habrá que no leeremos nunca.

Como él dijo de Quevedo, Borges “es menos un hombre que una dilatada y compleja literatura”. Y es más que eso: un universo completo, un mundo complejo y cumplido. No leerlo es un delito de lesa literatura, no haberlo leído es una limitación insalvable.


28 enero 2026

En el taller del relojero Alejandro Céspedes




Dijo Francis Ponge que el mundo, desde que existe, nunca funcionó tan mal y que el espíritu humano nunca ha estado peor desde que el hombre ya no lo considera más que su cortijo para ejercer el poder. A Ponge se le ocurre que el artista tendría que convertirse en un mecánico, abrir un taller y reparar el mundo tal como le llega, por fragmentos, pero que no por ello se debería considerar un mago, sino sencillamente un relojero.
¡Un poeta -que solo escribe fragmentos- intentando reparar el mundo como un mago-relojero para hacer que el big bang de la existencia sea un poco más preciso! Un reloj hecho con piezas de maldad, incertidumbre, caducidad y desánimo. No me digan que no es para quedarse muchísimo más tranquilos. ¿En qué podría fallar un mecánico-poeta que trata de conseguir que el mundo funcione como un reloj?

Bienvenidos al taller.

Con esa irónica ‘Nota previa’ abre Alejandro Céspedes su espléndido Taller de relojería, que publica Averso. Como se dice en ese texto preliminar, la imagen del poeta como relojero que recompone el mecanismo descompuesto del mundo procede de un texto de Francis Ponge, El murmullo, que aborda la condición y el destino del artista en estos términos: “Nunca, desde que el mundo es mundo (pienso en el mundo sensible, tal como se nos ofrece cada día), nunca, sea cual fuere la mitología de moda, nunca el mundo, aunque solo fuese por un segundo, ha suspendido su funcionamiento misterioso. Nunca sin embargo en el espíritu del hombre -y sin duda precisamente desde que el hombre ya no considera el mundo sino como su campo de acción, el lugar o la ocasión de su poder-, nunca el mundo en el espíritu del hombre ha funcionado tan poco, tan mal. La función del artista es así muy clara: debe abrir un taller y reparar el mundo tal como le llega, por fragmentos. Y que no por ello se considere un mago. Solamente un relojero».

Con ese punto de partida, Alejandro Céspedes emprende un ejercicio poético que recorre en dos partes -El relojero del mundo y El relojero del ser- un amplio itinerario de poemas extensos e intensos que, con Cioran siempre al fondo como luz fría y guía del desaliento, aceptan el reto de explorar la posibilidad de recomponer la mecánica fracturada del mundo y el ser con el método de la paciencia artesanal reflexiva, con la reconstitución del recuerdo que nos deconstruye y nos reconstruye, con la precisión de la palabra poética y con la exigencia ética de no mentirse a sí mismo ni al lector al encarar la realidad desarticulada que es el motor existencial del libro, porque 

Dentro de cada instante, hay un desastre,
pensando cómo abrirse hacia el futuro.

Y porque “la vida es casi siempre prematura”, estos poemas vibrantes y perturbadores surgen de una zona insobornable y sombría de la conciencia y la memoria, del tiempo y del sueño, del despojo y la herida, de la naturaleza muerta y el sinsentido, acometen la empresa imposible de reparar los desperfectos de ese mecanismo averiado que llamamos mundo o vida, la imposible tarea de restaurar con paciencia improductiva los fragmentos imposibles del deterioro para que acaben articulando poéticamente en este libro admirable la imagen descompuesta del hueco y el vacío.

Estos son sus desalentados versos finales:

Hoy es una grieta, un eco,
un cuerpo que solo existe
en los verbos que lo nombran.

Y ya no puede entenderse ni puede domesticarse.
Su cuerpo es como esa niebla
que únicamente se aprecia
cuando se ve desde fuera.

Será un hueco relleno de fragmentos
que olvidará que olvidó
y ya no sabrá quién es
ni quiénes somos nosotros.

Un reloj de pared averiado
da las doce campanadas.

Pobre animal indeciso...
No hay nada que reparar.

Ni el relojero de Ponge
-aunque en verdad fuese un mago-
podrá hacer ningún milagro.



27 enero 2026

Ascenso y crisis. Europa 1950-2017

  



“En el prólogo de Descenso a los infiernos afirmaba que era la obra más difícil que había intentado escribir. Así fue hasta este libro. Este segundo volumen sobre la historia de Europa desde 1914 hasta nuestros días planteaba problemas aún mayores tanto de interpretación como de redacción. En buena medida, esto se debe a que en la historia de Europa entre 1950 y la actualidad no existe un único tema predominante comparable al evidente papel central de las guerras mundiales que domina el volumen anterior, que abarca el período comprendido entre 1914 y 1949. Descenso a los infiernos seguía una progresión lineal, entraba y salía de una guerra para luego entrar y salir de otra. Ningún acontecimiento lineal describe adecuadamente la complejidad de la historia de Europa desde 1950. Se trata, más bien, de una historia llena de curvas y giros, de altibajos, de cambios volátiles, de una gran y acelerada velocidad de transformación. Desde 1950, Europa ha sido como un viaje en una montaña rusa, con sus emociones y sustos, sus ascensos y sus crisis. Este libro pretende mostrar cómo y por qué durante esas décadas fue dando tumbos de un período de gran inseguridad, a otro”, escribe Ian Kershaw en el prólogo de Ascenso y crisis. Europa 1950-2017, que publica Crítica con traducción de Yolanda Fontal.

Este volumen, que completa el vasto proyecto de síntesis de la historia de Europa del siglo XX iniciado con el análisis de la primera mitad del siglo en Descenso a los infiernos, aborda casi setenta años de historia marcada por una Europa escindida durante décadas por el Telón de Acero y el Muro de Berlín, por la Guerra Fría y la amenaza nuclear, pero también por una vertiginosa aceleración de los acontecimientos históricos: las transformaciones asombrosas en los usos sociales y los cambios en los modelos económicos, los procesos políticos o los fenómenos culturales y en sus vías de transmisión. 

Cambios que han transformado el panorama europeo y lo han situado en estas décadas bajo el signo de la incertidumbre al que alude el subtítulo de este volumen que completa un conjunto monumental.

Y precisamente “Una nueva era de inseguridad” es el significativo título del epílogo en el que Kershaw señala que “la historia de Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial ha sido una vertiginosa mezcla de grandes logros, profundas decepciones e incluso desastres, como han demostrado claramente las crisis de los últimos años. En realidad, ha sido en muchos sentidos un viaje en una montaña rusa, con sus subidas y bajadas, una velocidad en aumento a partir de los años setenta, una brusca aceleración después de 1990 y una carrera casi fuera de control en el nuevo siglo.”

Porque los desafíos energéticos y climáticos, demográficos y migratorios, el multiculturalismo y el choque de culturas, el malestar social y la globalización, el desarrollo tecnológico imparable y la automatización de la inteligencia artificial, la inseguridad y la pérdida de privacidad son algunos de los retos de la Europa actual, cuya historia en estas últimas décadas es semejante a una montaña rusa, lo que justifica el título de este ensayo.

Un ensayo en el que la proximidad del periodo histórico estudiado le sugiere a Ian Kershaw esta interesante reflexión preliminar sobre la necesidad de utilizar una bibliografía tan exhaustiva como la que se recoge al final de la obra en veinte apretadas páginas que reúnen las referencias imprescindibles sobre la época más reciente de la historia de Europa:

Haberlo vivido no sirve de sustituto. Cuando empezaba a escribir este libro, alguien me sugirió que debía de ser fácil ya que el período coincidía con gran parte de mi vida. Pero vivir la historia genera recuerdos que tanto pueden ser distorsionados o inexactos como quizá servir de ayuda. En un pequeño número de casos he añadido algún recuerdo personal en una nota al pie, pero los he mantenido fuera del texto. En mi opinión, es mejor mantener separadas las anécdotas personales y la valoración histórica. Dejando a un lado la fragilidad de la memoria, la mayor parte de lo que pasa cerca a diario solo tiene una resonancia efímera. La valoración de la trascendencia de acontecimientos importantes exige casi siempre no solo un conocimiento profundo, sino también el paso del tiempo necesario para digerirlos.

Como en el volumen anterior, Descenso a los infiernos, remata el conjunto de Ascenso y crisis un minucioso índice analítico de personas y lugares, conceptos y acontecimientos que permiten su rápida localización en el libro, ilustrado generosamente con cuatro cuadernillos de imágenes significativas de las diversas cuestiones abordadas en las seiscientas páginas de este monumental ensayo que completa una mirada matizadamente optimista en la que pesan más los avances que los retrocesos:

Con todas las reservas, cualquier valoración razonable sin duda destacaría los inmensos avances logrados. Un simple vistazo a Europa en la primera mitad del siglo XX, un continente devastado física y moralmente por la guerra y por el genocidio cuando las potencias imperialistas y las que deseaban serlo pugnaron por alzarse con la supremacía, demuestra lo lejos que ha llegado desde entonces. La mayoría de los europeos viven ahora en paz, en libertad, en un estado de derecho y con una prosperidad relativa. El racismo manifiesto es ilegal, aunque las actitudes racistas no están ni mucho menos erradicadas. El derecho de las mujeres a la igualdad con los hombres se acepta en principio, aunque en la práctica a menudo se incumple. Los homosexuales y las lesbianas ya no se enfrentan a la discriminación oficial, aunque los viejos prejuicios tardan en desaparecer. Independientemente de las reservas, estos y otros cambios culturales suponen un avance importante.