16 enero 2017

Elizabeth Bishop. Poesía completa


15 enero 2017

Industrias y andanzas de Alfanhuí


14 enero 2017

Rilke. Cuarenta y nueve poemas


13 enero 2017

En Guanajuato





Ayer firmé la autorización para que mi reseña de Oficio de tinieblas, de Rosario Castellanos, aparezca como modelo para estudiar la estructura de esa modalidad crítica en un libro de texto que está elaborando la catedrática de la Universidad de Guanajuato Berenice Reyes Cruz.
Una satisfacción que esa reseña, publicada hace casi siete años justos, haya sido elegida como un texto modélico para trabajarlo con los estudiantes del ciclo superior de secundaria en México.
La reproduzco aquí:

Rosario Castellanos.
Oficio de tinieblas.
Prólogo de Jordi Soler.
Libros del Silencio. Barcelona, 2009.

Escribir ha sido, más que nada, explicarme a mí misma las cosas que no entiendo. Cosas que, a primera vista, son confusas o difícilmente comprensibles, declaraba en una entrevista de 1964 Rosario Castellanos (México, 1925- Tel Aviv, 1974).
Quien está considerada la primera narradora importante de la literatura latinomericana contemporánea pertenecía a una familia de terratenientes de Chiapas, donde vivió los primeros años de su vida y parte de su adolescencia. Fue entonces cuando, a la vez que empezaba sus estudios de Filosofía y Letras, tomó conciencia de las injusticias seculares padecidas por los indios en aquella sociedad caciquil y patriarcal, cuando se perfiló su carácter introvertido y se fraguó una vocación literaria que la convertiría en uno de los nombres de referencia de la literatura mexicana del siglo XX.
Poeta, dramaturga, ensayista y narradora, Rosario Castellanos denunció aquellos abusos en un libro de cuentos (Ciudad Real) y en dos novelas (Balún Canán y Oficio de tinieblas), que son la expresión literaria de "las experiencias que tuve en Chiapas en mi trabajo para el Instituto indigenista. En esos lugares la lucha ha llegado a extremos desgarradores de brutalidad."
Publicada por Joaquín Mortiz en 1962, Oficio de tinieblas - explicaba Rosario Castellanos en esa entrevista- "está basada en un hecho histórico: el levantamiento de los indios chamulas, en San Cristóbal, el año de 1867. Este hecho culminó con la crucifixión de uno de estos indios, al que los amotinados proclamaron como el Cristo indígena. Por un momento, y por ese hecho, los chamulas se sintieron iguales a los blancos. Acerca de esta sublevación casi no existen documentos. Los testimonios que pude recoger se resienten, como es lógico, de partidarismo más o menos ingenuo. Intenté penetrar en las circunstancias, entender los móviles y captar la psicología de los personajes que intervinieron en estos acontecimientos. A medida que avanzaba, me di cuenta que la lógica histórica es absolutamente distinta de la lógica literaria. Por más que quise, no pude ser fiel a la Historia. Abandoné poco a poco el suceso real. Lo trasladé de tiempo, a un tiempo que conocía mejor, la época de Cárdenas, momento en el que, según todas las apariencias, va a efectuarse la reforma agraria en Chiapas. Este hecho probable produce malestar entre los que poseen la tierra y los que aspiran a poseerla: entre los blancos y los indios. El malestar culmina con la sublevación indígena y el aplastamiento brutal del motín por parte de los blancos."
Casi cincuenta años después de aquella primera edición, la reedita en España Libros del Silencio en su colección Miradas, prologada por Jordi Soler.
El enfrentamiento entre terratenientes e indígenas, entre los ritos cristianos y la concepción mágica del mundo, entre lo prehispánico y lo occidental está en la raíz de una novela espléndida en la que conviven el propósito de denuncia, el tono mítico y el propósito documental, el análisis social y la capacidad narrativa de su autora, siempre exigente con su literatura y consciente de su responsabilidad ética y estética:
"El arte tiene, ante todo, el deber de ser arte. Como fenómeno social que es, puede teñirse de propaganda política, religiosa, etc. Pero esta propaganda no será de ninguna manera eficaz si no se subordina a las exigencias estéticas."
De su exigencia literaria, de la potencia de su prosa dejo aquí la muestra de dos párrafos:
Amanece tarde en Chamula. El gallo canta para ahuyentar la tiniebla. A tientas se desperezan los hombres. A tientas las mujeres se inclinan y soplan la ceniza para desnudar el rostro de la brasa. Alrededor del jacal ronda el viento. Y bajo la techumbre de palma y entre las cuatro paredes de bajareque, el frío es el huésped de honor.
Pedro González Winiktón separó las manos que la meditación había mantenido unidas y las dejó caer a lo largo de su cuerpo. Era un indio de estatura aventajada, músculos firmes. A pesar de su juventud (esa juventud tempranamente adusta de su raza) los demás acudían a él como se acude al hermano mayor. El acierto de sus disposiciones, la energía de sus mandatos, la pureza de sus costumbres, le daban rango entre la gente de respeto y sólo allí se ensanchaba su corazón. Por eso cuando fue forzado a aceptar la investidura de juez, y cuando juró ante la cruz del atrio de San Juan, estaba contento. Su mujer, Catalina Díaz Puiljá, tejió un chamarro de lana negra, grueso, que le cubría holgadamente hasta la rodilla. Para que en la asamblea fuera tenido en más.
La concepción circular del tiempo por parte de los indígenas es la base del diseño narrativo de Oficio de tinieblas, el relato de una sublevación que anticipaba la rebelión zapatista de enero de 1994 en Chiapas.
Porque también en la realidad parece a veces circular el tiempo.

(Santos Domínguez. Encuentros de lecturas, 27 de enero de 2010)

12 enero 2017

A través del espejo


11 enero 2017

Floreced mientras. Poesía del Romanticismo alemán




'Floreced mientras', escribía Hölderlin en El archipiélago. Y de esa frase toma su título la antología bilingüe de la poesía romántica alemana que ha preparado para Galaxia Gutenberg Juan Andrés García Román, poeta y acreditado traductor de los Poemas a la noche de Rilke o las Elegías de Hölderlin. 
Llega hoy a las librerías avalado por esta presentación: 
“¿Cómo es un poema genuinamente romántico? De las loas a la música de A.W. Schlegel a los monumentales Himnos de Novalis, de los fragmentos de F. Schlegel al desengañado sarcasmo de Heine, pasando por el Hölderlin de la locura, las nanas de Brentano o los candorosos jeroglíficos de Eichendorff, este libro quiere responder a esa pregunta iluminando la creación de la retórica romántica, trazando un rumbo tan lleno de hallazgos como de vacilaciones. Todo porque inventaron su tradición, que es la nuestra. Pues de ellos bien se podría decir que, pudiendo escoger a hombros de qué gigante auparse, decidieron ser ellos mismos los gigantes.” 

10 enero 2017

Socotra


09 enero 2017

La prisión transparente




Estoy cansado. 

Cansado de mí mismo; de mi enemistad conmigo mismo. 
O de vivir, o de no 
vivir, no 
sé. 

Hoy, 
esta mañana, he 
considerado lo que queda de mí: 
                                                   apenas 
una fatigada conciencia 
y algunos inservibles 
bártulos carnales. 
                            Hoy, 
algo más tarde, viendo, 
desconociendo 
mi rostro en el espejo: mis ojos inmóviles, 
mi piel oxidada y la turbia 
tempestad de 
mis cabellos, 
                    he 
pronunciado una 
sola sílaba:
                    No. 
  Una sílaba sola. 

                         ¿Qué es de mí?
                                                ¿Soy yo monosílabo, únicamente 
negación? 

No 
sé.

Así comienza La prisión transparente, el primero de los tres libros que, junto con No sé y Mudanzas, integran el volumen que Antonio Gamoneda presentó en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara a finales de año y que esta semana llega a las librerías en España de la mano de Vaso Roto
Un volumen que toma título de ese primer poema, que abre una serie poética homogénea en su tonalidad, un tríptico que refleja la obra en marcha de Antonio Gamoneda, su ejercicio de reescritura de textos propios y ajenos, asumidos para construir a partir de ellos un poema nuevo.

08 enero 2017

Manuel Padorno. Obras completas I


07 enero 2017

Bestiario del Quijote


06 enero 2017

Jorge de Arco reseña El viento sobre el agua



El poeta y crítico literario Jorge de Arco escribe en Andalucía Información esta reseña de El viento sobre el agua. La dejo aquí con mi reconocimiento a sus generosas palabras:

El XXXVI premio hispanoamericano de poesía Juan Ramón Jimenez recayó en su última convocatoria en “El viento sobre el agua” (Col. Autores Premiados. Huelva, 2016) de Santos Domínguez.
Este cacereño del 55, con una obra ya dilatada y reconocida con muy diversos galardones, ofrece en esta entrega un cántico espejeante y emotivo donde la ceniza y la dicha resplandecen por igual frente al reverso de los días. Desde el silencio de la sangre o desde la algarabía del corazón, se van sucediendo los prodigios que giran en derredor del ser humano. Al hilo de una Naturaleza de constante presencia, Santos Domínguez inventaría las “violetas marchitas”, la rama desnuda del invierno”, “la llama azul de un pájaro”, “las arboledas lentas”…, para hacer volar hasta el alma todo aquello que nombra y revela el paisaje interior: “Huellas y cicatrices,/ retazos que el tiempo escribe en la pintura/ con la caligrafía secreta del misterio”.
El silbo de las sombras, la terca querencia de las estaciones, la imaginaria luna que contempla y rasga la existencia, se asoman, también, por esta cartografía laberíntica que incita a la reflexión, y que se reescribe en las letras marcadas de un tiempo mortal, “en las sílabas negras de una lápida fría”.
Una muestra más, en suma, del riguroso quehacer de un poeta mayor y perdurable.

05 enero 2017

El galáctico



Que uno que vive en la provincia utilice para descalificar un premio su carácter  provincial no deja de tener su gracia, cuando además ese premio, el Juan Ramón Jiménez, es Hispanoamericano, como señala su denominación.

Se conoce que los que le han dado a él -y los que no le han dado, que alguno habrá- son intergalácticos, claro. De Badajoz, de Madrid o de Córdoba, esas galaxias.


Kafka. La transformación


04 enero 2017

Xavier Seoane. Threnói


03 enero 2017

Lezama Lima. Poesía completa


02 enero 2017

De plagios


Como un anormal semoviente y un sedicente crítico semianalfabeto parecen haber detectado síntomas de plagio en este texto mío, publicado en el número 8 de Estación Poesía, dejo aquí ambos -no sendos- textos, para que el lector compare si más allá de lo reconocido -irónicamente por cierto- en la entradilla de mi poema Los guardianes del hielo hay el menor parecido de tono, de tema, de estilo o de imágenes entre el poema de José Watanabe y el mío.

EL GUARDIÁN DEL HIELO

Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol...
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil

           Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.

     José Watanabe. Cosas del cuerpo


LOS GUARDIANES DEL HIELO

Soy el guardián del hielo
José Watanabe
Desde los altos muros de la tarde
las máscaras del tiempo ya no te reconocen,
ni el mar intransitivo ni el paisaje insumiso
ni el ave sin memoria entre un silencio y otro.

Entre el arma y la herida, entre el pie y la pisada,
vigilan con antorchas los lagos solitarios
de los reyes del bosque.
Son guardianes del hielo.

Guardan en la memoria la piedra de la lluvia
y en cráteras secretas, el viento del otoño
que aviva el fuego y da cenizas a la tarde.

En el roble sagrado, el fulgor de la savia
y la luna fecunda que crece en las cosechas
fermentan los melismas quebrados del paisaje.

Viene una luz sin dueño, una luz que desciende
lentamente al silencio,
a un último rumor de copos o cenizas
o repite su imagen
en los espejos grises de los lagos.

Se despeña esa luz por la boca de un pozo
al filo de la noche, al agua sin camino,
con números enteros, con la vaga nostalgia
que deposita el día sobre la arena.

Flota sobre el recuerdo, sin nombre ya y sin tiempo,
un sueño de cristal,
la mansedumbre ciega de la noche
y esta luz que no pesa
y se posa en las sílabas blancas de las ausencias.

En la llama que tiembla
contra un terror vacío de cuevas y catástrofes,
aterido yo mismo ante el espanto ahora
busco un lugar sereno, una lección de calma.

Santos Domínguez. 
Principio de incertidumbre. 
Huerga & Fierro. Madrid, 2016.





Juan José Vélez. Dióxido de carbono


01 enero 2017

Cincuenta años de Cien años de soledad


Este año que comienza se cumplen cincuenta de la aparición de ese milagro definitivo que apareció en 1967 en Sudamericana con la inolvidable portada del galeón español varado en medio de la selva.
Cincuenta años de Melquíades, el personaje fundamental de Cien años de soledad, muerto por fiebre en los médanos de Singapur y abandonado al apetito de los calamares en el mar de Java.
Aquel gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, llevó a Macondo el imán, la lupa y la dentadura postiza y era un fugitivo de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su inmensa sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano, una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo, sufría por los más insignificantes percances económicos y había dejado de reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había arrancado los dientes. El sofocante mediodía en que reveló sus secretos, José Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquel era el principio de una grande amistad. Los niños se asombraron con sus relatos fantásticos. Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había de recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con su profunda voz de órgano los territorios más oscuros de la imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por el calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir aquella imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su descendencia. Úrsula, en cambio, conservó un mal recuerdo de aquella visita, porque entró al cuarto en el momento en que Melquíades rompió por distracción un frasco de bicloruro de mercurio. 
—Es el olor del demonio —dijo ella.
—En absoluto —corrigió Melquíades—. Está comprobado que el demonio tiene propiedades sulfúricas, y esto no es más que un poco de solimán. 
Siempre didáctico, hizo una sabia exposición sobre las virtudes diabólicas del cinabrio, pero Úrsula no le hizo caso, sino que se llevó los niños a rezar. Aquel olor mordiente quedaría para siempre en su memoria, vinculado al recuerdo de Melquíades. 

Un personaje tan crucial que se revela como el narrador. Lo descubre al final de la novela Aureliano Babilonia, el último de los Buendía: 
en los pergaminos de Melquíades estaba escrito su destino. Los encontró intactos, entre las plantas prehistóricas y los charcos humeantes y los insectos luminosos que habían desterrado del cuarto todo vestigio del paso de los hombres por la tierra, y no tuvo serenidad para sacarlos a la luz, sino que allí mismo, de pie, sin la menor dificultad, como si hubieran estado escritos en castellano bajo el resplandor deslumbrante del mediodía, empezó a descifrarlos en voz alta. Era la historia de la familia, escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación. La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias. La protección final, que Aureliano empezaba a vislumbrar cuando se dejó confundir por el amor de Amaranta Úrsula, radicaba en que Melquíades no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante.

31 diciembre 2016

Ramírez Almanza. La puerta de los secretos


30 diciembre 2016

El amante de Lady Chatterley. Edición ilustrada


29 diciembre 2016

Benítez Reyes. Las formas de la luna


28 diciembre 2016

Ortega y Gasset. El Espectador