30 julio 2026

Jesús García Calderón, la inteligencia crítica frente a la IA

 



“Si tenemos en cuenta que la intimidad es un reflejo de nuestra forma de ser que decanta en un conjunto de actos sociales o antisociales, no es difícil descubrir su progresiva destrucción. Las bases de datos oficiales y los procesos ciegos que registran nuestra vida cotidiana nos lo dicen de manera cada vez más directa y autoritaria y menos persuasiva. Hasta las aplicaciones bancarias nos reprueban el exceso de gasto haciendo ostentación del control que ejercen sobre nuestra pobreza.
Esta convicción ha cobrado tanta fuerza en nuestros días que ha culminado en un sentimiento de impotencia y debilidad ante la abrumadora superioridad del mundo digital para regir nuestro destino. Sin embargo, algunos sujetos de rendimiento nos hemos convertido en sujetos críticos y hemos decidido, sin ponernos de acuerdo y más allá del comentario pasajero de algunas venturosas lecturas, inmolar nuestra vieja intimidad para resistir. Y además hemos conseguido, de una manera muy convincente, despojarla, casi por completo, de cualquier valor para los demás. Hemos conseguido superar el miedo asumiendo la indiferencia ante el descubrimiento público de nuestros secretos”, escribe Jesús García Calderón en las primeras páginas de su ensayo La era de los nombres ocultos.

Sobre la intimidad vencida y la identidad digital es el esclarecedor subtítulo de este ensayo breve y profundo, lúcido e inquietante, que nos coloca ante el espejo de los peligros a los que se expone la intimidad, rebajada a una inconsistente identidad en la era digital, en la que, de forma voluntaria pero también inconsciente, hemos renunciado a la intimidad, arrastrados por una vorágine digital invasiva que nos coloca en una situación de vulnerabilidad personal y de sometimiento social ante una tecnología que anticipa nuestras decisiones y las anula. Una situación en la que el hombre está al servicio y a merced de la tecnología y no al revés, como debería ser.

Por eso es tan necesario que haya inteligencias críticas como la de Jesús García Calderón, fiscal de acreditada trayectoria profesional y sólida formación humanística, que nos avisan de la situación presente y nos alertan de los riesgos futuros, aún mayores y seguramente inimaginables, que comporta el imparable despliegue de la inteligencia artificial, esa vertiginosa inteligencia no biológica, a cuyas dimensiones abisales se dedica el brillante capítulo central (Máquinas espirituales) de los tres que integran La era de los nombres ocultos, cuyo título evoca un pensamiento atávico de las culturas antiguas que Borges abordó en Historia de los ecos de un nombre (Otras inquisiciones): el de la destrucción de la identidad a partir del desvelamiento del nombre y de la intimidad. Así lo resumía García Calderón en una entrevista en Culturamas:

El peligro esencial es que el mundo digital, por primera vez en la historia, pretende la creación de una nueva naturaleza. En ella, la tecnología alcanza una capacidad anticipativa de nuestras propias decisiones. De algún modo, conoce antes de nosotros lo que queremos hacer. Nos dirige. Nos engaña. Nos exige sustituir o suicidar nuestra intimidad por la identidad digital. Y quedamos en sus manos, ofrecemos nuestro nombre oculto, aquel que nadie debería conocer.

A propósito de la Teoría de la Singularidad Tecnológica, escribe García Calderón estas líneas, menos alarmistas que desasosegantes ante el enorme reto de lo que viene:

En cualquier caso, no creo que nos encontremos simplemente ante una utopía o ante una distopía científica avanzada que recoge los sedimentos de la imaginación desbordante de la sociedad postindustrial. Si así fuera podría ser relativamente fácil de combatir. El problema de la Singularidad Tecnológica es mucho mayor por su apego a una realidad cambiante que acoge esta forma de evolución dirigida y empieza a entenderla como una víspera trascendental, de la que parece no podremos escapar en el futuro. No se trata de un avance más, sino de la creación de una neo natura que escapará muy pronto, si no lo ha hecho ya, de nuestro control.

Si el ensayista se hubiera quedado ahí, en esa llamada de atención a la conciencia y a la consciencia, este no sería más que un gimiente texto apocalíptico y jeremíaco. 

Pero es algo muy distinto de eso. Además de hondo, iluminador y estupendamente escrito, este es un ensayo alertador y propositivo, porque el motor de La era de los nombres ocultos es la respuesta de un jurista a los múltiples y complejos desafíos del mundo digital actual y del vertiginoso tiempo por venir, cuando, además de la despersonalización o el parasitismo digital, se cierne sobre el hombre actual y el del futuro “otro efecto añadido sobre el que apenas reparamos, pero que debemos considerar seriamente para trazar el proyecto de nuestra vida social. Nos referimos al incremento automatizado de decisiones. Un fenómeno que nos afecta y supone una sustitución paulatina del principio de responsabilidad, limita nuestra verdadera identidad y hasta desprecia el valor de la experiencia. La veteranía emocional debería convertirse en la magnitud que corrija la inercia que marca el impulso digital en numerosas encrucijadas de la existencia y sirva para romper, cuando sea necesario, algo tan autoritario y esquivo como el algoritmo. Este profundo desfase emocional puede marcarnos decisivamente, hasta el punto de que cada vez seamos, tanto a nivel colectivo como individual, más ignorantes, más desconfiados, menos lúcidos e intuitivos y, por tanto, menos inquietos intelectualmente. Esta nueva posición, en mayor o menor medida, hasta podría conseguir algún día que dejemos de ser dueños de nuestro propio destino.”

Y ante esa realidad amenazante, García Calderón elabora un Decálogo Alternativo para hacer frente al "suicidio asistido de nuestra intimidad que viene realizándose impunemente como un estado previo a la imposición definitiva de la identidad digital." Un decálogo integrador y paliativo que entre otras propuestas contiene esta:

Es necesario un desarrollo de los Derechos Fundamentales para combatir la aparición de posibles situaciones insostenibles de desigualdad y hasta nuevas formas de esclavitud que se pueden incrementar de manera trágica y exponencial, ante el previsible colapso que se puede producir en la obtención de los recursos materiales y ante la dificultad o tardanza de la anunciada colonización del universo. Será imprescindible fortalecer y definir claramente, como ya hemos señalado, el derecho a una identidad real en todas sus manifestaciones frente al señuelo de la identidad digital.

El nuevo partisano se titula uno de los capítulos de la primera parte del libro, Una vida cegada por la luz, en donde avisa el ensayista de que "cuando el poder, en cada una de sus manifestaciones, desnuda a los ciudadanos, nace un temor constante de perfiles confusos y acaba por extenderse por la atmósfera social un lamento que reclama la libertad. Y nace entonces, incluso a nivel inconsciente, un nuevo partisano porque una ciudadanía atosigada responde siempre distanciándose del orden y del poder. Hablamos de un proceso que comienza por indignarnos, continúa irritándonos y concluye con esta mezcla creciente de desconfianza y temor que ya alcanza niveles superlativos. ¿A dónde nos conduce esa desconfianza? No cabe duda de que genera una visión crítica pero quizá demasiado abrumada por la superioridad tecnológica. La percepción de un control externo automatizado empieza de forma sutil, pero germina muy pronto y arraiga como la mala hierba aprovechando la inercia del discurrir del día y el cobro periódico de los salarios."

Y casi simultáneamente, publica García Calderón Condición partisana, una entrega poética escrita evidentemente a la vez que este ensayo, en el que señala que "el partisano desarrolla su actividad en la tierra y el pirata la desarrolla en el mar, pero el nuevo partisano, al que habría que empezar a dar un nombre propio, desarrolla su actividad sobre un flujo virtual hasta ahora desconocido y que solo se materializa sobre grandes paneles o pantallas de ordenadores, tabletas o teléfonos inteligentes."

Esa condición insurgente del partisano español que luchó contra el ejército napoleónico y deslumbró a Carl Schmitt será también el eje temático y simbólico de Condición partisana, que merece y requiere otra reseña, porque son otras sus claves estilísticas y tonales, otro su enfoque y otra su elaboración formal, aunque responda a un mismo problemático núcleo de interés. Porque la materia de este ensayo es el sustrato ideológico y vital de Condición partisana, que aborda esos temas y esas actitudes desde el mismo lugar moral, pero desde una muy distinta perspectiva formal -la de la intensidad y la libertad del lenguaje poético- y desde un enfoque existencial en el que cabe una subjetividad tan radical que no le está permitida al ensayo.

Pero basta por ahora. Vuelvo a lo ya dicho: para otra reseña. La de mañana.



29 julio 2026

La herida y el cuchillo en República de las Letras


El poeta y crítico José Antonio Santano firma en República de las Letras esta honda y luminosa lectura de La herida y el cuchillo. La dejo aquí con mi agradecimiento y el enlace al original al final de la reseña.









 LA TRANSPARENCIA SÓLIDA DEL MUNDO

La lectura de La herida y el cuchillo nos recuerda que Santos Domínguez es una de las voces más consistentes de la poesía española contemporánea. Fiel a una escritura de gran exigencia estética, sus versos aportan siempre una experiencia reveladora.


Declara el poeta Roberto Juarroz que, «La palabra transfigurada de un hombre solitario puede recoger allí, por abajo, el gesto misterioso y absurdamente magnífico de la humanidad. La poesía puede entonces proyectar ese gesto y abolir en un acto de amor la distancia entre el hombre y los objetos, entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, entre el hombre y la muerte. Más que un vacío, esas distancias son el músculo al que es posible dar vida con el nervio de la visión creadora, con el tatuaje inusitado de la palabra en función y explosión de ser, para mover así el mundo. La realidad está donde queremos que esté, donde somos capaces de engendrar una forma», y a más añade: «La poesía es la visión activa: visión que crea lo que ve».

Vida y poesía se perfeccionan y se completan, la invisibilidad de las cosas crea nuevas imágenes, nuevos símbolos, nuevas realidades que no estaban, pero que el poeta las crea para sí y el mundo. La poesía se convierte así en la palabra transformadora nacida del caos y la nada, o del misterio para presentarse libre y viva, transparente y sólida al mismo tiempo, como una luz resplandeciente en el universo de los días. Clarividencia y conocimiento, experiencia y emoción se mantienen en el tiempo, en la construcción del poema como señas de identidad y de una fuerza indescriptible, solo apta para quienes ejercen de poetas verdaderos, esos que, alejados del ruido y la parafernalia oficial y los saraos del poder mediático, siguen apostando por la palabra en su total desnudez.

Sin lugar a duda alguna, Santos Domínguez (Cáceres, 1955) se halla, por méritos propios, en el grupo de los poetas de larga y honda trayectoria, cuya particular voz seduce al lector de la primera a la última página de sus libros, entre los que cabe destacar: Las provincias del frío, En un bosque extranjero, Las sílabas del tiempo, El viento sobre el agua o Principio de incertidumbre. El último publicado y objeto de este comentario es La herida y el cuchillo, merecidísimo Premio de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria en su vigésima octava edición.

Como en anteriores entregas, Santos Domínguez toma como hilos conductores de su creación poética elementos tales como el tiempo, la sombra, el fuego, la luz, también el silencio que entronca con una forma de mirar hacia dentro y que caracteriza el uso de una simbología concreta y en la que el ritmo, la música interior del poema y la palabra precisa completan un itinerario en el cual la estética y la ética van de la mano, unidas por una infrecuente sensorialidad que hace que el lector quede seducido por su gran carga humana: «Con la misma quietud, con el mismo silencio, / lo aéreo y lo terreno, lo denso y lo ligero, / lo sutil y lo grave, el sueño y la vigilia, / la luz y la penumbra, / la sombra de la luz y la luz de la sombra: / la transparencia sólida del mundo».

Estructurado el poemario en tres partes: «Quemadura de sombra», «Marca de aire» y «Una luz extranjera», y con un tratamiento culturalista de la poesía y de una intensidad infrecuente, Domínguez viaja al corazón de la vida con referencias concretas a las artes (pintura, música, literatura, etc.) y a los creadores (Eliot, Anise Koltz, Rimbaud, Mozart, Ovidio, Giacometti, Leopardi, Velázquez, Zurbarán, Schubert, Goya, Durero, Rothko, etc.), pero sobre todo ahonda en el ser de las cosas y el hombre, desde la convicción de que solo así el tiempo se abre como una luz anunciadora de otras luces y otras vidas.

Y todo fluye en armonía. El poema es entonces una música que se adentra a través de los sentidos y en estos se hospedan como un aire nutricio de colores y sonidos, de luces y penumbras, de muerte y soledades, de rostros y gestos, de otoños dorados o de ángeles y tempestades, todo y nada se guarece en la palabra que resuena en el silencio de la noche una y mil veces mil. Nadie escapa a la palabra que ilumina las sombras, que nace de la oscuridad para volver a la luz, que  guía del naufragio a la salvación y que siempre es sueño, esencia y conmoción para el lector: «Volveremos al mar una tarde votiva, / nos unirán las sílabas dolorosas del tiempo, / las miradas calladas, el áspero silencio, / el huérfano dolor de los otros, ya muertos, / que ardieron con nosotros en la tarde infinita». El poeta observa minuciosamente el mundo, reflexiona y construye la palabra exacta, esa que surge del armónico silencio y nos acoge e ilumina: «El silencio contiene el eco de sí mismo. / Y ha vuelto del viaje, ha vuelto herido y solo, / sereno ya, por fin, el rostro del cadáver».

Como dice en su acertado y breve prólogo a este libro, titulado El guardián del fuego, José María Jurado García-Posada: «Los poemas de Santos Domínguez, por la claridad y precisión de las palabras escogidas, por su dicción serena y su arquitectura equilibrada y solemne, sugieren una escucha hipnótica y sinfónica (…), la poesía de Santos Domínguez, el portador del fuego, viaja hasta la hondura del ser y nos revela, inermes, pero guarecidos, nuestra esencial y fría soledad lunar».

Como colofón a este comentario del libro La herida y el cuchillo, título que Domínguez toma de un verso de Baudelaire contenido en Las flores del mal (Yo soy la herida y el cuchillo), concluyo con una definición del propio autor al considerar que ha de ser «La poesía como revelación desde la incertidumbre, como iluminación en la sombra». Evidencian las palabras de Santos Domínguez su gran conocimiento acerca del hecho poético, de la extraordinaria tradición poética universal, pero sobre todo, nos reconduce a la verdadera condición de poeta, la que lo caracteriza y ennoblece por encima de modas y modismos, cuestiones estas superficiales y ajenas al hecho poético en sí mismo.

 
La herida y el cuchillo, Santos Domínguez, La Palma (2026), 96 páginas, 16 euros.

(José Antonio Santano. República de las Letras. Julio, 2026)

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28 julio 2026

Cuentos de Ray Bradbury

 


27 julio 2026

Nuestra Señora del Harnero

 


Sobre el horizonte asoma su hombro negro una nube redonda, torva, maléfica, mágica, y con ella, un extraño dramatismo en el paisaje. De repente entra por el umbral una tolvanera que enciende la tiniebla con innumerables lucecitas áureas: las menudas pajas que revuelan y ciegan. Poco después otra ráfaga y otra. Caen unas gotas gruesas que estallan sobre el polvo del camino. Los transeúntes avivan el paso. Las gotas menudean, y un trueno gigante retumba. La nube cubre el horizonte. Llega a la carrera, en un galope triunfal, como si dentro de ella un Dios bárbaro viajase. Llueve. Las gentes pasan corriendo. El chubasco arrecia. Otro trueno parece machacar las vegas. Un rayo da su latigazo a los caballos aéreos de la nube. La tolvanera no deja ver nada, y súbitamente entra una bocanada de hombres y mujeres que buscan recaudo en el zaguán. Risas, gritos, orgía espontánea de rurales. En el quicio de la puerta, a contraluz, queda una moza. El refajo rojo se abraza a sus caderas, y una chambra blanca se hincha, como una vela, bajo el doble viento elástico de sus senos. Es rubia, como la cebada, y de ojos azules, como hontanares. Se apoya en una pierna, y la otra deja un anca peraltada, sobre la cual hace descansar un harnero que retiene con el brazo.
  Entre los gritos se oye la voz silbante de una vieja, con faz rugosa y negra, ojos de sibila, que dice indecencias, exaltada por la aventura, electrizada por el rayo y la aglomeración. Habla de las habas del país, y sus pupilas ven en el aire los Príapos, que eternamente presiden las recolecciones. La moza del umbral sonríe al oírla como disolviendo y anulando, a fuerza de esencial virginidad, la lúbrica alusión. Es tan bella y tan virgen, que yo resuelvo adorarla bajo la advocación de Nuestra Señora del Harnero. La tormenta cede, las tolvaneras se apaciguan. Llega un frescor liento que sabe a paja y a nube. Salen algunos del zaguán. Vuelven a oírse las campanillas de los mulitos romos, y un rayo nuevo de sol se enreda en el cabello de la virgen. Al crescendo sinfónico del meteoro sigue un suave diminuendo. El paisaje vuelve a su compás. Y yo tomo de nuevo el camino.
  Al atardecer, desde un carrascal, diviso Barahona de las Brujas. Sobre la llanada —una de las más elevadas de España— se alza un cerrillo cónico. En su cúspide la iglesia otea el contorno, y bajo ella, arrebujando el cerro, se agarra el caserío. Al entrar en él me sorprende hallar su vecindario demente. En un tropel apretado corre de acá para allá, mirando a lo alto. Es un pueblo alucinado y alucinante. ¿Qué poder elemental lo ha sobrecogido? Va como siguiendo una aparición aérea, una lengua de fuego como las de Pentecostés…


José Ortega y Gasset. 
Notas del vago estío.
El espectador, V.
Alianza Editorial. Madrid, 2017.


26 julio 2026

La plegaria encendida de Javier Asiáin

 



Esta es la oración devota 
la pleglaria encendida 
en la torre del mundo

Del segundo verso de Liturgia de las horas procede el título de la espléndida antología esencial 2002-2026 de Javier Asiáin que publica Hiperión con prólogo y selección de Alfredo Rodríguez, que ha organizado en tres partes cronológicas los materiales poéticos decantados por el poeta navarro a lo largo de un cuarto de siglo de escritura.

Desde Del amor y otras verdades (2002-2008), la primera sección de la antología, que recoge sus poemas iniciales, atravesados por el tema del amor y el deseo, hasta el despojamiento estilizado y transcendente de los de La rebelión del espíritu, escritos desde 2012, pasando por los intensos poemas de celebración cultural de El sueño de la cultura (2008-2012), las tres partes de La plegaria encendida muestran en su sincronicidad una evidente homogeneidad temática y permiten apreciar en su conjunto la evolución diacrónica de una poesía en movimiento en la que se integran con intensidad semejante la chispa emocional que enciende el poema y la cuidada elaboración de su concreción verbal, la reflexión sobre el mundo y la medida construcción estructural de cada texto.

Porque -señala Alfredo Rodríguez en su admirable prólogo, 'El sueño desprendido de Javier Asiáin'- este “no es un poeta conformista, jamás se repite, no se copia a sí mismo -como muchos otros- sino que se reinventa en cada libro, sigue adelante en aquello que cree, y se aventura siempre hacia nuevas posibilidades para su poesía. Abre caminos, ensaya caminos. Y en cada nuevo libro nos va dejando poco a poco ver su verdad, otearla, nos la va revelando con destreza.”

 Destaco aquí dos textos: el que abre la segunda parte, titulado Transfusión primera:

Escribir es desangrarse 
y la Poesía es siempre 
un acto heroico.

Y el que cierra el volumen, La intimidad del trapecista, un elogio entusiasta del equilibrio de la balanza astrológica de Libra que termina con estas estrofas:

Firmes y a su vez delicados, 
igual que la suave luz crepuscular 
traspasando el cielo de matices ínfimos. 
Ingobernables, seductores, intuitivos, 
de corazón indómito, nuestro único juramento 
es a la obediencia desnuda de la piel.

Añoramos el vuelo fugaz del cometa celeste 
y el delirio sublime de las hélices. 
Oferentes y sagrados. 
Sirvientes de Venus y de Afrodita. 
Genuinos y sublimes. 
Soñamos con la vida eterna y un caballo blanco 
sobre la Vía láctea.

He aquí la intimidad del trapecista, 
el elogio de la balanza. 
Los libra, los liber, los libras, los libres. 
Definitivamente renegamos del mito. 
No somos equilibrados. Somos equilibristas.

De ese equilibrismo del arriesgado trapecista Asiáin, funambulista poético entre vida y literatura, entre pensamiento y sentimiento, entre conocimiento y palabra dejan un indeleble testimonio los estupendos poemas de La plegaria encendida, en ese constante movimiento que funde al hombre con el poeta en textos como este sabio y maduro Decálogo del insomne:

Alimenta las lámparas de aceite. 
Permanece despierto.

Que tu cuerpo descanse. No tu conciencia.

Escribe para sonámbulos partituras para cisnes. 
La noche es un viaje hacia otra forma de vida.

Conduce a los durmientes a lo alto del trapecio. 
El vértigo antecede siempre a las preguntas.

Que tu poema sea otra cosa. 
Un interruptor cuántico. 
Un acelerador de partículas.

Frente a los ojos miopes repite conmigo: 
Todos vemos lo mismo pero
qué hay detrás de lo que vemos...

Aprende a leer los labios 
mas nunca los expliques con palabras.

Tensa tu arco contra la Vía Láctea. 
Apunta siempre hacia el fulgor de la estrella.

Eleva el misterio entre las manos 
pero no muestres nunca la perla barroca.

Un insomne no muere nunca, 
permanece erguida su torre vigía.



25 julio 2026

En el Alpe d'Huez










Antes del paseo de mañana por los Campos Elíseos y del paso repetido por el pavés del Arco del Triunfo de Paris, hoy se disputa la etapa reina del Tour de Francia de este año, con las interminables subidas a los cols de la Croix de Fer, un puerto infinito “que te destroza los pulmones”; la cima del Galibier, “que te come la moral”, y el Alpe d’Huez, “que te rompe en pedazos”. Y en medio, los doce kilómetros de fuerte ascensión al Télégraphe, que recuerdo que se subió con nieve en el Tour de 1996.

Las citas entrecomilladas son de la novela El Alpe d’Huez, de Javier García Sánchez. (Plaza & Janés. Barcelona, 1994).

Pero la literatura no se acerca  ni de lejos a la épica de las veintiuna curvas del mítico puerto, que subieron ayer por otra vertiente y que hoy ascienden desde el inédito y polémico Col de Sarenne, en una etapa que tiene una distancia de 170,5 kms. y un desnivel de 5450 metros.. 

Para vivirlo y disfrutarlo y padecerlo, allí estará hoy otro Javier, otro Domínguez, que antes se habrá dejado las piernas y el aliento, pero no la moral, en el ascenso a ese puertarraco de leyenda.

Enhorabuena, Javier.


24 julio 2026

Prosa literaria completa de García Lorca

 


23 julio 2026

La más blanda de las rocas

 


No, no; el horizonte de nuestra percepción no es el horizonte de la realidad. Por esto Leibniz, cuando quiere definir el síntoma decisivo del espíritu, advierte que no consiste en la percepción, por la cual nos damos cuenta de lo que tenemos delante, sino en lo que sugestivamente llama percepturitio, es decir, une tendence á nouvelles perceptions, una como sensibilidad para lo que aún no está ante nosotros, para lo ausente, desconocido, futuro, remoto y oculto. Este apetito, esta conación e impulso nos hace rodar más allá de nosotros mismos, aumentarnos, superarnos. Sin ese afán de acaparar el mundo, el hombre sería únicamente la más blanda de las rocas. 
Yo leo para aumentar mi corazón y no para tener el gusto de contemplar cómo las reglas de la gramática se cumplen una vez más en las páginas del libro.  [...]  Hable, pues, quien no sea capaz de más sobre las faltas de sintaxis que en Baroja pululan. Yo tengo que hablar de la sobra de su espíritu, de su individual postura ante ese temblor ubicuo que llamamos la vida. Y no hallo cuál pueda ser la finalidad de la crítica literaria si no consiste en enseñar a leer los libros, adaptando los ojos del lector a la intención del autor.

José Ortega y Gasset. 
"Ideas sobre Pío Baroja"
En El espectador, I. 
Alianza Editorial. Madrid, 2016.



22 julio 2026

Nadia Anjuman. Poesía completa

 


21 julio 2026

Astrología y literatura

 


Si pasamos ahora a la historia de la literatura, el período de 1720-1721 de la conjunción de Júpiter y Urano que produjo los Conciertos de Brandeburgo también coincidió con el comienzo de la gran sátira de Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver. Los alineamientos del ciclo de Júpiter-Urano coinciden regularmente con obras creativas que destacan por su magnitud impactante o por una sorprendente expansión de los límites convencionales, lo que puede entenderse como expresión de la dirección dinámica Urano-Júpiter, con la súbita liberación del impulso a la grandeza y la expansión y su encarnación creadora por vías sorprendentes. La Heroica de Beethoven es, por supuesto, un ejemplo clásico en el campo musical, que por la expansión sin precedentes de la magnitud de la orquesta, la longitud de cada movimiento y de la sinfonía entera -por no hablar de la magnitud del sonido mismo-, trascendía con mucho los límites establecidos por Mozart y Haydn. Una modalidad distinta de este mismo tema de las magnitudes creadoras asombrosas la encontramos en Los viajes de Gulliver, tanto en la experiencia del repentino encuentro de los liliputienses con el portentoso gigantismo de Gulliver como, a la inversa, en la sobrecogedora experiencia de Gulliver en Brobdingnag, la tierra de los gigantes.
En la historia de la literatura, que tiene tantos autores y obras importantes y constituye una amplísima base de datos, el modelo sincrónico y el diacrónico son particularmente ricos y ramificados. Cada alineamiento axial de Júpiter y Urano coincidió sistemáticamente con una insólita multiplicidad de hitos creativos en la literatura, y los alineamientos posteriores de esos mismos planetas coinciden con olas similares de creatividad literaria cuya estrecha conexión arquetípica e histórica sugiere con gran fuerza la existencia de patrones cíclicos.
Por ejemplo, cuando investigué una época literaria bien conocida por su carácter revolucionario, las dos primeras décadas del siglo XX, examiné las posibles correlaciones con el ciclo de Júpiter-Urano de diversos escritores que, en conjunto, habían producido la transformación radical de la literatura moderna en ese momento: Joyce, Proust, Kafka, Pound, Eliot, Stein, Lawrence y Woolf. La conjunción de Júpiter y Urano que corresponde a ese período general se hallaba a menos de 15° de la posición exacta en los catorce meses en torno a 1914: de diciembre de 1913 a enero de 1915. Cuando revisé las biografías correspondientes a este breve período, muy pronto tuve claro que estos catorce meses específicos fueron cruciales prácticamente para todos esos escritores y que vieron nacer un extraordinario número de obras fundamentales de la literatura del siglo XX. Tras años de escritura y desarrollo artístico en solitario, Joyce publicó durante esos meses sus dos primeras obras, Dublineses y Retrato del artista adolescente; durante esta misma época empezó su obra maestra, Ulises (que terminó siete años después, bajo la oposición siguiente de Júpiter y Urano). En ese momento, en un giro radical en su carrera, T. S. Eliot se trasladó de Estados Unidos a Inglaterra y empezó su fértil asociación con Ezra Pound. Éste, que descubrió e inició ese año la publicación por entregas de Retrato del artista adolescente y descubrió también el primer poema importante de Eliot, «Canción de amor de J. Alfred Prufrock», publicó ese mismo año de 1914 la primera antología de poesía imaginista, Des Imagistes, y, con Wyndham Lewis, dio comienzo a la revista vorticista Blast. En el mismo año, William Butler Yeats publicó su Responsabilidades y otros poemas, que reflejaba análogamente la nueva estética modernista, mientras que Gertrude Stein publicaba su volumen de poemas más explícitamente «cubistas», Brotes tiernos. Wallace Stevens publicó ese año sus primeros poemas, mientras que Robert Frost publicó Al norte de Boston, que contenía muchos de sus poemas más conocidos, como «Mending Wall» y «The death of the Hired Man». D. H. Lawrence publicó su primer volumen de cuentos, El oficial prusiano y otros relatos, mientras escribía también en esos meses la primera de sus mayores novelas, El arco iris. Y en esos mismos meses, Franz Kafka escribía El proceso, su primera novela importante. En el mes inmediatamente anterior a la entrada de la conjunción en el orbe de 15°, en noviembre de 1913, Marcel Proust había publicado a sus expensas el primer volumen de En busca del tiempo perdido. 
[...]
La historia de la novela modernista sugiere, pues, un patrón diacrónico de desarrollo en estrecha correlación con las tres primeras conjunciones de Júpiter y Urano del siglo XX, que, con perspectiva histórica, pueden considerarse en coincidencia con el inicio o la publicación de los libros más significativos y decisivos de la revolución literaria: Los embajadores, de James, como la gran precursora; En busca del tiempo perdido, de Proust, Ulises, de Joyce (y, en una línea distinta del modernismo, El proceso, de Kafka), como las obras plenamente logradas en la primera generación, y Al faro, de Woolf, y El ruido y la furia, de Faulkner, en la generación siguiente.
En cualquier época literaria estudiada se encuentran patrones comparables. Por ejemplo, los hitos más importantes de la literatura inglesa de Spenser a Milton tuvieron lugar en precisa coincidencia con los principales hitos de la Revolución Científica ya mencionados, que implican a Kepler, Galileo, Descartes y Newton. Durante la conjunción de 1595-1596 Edmund Spenser publicó su obra maestra, La reina de las hadas; en la conjunción siguiente, la de 1609-1610, se produjo la primera edición de los Sonetos de William Shakespeare; en la conjunción de 1623-1624 tuvo lugar la primera edición, conocida como First Folio, de las piezas teatrales de Shakespeare; durante la conjunción siguiente, la de 1637-1638, se publicó Lycidas, de John Milton, uno de los poemas más importantes de la lengua inglesa; y durante la conjunción de 1665-1666, Milton terminó su obra maestra, El paraíso perdido. Para seguir la secuencia, en la oposición siguiente, la de 1671-1672, se publicó El paraíso recuperado y su última gran obra, Sansón Agonista.

En esos llamativos párrafos expresa Richard Tarnas, profesor de filosofía y psicología en California, la relación entre las conjunciones astrales y la creatividad artística en uno de los capítulos centrales de su monumental Cosmos y Psique, que alcanza ahora su quinta edición en Atalanta con traducción de Marco Aurelio Galmarini.

Subtitulado Indicios para una nueva visión del mundo, de su ambición de totalidad y de la amplitud de sus enfoques son un buen resumen el amplio índice onomástico y las guardas de la primera edición, renovadas y aumentadas en esta quinta:









Y así, de Agustín de Hipona a Ingmar Bergman, de los Beatles a Petrarca, de Platón a Schubert, de Safo a Robespierre o dé Tolstói a Orson Welles, Tarmas decanta en Cosmos y Psique treinta años de investigación y elaboración de un trabajo que se concreta en este imponente volumen cuyas ochocientas páginas contienen una visión panorámica del mundo, el conocimiento, la ciencia y el arte. 

Visión que es complemento y cima de ese otro ensayo de referencia que es La pasión de la mente occidental, publicado también en Atalanta, del que escribió Campbell que era "la más lúcida y concisa introducción que he leído sobre las grandes líneas del pensamiento occidental."

Una visión que, desde la reivindicación de la cosmología, cuestiona las limitaciones del modelo racionalista que origina el positivismo científico y materialista característico de la modernidad para reivindicar la conexión entre el cosmos y la psique y su respiración acompasada misteriosamente, los vínculos entre los arquetipos planetarios del universo y las construcciones culturales que levantan el pequeño mundo del hombre.

Una propuesta sostenida en una documentación abrumadora, aunque de discutible interpretación, que defiende la vinculación entre la astrología y la crítica cultural o entre los arquetipos junguianos de la psicología y la literatura.  

Y en definitiva un ejercicio de indagación en las correspondencias entre los acontecimientos históricos y las cambiantes posiciones planetarias para “descubrir las profundidades y la rica complejidad del cosmos” y para proponer nuevas “vías de conocimiento que integren plenamente la imaginación, la sensibilidad estética, la intuición moral y espiritual, la experiencia de revelación, la percepción simbólica, las modalidades somática y sensorial del entendimiento y el conocimiento empático. Pero por encima de todo debemos reaccionar a -y superar- la gran proyección antropomórfica oculta que ha sido prácticamente la definición de la mente moderna, a saber, la proyección de ausencia de alma en el cosmos, debida a la voluntad de poder del yo moderno.”




20 julio 2026

Epicuro. El jardín de la felicidad

 


19 julio 2026

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Es noche de tambores e invocaciones: entre la muchedumbre adversa, los grandes palios de papel de la procesión musulmana se abren camino. Un ladrillo hindú vuela de una azotea; alguien hunde un puñal en un vientre; alguien ¿musulmán, hindú? muere y es pisoteado. Tres mil hombres pelean: bastón contra revólver, obscenidad contra imprecación, Dios el Indivisible contra los Dioses. Atónito, el estudiante librepensador entra en el motín. Con las desesperadas manos, mata (o piensa haber matado) a un hindú. Atronadora, ecuestre, semidormida, la policía del Sirkar interviene con rebencazos imparciales. Huye el estudiante, casi bajo las patas de los caballos. Busca los arrabales últimos. Atraviesa dos vías ferroviarias, o dos veces la misma vía. Escala el muro de un desordenado jardín, con una torre circular en el fondo. Una chusma de perros color de luna (a lean arad evil mob of mooncoloured hounds) emerge de los rosales negros. Acosado, busca amparo en la torre. Sube por una escalera de fierro -faltan algunos tramos- y en la azotea, que tiene un pozo renegrido en el centro, da con un hombre escuálido, que está orinando vigorosamente en cuclillas, a la luz de la luna. Ese hombre le confía que su profesión es robar los dientes de oro de los cadáveres trajeados de blanco que los parsis dejan en esa torre. Dice otras cosas viles y menciona que hace catorce noches que no se purifica con bosta de búfalo. Habla con evidente rencor de ciertos ladrones de caballos de Guzerat, «comedores de perros y de lagartos, hombres al cabo tan infames como nosotros dos». Está clareando: en el aire hay un vuelo bajo de buitres gordos. El estudiante, aniquilado, se duerme; cuando despierta, ya con el sol bien alto, ha desaparecido el ladrón. Han desaparecido también un par de cigarros de Trichinópoli y unas rupias de plata. Ante las amenazas proyectadas por la noche anterior, el estudiante resuelve perderse en la India. Piensa que se ha mostrado capaz de matar un idólatra, pero no de saber con certidumbre si el musulmán tiene más razón que el idólatra. El nombre de Guzerat no lo deja, y el de una malka-sansi (mujer de casta de ladrones) de Palanpur, muy preferida por las imprecaciones y el odio del despojador de cadáveres. Arguye que el rencor de un hombre tan minuciosamente vil importa un elogio. Resuelve -sin mayor esperanza- buscarla. Reza, y emprende con segura lentitud el largo camino.


Jorge Luis Borges
“El acercamiento a Almotásim”
Historia de la eternidad (1936). 
En Ensayos completos. 
Alfaguara. Barcelona, 2026.


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