11 abril 2026

Un estallido



 “La obra poética de María Salgado potencia las capacidades disidentes del lenguaje. Esto es, lo expande, lo disloca y lo separa de sus contextos cotidianos para rastrear sus fallas y contradicciones, aquellas que el propio relato dominante ha ocultado. Su poética lenguajeadora, en ocasiones logofágica, y siempre mordaz, desborda la gramática en busca de una comunicación antihegemónica.”

Se temía uno lo peor después de descifrar ese párrafo en la breve introducción a la poesía de María Salgado, la primera de los veinticinco poetas,  no antológicos pero sí antologados, en Un estallido. Pero no tanto como esto:


(poética de tecla insert)

memorizo antes de escribir a no ser que escriba antes de memorizar;

escritura sobre escritura, paso antes que huella, paso que se come las huellas,

pie que se muerde los puños, niño que no nace, viejo que rejuvenece

Escribir o morir alternativamente, ¡oh payador!


(poética de insert-coin)

escribo sin memorizar porque todo lo que no sé se guarda en la hucha de mi escritura;

escritura que se combina con números de suerte en la máquina trucada;

escritura sobre vidrio, retraso en la madera; escritura prohibida en vasos de papel

en el campo de presos de Guantánamo


Oh payador, el mundo se escribe sobre una transacción cerrada en un baldío


(poética koiné)

los disturbios de anoche en Yvelines recuerdan a los de antesdeanoche en Villiers-le-Bel

y a los de dos años atrás en la columna suburbial francesa

tags de transmisión del post: Banlieue, Sarkozy, Marsella, Fuego, Citoyens,

hijos de la patria, payador, sabed: que el jour de gloire est arrivé,

que viene el tiempo de los signos mudos luminosos


Escritura en el efímero en el páramo en la sierpe


(payador 1)

escribo pulsos de neón descabezados, poca luz líquida sobre un inmenso raso negro;

escritura fría — mecanografía; escritura quieta; latido contra chapa

escribo como finjo y sufro alternativamente catalepsia y epilepsia, o el emblema


Ian Curtis da de beber a Santa Teresa


(payador 2)

miedo de que se acabe lo que no ha comenzado; miedo de que caiga la casa sin construir

escribo porque cabe llorar en las inmediaciones de la casa desplomada

o en un terreno infértil holográfico de santos sedientos de electricidad


Oh los impulsos del doble, del triple, del número de desaparición


(payador 1 y 2)

Desdóblale el peso al místico, hace de él la cruz dos místicos;

uno diurno aguarda en silencio, otro nocturno enmudece;

escritura sobre escritura, paso antes que huella, paso que se come las huellas

escriben porque se despliegan hacia donde dure el gasto o


alternati-va-men-te-muerte

(De 31 poemas, Diputación de Málaga, 2010)


Eso, un estallido. En toda la cara.


10 abril 2026

Cuentos filosóficos del mundo entero

  






EL SUEÑO DE LA MARIPOSA

  La idea de que toda vida es cuestionable, de que toda percepción puede ser engañosa, de que todo juicio puede rebatirse, de que toda afirmación que parece objetiva encierra una parte secreta de arbitrariedad, dicha idea corre por el mundo desde que el pensamiento dejó sus primeras huellas.
Una historia china muy célebre trata de lleno de estas dudas del espíritu. Chuang-tzu nos la ha transmitido.
Un hombre sueña que es una mariposa. Revolotea con gracia de flor en flor, abriendo y cerrando sus alas, sin el más mínimo recuerdo de su naturaleza humana.
Cuando despierta, se da cuenta con sorpresa de que es un hombre. Pero ¿es un hombre que acaba de soñar que era una mariposa? ¿O una mariposa que sueña que era un hombre?
Dicen que nunca pudo responder a esta pregunta.

Ese relato tan borgiano es uno de las decenas de cuentos orales anónimos que Jean-Claude Carrière (1931-2021), novelista, dramaturgo y guionista de algunas películas de Buñuel, Miloš Forman y Godard, reunió en el volumen El círculo de los mentirosos, que reedita Lumen con traducción de Néstor Busquets bajo el título Cuentos filosóficos del mundo entero.

“¿En qué etapa comienza una civilización? -se pregunta Jean-Claude Carrière con lúcida mirada en el prólogo, ‘Aquí hay luz’- ¿Por qué signos la reconocemos? Quizá con este indicio concreto: un hombre, o una mujer, o un grupo de hombres y mujeres, se aparta, en un momento dado, de la tradición mítica, de la repetición de las verdades primeras, para inventar una situación, unos personajes, una acción estructurada, una palabra final, una historia. 
Ha nacido el autor, aunque sea anónimo. Es el primer mentiroso colectivo (conoceremos millones más). Su historia es una falsedad, una fabulación, pero ha gustado, será repetida, acaba de penetrar sin esfuerzo en la existencia cotidiana, de la que no se desgajarán jamás. La mentira, bajo una forma narrativa, se convierte así en el aliado de todos, el maestro de la vida, el lazo de unión, lo inseparable. 
No ha bastado el mito, ni la fábula, ni la epopeya. Tomando elementos de unos y otros, ha aparecido otro tipo de historias, que incluso podríamos llamar metafísicas, ya que nos obligan también a deformar este mundo, a darle sabor, a abandonarlo para regresar mejor a él, como si la única forma de comprenderlo y domesticarlo fuera mirarlo de lejos un instante, no ver en él más que la débil copia de otra cosa, un modelo perdido, un ideal frustrado. 
En el preciso instante en que la civilización se afirma, en que inscribe en la piedra su gloria, algo nos advierte, de forma irónica y discreta, que sólo tenemos en las manos un borrador, o un desecho.”

En esos textos narrativos breves, tradicionales en su mayor parte y originados en los cinco continentes, están las respuestas ancestrales que el hombre ha dado a lo largo de los siglos a las preguntas sobre la vida. Respuestas que asumen la forma de narraciones que en las distintas culturas intentan iluminar las incertidumbres que plantea el mundo y la existencia.

Carrière invirtió un cuarto de siglo en recopilar esos relatos, en recontarlos con su propia voz y en organizarlos en un volumen coherente que no es una simple recopilación, sino una reorganización que los presenta, a veces con un comentario introductorio, casi como un manual de filosofía en veintiuna secciones temáticas de cuentos, leyendas, parábolas o fábulas que giran en torno a cuestiones como el sueño y la realidad, la identidad y la muerte, el conocimiento y la justicia, el poder y la risa, el tiempo o la verdad, la locura y la sabiduría.

“A menudo -escribe Carrière- estas historias nos sorprenden, nos hacen reír, que es una manera de ponernos en alerta y también de desarmarnos. El que se ríe, acepta más fácilmente lo inaceptable y también lo insolente y oscuro. 
A menudo concluyen con una nota indefinida, que parece negarse a concluir, que ensancha nuestra mirada, que prolonga la situación hasta las fronteras del misterio. A menudo son hermosas -es cuanto podemos decir de ellas-, pero su belleza es, ante todo, evidentemente filosófica.”

A esos mentirosos que inventaron las mejores historias de la humanidad en todo el mundo porque conocían la verdad, Carrière los pone, con su propia voz, al servicio del conocimiento, a configurar una filosofía para la vida, un camino hacia la sabiduría a través de los relatos tradicionales.

Chinas y judías, persas y japonesas, africanas y europeas, americanas y sufíes, abiertas en su significado, ambiguas e inquietantes, alejadas del prejuicio moral y de la orientación de la moraleja, el legado de estas narraciones que resumen la sabiduría oral y multicultural de la humanidad va más allá de la literatura para adentrarse en el terreno más amplio de la experiencia y el conocimiento. Así ocurre en este relato:

LOS CIEGOS Y EL ELEFANTE

La historia más famosa que encontramos a cada paso en cuanto abordamos los territorios del conocimiento es sin lugar a dudas de origen indio. Pero los sufís, y más tarde otras tradiciones, la han retomado y adaptado muchas veces.
Transcurre en un pueblo donde todos los habitantes eran ciegos. No muy lejos de allí pasó un rey increíblemente bien vestido. Este rey viajaba a lomos de un elefante, animal desconocido en aquel lugar de la tierra.
Varios ciegos, al oír hablar de un nuevo animal, al parecer formidable, se presentaron en delegación ante el rey y su corte. Les autorizaron a tocar el elefante, el cual no opuso resistencia.
Cuando regresaron a su pueblo, un gran número de ciegos los rodeó y les pidió una descripción del extraordinario animal.
 El primer ciego, que sólo había tocado la oreja del elefante, dijo:
—Es un animal ancho y liso, un poco rugoso, como un viejo tapiz.
El segundo, que había tocado la trompa, les dijo a los otros ciegos:
—Es largo, móvil y hueco. Tiene mucha fuerza.
El tercer ciego, que había tocado una pata, dijo:
—Es sólido y estable, como una columna.
Obviamente los habitantes del pueblo no quedaron satisfechos y pidieron más detalles, pero los tres ciegos fueron incapaces de ponerse de acuerdo. El tono de la discusión aumentó.
Empezaron a pelearse a puñetazos, a golpes de bastón, y se hicieron daño.
Algunos ciegos, más sabios que los otros, sugirieron que, para obtener una descripción más completa de la montura, se enviase una nueva delegación al rey. Para formar la delegación, lo que llevó bastante tiempo, se escogió a los ciegos más inteligentes.
Pero, cuando llegaron, el rey y toda su corte se habían ido.

Y, como en toda la literatura, el tema de la muerte constituye un elemento central en esta recopilación, en la que uno de los capítulos se titula “Y la muerte es nuestro único personaje”. Lo abre este magnífico relato sufí, reescrito por Carrière y antes por Cocteau. Y entre nosotros por Borges, García Márquez o Cortázar en unos cursos de escritura en Berkeley y por Bernardo Atxaga en Obabakoak.  

Su tema es la amenaza impredecible de la muerte. La versión que recoge Carrière es la del poeta persa del s. XII Farid ud-Din Attar:

ESTA NOCHE EN SAMARKANDA

La historia más célebre que se refiere a la muerte es de origen persa. Así la cuenta Farid ud-Din Attar.
Una mañana, el califa de una gran ciudad vio que su primer visir se presentaba ante él en un estado de gran agitación. Le preguntó por la razón de aquella aparente inquietud y el visir le dijo:
—Te lo suplico, deja que me vaya de la ciudad hoy mismo.
—¿Por qué?
—Esta mañana, al cruzar la plaza para venir a palacio, he notado un golpe en el hombro. Me he vuelto y he visto a la muerte mirándome fijamente.
—¿La muerte?
—Sí, la muerte. La he reconocido, toda vestida de negro con un chai rojo. Allí estaba, y me miraba para asustarme. Porque me busca, estoy seguro. Deja que me vaya de la ciudad ahora mismo. Cogeré mi mejor caballo y esta noche puedo llegar a Samarkanda.
—¿De verdad que era la muerte? ¿Estás seguro?
—Totalmente. La he visto como te veo a ti. Estoy seguro de que eres tu y estoy seguro de que era ella. Deja que me vaya, te lo ruego.
El califa, que sentía un gran afecto por su visir, lo dejó partir. El hombre regresó a su morada, ensilló el mejor de sus caballos y, en dirección a Samarkanda, atravesó al galope una de las puertas de la ciudad.
Un instante después el califa, a quien atormentaba un pensamiento secreto, decidió disfrazarse, como hacía a veces, y salir de su palacio. Solo, fue hasta la gran plaza, rodeado por los ruidos del mercado, buscó a la muerte con la mirada y la vio, la reconoció. El visir no se había equivocado lo más mínimo. Ciertamente era la muerte, alta y delgada, vestida de negro, con el rostro medio cubierto por un chai rojo de algodón. Iba por el mercado de grupo en grupo sin que nadie se fijase en ella, rozando con el dedo el hombro de un hombre que preparaba su puesto, tocando el brazo de una mujer cargada de menta, esquivando a un niño que corría hacia ella.
El califa se dirigió hacia la muerte. Esta, a pesar del disfraz, lo reconoció al instante y se inclinó en señal de respeto.
—Tengo que hacerte una pregunta —le dijo el califa en voz baja.
—Te escucho.
—Mi primer visir es todavía un hombre joven, saludable, eficaz y probablemente honrado. Entonces, ¿por qué esta mañana cuando él venía a palacio, lo has tocado y asustado? ¿Por qué lo has mirado con aire amenazante?
La muerte pareció ligeramente sorprendida y contestó al califa:
—No quería asustarlo. No lo he mirado con aire amenazante. Sencillamente, cuando por casualidad hemos chocado y lo he reconocido, no he podido ocultar mi sorpresa, que él ha debido tomar como una amenaza.
—¿Por qué sorpresa? —preguntó el califa.
—Porque —contestó la muerte— no esperaba verlo aquí. Tengo una cita con él esta noche en Samarkanda.

 


09 abril 2026

Cincuenta y cinco islas remotas

   

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Cincuenta y cinco islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré, aclara Judith Schalansky en el subtítulo de este Atlas de islas remotas, que coeditan Capitán Swing y Nórdica Libros, dos sellos hermanos que han unido esfuerzos y talento editorial para publicar la nueva edición, revisada y ampliada, de un libro espectacular con la estupenda traducción de Isabel G. Gamero y Marta López García.

La abre un prólogo escrito para esta nueva edición -“Isolario. Ratones mutantes, canarios silenciados, islas oscuras”-, en el que la autora explica que “el deseo de volver a dedicarme a mi Atlas de islas remotas me invadió en un momento de aislamiento involuntario -un concepto derivado de isola, palabra latina para «isla», que no significa otra cosa que «aislamiento»- que transformó gran parte de las regiones habitadas del mundo en islas con hogares. Incluí en mi colección otras cinco islas cuyas historias nos llevan al centro de la naturaleza híbrida de las islas, aunque puedan ser geográficamente remotas: se encuentran entre lo salvaje y lo cultivado, entre lo abandonado y lo conectado, entre la ilusión y la desilusión.”

En esta segunda edición, junto con ese nuevo prólogo, que se puede leer aquí, se incorporan cinco nuevas islas -Isla de Gough, Sentinel del Norte, Agalega, Nukulaelae y las Islas Midway- a las cincuenta que ya figuraban en la primera edición, que apareció en 2013.

Entre el Ártico y el Antártico, entre el Atlántico y el Pacífico pasando por el Índico, Atlas de islas remotas es un libro que tiene más de proyecto poético que de manual de geografía. Y por eso, entre la promesa y el misterio, entre la exploración y la imaginación que convierte a una isla en metáfora del individuo –porque un hombre es una isla, pese a John Donne-, en imagen de la utopía, en lugar del no lugar, cincuenta y cinco islas remotas que justifican el título del prefacio a la primera edición: "El Paraíso es una isla, el Infierno también".

Porque desde la ártica Soledad, de frío polar y deshabitada, a la antártica e inaccesible Isla de Pedro I, aquí no hay solamente islas paradisíacas y espacios de libertad, sino también islas sombrías y siniestras, recintos para la reclusión y el crimen, lugares de destierro o colonias penitenciarias, ámbitos de la desolación y el escorbuto o destinos de experimentos nucleares.

Mundos en miniatura, continentes reducidos que se describen en este libro que “no muestra –avisa Judith Schalansky- el Jardín de las Delicias; el Paraíso puede parecer idílico, pero no resulta nada interesante.”

Cada una de estas cincuenta y cinco islas remotas, habitadas o desiertas, no sólo quedan representadas por un mapa que las ilustra meticulosamente. A cada una de ellas le dedica Judith Schalansky una apretada página de texto que es una invitación al viaje, al naufragio y al sueño, porque cada uno de esos textos contiene un relato prodigioso o propone un itinerario imaginativo que no figura en el catálogo de las agencias de viaje. 

Porque una isla no puede reducirse a sus coordenadas geográficas, a su clima o a su historia. Y la imagen gráfica o textual de una isla no está completa si no se recogen en su descripción las propuestas narrativas que ha suscitado. Por eso, la autora recrea en estas páginas narraciones ajenas, tomadas por derecho de conquista, como las islas eran tomadas por sus descubridores. 

Reales y distantes, inalcanzables todas, imposibles de abarcar, porque una isla  no es solo un accidente físico o geológico, sino la idea de una isla. Y el atlas no es más ni menos que otra metáfora, una representación imaginaria que crea la ilusión de simular a escala el dominio de lo inabarcable.

A medio camino entre las descripciones ptolemaicas y las de las ciudades invisibles que imaginó Italo Calvino, este libro borra sin dejar huellas los límites que separan la realidad y la ficción a lo largo de un viaje fascinante que termina en la Antártida y que es más imaginario que real y más narrativo que espacial, porque –explica de nuevo la autora- “los mapas pueden o bien despertar ansias por viajar y conocer países nuevos, o bien apaciguar este deseo, especialmente cuando la satisfactoria experiencia estética de recorrer un mapa con ojos y dedos logra reemplazar el viaje real. Pero consultar un atlas supone mucho más que cualquier viaje: todo el que abre sus páginas no se contenta solo con observar lugares exóticos y aislados, sino que desea traer el mundo entero ante sí, de una vez y sin limitaciones.”

Un ejemplo: el comienzo y el final de la descripción de la isla Robinsón Crusoe. Islas de Juan Fernández (Chile):
  
El diario de Robinsón está en Berlín, “en una estantería olvidada de la Biblioteca Nacional del Legado Cultural Prusiano”, según declara David Cadwell, del Museo Nacional de Edimburgo. [...] Se escuchan susurros en la sección de revistas de la Biblioteca, y por la tarde, cuando las hileras de mesas se van iluminando, pueden verse páginas bailando a través del gran ventanal de la fachada principal. En la sección de manuscritos están haciendo inventario. El 4 de febrero de 2009, una portavoz aclara lo siguiente: "En los pasados días hemos consultado todos los catálogos y no ha habido suerte. El diario de Selkirk no está aquí. Lo podemos asegurar con completa certeza.” La vida de los escritores parece ser más fácil que la de los buscadores de libros perdidos.




Otro, el comienzo del capítulo dedicado a Floreana. Islas Galápagos (Ecuador):

Dramatis Personae: Dore Strauch, una profesora de instituto que sueña con una vida más emocionante que su matrimonio con el director del centro que le dobla la edad, y el doctor Friedrich Ritter, un dentista berlinés de frente arrugada y las pupilas brillantes que desea cartografiar el cerebro humano y que siente que la civilización no tiene nada nuevo que ofrecerle. En 1929 ambos abandonan a sus respectivos cónyuges para escapar a Floreana, un lugar sin estado, donde solo gobierna la ley de la necesidad. // El escenario de la trama: una isla solitaria que nunca llegó a ser colonizada. Aquí, en el cráter verdoso de un volcán extinto, Friedrich y Dore establecieron su hogar: la granja Frido, una cabaña de chapa y acero inoxidable, y empezaron a cultivar esta tierra prometida, sin pensar en el pasado ni en el futuro.

Es una nueva ocasión de disfrutar de un espléndido libro ilustrado. Un libro que contiene mapas que no son los de la Isla del tesoro de Stevenson, pero a cambio ofrece un tesoro en cada una de sus cincuenta y cinco islas. Sus maravillosas páginas reivindican la cartografía como género literario en el que las islas remotas favorecen los espejismos y dibujan la topografía de los sueños o de las pesadillas.
 




08 abril 2026

Pablo Guerrero. Porque amamos el fuego

 


“La idea de este libro nace tras una entrevista a Pablo Guerrero para El Salto-Extremadura, que se publicaría en ese medio digital el 4 de septiembre de 2019. A Pablo le gustó y me propuso que hiciéramos un libro de conversaciones. Ni que decir tiene que a mí me hizo mucha ilusión, me parecía un honor y un regalo extraordinario, aunque desde el primer momento le advertí de mi abrumadora ignorancia musical. Empezamos a trabajar en la idea del libro. A principios de enero de 2020 le envié un ambicioso cuestionario tal y como habíamos quedado, pero se echó encima la pandemia y lo cambió todo. A finalesde mayo Pablo me dice que no es capaz de escribir nada y me propone que, en lugar de un libro de conversaciones, escriba una biografía. Intuyo que esto supondrá muchísimo más trabajo y así se lo hago saber pero, a pesar de todo, acepto el cambio. El regalo se había transformado en reto, porque aunque mi conocimiento del género biográfico era –y sigue siendo– muy escaso, sospechaba que supondría una enorme dedicación”, escribe Manuel Cañada en los preliminares de Pablo Guerrero. Porque amamos el fuego, que llega hoy a las librerías publicado por El Viejo Topo.

De esa dedicación de varios años surgen las páginas de este recorrido por la vida y la obra, la discografía y los libros de Pablo Guerrero. Páginas que dibujan también en primer plano un retrato humano del poeta y el cantautor comprometido con su tiempo y con su mundo, de su fragilidad y su timidez, de su bondad sin fondo, tímida y afectuosa.

Unas páginas trabajadas y atravesadas por la admiración, el afecto, el respeto y la discreción con que las ha elaborado Manuel Cañada tras una ardua tarea de documentación a partir de la lectura de su obra poética, de la audición atenta de sus canciones, de las entrevistas con Pablo Guerrero y las conversaciones con sus familiares o con quienes tuvieron una relación cercana con él, entre la amistad y la colaboración, y conocen de cerca su perfil personal y su mundo artístico, de Luis Mendo a Enrique Cidoncha, de Luz Casal a Ismael Serrano o a Olga Manzano.

 Y así se remonta a las raíces -el paisaje campesino de la Siberia extremeña, la infancia del asombro y el descubrimiento del mundo en las primeras lecturas con el telón de fondo de la posguerra y la emigración, el bachillerato en el seminario de Badajoz, la primera guitarra a los 16 años y los estudios de Magisterio en Sigüenza y de Filología Hispánica en Madrid, al concierto del Olympia en 1975- y a las etapas de su evolución musical: desde Amapolas y espigas, en el festival de Benidorm de 1969, hasta el último disco Y volvimos a abrazarnos, desde la irrupción de los cantautores y A cántaros al hallazgo de una línea poética y musical propia, apoyada primero en Suso Saiz y luego en Luis Mendo y Nacho Sáenz de Tejada, con hitos como Plata, Luz de tierra, Mundos de andar por casa o la recopilación doble de Lobos sin dueño. 

Los últimos apartados del libro describen la trayectoria de la poesía de Pablo Guerrero, cada vez más desligada de su actividad musical, y su poética de la contemplación y la escucha, recogida en la edición de su Poesía completa, a cuya reseña, que se reproduce también en el libro, me remito.

Con la visión panorámica que completa este volumen, profusamente ilustrado y con una amplia y documentada bibliografía y discografía de Pablo Guerrero , Manuel Cañada reivindica desde la cercanía la vigencia, la proximidad y el valor humano de “Pablo Guerrero, poeta-esencia, maestro de dignidad, surtidor de esperanza” y de su obra poética y musical, “que ha estado marcada por la búsqueda y la renovación permanente, que no se ha acomodado y que ha combinado sencillez y experimentación. Que no ha tenido miedo en meterse por trochas nuevas, que ha buscado la armonía de la emoción y el pensamiento, que ha fundido como nadie la ternura y la rebeldía. La ternura no como una coartada para el escapismo ni el solipsismo. La rebeldía, sin caer en el panfleto, en la politiquería, ni en los reclamos publicitarios. Pablo Guerrero ha sido un aerolito libre, un lobo sin dueño, que ha preferido estar en los márgenes antes que claudicar ante el poder.”


07 abril 2026

Ātman. Presencia del origen

 


El origen está siempre presente. Esa es la solución india. Honrar el presente, que es la sede del origen. El ahora es lo divino. La nostalgia del pasado y el proyecto de futuro, el logro y la frustración, lo eclipsan. Impiden sumergirse en la presencia viva del ahora. Pero lo divino está siempre ahí, discreto, a la espera de reconocimiento. Una presencia unificadora y creativa, que se recrea con nuestra atención, que mantiene la ilusión cósmica, el pulso del mundo, el juego de la existencia.

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La palabra ātman tiene su origen en las palabras sánscritas para «aliento» y para «corazón». Puede significar «esencia», «naturaleza», «carácter». En las upaniṣad pasa a significar el espíritu inmanente: el Sí mismo, que reside en el interior de cada ser. El ātman es el núcleo de la persona, aunque no puede identificarse con el cuerpo ni con la mente. El ātman no se ve afectado por el placer ni por el dolor, tampoco por el pecado o la virtud, la alegría o la tristeza. El ātman no es ni siquiera el alma, que es la que disfruta o carga con los efectos de las acciones pasadas. El ātman está ahí, y, aunque no es posible conocerlo, sí se puede vivenciar. Esa es la respuesta india al enigma de la existencia.

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La India ya lo ha pensado todo, pero nosotros debemos seguir nuestro propio camino. Eso decía Borges. Otro poeta, T. S. Eliot, tuvo una intuición parecida. La tradición es un organismo vivo y mutante. El arte despierta emociones, y muchos creen que estas se originan en las experiencias o la personalidad del artista. Se equivocan. Hay un efecto pernicioso en la emoción: nubla la vista. Ahora bien, solo quienes tienen personalidad y emociones pueden liberarse de ellas. Eliot habla como un hindú cuando dice que el arte es un despojarse de la emoción, y entonces «la experiencia personal se amplía y consuma en lo impersonal». El Sí mismo está en todas las cosas (individualidad), pero todas las cosas están en el Sí mismo (incorporación al Uno). Eliot pasa dos años estudiando sánscrito en Harvard y un tercero dedicado a los Aforismos del yoga, de Patañjali. Queda en un estado de «iluminada perplejidad». Buena parte del esfuerzo por entender ese otro mundo, explicará más tarde, consiste en deshacerse de las categorías del pensamiento occidental. Por eso el conocimiento de la filosofía europea es un obstáculo. Además, la influencia védica en Schopenhauer, Hartmann y Deussen se ha dado a través del malentendido romántico. Penetrar en ese mundo supone dejar de «pensar y sentir como europeo y americano». Un paso que, por razones prácticas y sentimentales, Eliot no está dispuesto a dar. Como en el caso de Octavio Paz (otro americano europeo), el vértigo y la lealtad le obligan a hacerse a un lado. Sin embargo, las ideas de la literatura sánscrita seguirán nutriendo la poética de Eliot. El presente desnudo exige distanciarse de las propias emociones. Las emociones pertenecen al ego (al alma, si se quiere), pero el espíritu es capaz de verlas desde fuera. Esa es la médula de la enseñanza de Kṛṣṇa a Arjuna. Eliot lo sabe sin saberlo, y lo menciona en «The Dry Salvages». No se trata tan solo de actuar en cada momento sin pensar en el futuro (de buscar un presente sin deudas con el pasado), sino de que «ser consciente es no estar en el tiempo».

Son tres fragmentos del Preludio con que Juan Arnau abre Ātman, que acaba de publicar en Atalanta con el subtítulo Presencia del origen, que establece un diálogo entre la cultura oriental y la occidental en torno a la conciencia trascendente y expansiva, entre la contemplación y la creación, la identidad del yo profundo y su naturaleza esencial, la relación con el cosmos, la identificación entre la mente y la conciencia, la experiencia del tiempo y del espacio, los sueños y las intuiciones, la vinculación entre el sujeto y el objeto a través de la vía del conocimiento y la de la devoción, la meditación y el regreso al origen o la indagación del yo pensante y el yo vivencial que ha descuidado el pensamiento occidental, de Hume a Schopenhauer.

Y a partir de ese diálogo contrastivo entre la cultura oriental y la occidental a través de la filosofía y la literatura, de Kant a Borges, de la deriva occidental a la solución india, este ensayo elabora una propuesta sugerente para abrir el yo profundo y la mente a otros mundos y explorar los límites, para incorporar otras miradas a la percepción, otra sensibilidad y otra conciencia del tiempo, del espacio y de la propia identidad. Porque, concluye Juan Arnau,

la seducción entre Oriente y Occidente sigue siendo un tema fascinante. No se trata de un asunto de persuasión intelectual. Las diferencias van mucho más allá de lo lingüístico y lo discursivo. Una buena opción, en estos casos, es ofrecer las dos caras de un problema en lugar de resolverlo. Asumir la ambigüedad. Ese compromiso es preferible al dogmatismo científico o filosófico. En el mejor de los casos, la solución india podrá ser asumida por individuos aislados, porque la sociedad occidental se traicionaría a sí misma si la adoptara. Sería una falta de cortesía con el universo, con la localidad de los dioses. 
Mientras esbozo estas líneas finales, hago una lista mental de cosas irrenunciables de nuestra cultura: los presocráticos, la Academia de Platón, la música sinfónica, la literatura rusa, la pintura y escultura del Barroco, el Siglo de Oro, el empirismo británico, el expresionismo alemán, el cine americano de los años cincuenta, la luz del Mediterráneo… Me detengo. La lista es interminable. Todo ello no impide que incorporemos a nuestras vidas elementos de la cultura mental hindú, del antiguo ideal brahmánico, de su búsqueda radical de lo absoluto. Todos ellos no pueden sino despertar nuestra más profunda admiración.


06 abril 2026

Karl Kerényi. Los héroes griegos

 


05 abril 2026

Los tulipanes son demasiado rojos




 De una cita de Sylvia Plath (The tulips are too red in the first place, they hurt me) toma su título Los tulipanes son demasiado rojos, el último libro de Teresa Gómez que acaba de publicar Bartleby. Termina  con estos dos versos:

Los girasoles tienen un color desajustado 
y los tulipanes son demasiado rojos.

En un itinerario poético, vital y ético que transcurre de lo íntimo a lo público, entre la memoria y el futuro, entre la desolación y la esperanza, entre la compasión y la indignación la mirada aguda de Teresa Gómez se proyecta sobre un presente lleno de ruido y de furia y su palabra precisa se convierte en alegato y testimonio frente al naufragio, en conciencia personal y social frente a la injusticia, el crimen y la indiferencia, en denuncia y consuelo ante la herida roja del mundo, la soledad, el miedo o la tristeza, en busca de sosiego y en "equipaje contra el frío", como resume el título de la primera de las cuatro partes en las que se organizan los poemas de Los tulipanes son demasiado rojos, a la que pertenece este Itinerario de ausencia:

Has vuelto la cabeza 
cuando la eternidad te empuja, 
campo a través, 
abrumada de heridas 
hacia los territorios del silencio interminable 
y la niña que fuiste ha sonreído. 

Presientes el abrazo ardiente de la tierra. 
Te adentras en la niebla, 
indagadora, sin miedo a la memoria, 
de la mano de todas las mujeres 
que has sido en el trayecto 
y dejas en la hierba caracoles de lágrimas, 
de sombra y de esperanza.

Quemar el desaliento titula Gerardo Rodríguez Salas el prólogo, en el que señala que “la palabra de Teresa Gómez está profundamente teñida de rojo. Como aquellos atardeceres. Como estos tulipanes. Su palabra nos conciencia desde la rotunda belleza con que mueren los atardeceres, con que se desangran los tulipanes. Y aunque, ante tanta metralla física y verbal, la primera reacción sea hibernar, la poesía necesita voces valientes y comprometidas como la suya.”

Un compromiso asumido a lo largo de todo el libro y resumido en esta declaración que cierra Detonación, la tercera parte:

Yo no soy, no puedo ser, 
esa mujer detenida en la orilla, 
en silencio, 
ante el horror.

04 abril 2026

José Antonio Pamies, la luz de las palabras

 


Agradeces a la vida 
ese puro instante del reloj 
que ayer fue pesadilla, 
ya no tientas a la suerte 
desde atalayas ciegas, 
inútiles pretextos 
y temibles artificios 
siempre quedan en nada, 
has aprendido al fin 
la lección del viento, 
en ningún hogar eres ley 
ni raíz quieta, más bien huida 
hacia donde nadie 
visiblemente habita, 
agradeces a la vida 
             su tic tac 
comprendiendo el ritmo 
del tiempo en cada cosa.

Con ese poema de descubrimiento y celebración cerraba José Antonio Pamies Bajo el cadáver del poema, un libro que publicó Averso en 2024.

Contención emocional y hondura expresiva, depuración formal y reflexión existencial son algunas de las características más sobresalientes de la poesía de José Antonio Pamies. La sutileza de la mirada y la levedad de la palabra son otros rasgos de una madura poesía meditativa en la que la escritura se revela como forma de conocimiento y de salvación, como instrumento de indagación desnuda en el sentido de la vida frente al paso del tiempo, la memoria y el sueño de la vida:

No amanece el día, 
la noche helada ruge 
bajo un manto de estrellas, 
casi en secreto 
el filo de los años 
araña el rostro de la luna 
sobre este espejo de sílabas, 
se amortigua la luz 
sobre el campo herido. 
Al otro lado del lenguaje 
cicatriza la memoria, 
es el sueño de la vida.

Es un viaje de regreso en el que acompañamos al poeta en el temblor de su huida hacia el despojamiento, hacia el grado 0 del poema que cierra el proceso con estos versos que resumen el itinerario y justifican el título del libro:

Solo ante la nívea 
sombra de un muerto, 
solo ante un amor
ya desgastado, 
intentas retomar 
algo parecido a la vida, 
pero ya nadie queda.
Eres
un actor principal 
sin escenario, 
ese viejo cantante 
que ya no encuentra su voz, 
otro final escrito 
que no termina de cerrarse.
Nadie
en la encrucijada
de estos días aciagos, 
bajo el cadáver del poema.

Y en ese viaje al origen y a los límites de la conciencia y del lenguaje desde “el sueño repetido / de la página en blanco”, los lectores de Bajo el cadáver del poema asistimos como espectadores y oyentes a la inquebrantable resistencia del poeta ante la desolación del dolor y las pérdidas, a la densidad de su mirada introspectiva y desgarrada, a la transparencia esencial de su palabra limpia y a la expresión ceñida de sus versos cortos y al ajuste exacto de sus poemas breves.



Es una línea poética que ya había anticipado con su libro En el umbral del día (Premio Málaga Ciudad del Paraíso 2018), que se abría de manera muy significativa con dos citas, una de Edmond Jabès y otra de José Ángel Valente, sobre la capacidad iluminadora de la poesía y su luz transfigurada en el lenguaje:

Esta herida de luz
imanta los sentidos,
conjura al lenguaje.
Y el poema nace
desde una reticencia natural 
a los escaparates.
Espejo atemporal
de la experiencia errante,
don de luz introvertida.

Un itinerario poético en 25 poemas sobre la palabra en el claroscuro de la vida que culminaba en este otro espléndido poema celebratorio en el que están presentes algunas de las claves del mundo poético de José Antonio Pamies:

Amanecer al mundo, 
como resucitado 
desde una oscuridad lejana, 
pasajera sombra, nido de muerte 
entre un inquieto caminar 
de muchedumbre loca 
que al fin y al cabo despedimos.

Descansar en los azules 
luminosos del cielo, 
contemplar este milagro 
de las horas detenidas 
por amor al tiempo innumerable 
que la naturaleza crea.

Abrir hueco a las palabras 
de esta luz presente 
que dignifica y vive 
también entre nosotros. 
Amanecer al silencio, 
donde el poema habita 
y es verdad esencial.


03 abril 2026

Qué verde es la Esperanza por el puente





 

Qué verde es la ilusión de tanta gente, 

qué verdes son las aguas de ese río, 

qué verde es el intenso escalofrío, 

qué verde es la Esperanza por el puente.

Luis Baras 

02 abril 2026

Ser de cuatro poetas

 



LA CACERÍA

Vivo desde hace tiempo en una cacería. 
Del alba hasta la noche escapo de su sombra. 
Me espera en el final de cada pensamiento 
cuidando que no olvide a qué le debo el alma.

Sé que, si cambio el juego, podré salvar la vida 
y que, si soy la flecha, nunca seré cazado.
Pero ya no recuerdo qué clase de hombre era 
antes de ser la presa de sus verdades únicas.

No puedo detenerme. No sé hacer otra cosa. 
El sonido del cuerno desgarra el horizonte.

Ese espléndido poema de David López Sandoval es uno de los que inauguran la nueva colección Rhēma de poesía de la editorial Tres Hermanas, en un libro colectivo titulado Ser.

Hace 2600 años, Parménides de Elea escribía los hexámetros de su Poema del Ser, un texto que indaga en la verdad y el conocimiento, a medio camino entre la poesía y la filosofía, entre la intuición y la meditación.

Dos milenios y medio después, otras cuatro voces poéticas -Rubén Martín Díaz, Itziar Mínguez Arnaiz, David López Sandoval y Aurora H. Camero- conjugan el verbo y abordan el sustantivo desde el ser y el estar, entre la esencia y la circunstancia, la reflexión y la emoción, el presente y la memoria, entre el impulso simbólico y la evocación de lo fragmentario .

Cuatro miradas sobre el ser y el estar en el mundo de cuatro poetas: entre la invocación de Rubén Martín Díaz a la naturaleza y a la memoria cósmica del origen (“Desnúdate de ti, y entrégate a la sola / razón de lo posible”) y la amorosa corporalidad doméstica de Aurora H. Camero en la que “se humedecen los moluscos”; entre la intensidad emocional de Itziar Mínguez ante la tumba de la joven Pompeia veinte siglos después “de ese breve descanso eterno / que es la muerte” y la afirmación de la identidad de López Sandoval, del ser a toda costa frente a las destrucciones del tiempo, y la reivindicación del momento presente en la espera de la llegada de las sombras

Cuatro maneras de ser y de estar, de percibir y recordar, de pensar y emocionarse de voces diversas en enfoques y en tonalidades poéticas, y en estilo y en ritmo expresivo: desde la solemnidad del alejandrino al versolibrismo sincopado, desde la levedad del verso corto y la flexibilidad clásica del endecasílabo.

Abre el volumen, espléndidamente editado, un prólogo en el que el director de la colección, Jesús Castro Lago, señala que “la intención es que cada volumen, bajo el mismo título, reúna a cuatro autores con registros distintos, cuyas voces dialoguen entre sí para potenciar todavía más la fuerza de sus poemas.”

01 abril 2026

La Ilustración


 

 

Escribí este libro para responder a dos preguntas estrechamente relacionadas: qué es –o qué fue– «la Ilustración» y por qué sigue siendo importante para nosotros. Sea cual sea la respuesta a estas preguntas –si es que la hay–, es evidente que lo que en español se conoció como Ilustración, en alemán como Aufklärung, en francés como Lumières, en italiano como Illuminismo, en inglés como Enlightenment y en danés como Oplysningstiden ha sido, y sigue siendo, objeto de un debate persistente y a menudo encarnizadamente polémico, que va mucho más allá de lo que el filósofo escocés David Hume llamaba las «celdas y escritorios» de la vida académica. Pues la Ilustración, fuera lo que fuese además de eso, fue siempre un movimiento proteico, compuesto por filósofos, ensayistas, poetas, dramaturgos, científicos de la naturaleza e incluso músicos.

Fechado en enero de 2026, así comienza Anthony Pagden el nuevo Prólogo a la edición española de su monumental La Ilustración, que acaba de publicar Alianza Editorial en su colección de bolsillo con traducción de Pepa Linares.

Atendiendo por encima de todo a ese carácter proteico de la Ilustración, a su genealogía, su instauración y su desarrollo, a la multiplicidad de sus manifestaciones e implicaciones y a la trascendencia de sus postulados en la configuración del mundo moderno, Pagden reivindica el legado de la Ilustración como base constitutiva y seña de la identidad cultural, social y política de Europa y la persistencia de sus valores en la actualidad. Así lo resume al final de su excelente Prólogo a la edición española:

Por un lado están aquellos –los populistas y los nacionalistas– que afirman que no existen valores universales, que todos los seres humanos construyen sus universos propios según su distinta comprensión del bien, y que esto está determinado únicamente por las sociedades y las comunidades en las que viven. Están quienes argumentan que existen «valores europeos», que son «individualistas», y «valores asiáticos», que son colectivos. Luego hay afirmaciones aún más constreñidas de que cada comunidad, cada pueblo, cada nación tiene su propio conjunto particular de ideas sobre lo que constituye el «bien», y que nadie fuera de esa comunidad está en posición de determinar o juzgar adecuadamente. Están los defensores de la «política de la identidad» que argumentan que existe, digamos, una identidad nacional «francesa» que es en muchos aspectos incompatible con una identidad nacional «española». Y luego, por supuesto, están los grandes sistemas religiosos monoteístas –el judaísmo, el cristianismo y el islam–, cada uno de los cuales afirma que sí existen valores universales, códigos universales de creencia, sistemas universales de derecho, pero que estos han sido dictados, «revelados» a cada pueblo por una única deidad creadora. Los defensores de cada uno de estos argumentos están de acuerdo en algunos puntos; en la mayoría no. Todos ellos, a su manera, son enemigos de la Ilustración.
Por otro lado están quienes creen en los derechos, en la igualdad (en particular en la igualdad entre los sexos y entre las razas), en la necesaria universalidad de todos los objetivos humanos, por muy variadas que puedan ser sus manifestaciones individuales políticas e incluso jurídicas. Los que creen que, más allá de qué libertades concretas podamos disfrutar como individuos, estas solo pueden ser garantizadas por leyes fundamentadas en principios que son comunes a toda la humanidad y, de manera crucial, que todas esas leyes, y todos los principios morales que las sustentan, son humanos, no divinos. Estos, podríamos decir, son los valores que la Ilustración, la Ilustración de Hume y Diderot, de Kant y Campomanes, nos ha legado. La Ilustración, pues, sigue siendo importante porque nosotros, en Europa, en «Occidente», somos sus herederos. 

Enfocado con una perspectiva rigurosa, pero amplia y abierta, el espléndido ensayo de Pagden es uno de los estudios de conjunto sobre historia de la cultura y de la filosofía más relevantes que se han escrito en torno a la Ilustración. 

Ambiciosa en sus planteamientos y espléndida en sus resultados, la ilustración, de Anthony Pagden se ha convertido desde la publicación de su edición original en 2013 en una ineludible referencia bibliográfica y en una obra imprescindible para entender la modernidad y su confianza optimista en el conocimiento, la defensa de la dignidad humana, de la libertad y la autonomía personal del individuo.

Y así aborda este ensayo el pensamiento crítico ilustrado y su visión universalista como impulso intelectual y ético de un hombre más pensante que creyente, porque “se necesitaba también una filosofía independiente no sólo de las premisas inflexibles e indemostrables de la religión, sino de toda certeza dogmática -de los «prejuicios», en otras palabras-; una filosofía capaz de explicar la naturaleza cambiante del mundo exterior y, sobre todo, los continuos cambios de las percepciones, las pasiones y las creencias del animal humano.”

Esa razón crítica sería la fundamentación de una nueva ciencia del hombre (de la antropología a la historia, de la geografía a la lingüística o la filosofía), el descubrimiento del individuo en la república de la naturaleza, la defensa de la civilización y la gran sociedad humana, para cerrar la obra con una conclusión sobre los enemigos de la Ilustración.

Con la solidez de su estudio, su abrumadora documentación y su profundidad analítica, Pagden destapa también en estas páginas la falta de fundamento de la crítica romántica, tan combativa generalmente contra el racionalismo ilustrado, pero a la vez tan simplificadora y tan poco consciente de su deuda con la Ilustración, porque  -afirma Pagden- “entre las muchas divisiones ideológicas del mundo moderno, una de las más persistentes, complejas y polémicas es la disputa sobre la herencia de la Ilustración. La Ilustración -periodo de la historia europea que se extiende aproximadamente desde la última década del siglo XVII hasta la primera del siglo XIX- ejerció una influencia mucho más profunda y constante en la formación del mundo moderno que las anteriores convulsiones de signo intelectual. Aunque el Renacimiento y la Reforma transformaron también de un modo irreversible primero las culturas europeas y posteriormente todo el orbe cristiano, para la mayoría de nosotros no dejan de ser simples períodos históricos. No ocurre lo mismo con la Ilustración. Si nos consideramos modernos, progresistas, tolerantes y, en general, de mentalidad abierta, si no nos asusta la investigación de las células madre y sí las creencias religiosas fundamentalistas, tendemos a considerarnos «ilustrados». Con tal convencimiento nos declaramos de hecho herederos -aunque herederos distantes- de un movimiento intelectual y cultural concreto.”




31 marzo 2026

Armonía de las esferas

  





El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música estremada,
por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.

Y, como se conoce,
en suerte y pensamiento se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo vil adora,
la belleza caduca engañadora.

Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran Maestro,
a aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.

Y, como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entre ambos a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.

Con esas espléndidas liras comienza la Oda que Fray Luis de León dedicó a su amigo Francisco de Salinas, músico ciego y compañero claustral de Salamanca.

Hay en ese texto una síntesis de tradiciones neoplatónicas y pitagóricas que relacionan la música y el movimiento de los astros, dos realidades que dialogan en intervalos musicales armónicos y expresan las correspondencias entre el microcosmos y el macrocosmos, la armonía de los planetas y la escala musical.

Sobre la música del universo y la esencia cósmica de la música tratan los cuarenta y ocho textos que reúne Joscelyn Godwin, experto en tradiciones herméticas, en su Armonía de las esferas. Subtitulado Un libro de consulta sobre la tradición pitagórica en la música, llega ahora a su segunda edición en Atalanta, con traducción de María Tabuyo y Agustín López Tobajas.

La armonía intuida por los pitagóricos y formulada por Platón en el Timeo tuvo una de sus mejores expresiones en el sueño de Escipión que recogió Cicerón y en la visión de las esferas musicales de Timarco que relató Plutarco, dos textos que no se recogen en este amplio volumen que constituye un recorrido a través de las distintas épocas, desde la época clásica hasta el siglo XX, por textos de autores que vinculan la música con el cosmos y “comparten la intuición fundamental que Platón heredó de la escuela pitagórica: hay algo musical en el cosmos y algo cósmico en la música”, como señala Joscelyn Godwin en el Prólogo a la edición española.

La música de los planetas convoca a la inteligencia y a la intuición, reúne la revelación de las visiones con los procesos numéricos y evoca el poder cósmico de la música en la relación armónica entre los planetas y los tonos musicales, en los mitos órficos, su potencial benéfico en el arpa de David o su capacidad destructiva ante las murallas de Jericó.

 La creación del Alma del Mundo en el Timeo platónico, los tonos planetarios pitagóricos en la Historia Natural de Plinio el Viejo, la importancia de las proporciones en el manual de armonía de Nicómaco de Geras, la relación entre música y astronomía que exploró Ptolomeo, los himnos de Orfeo y la lira cósmica de San Atanasio,  la música y el descenso del alma en Quintiliano, el comentario de Macrobio sobre el sueño de  Escipión y la música planetaria, los astros y las cuerdas en Boecio, el simbolismo de los instrumentos y la semejanza del alma, la música y la esfera celeste, la música entre el cielo y la tierra, la música del alma y la música de las esferas, la armonía de alma y cuerpo y la metafísica del acorde perfecto y del sistema musical, la antigua cosmología musical y la analogía del mundo sonoro con la divinidad, los principios eternos de la música y el canto de los planetas son algunos de los temas que recoge esta antología en la que cada uno de los textos va precedido de una breve presentación explicativa de Joscelyn Godwin.

Entre Platón y Rudolf Haase, pasando por Plinio el Viejo, Marsilio Ficino, Johannes Kepler, Isaac Newton o Jean Philippe Rameau, un total de cuarenta y ocho autores en los que ha persistido y se ha matizado la tradición pitagórica sobre la música y la alegoría que conectaba en una misma imagen números y sueños, armonía y esferas.

“La armonía de las esferas -explica Godwin en su Prólogo- nos invita a participar de la revolución cosmológica, y a llevar a cabo una revisión completa de la manera en que se ha enseñado a las personas cultas a considerar su entorno cósmico. No nos exige que volvamos a las creencias de la Antigüedad o a las supersticiones de la Edad Media, sino que entremos en empatía con las mentes más elevadas de cada época, y tratemos de reformular sus intuiciones de manera acorde con nuestro tiempo.”

Completan la espléndida edición un conjunto de ilustraciones que traducen a imágenes el mundo del sonido, proponen visiones de la música y relacionan el tono acústico con la gama cromática en un libro espectacular en forma y fondo, por la calidad de los pasajes seleccionados en torno a esa imagen central de la armonía musical de las esferas y por las ilustraciones que subrayan su contenido. Así lo anuncia Godwin: "Para esta edición española he seleccionado algunas ilustraciones que muestran las múltiples formas en que estas ideas han inspirado a los artistas. Algunas de ellas representan los mitos clásicos del poder de la música. El primero de éstos es la historia de Orfeo, cuyo canto podía hechizar a animales, rocas, al alma de los hombres e incluso a los dioses del mundo inferior, y que se convirtió en fundador de un importante culto mistérico en Grecia y Roma."




30 marzo 2026

Atlas de islas remotas

 


Hoy llega a las librerías la edición revisada y ampliada de un libro monumental, el Atlas de islas remotas, de Judith Schalansky, que coeditan Capitán Swing y Nórdica Libros con una estupenda traducción de Isabel G. Gamero. 

En esta segunda edición, con un nuevo prefacio, se incorporan cinco nuevas islas -Isla de Gough, Sentinel del Norte, Agalega, Nukulaelae y las Islas Midway- a las cincuenta que ya figuraban en la primera edición, que apareció en 2013.

Entre la promesa y el misterio, entre la exploración y la imaginación que convierte a una isla en metáfora del individuo –porque un hombre es una isla, pese a John Donne-, en imagen de la utopía, en lugar del no lugar, esta es una nueva ocasión de disfrutar de un espléndido libro ilustrado con mapas que no son los de la Isla del tesoro de Stevenson, pero contiene un tesoro en cada una de sus cincuenta y cinco islas. 





29 marzo 2026

Zohar. Libro del esplendor

 


28 marzo 2026

Tierras solares, de Rubén Darío

 


Escribo a la orilla del mar, sobre una terraza a donde llega el ruido de la espuma. A pesar de la estación, está alegre y claro el día, y el cielo limpio, de limpidez mineral, y el aire acariciador. Esta es la dulce Málaga, llamada la Bella, de donde son las famosas pasas, las famosas mujeres y el vino preferido para la consagración. Es justamente una parte de la «tierra de María Santísima», con dos partes de la tierra de Mahoma. Mas el color local se va perdiendo, a medida que avanza la universal civilización destructora de poesía y hacedora de negocios. Hay, en verdad, mucho de lo típico, en los barrios singulares, como el Perchel, la Trinidad y la escalonada Alcazaba; mas la ciudad no os ofrecerá mucho que satisfaga a vuestra imaginación, sobre todo si imagináis a la francesa, y no buscáis sino pandereta, navaja, mantón y calañés.

Así comenzaba una de las crónicas viajeras que Rubén Darío escribió como corresponsal del diario La Nación de Buenos Aires durante un viaje de casi tres meses que hizo desde París para pasar el invierno de 1903 en Andalucía en busca de un clima mejor para su salud. 

Son las crónicas de un viaje que le llevó el 1 de diciembre a Barcelona, para recorrer -después de una parada en Madrid en la que visitó a Juan Ramón Jiménez, al que volvería a ver a la vuelta- Málaga (“predilecta del divino Helios”), donde pasará las navidades, Granada (“el viejo paraíso moro”), Sevilla (“la ciudad de don Juan y la ciudad de don Pedro”), “la ilustre y secular Córdoba”, Gibraltar (“el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la guerra”) y Tánger (“sobre el celeste fondo, la ciudad blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes.)”

Las empezó a publicar La Nación en enero de 1904 como entregas de una serie que llevaba como título genérico Tierras solares, que sería también el del volumen que las recogería en forma de libro a finales de ese mismo año. 

Era el primer libro que Rubén publicaba en España y en él incorporaría, para darle más volumen por sugerencia del editor Martínez Sierra, otras crónicas viajeras, escritas en otro viaje que hizo dos meses después, en mayo, por Bélgica, Alemania, Austria-Hungría e Italia y agrupadas -salvo los capítulos dedicados a Venecia y Florencia, que se sumaron por su carácter solar a los del primer viaje- en una segunda sección titulada De tierras solares a tierras de brumas, tras cerrar la primera parte con esta 'Italoterapia', la parte final del capítulo dedicado a Florencia:

 El mejor sistema de curación para la fatiga de los inmensos capitales, para el hastío del tumulto, para la pereza cerebral, para la desolante neurastenia que os hace ver tan solo el lado débil y oscuro de vuestra vida: este sol, estas gentes, estos recuerdos, esta poesía, estas piedras viejas.

Dos veces, señalábamos antes, a la ida y a la vuelta del viaje andaluz, visitó Rubén a Juan Ramón, al que dedicó un artículo -'La tristeza andaluza. Un poeta'- fechado en Málaga en febrero de 1904, en el que, tras definirlo como “el más sutil y exquisito de todos los portaliras españoles”, hace una inteligente lectura del recién publicado Arias tristes, que remata con estas líneas:

Así, Andalucía, entre todos tus tocadores de guitarra y de pandereta, entre todos los que hacen literatura alegre con tu color y tu exuberancia, te ha nacido un sonador de viola, de arpa, que sabe cantar, noble y deliciosamente, a la sordina, la recóndita nostalgia, la melancolía que llevas en el fondo de tu pecho. En tu copioso y fuertemente perfumado jardín lleno de claveles, ha abierto sus pétalos armoniosos una rosa de plata pálida espolvoreada de azul. Y yo tengo fe en la vida y en el porvenir. Quizá pronto, la nueva aurora pondrá un poco de su color de rosa en esa flor de poesía nostálgica. Y al ruiseñor que canta por la noche al hechizo de la luna, sucederá una alondra matutina que se embriague de sol.

Francisco Estévez y Juan Pascual Gay acaban de publicar la primera edición crítica de Tierras solares en Ediciones Evohé, en busca de la limpieza y la fijación del texto. Una edición realizada con admirable solvencia y ejemplar rigor filológico y atendiendo a las modificaciones significativas entre las entregas periodísticas y su forma definitiva en el libro. 

Han desplegado además un poderoso aparato crítico de más de mil cien notas a pie de página que no sólo aclaran muchas de las referencias contenidas en el texto, sino que lo contextualizan en el conjunto de la obra rubeniana y en el panorama global de la literatura de su tiempo.

Porque -como señalan los editores- “el volumen permite leer Tierras solares como un verdadero laboratorio estético: un espacio donde confluyen la profesionalización del periodismo moderno, la experiencia del viaje, la sedimentación de la tradición, la exploración de nuevas formas de escritura ante las angustias de época y los vertiginosos cambios. Lejos de constituir una obra menor, estas Tierras solares se presentan ahora como una pieza clave de la prosa de Darío, en la que la mirada del viajero, la sensibilidad del poeta y la conciencia crítica del escritor confluyen en una cartografía luminosa del Mediterráneo y de la modernidad europea.”