24 junio 2026

Antología poética de José Emilio Pacheco.

 


 
Todos somos poetas
de transición.
La poesía jamás 
se queda inmóvil,

escribió José Emilio Pacheco (México, 1939-2014) en Manifiesto, un poema incluido en Irás y no volverás, uno de los catorce libros representados en la Antología poética que acaba de publicar Alianza Editorial con selección e introducción (‘Basta mirar lo que sucede’) de Andrés Catalán, que destaca en ella que los poemas de José Emilio Pacheco, «siguen resonando hoy en un mundo que, a pesar del paso del tiempo, no ha cambiado demasiado. incluso cuando su tono no pretende ser profético, o precisamente porque no lo pretende, parecen hablarnos de una realidad que es la nuestra, la de los habitantes de unos tiempos que parecen empeñados en repetir los errores de otras épocas.»

Una amplia y atinada antología que recoge el medio siglo de escritura de un poeta que fue creando con su obra un mundo propio en el que se equilibran ejemplarmente ética y estética. Un mundo en el que se concentra la melancolía elegíaca y las metáforas despliegan toda su potencia alegórica ("Todo ante mí se vuelve alegoría") para mostrar la realidad bajo la luz de "las palabras / que dicta en su fluir / el tiempo en vuelo" a través de una poesía que Pacheco definió una vez memorablemente como “la sombra de la memoria”.

Entre los poemas del primero de sus libros, Los elementos de la noche (1963), y los últimos de La edad de las tinieblas, que apareció en 2009, transcurrieron más de cincuenta años de labor constante y reescritura rigurosa del mexicano. Medio siglo largo de escritura constante, rigurosa y además muy coherente, porque ya desde los visionarios Los elementos de la noche y El reposo del fuego, atravesados por una profunda huella simbolista y superrealista, hay en la poesía de José Emilio Pacheco una presencia fundamental de temas y tonos que recorren la totalidad de su obra: el tiempo y la naturaleza, la ciudad y la fugacidad, el temple elegíaco y el impulso alegórico en unos poemas cercanos y nocturnos que huyen de la abstracción y combinan la conciencia y el lamento, la mirada solidaria y la reflexión sobre la historia. 

También en esos libros iniciales apuntaba ya un rasgo que persistiría en su poesía posterior: la tendencia a construir poemas circulares como el que cierra El reposo del fuego: 

Es hoguera el poema
                                       y no perdura 

Hoja al viento 
                           tal vez 
También tristísima 
                                    Inmóvil ya 
desierta 
               hasta que el fuego 
renazca en su interior    
                                         Cada poema 
epitafio del fuego 
                                 cárcel 
llama 
           hasta caer 
en el silencio en llamas

Hoja al viento
                           tristísima
                                              la hoguera.

Delimitado así su mundo poético, José Emilio Pacheco lo fue perfilando en cada uno de sus libros posteriores, que iban aportando nuevos matices, tonalidades variadas y enfoques estilísticos diversos: la ironía aguda de los aforismos críticos y desesperanzados en No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), un libro en el que aparecen algunos de sus textos más comprometidos y famosos (Un marine, Che o Alta traición) y donde la alegoría toma la forma de las fábulas de animales (Discurso sobre los cangrejos o Biología del halcón).

Con ese libro Pacheco iniciaba un ciclo poético que se prolongaría en Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976) y Desde entonces (1980), en unos poemas que tienden a la brevedad y a la exactitud, a la desnudez y a la claridad expresiva y a la doble contención del verso corto y el poema breve. 

En esa segunda etapa aparecen también poemas largos, de tono conversacional, en los que el poeta se proyecta en otro personaje (Fray Antonio de Guevara o el padre Las Casas) o fábulas alegóricas como la Fisiología de la babosa o Los ojos de los peces.

Habla común tituló Pacheco significativamente una de las secciones de Islas a la deriva. Y esa es otra de sus claves poéticas: la capacidad para construir con esa materia coloquial textos de alto voltaje literario, crítico y emocional, como esta Crónica:

La guerra terminó o tal vez no ha empezado. 
El fuego derribó nuestras murallas
y hacemos guardia entre las armas rotas. 
En el aire se palpa un rumor de lluvia. 
Aún no desciende pero está manchada 
por nuestra sangre. ¿Somos inocentes 
o somos los culpables de la matanza? 
¿Quién desertó o ha muerto como un héroe? 
No lo sabremos nunca. En esta noche 
toda nuestra ventura se reduce 
a esperar, a esperar aquella guerra 
que aún no comienza 
o se encendió hace siglos.

En la ininterrumpida evolución a que somete su obra, José Emilio Pacheco inicia con Los trabajos del mar (1982) un tercer ciclo que se prolonga hasta La arena errante (1999). En los libros que escribe en esa época, años ochenta y noventa, su poesía se convierte en crónica y testimonio moral, en reflejo del teatro lamentable y grotesco de la historia. La larga serie de espléndidos poemas que tituló Ley de extranjería y que formaban parte de El silencio de la luna son un inmejorable ejemplo de la mejor poesía de Pacheco. Son una constante lección de geometría, de equilibrio entre lo aforístico, lo alegórico y la narratividad, manifestaciones de una poesía cada vez más moral en la que Pacheco habla tras la máscara de los personajes y construye fábulas que explican el mundo a través de los animales, en una ejemplar conjunción de historia, naturaleza y poesía.

Siglo pasado (2000) llevaba como subtítulo Desenlace y era no sólo la despedida de un siglo. Hay en sus poemas una clara tendencia a la recapitulación literaria con unos poemas breves y tan agudamente irónicos como siempre en Pacheco, pero más introspectivos, más sombríos y resignados, aunque no hayan perdido su voluntad testimonial y su resistencia ética. Se cerraba con esta Despedida:

Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.
Pero en manera alguna perdón o indulgencia:
Eso me pasa por intentar lo imposible.

Pero esa despedida no fue definitiva. Posteriormente apareció Como la lluvia, con poemas escritos entre 2001 y 2008. Poemas que desde su título y a lo largo de sus cinco secciones (cinco libros en realidad) aluden a la fragilidad resistente de la poesía y a la persistencia de la palabra frente a la devastación del tiempo, esa “conversación con la fugacidad” a la que alude Andrés Catalán en su introducción.

Y finalmente, los cincuenta poemas en prosa de La edad de las tinieblas resumen los temas y las actitudes éticas de la poesía de José Emilio Pacheco a través de unos textos en los que confluyen la lírica y la narrativa, la elegía y a veces la celebración, la crítica y la piedad, para hacer un diagnóstico moral de la época contemporánea. Como en este Cuchillo de palo:

En casa del herrero hallé el cuchillo de palo. Quise abolir de un solo tajo las fortalezas y las prisiones del tirano, doblegar a sus huestes, arbolar los desiertos y remar contra la catarata que abismará mi frágil balsa.
Cuchillo de palo, arma que me desarma, escudo que no acierta a defenderme de lanzallamas y cañones, amuleto basado en creencias ya inexistentes. Desde hace mucho perdí la batalla y sin embargo no me rindo.



 

23 junio 2026

Rafael Cadenas. Este vivir en vilo

 


22 junio 2026

Un mundo para Julius

 



Julius nació en un palacio de la avenida Salaverry, frente al antiguo hipódromo de San Felipe; un palacio con cocheras, jardines, piscina, pequeño huerto donde a los dos años se perdía y lo encontraban siempre parado de espaldas, mirando, por ejemplo, una flor; con departamentos para la servidumbre, como un lunar de carne en el rostro más bello, hasta con una carroza que usó tu bisabuelo, Julius, cuando era Presidente de la República, ¡cuidado!, no la toques, está llena de telarañas, y él, de espaldas a su mamá, que era linda, tratando de alcanzar la manija de la puerta. La carroza y la sección servidumbre ejercieron siempre una extraña fascinación sobre Julius, la fascinación de «no lo toques, amor; por ahí no se va, darling». Ya entonces, su padre había muerto.
Su padre murió cuando él tenía año y medio. Hacía algunos meses que Julius iba de un lado a otro del palacio, caminando y solito cada vez que podía. Se escapaba hacia la sección servidumbre del palacio que era, ya lo hemos dicho, como un lunar de carne en el rostro más bello, una lástima, pero aún no se atrevía a entrar por ahí. Lo cierto es que cuando su padre empezó a morirse de cáncer, todo en Versalles giraba en torno al cuarto del enfermo, menos sus hijos que no debían verlo, con excepción de Julius que aún era muy pequeño para darse cuenta del espanto y que andaba lo suficientemente libre como para aparecer cuando menos lo pensaban, envuelto en pijamas de seda, de espaldas a la enfermera que dormitaba, observando cómo se moría su padre, cómo moría un hombre elegante, rico y buenmozo. Y Julius nunca ha olvidado esa madrugada, tres de la mañana, una velita a Santa Rosa, la enfermera tejiendo para no dormirse, cuando su padre abrió un ojo y le dijo pobrecito, y la enfermera salió corriendo a llamar a su mamá que era linda y lloraba todas las noches en un dormitorio aparte, para descansar algo siquiera, ya todo se había acabado.

Con esos dos párrafos memorables, que funcionan como obertura de los temas que desarrolla después la obra, arranca Un mundo para Julius, la primera novela de Alfredo Bryce Echenique.

Junto con El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso, había sido finalista en 1970 del Premio Biblioteca Breve, que quedó desierto en esa edición por extraños azares y manejos del jurado.  Barral la publicó aquel mismo año en una lamentable edición llena de erratas que la hacían casi ilegible y que la editorial tuvo que retirar a petición del autor.

Una encuesta entre ochenta escritores y críticos peruanos consultados por la revista Debate la proclamó en 1995 la mejor novela peruana de todas las épocas, por delante de La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La guerra del fin del mundo, de un Vargas Llosa que acababa de ser candidato a la presidencia de Perú y de publicar El pez en el agua, sus molestas memorias.

En todo caso, Un mundo para Julius, publicada en el momento cenital del boom de la novela latinoamericana, es seguramente la mejor novela de Bryce Echenique, junto con La vida exagerada de Martín Romaña, y uno de los títulos fundamentales de la narrativa en español del último tercio del siglo XX.

Novela de formación que transcurre entre la pérdida de la inocencia de la infancia de Julius, un niño de la oligarquía limeña, y la búsqueda de nuevas certidumbres y del mundo propio que evoca el título, Un mundo para Julius es una obra compleja y potente, escrita con distancia irónica y humor lúcido, con agudeza crítica y proustiana mirada nostálgica sobre el tiempo perdido.

Una novela de fondo autobiográfico y autorreflexivo, llena de sutileza y de preguntas y respuestas en su reflejo de la realidad social desde una inocente  y solitaria perspectiva infantil y desde dentro de la clase alta, una crítica de su superficialidad frívola y de su relación con la servidumbre, de los privilegios, las desigualdades y las injusticias, con el telón de fondo de los cambios sociales operados en Perú en la década de los 50 en la que se sitúa la novela, con el palacio y el colegio como metáforas del país.

Organizada según una estructura muy medida en cinco capítulos simétricos que vinculan sus ámbitos en efectos de espejo, contraste y correspondencia la parte primera con la quinta -el palacio original (Versalles) del padre de Julius y el nuevo del padrastro Juan Lucas- y la segunda con la cuarta -los dos colegios a los que asiste- para dejar como intermedio de transición el espacio de una suite del Country Club de Lima, donde Julius pasa el verano más largo y más triste de su vida.

Distinto a los de su clase social, transgresor, sensible  y curioso, con tendencia al desplazamiento físico, moral e ideológico, a la soledad y al desarraigo afectivo y simbólico, la historia de Julius es la de la diferencia, el desclasamiento y las mutaciones, la del cambio de padre, de palacio y de mundo.

La oralidad de su estilo, la cercanía de su tono conversacional, su torrencial fluidez narrativa, la convivencia de un narrador omnisciente con la técnica contrastiva del perspectivismo, las diferentes voces de la narración y los cambios en la mirada y el enfoque de realidades, acciones y personajes avanzan ya en esta que seguramente es la obra maestra de Bryce Echenique algunos de los rasgos más característicos de toda su producción narrativa, con títulos como La vida exagerada de Martín Romaña o El hombre que hablaba de Octavia de  Cádiz, y de sus Antimemorias Permiso para vivir, Permiso para sentir, Permiso para retirarme. 

Un mundo para Julius [...] dentro de la narrativa hispanoamericana es una novela irrepetible, única, cuya elocuencia y amenidad se traman en su agudeza crítica y denuncia moral. En esta novela hay tanto una simpatía generosa, una discursividad humanizadora, como un impecable desmontaje de la construcción ideológica de la sociedad”, escribió Julio Ortega en el memorable prólogo con el que presentó la edición de Un mundo para Julius en Cátedra Letras Hispánicas.

Un clásico imprescindible que acaba de reeditar Anagrama en la edición intachable que llega hoy a las librerías.




21 junio 2026

En Shanghai

 






𝑵𝒂𝒖𝒕𝒊𝒄𝒂𝒍 𝑷𝒐𝒆𝒕𝒊𝒄𝒔: 𝑬𝒏𝒄𝒚𝒄𝒍𝒐𝒑𝒆𝒅𝒊𝒄 𝑷𝒐𝒆𝒕𝒓𝒚 𝑺𝒄𝒉𝒐𝒐𝒍'𝒔 𝑰𝒏𝒕𝒆𝒓𝒏𝒂𝒕𝒊𝒐𝒏𝒂𝒍 𝑰𝒏𝒗𝒊𝒕𝒂𝒕𝒊𝒐𝒏𝒂𝒍 𝑬𝒙𝒉𝒊𝒃𝒊𝒕𝒊𝒐𝒏 𝒐𝒇 𝑴𝒂𝒓𝒊𝒕𝒊𝒎𝒆 𝑷𝒐𝒆𝒕𝒓𝒚

--𝑭𝒐𝒓 𝑯𝒆𝒂𝒓𝒕𝒔 𝑻𝒉𝒂𝒕 𝑩𝒓𝒂𝒗𝒆 𝒕𝒉𝒆 𝑼𝒏𝒄𝒉𝒂𝒓𝒕𝒆𝒅

Segunda exposición en Wujiaochang Wanda Plaza, Shanghai, un importante centro comercial situado en Wujiaochang, uno de los principales centros comerciales de Shanghai repleto de tráfico peatonal masivo y diversos negocios minoristas.



20 junio 2026

Con Pablo Guerrero. La conferencia en video

 












Conferencia magistral titulada "Con Pablo Guerrero", impartida por D. Santos Domínguez Ramos con motivo de la celebración del Día de la Academia 2026.En este acto académico organizado por la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes (RAEX), el poeta y catedrático de instituto de Lengua y Literatura, Santos Domínguez Ramos, analiza en profundidad la figura, el legado y la obra literaria del influyente cantautor y poeta extremeño Pablo Guerrero. 

El encuentro ofrece una mirada experta y sensible hacia una de las voces más representativas de la cultura y la canción de autor en España.(Página web de la RAEX


Pinchando aquí o en el cartel se accede al acto completo. 


19 junio 2026

Ovidio en Ponto Euxino



 “Perdiderint cum me duo crimina, carmen et error” escribió Ovidio en una de las Tristia que compuso en su destierro en Tomos, la actual Constanza, en la costa del Mar Negro, el Ponto Euxino.

Es un lugar destemplado, lluvioso y de días grises en la costa del Mar Hospitalario, que eso es lo que significa en griego Ponto Euxino. Pero aquel no fue un mar acogedor para el poeta al que perdieron un poema -el Ars amandi- y un error, la segunda y misteriosa causa que provocó la ira de Augusto, sobre la que se han aventurado hasta diez razones, entre la conducta inmoral y la conjura política.

Allí lo desterró Augusto de por vida y allí murió Ovidio tras nueve años de aislamiento, frío y oscuridad entre semibárbaros en los límites del  Imperio. Nueve años propicios a la poesía elegíaca de las Tristia y las Pónticas, con repetidas peticiones de indulto y con la conciencia de sufrir la injusticia de la cancelación -la damnatio memoriae, como se decía entonces-, porque “a nadie se le asignó nunca un lugar más alejado ni más horrible.”

Esa es la fuente de la que nace este poema de La herida y el cuchillo:


OVIDIO EN PONTO EUXINO
                                                  Para Pedro Crespo Refoyo

                           Perdiderint cum me duo crimina, carmen et error.

Un otoño funesto me quiso relegado,
me fulminó su rayo helado y su injusticia
y me mandó al destierro en la última frontera, 
a este límite oscuro, destemplado y lluvioso,
a este sitio final al final de mi vida.

Frente a este mar nublado, lejos de Roma, ahora
la fortuna me brinda este viático amargo:
la soledad, la inhóspita geografía de la ausencia, 
la angustia de esta luz de acíbar que me acosa 
y fija mi mirada hacia el aire vacío.

Y a la muerte civil se suma la otra muerte
a orillas del Mar Negro, en los confines bárbaros,
en los acantilados comidos de salobre, 
igual que la memoria de mis días disipados
desde un lugar remoto del mundo y de mi vida.

Miradme, aunque carezco de patria ya y de nombre, 
esta es la tenebrosa imagen de mi exilio, 
mi penosa existencia de estos últimos años:
este invierno infinito sin sol y borrascoso, 
estas ásperas gentes, extrañas y salvajes,
las naves rodeadas por los bloques de hielo, 
la noche ciega, el terco ladrido de los perros,
la niebla densa, el viento que baja del Danubio.

Que en mi epitafio escriban: 
“Blandamente reposen los huesos de Nasón, 
el cantor de los tiernos amores. Desterrado, 
pereció por su propio talento y su silencio. 
Aquí descansa.”

17 junio 2026

Presentación en Las Palmas de La herida y el cuchillo

16 junio 2026

La herida y el cuchillo

 



Los poemas de Santos Domínguez, por la claridad y precisión de las palabras escogidas, por su dicción serena y su arquitectura equilibrada y solemne, sugieren una escucha hipnótica y sinfónica. Como estructuras fractales que, una y otra vez, crecen y se destruyen orgánicamente para renacer del misterio, como una salmodia litúrgica cuyo sentido nos alcanza antes de descomponerla en versos y palabras, la poesía de Santos Domínguez, el portador del fuego, viaja hasta la hondura del ser y nos revela, inermes, pero guarecidos, nuestra esencial y fría soledad lunar.

Con ese párrafo cierra José María Jurado García-Posada El guardián del fuego (Sobre la poesía transitiva de Santos Domínguez), el espléndido prólogo con el que ha tenido la generosidad de presentar La herida y el cuchillo (Ediciones La Palma), que está a punto de llegar a las librerías con poemas como este:





MUSEO DE LOS ERRORES

El grito. Munch
Fue frágil y violento. Sobrevivió a un naufragio,
mató a su padre un día.
Quemó templos y naves, salió de un laberinto.

Exterminó la vieja memoria de los suyos.
Fundó ciudades de oro y arrasó la tramposa
nostalgia de las tardes. Fue frágil y violento.

Destruyó las murallas de la ciudad del sueño,
celebró amaneceres y evisceró las aves
que volvían desde el mar con la luz declinante 
de la tarde de agosto encendida en sus alas.

Inventó paraísos y en la alta noche incierta,
sin luna y sin recuerdos, abominó del llanto,
vio arder barcos oscuros y campos cereales.

Descifró el alfabeto de la traición y un día
incendió los pinares, envenenó las fuentes.
Desnudó al impostor, descuartizó a su hermano,
repudió sus conquistas, lloró lo que mataba.

Viajó por las tinieblas en busca de sí mismo,
imaginó los monstruos que después invadieron
sus torpes pesadillas de cuevas y centellas.

Surcó mares sin fondo y arenales desiertos,
erigió faros altos, buceó en las cavernas
y padeció el insomnio y los claros de luna
en largas noches lentas de fiebre sin sonatas.

Al sol menor de enero
ascendió las montañas y repudió las tumbas.
Despreció en la llanura del páramo de hielo
las plantas que crecían al pie de los ahorcados.

Fue frágil y violento. No conoció la culpa.
Sabía que ejecutaba, sin pasión ni amargura,
la historia universal de la infamia del hombre.

Desde jaulas sin tiempo le acecharán los perros.
Ya suenan sus ladridos.
Ya el viento interminable agita sus harapos.

15 junio 2026

Virginia Woolf. Violet

 


14 junio 2026

Borges conferenciante

 



Tras la monumental edición de los tres tomos que reúnen los Cuentos completos, los Ensayos completos y la Poesía completa de Borges, Alfaguara publica sus Conferencias reunidas 1960-1985, con edición y compilación de Sara Luisa del Carril, experta en reunir la obra borgiana dispersa.

Una recopilación de los textos dispersos que sirvieron de base a las conferencias que dictó Borges durante un cuarto de siglo, entre la dedicada a la poesía gauchesca el 17 de mayo de 1960 y la última, la que dio el 5 de septiembre de 1985, en el Colegio Ward, un colegio inglés de Ramos Mejía, en la provincia de Buenos Aires.

Hay una parte de la labor del Borges conferenciante que se compiló en volúmenes como Siete noches, recogido con acierto en sus Ensayos completos. Pero hay además unos treinta textos que estaban dispersos hasta ahora y que se reúnen por primera vez en este cuidado volumen que aparece cuando se cumplen en este mes de junio -exactamente hoy día 14- cuarenta años de su muerte en Ginebra, donde escribió alguno de sus más admirables poemas, que reunió en su último libro, Los conjurados.

“De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de los viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad” escribió en Atlas. Y añadía: “A diferencia de otras ciudades, Ginebra no es enfática. París no ignora que es París, la decorosa Londres sabe que es Londres, Ginebra casi no sabe que es Ginebra. Las grandes sombras de Calvino, de Rousseau, de Amiel y de Ferdinand Hodler están aquí, pero nadie las recuerda al viajero. Ginebra, un poco a semejanza del Japón, se ha renovado sin perder sus ayeres. Perduran las callejas montañosas de la Vieille Ville, perduran las campanas y las fuentes, pero también hay otra gran ciudad de librerías y comercios occidentales y orientales.
Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo.”

Además de la familiar y reiterada Buenos Aires, Nuevo México, California, Washington, Nueva York, Connnecticut, Massachusetts; las universidades de Yale, Columbia o Harvard y la Biblioteca del Congreso; el British Council de Londres, las universidades de Bristol y Amsterdam, la de Antioquía en la colombiana Medellín, el Instituto de Cultura Hispánica en 1973 o el Centro Cultural Colón en Madrid en 1980 fueron los diversos lugares que convocaron la actividad del Borges conferenciante para hablar de sí mismo y del otro: de Shakespeare y de Spinoza, de su obra en verso y su prosa, de Platón y Cervantes, de Evaristo Carriego y el Libro de Job, de Homero y de la literatura fantástica, del tiempo y el destino del escritor, de Lugones y la metáfora, de la historia del libro o la forma de escribir sus cuentos y de concebir la poesía.

No son estos, obviamente, textos centrales en la obra completa de Borges, pero en su condición de complementarios muestran a un Borges cercano que habla de literatura y filosofía, de poesía y pensamiento, de lectura y tradición y de los temas vertebrales de su escritura: la identidad y el tiempo, el sueño y los laberintos, los libros y la memoria.

Dos de estas conferencias -Mi poesía. Mi prosa- las dictó Borges en España el 24 y el 25 de abril de 1973 en el Instituto de Cultura Hispánica durante el ciclo ‘La literatura hispanoamericana americana comentada por sus creadores', que organizó Luis Rosales. 

Casi veinte años después, en 1992, se transcribieron en Cuadernos Hispanoamericanos.  Así comenzaba la primera de ellas, centrada en su obra poética:

Parece presuntuoso que yo hable de mi poesía, pero al cabo de los años he llegado a comprender que la belleza no es un hecho extraordinario, que la belleza es común, y que todo hombre puede alcanzarla o, como decía Plinio el Joven, en una frase transcrita por Cervantes, «no hay libro tan malo que no tenga algo bueno⟫, y que a todos nos está permitido alguna vez, por una favorable conjunción de los astros, lograr la belleza, aun a mí, viejo aprendiz de setenta y tres años, que he aprendido a fuerza de errores.

Esas dos conferencias, quizá las fundamentales de un conjunto de altísimo intereses, contienen las claves de su mundo poético y explican desde dentro las cimas de su producción narrativa, como Hombre de la esquina rosada, Funes el memorioso o El Aleph, del que dice en la conferencia Mi prosa

Puedo recordar otro cuento mío, "El Aleph". Yo había leído en los teólogos que la eternidad no es la suma del ayer, del hoy y del mañana, sino un instante, un instante infinito, en el cual se congregan todos nuestros ayeres como dice Shakespeare en Macbeth, todo el presente y todo el incalculable porvenir o los porvenires. Yo me dije: si alguien ha imaginado prodigiosamente ese instante que abarca y cifra la suma del tiempo, ¿por qué no hacer lo mismo con esa modesta categoría que es el espacio? Y entonces imaginé una casa en la calle Garay, una calle bastante mediocre; imaginé que en esa casa había un sótano, y en ese sótano un pequeño objeto luminoso, mínimo, circular; tenía que ser circular para ser todo. El anillo es la forma de la eternidad, que abarca todo el espacio, y al abarcar todo el espacio abarca también el pequeño espacio que ocupa, y así en "El Aleph" hay un "Aleph" —porque esa palabra hebrea quiere decir círculo—, y en ese Aleph otro Aleph, y así infinitamente pequeño, esa infinitud de lo pequeño que asustaba tanto a Pascal. Bueno, yo simplemente apliqué esa idea de la eternidad al espacio. Inventé la historia del Aleph, le agregué detalles personales, por ejemplo, una mujer que yo quise mucho, y que no me quiso nunca y que murió. Le di un hermoso nombre, la llamé Beatriz Viterbo. Cambié un poco las circunstancias, y aquí hay un pequeño hecho sobre el que yo querría llamar la atención de ustedes, y es que si uno no cambia ligeramente las cosas uno se siente insatisfecho. Por ejemplo, si algo ocurre en algún barrio y uno lo escribe, es mejor cambiarlo a otro barrio que no sea demasiado distinto, los nombres de los personajes ya se saben, las circunstancias también. Uno está obligado a esas pequeñas invenciones para no ser un mero historiador, un mero registrador de hechos ocurridos, salvo que los grandes historiadores son grandes novelistas. Dijo Stevenson que los problemas, las dificultades de Tácito o de Tito Livio al escribir su historia, fueron del mismo género que las dificultades de un novelista o cuentista. Contar hechos reales ofrece las mismas dificultades que contar hechos imaginarios, a la larga no podemos distinguir entre ellos.

El libro ofrece mucho más, pero sólo la recopilación en un libro de esas dos conferencias esenciales ya justifica una edición como esta de las conferencias dispersas de Borges.




13 junio 2026

Rosa Lentini. Mujeres y poesía

 


12 junio 2026

Mañana en Trujillo, con Pablo Guerrero

 



11 junio 2026

Antología de la poesía española 2000-2025

 




10 junio 2026

Felipe II

 


09 junio 2026

Holobionte, de Ángel Olgoso

  



Vivía solo, despreocupado, feliz. Un buen día se le acercó otro ser humano.

Con ese sarcástico Cuento de horror cierra Ángel Olgoso su Holobionte, el cuarto de los seis volúmenes que reúnen en conjuntos temáticos sus relatos completos, publicados por Eolas Ediciones.

Tras los relatos sobre animales de Bestiario, la ciencia ficción de Sideral y los relatos sobre la muerte de EstigiaHolobionte tiene como eje la complejidad de las relaciones humanas y su problemática armonía. Lo abre este texto, el brutal Hispania I:

Salí al pasillo y supliqué educadamente a mis vecinos que cesaran en su vocinglería. Como es natural, fui ofrecido a la ira de la familia: me tumbaron de espaldas sobre la mesa del salón, apaleándome con un vivo sentido del ritmo, extirparon mis ojos y mi lengua, me desollaron la piel a tiras, cortaron manos y pies y arrancaron brazos y piernas, desmembrándome por completo. Resultaba extremadamente curiosa su espontaneidad, casi rayana en el desapego, y se veía a padres e hijos persuadidos de la eficacia de su labor, en absoluto impelidos por animosidad alguna. Parecía bastante probable que, de un momento a otro, habría de prescindir de toda mi sangre, que borboteaba y manaba de forma espléndida y corría zumosa. Lamenté en verdad que se prodigara hasta empapar aquel tapete de ganchillo, poseedor, por lo demás, del intemporal encanto de la artesanía. Al final, quizá un tanto arbitrariamente desde mi parecer, me separaron la cabeza del tronco con un hacha de cocina. Sin embargo, en modo alguno trato de sugerir descortesía por su parte, puesto que ellos no hacían más que ceñirse a los usos del lugar. La mesa producía ya el efecto de una aguilera con despojos: mi vesícula colgaba de las flores de plástico del jarrón y mis ojos, depositados en el cenicero de cerámica, aún describían una trayectoria semicircular. Pero al menos me extinguí con la convicción de haber defendido sustanciosamente mi derecho a la tranquilidad.

Si se reflexiona sobre el sentido del título Holobionte -simbiosis colaborativa y beneficiosa entre organismos o personas- que Olgoso ha elegido como resumen caracterizador de la temática de esta recopilación de textos sobre las relaciones humanas, el lector advertirá la ironía implícita en esa elección y en la mayoría de estos relatos en los que hay una mirada muy crítica hacia la condición humana y las relaciones sociales, entre la discordancia y el sometimiento, como anticipa el narrador argentino Raúl Brasca en su excelente prólogo, de título elocuente, “Una visión crítica de la sociedad humana”, donde escribe: “Entre la ironía y el escepticismo, el conjunto de los relatos compone una concepción sombría del hombre y del mundo, una mirada compleja pero nada maniquea, porque, aunque domina la ausencia de fe en la naturaleza humana, un sentimiento intenso de compasión sobrevuela las historias más atroces y, en las relaciones interpersonales, algunas veces el amor y la amistad enaltecen a los personajes. Pero la literatura se hace con palabras, y de nada valdrían las excelencias del contenido sin un uso sabio de ellas.”

Los lectores de Ángel Olgoso conocen bien ese uso sabio de las palabras y la alta calidad de página que caracteriza cada uno de los textos narrativos que componen su admirable trayectoria de cuatro décadas de escritura exigente y brillante. Y aquí tienen una nueva ocasión de comprobarlo, en cuentos como Flores atroces o Lengua de madera y en microrrelatos como Revolución o Doxografía, que son, como él mismo ha señalado, un “espejo incómodo” de la naturaleza humana y de las “molestias del trato humano” que adelantó en un exacto título el monje benedictino fray Juan Crisóstomo de Olóriz en el siglo XVIII.

Un espejo que refleja las relaciones conflictivas que generan diferentes maneras de desorden inarmónico y destructivo: violencias y rivalidades, envidias y dominaciones, opresiones y maltratos, vanidades y rencores, mezquindades, encontronazos y desencuentros en todas sus desoladoras variantes imaginables.

No faltan, con todo, en esta panorámica holobióntica de la narrativa olgosiana manifestaciones más optimistas y esperanzadas de los vínculos humanos que se manifiestan a través del amor y la amistad, la lealtad y la solidaridad, la cordialidad y el afecto, de la compasión y la generosidad.

Forma parte de esta reunión de sesenta y cuatro textos, variados en voces y enfoques, en técnicas y registros verbales, en guiños intertextuales y homenajes a los maestros y en una amplia presencia de personajes de lo más diverso, un extenso relato, El síndrome de Lugrís, casi una nouvelle o novela corta por su tempo, su temple y su hondura, que Olgoso define como “el mejor relato que he escrito nunca”, un magnífico, inquietante y angustioso cuento sobre la locura que comienza con este estupendo párrafo:

El riachuelo de su cordura acabó por secarse: ayer ingresó mi amigo Manuel Lugrís en el Hospital Psiquiátrico de Conxo. Severina, su hermana y único familiar desde que Manuel enviudó, tomó la decisión «para ahorrarle grimos y descalabros a él mismo o a los demás» y me pidió que los acompañara. Era una de esas tardes que se van cuajando de oro viejo. Frente a la entrada, mientras lo ayudaba a salir del vehículo, el aire nos rodeó con unas hilachas de ese olor, entre montaraz y eucarístico, a humedad tibia de las manzanas tabardillas que tantas veces recogí para costearme los estudios, y que tanto gustaron siempre a Manuel. Severina, nerviosa como un lobo cuando ventea a los trasgos, conversó con médicos, esgrimió informes y firmó papeles. Ya en la habitación, acariñó a su hermano mayor con aspereza y, sin ocultar su impaciencia, me dirigió un ademán explícito para que abandonáramos el lugar. De temperamento reservado, me envalentoné sin embargo como si un vino cacholán se me hubiera subido de pronto a la cabeza: preferí quedarme. Al menos por una vez, la lealtad prevalecería sobre la timidez. Cuando la lechuza alzó súbitamente el vuelo, arrimé una silla a la cama para acompañar un rato a mi amigo y lloré en silencio.