20 enero 2020

Pedro Salinas. Una vida de novela




19 enero 2020

Campos Reina. Parques cerrados



18 enero 2020

Manual de Escapología



17 enero 2020

Fortunata y Jacinta en Reino de Cordelia





Es la portada y dos de las magníficas ilustraciones de Toño Benavides para la espectacular edición conmemorativa de Fortunata y Jacinta que han preparado Jesús Egido y María Robledano para Reino de Cordelia.

Llega esta semana a las librerías en un estuche con dos volúmenes que abre un prólogo en el que José María Merino escribe:

Lo primero que a mí me llama la atención es esa voz que narra en primera persona. Es una voz omnisciente, una especie de tercera persona, pero ya desde el primer momento -«Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre me las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan el tiempo en que este amigo mío, y el otro, y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez, Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad»-, su sencillez y cercanía nos sujetan de tal manera que aceptaremos sin extrañeza que ese narrador -una especie de personaje invisible- pueda relatarnos los más hondos secretos de los personajes visibles, porque además a veces nos dice que ha recibido confidencias de ellos.
Esa voz, hija directa del narrador que, en el Quijote, comienza en el prólogo dirigiéndose al «desocupado lector» -voz cuya deriva narrativa se integrará en la literatura y no será superada en su forma y función- se encuentra con bastante frecuencia en la obra de don Benito, y dará al transcurso de las peripecias de sus novelas una singular naturalidad, muy alejada, precisamente, del amaneramiento «novecentista» de algunos de sus colegas contemporáneos de ambos sexos.

Es sin duda uno de los acontecimientos editoriales de este año del centenario de la muerte de Galdós.



16 enero 2020

La Comedia humana





15 enero 2020

Poesía reunida de Geoffrey Hill


Contra el aire revuelto iba 
aullando los milagros de Dios. 

Y primero hice que el mar soportara 
el peso muerto de la tierra; 
y las olas brotaron con mi plegaria, 
desovaron los ríos sus arenas. 

Y allí en las corrientes altas y saladas 
el duro y terco salmón se afanaba, 
embistiendo el flujo, el golpe de la marea, 
para alcanzar arriba las firmes colinas. 

Ese es el comienzo del poema, significativamente titulado Génesis, con el que Geoffrey Hill abría su primer libro, Para los inocentes. Por poemas como ese, “soberbio en sí mismo, un primer poema perfecto”, Harold Bloom lo consideraba “el más blakeano de los poetas modernos.”

Con ese texto se abre el volumen con la Poesía reunida de Geoffrey Hill (1932-2016) que acaba de publicar Lumen por primera vez en español en una edición bilingüe traducida por Andreu Jaume, que destaca en su prólogo la intensidad de su obra y “la honestidad de su proyecto crítico y poético. Geoffrey Hill mantuvo hasta el final su fe en el lenguaje y la poesía con un fervor que, si bien en algunos momentos pudo resultar un tanto contraproducente, no por ello deja de constituir su mejor legado en tiempos de escasez.” 

Porque, en las antípodas de la banalidad del populismo poético, el riguroso trabajo estilístico de Hill elabora una poesía exigente por su densidad intelectual, su potencia verbal y su postura ética. Una poesía difícil, ambiciosa y sorprendente en la que se producen múltiples confluencias: de concepto y emoción, de mirada y memoria, de imaginación y observación, de lo profético y lo histórico, de lo visionario y lo testimonial, de la historia remota y la memoria personal para dar cuenta de un mundo oscuro y apocalíptico habitado por la crueldad, la violencia y la desesperanza.

En el espléndido capítulo que dedica a la poesía de Hill en su memorable Poemas y poetas. El canon de la poesía, escribía Harold Bloom: 

La poesía fuerte es siempre difícil, y Geoffrey Hill es el poeta británico más fuerte de cuantos hoy viven, aunque su reputación en el mundo angloparlante sea ligeramente inferior a la de varios de sus contemporáneos. Debería ser leído y estudiado durante muchas generaciones después de que estos contemporáneos hayan difuminado sus rasgos, lo mismo que debería sobrevivir a todos salvo un puñado (o menos) de los poetas americanos hoy en activo. Esta profecía canónica se basa en la autoridad de su mejor obra, tal como la he experimentado en los quince años transcurridos desde la aparición de Para los no caídos, su primer libro.

En ese mismo capítulo dedicado a Hill, Harold Bloom hace un magistral comentario del que considera su mejor poema suelto, Anunciaciones, expresión de “una poética desesperanzada y una visión total de la existencia natural y de las necesarias limitaciones de lo que hemos aprendido a llamar imaginación.”

Organizado en dos partes, esta es la primera en la traducción de Andreu Jaume: 

El Verbo se ha ido y ha vuelto, cocida la apariencia 
de su estancia en el fango que endurece. 
La purificación se ha vuelto asesinato, la recompensa 
palpable, manifiesta, limpia al tacto. 
Ya a cierta distancia del vapor de bestias, 
los repugnantes besuqueos y la gruesa simiente esparcida 
(cada jarra de muestra llena de simiente delicada) 
los buscadores con los curanderos se sentaron a comer 
y están satisfechos. Estas cosas preciosas sofocan 
y la carne se ablanda con la turbulencia el alma 
se tiñe de púrpura; cada ojo se apaga lleno y suave 
mientras todos los que escuchan para tocar o insistir 
con el fin de mejorar, sazonan sus bocas decentes 
con trozos del sacrificio más dulce. 

14 enero 2020

Galdós. Vida, obra y compromiso




13 enero 2020

Max Aub. Campo de los almendros




12 enero 2020

Unamuno. Convencer hasta la muerte




11 enero 2020

Leopardi. Antología poética