13 noviembre 2022

José García Obrero. Hueso



“Cuando el canto se detiene el poema acaba fundiéndose en la hierba”, escribe José García Obrero para cerrar el último poema en prosa de su Hueso, que publica Godall Edicions en su colección Alcaduz.

Sus textos reflejan una exigente aventura poética, constituyen una intensa experiencia verbal que profundiza en las raíces de la realidad y escarba en la tierra hasta llegar al hueso que vertebra unos poemas en prosa de extraordinaria potencia. Poemas que son el fruto y la huella visible de un itinerario introspectivo, de un recorrido desde lo exterior hasta lo interior, desde la mirada a la reflexión para completar un radical viaje al fondo de lo que nos sostiene, en un proceso semejante al de su anterior Tocar arcilla al fondo:

La luz cae y asciende de manera instantánea, define las formas y las dota de reflejo. Otra mirada reviste de volumen lo imperceptible: la chispa, el fogonazo, el sonido de todos los latidos que, de manera simultánea y rítmica, se suceden sobre la faz -debajo de la faz- del mar y de la tierra. Concierto para violín y orquesta que solo alcanza el oído de quien barrunta la complejidad del símbolo. Se desplaza acompasadamente del amanecer hasta el crepúsculo. Las señales de los astros remiten a un camino común y circular. Remonta acompasadamente el crepúsculo hasta el amanecer.

Por eso la segunda parte del libro es un viaje en dos suites hacia la luz en sol mayor y hacia la sombra del sol menor. Y así la poesía como palanca de conocimiento se transforma -‘Sol mayor’- en vibrante instrumento de celebración del instante, en rítmico canto ancestral, en danza de mediodía y en mirada ascendente, en música que convoca la luz y el amor cuando “el baile nunca se detiene, pero solo es visible para quien se esfuerza en escuchar.”

O se enturbia -‘Sol menor’- en el interior a medianoche con la desazón de las sombras y la angustia de un amanecer que trae la canción de sonido ácido o el canto triste de los jilgueros enjaulados en “una ciudad envuelta en la neblina de la incertidumbre; el mundo como un solo dedo empeñado en pulsar un día y otro la misma cuerda, la única cuerda muda.”

Cierra el libro una sección titulada ‘Aire’, atravesada por ese elemento bifronte, entre creador y destructor -“vierte su gracia el aire en cada cosa que un día contribuyó a crear, aunque también así la deteriore”-; un aire “que aquí se instala como una presencia fantasmal” cuando “sangra un poco la luz, pero siempre se anuncia así el silencio más puro”.

Y también esa luz, entre la persistencia y la fugacidad, se mezcla con el viento cuando “casi acabado el sol, se entretiene un minuto más sobre las tejas. El viento compone su melodía filtrándose por los intersticios, como agua que araña un pedregal.”

En el itinerario interior de Hueso, en su incierto recorrido por los límites, hay una luz creciente que se impone a las sombras, la que se resume en ‘Un alfiler de luz’, que evoca otro itinerario simbólico en el que un roquero rojo 

arranca el vuelo […], se eleva desde la copa crespa de una encina, gorjea en la superficie de un arroyo, aprende de sus aguas el arte de ir creciendo hasta la última sal, que va a dar a la entrega. […] Así va envolviendo con sus trinos el collado, así pasa sobre el río depositando lumbre en sus orillas. Las frías garras de la sombra creen dar caza al roquero, que clava ya, pluma a pluma, un alfiler de amor que alcanza el hueso.



07 marzo 2021

Tocar arcilla al fondo

 
 
Hoy parecen mis ojos dos grandes orfandades,
dos aperturas que hacen rodar el pensamiento
como a una noria el asno fustigado,
pero sin agua, sin sombra de una higuera,
sin huevos de culebra ocultos en verdín.
¿Qué nueva travesía trazará el extravío?
Miro el blanco del folio dúctil como el grafeno,
sordo a mi voz y hostil hacia mi ánimo.
Se asoman a su fondo dos espejos altísimos
que repelen las buenas intenciones de la luz.
Hago balance de abstinencias: he dejado el tabaco,
la inclinación al beso, el incendio y la fuga.
¿Qué más puedo brindar a la Cuaresma
para que acabe en verbo o mar tanto desierto?

Es uno de los poemas medulares sobre los que se sostiene Tocar arcilla al fondo, el libro de José García Obrero que publica Siltolá Poesía.

Las cuatro partes en que se organizan su treinta y siete poemas (Flor, Sed, Ceniza y Sombra) son la transposición poética de un itinerario existencial, metafórico y elusivo, hacia la sombra a través de la incertidumbre y la extrañeza, la interrogación y las heridas, la memoria de las pérdidas y el absurdo, como escribe al final de otro de esos poemas centrales, Respiración:

La sustancia de la vida es un balcón
donde nos asomamos a observar
los cables que nos unen al absurdo.


Hay en ese viaje hacia el fondo y hacia la sombra una creciente conciencia de la fragilidad, como en Cena y ceniza, de cuyos últimos versos toma título el libro:

I
Has confundido cena con ceniza
y esa fría paronimia te ha llevado al silencio.
Era cuestión de tiempo y combustión.
Entra, pues, en materia y avanza enmudecido.
La ceniza es ceniza y no será otra cosa.
Nosotros, sin embargo, resistimos al aire
que hace ondular adentro el brillo de la idea.
La ceniza es ceniza y espera con paciencia.

II
Se sacudió del pelo la ceniza
para anunciarme su dolor:
¿Lo ves ahora?
Ni en cien años podría restañar
las márgenes borrosas
de estos inmensos lodazales.
Mientras eso decía
yo me adentraba en su caudal
y era tan limpia el agua,
que la luz se quebraba
contra la superficie.
Así, cegado, toqué la arcilla
al fondo, adherida a las algas,
y era su consistencia y forma
idéntica al dolor de mi ceniza.


A veces esa conciencia del absurdo se proyecta directamente en el poema, como en este magnífico Duermevela, casi una variación sobre el mito de Sísifo:

Un muro divide el territorio.
No hiere el horizonte ni traza una frontera,
ninguna flor protege.
Subido en este muro, alguien quiso elevar
una mirada nueva, alcanzar otros nombres.
Sobre sus piedras los pájaros descansan.
Entre sus piedras se alojan los insectos.
Bajo su dura línea, la tierra se estremece
y algún escalofrío llega a la superficie.
Caen, a veces, las piedras envueltas en el musgo.
Caen con ellas los signos envueltos en el musgo.
Alguien vuelve, paciente, a colocar las piedras;
alguien mantiene el muro con sus interrogantes.
Nunca acaba el trabajo y sigue, en duermevela,
como un perro que guarda sus frágiles dominios.


Y sobre la conciencia de la fugacidad y las preguntas, en este viaje interior, “de la corteza al centro” y a lo hondo del río, en esta intensa travesía por el frío y el silencio acaba por imponerse la voluntad afirmativa de seguir andando con la que se cierra Peregrinos, el último poema del libro:

Si alcanzo a ver el tibio sol de invierno antes de caer al mar,
una dura certeza hará añicos la imagen.
Si sientes bajo el rostro el filo de una raíz,  
todo lo que anhelabas habrá quedado atrás
                                                       y seguirás andando.